Circadiano (revisited)

Creo estar dormida. De repente, un extraño ruido, distante, va creciendo en intensidad dentro de mis oídos hasta que mi mente, aún difusa, identifica que aquel perturbador sonido pertenece al golpeteo de un martillo. Según parece, proviene de la ventana de uno de mis vecinos, aunque todo alrededor es todavía turbio.

Ni bien he pensado esto, un cuestionamiento, que ha comenzado a inquietarme, asalta mi cabeza: ¿Qué hora es? Abro rápido los ojos y recorro el horizonte visible para obtener una respuesta. La luz inunda mi cuarto, pero eso no representa pista alguna, pues mi departamento suele estar iluminado casi todo el día. Al menos sé que no es de noche, pero eso no es alentador porque puede significar que voy tarde para cualquier cosa.

Observo mi ropa, para ver si eso me da alguna pista de en qué momento estoy. Llevo puesta mi bata y mi pijama. Esto podría darme más información, pero inmediatamente recuerdo que, hace meses, desde el comienzo del confinamiento, suelo usar ropa de dormir durante el día.

De cualquier forma, el golpe de adrenalina que recién experimenté ha terminado de despertarme -ahora sí-, y entonces los recuerdos empiezan a acomodarse. Debí quedarme dormida después de que terminara la clase virtual de Daniel, mi hijo ¡Claro, ya lo recuerdo! Estaba agotada y, al concluir su sesión virtual, lo senté en el sillón de la sala a ver una película y me fui a dormir.

Estiro la mano hacia la cajonera de mi lado izquierdo y agarro mi despertador. Debí haber hecho esto desde el principio, pero todo era confuso. Son las dos de la tarde. Sólo dormí 30 minutos, pero sentí como si hubieran sido tres horas. Debo aprovechar el tiempo que le quede de película a Daniel para darme un baño rápido, cocinar y sentarme a preparar mi clase de las cuatro.

Soy traductora de oficio, y trabajo para una empresa transnacional de componentes electrónicos: realizo las traducciones simultáneas en inglés y francés de las reuniones semanales que sostienen entre las diferentes sedes; y también elaboro, reviso y ajusto las versiones escritas de diferentes documentos de trabajo que utilizan en forma cotidiana.

No obstante, desde que comenzó la pandemia, el flujo de tareas de la empresa disminuyó considerablemente -y mis ingresos también-, por lo que he tenido que ofrecer clases de ambos idiomas para tener el dinero suficiente para cubrir los gastos básicos de la casa.

Edmundo, el papá de Daniel, se fue de casa hace un año y medio y, desde entonces, sólo sabemos de él cada cinco o seis meses, cuando deposita en mi cuenta una cantidad tan ridículamente pequeña que ni siquiera recuerdo el monto, y acompaña el aviso de la transacción realizada con un mensaje en el que le manda saludos a su hijo -para que se los haga llegar yo, claro está-.

A pesar de estar solos, Daniel y yo nos habíamos organizado bastante bien para cumplir con las obligaciones laborales y de la escuela, y para tener un poco de tiempo de convivencia los fines de semana; pero desde que apareció este maldito virus, todo orden posible desapareció.

Desde entonces, mis días transcurren más o menos así: despierto a regañadientes a eso de las 10 de la mañana para darme un baño rápido y luego despertar a Daniel, que me hace el relevo en la regadera mientras le preparo algo para desayunar. Sus sesiones escolares virtuales ocurren de 12 a 2 de la tarde, -aún no sé por qué su maestra eligió ese horario-, y luego tiene que dedicar casi toda la tarde a resolver los ejercicios y tareas, que cada día son más complicados y extensos.

Mientras él toma clase, yo aprovecho para avanzar lo más posible en las traducciones del mes que, aunque ahora son menores, requieren tiempo y concentración; pero como todos mis vecinos están confinados en el edificio, el ruido puede llegar a ser insoportable y no logro avanzar mucho en ese lapso.

Al finalizar las sesiones de Daniel preparo la comida, mientras él limpia un poco nuestro departamento, que no es muy grande. Comemos, y de ahí, cada uno a sus rutinas: él a sufrir con las tareas y yo a preparar clases.

En los días buenos imparto hasta cuatro sesiones de una hora, por lo que termino entre 8 y 9 de la noche. Aunque esos días son desgastantes, son los que permiten que pueda obtener una parte importante del ingreso necesario para completar los gastos del mes. No todas las semanas son buenas, pero hasta ahora he podido lidiar con el pago de las cosas más importantes.

Al terminar la última clase, preparamos la cena y, después de alimentarse, mi hijo se va a la cama, ya exhausto, aunque pide que lo acompañe unos 10 minutos, en lo que concilia el sueño. Luego retomo ya con más velocidad y concentración las traducciones y, si me da la energía, avanzo un poco en la planeación de clase. Por lo regular son las 3 o 4 de la mañana cuando aterrizo finalmente en cama.

Muchas veces no tengo ni idea de la hora que es, pues dejé de usar reloj de mano debido a las medidas sanitarias, y ahora ya ni siquiera tiene pila. Lo que me salva es que tengo programadas más de diez alarmas en mi celular, para que me avisen de las cosas urgentes.

El tiempo se ha vuelto tan borroso en estos meses. Un día puede parecer tan similar al siguiente o ser completamente distinto, pero eso no depende de la secuencia de actividades, sino de qué tantos imprevistos aparecen, precisamente por no tener una noción clara de las horas y los minutos.

Hoy, luego de muchas semanas de actividad continua, decidí dormir una siesta porque ya no soporto más el cansancio, pero siento que el resto de mi día se volverá insoportable por haberme permitido este pequeño lujo.

Siento a mi cuerpo muy torpe y a mis pensamientos aún más. Tengo la impresión de estar todavía en el umbral de los sueños y, al mismo tiempo, de que el mundo avanza rápido mientras lo veo pasar ante mis ojos. Me ha tomado unos 15 minutos retomar el ritmo de lo cotidiano.

Termino de preparar la comida con aquello que voy encontrando de las sobras de otros días. Estoy muy inquieta, porque no logro recordar dónde dejé mis apuntes de clase. Le pregunto a Daniel, pero tampoco lo recuerda en ese momento, y además no me presta mucha atención, porque ya lidia con sus propias angustias al tener que resolver problemas de geometría.

Poco a poco mis ideas y movimientos regresan al ritmo normal, pero sigo sin encontrar mis papeles y ya sólo falta media hora para la clase. Engullo rápido y sin ver lo que llevo a la boca, porque mi mente sigue concentrada en la revisión de cada espacio de la casa para averiguar dónde se encuentran mis apuntes.

Finalmente, dos bocados antes de terminar, recuerdo dónde los dejé y voy hasta allá. Me olvido por completo de mi comida y reviso lo que tengo que exponer hoy. Quedan cinco minutos para comenzar la conexión. Mientras leo apresurada mis notas me pongo un saco que hoy combina perfecto con mi playera y mis pantalones de pijama.

Tengo previamente seleccionadas seis combinaciones de prendas que me permiten lucir profesional frente a la cámara -sin perder la comodidad de mi atuendo cotidiano-, y cada semana hago combinaciones distintas con ellas.

La angustia de no estar preparada me ha dejado un poco acelerada -y mis alumnos de la primera clase lo notan-, porque me detienen constantemente para repasar algunos conceptos que no han quedado claros. Puedo notar en sus rostros algo de molestia. Espero no decidan abandonar el curso.

Conforme avanza la tarde he ido recuperando ritmo, pero todavía me siento algo aturdida. Luego de un café entre clases y algunos ejercicios de respiración cierro la sesión de las ocho, ya en buena forma.

Regreso con Daniel, que hoy ha terminado antes sus pendientes, por lo que mira la televisión desde hace un rato. Le preparo de cenar mientras él alista su cama para dormir. Está agotado también y no tarda mucho en dormirse.

Retomo la traducción de un comunicado que enumera las medidas que adoptará la empresa para tener una ocupación presencial del 40 por ciento de trabajadores en sus sedes: Uso obligatorio de cubrebocas y mascarilla durante toda la jornada laboral, que no podrá ser mayor a 6 horas; distancia forzosa de dos metros entre cada estación de trabajo; pausas escalonadas de cinco minutos para que el personal reciba limpieza y desinfección por turnos: cada 60 minutos los empleados que tienen algún trato con proveedores o público, cada 90 aquellos que están obligados a moverse por diferentes módulos de trabajo y, finalmente, cada 120 minutos quienes están asignados a una tarea específica durante toda la jornada.

Como última, pero no menos importante disposición, todos los empleados deberán llevar su propia comida y consumirla en su puesto de trabajo. Al finalizar esto, deberán limpiar los recipientes con toallas sanitarias dispuestas en cada módulo y sus manos con gel desinfectante, provisto también para cada empleado. Todos los desechos deberán ser depositados en contenedores especiales.

Aunque traducir esto no es complicado, me detengo varias veces en el proceso porque no puedo dejar de pensar en cómo se le puede explicar a las personas, en el idioma que sea, que no volverán a sus rutinas acostumbradas, que estarán aisladas y monitoreadas a partir de ahora, como si fueran una máquina más. Imagino sus rostros intranquilos al leer este trozo de papel que ahora configuro en otras lenguas.

Me sorprende, además, la obsesiva exigencia de las instrucciones. Todo estará medido y calculado en forma precisa. Recuerdo entonces haber leído en un viejo texto de la universidad, en la clase de administración, que este modelo de trabajo ya existía hace mucho. Le llamaban Ford-taylorismo y basaba su éxito en esa cadencia ininterrumpida de movimientos alineados a una cadena de montaje.

Se supone que habíamos superado eso hace mucho, pero todo parece siempre retornar al mismo punto, tarde o temprano. Mientras pienso esto último, tengo la impresión de haberlo leído ya en alguna parte, pero no recuerdo dónde.

Imagino sus nuevas rutinas, prácticamente carcelarias, y las comparo con las mías. En realidad no hay gran diferencia. Yo soy esclava de la ambigüedad del tiempo tanto como ellos lo son de la higiene y la distancia.

Por un instante añoro esa vieja libertad que tenía hace algunos meses, antes de que comenzara todo esto, pero rápidamente cambio de parecer, pues acabo de recordar que en realidad sólo transitaba entre mis rutinas laborales y las domésticas.

Se me escapa una risa irónica. En realidad lo único diferente ahora es que estoy consciente de que nunca fui libre. Mi corazón se estruja al pensarlo ¡Quisiera mandar a la mierda todo! Inmediatamente después de pensarlo sonrío, con gesto irónico. De todos modos, no sé qué otra cosa podría hacer de mi vida, salvo esto, así es que abandono mis intenciones libertarias.

Entre ideas y tecleos, mis párpados comienzan a juntarse. Mi noción de lo real es cada vez más espesa y borrosa. Sin consultar el reloj, asumo que es muy tarde ya. En algún momento, que no identifico bien, dejo de estar despierta.

Todo vuelve a ser calma y silencio. Mi mente reposa al fin en las mansas aguas del sueño. Puedo sentirme cobijada dulcemente por mi respiración pausada.

Despierto de pronto, asustada, y en automático estoy casi de pie, a la orilla de mi cama. Mi respiración está agitada. He tenido un sueño en el que un terrible virus obligaba a la humanidad a mantenerse confinada durante semanas o meses. Era desesperante.

Soñé también que Daniel y yo éramos esclavos de la ausencia de tiempo y que nos convertíamos en autómatas ¿o no era un sueño? Me invade un calor expansivo en la boca del estómago. Volteo a verme y me descubro en pijama. Doy una mirada rápida alrededor y veo que ya es de día, pero no sé si eso sea suficiente información.

Volteo a ver el despertador. Son las siete de la mañana. Creo que sólo fue un engaño de mi mente, una broma pesada. Quiero dormir unos minutos más antes de comenzar la rutina que me llevará a la oficina. Cierro los ojos, aunque mantengo un poco el estado de alerta. Me sumerjo de nuevo en la somnolencia.

Despierto nuevamente agitada ¿cuánto tiempo ha pasado desde que cerré los ojos? Me duele la cabeza demasiado. La luz me invade la mirada, la desborda y engulle. No alcanzo a reconocer el sitio en el que estoy, ni la hora que es. Sólo alcanzo a percibir, entre penumbras, esa extraña sensación de estar dormida.

BURBUJA

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Ilustración: Sylvaine Nieto

Mayu piensa con una rapidez que no deja de sorprender a sus colegas. A base de práctica, ha logrado convertirse en una máquina de procesamiento de información y de análisis preciso de escenarios de riesgo. Ha debido hacerlo así porque una mujer, en el mundo financiero, tiene que desarrollar habilidades extraordinarias para despuntar.

Está muy cerca de convertirse en socia senior de su compañía y no puede permitirse distracciones en la oficina que la desvíen de este propósito. Por ello, se ha ganado fama de antipática entre sus compañeros, pero, al mismo tiempo, es tan buena en su trabajo que todos han tenido que recurrir a su ayuda en algún momento.

No les desagrada, pues incluso la han invitado a salir después de la jornada -en varias ocasiones-, pero Mayu siempre rechaza las invitaciones con el argumento de que tiene pendientes por resolver.

Hoy, jueves, ha sido un día particularmente duro en el trabajo, y esta chica ha tenido que salvar la jornada en varias ocasiones. Mientras resuelve contingencias, Mayu ha estado fantaseando con llegar a casa y echarse en el sillón, con una cerveza en mano, para escuchar su respiración y distinguirla del silencio que desea como aderezo de esta apetitosa escena.

Luego, le encantaría poder tomar un baño y sentir que el agua le arranca la rutina del cuerpo y le permite percibir cada centímetro de su piel, hasta reconstruir un mapa exacto de sus huesos, músculos, folículos y articulaciones.

Tras la ducha, una taza de té y algún platillo delicioso que se prepararía especial y cuidadosamente para la ocasión y, después, retomar alguna lectura pendiente o tal vez mirar un poco de televisión, como pretexto para imaginar todos esos posibles futuros que considera inalcanzables, o para escuchar y abrazar un poco sus pensamientos, o simplemente para regresar al silencio y contemplarlo, con la parafernalia del show bussiness como música de fondo.

Después, imagina aterrizar en cama, rozar un poco aquellas sábanas que le cuidan el sueño cada noche, y jugar un poco a tocar tímidamente sus ingles y observar a la piel contraerse.

A partir de ahí, le gustaría sentir ese desborde lento, húmedo e inexorable que nace en sus entrañas hasta asomarse por la vulva; aproximar las yemas de los dedos para explorar esta bahía en que el oleaje amenaza ya con desbordársele; y emprender finalmente la minuciosa expedición -sin prisa-, hasta arribar a esa explosión fatídica que desarticule su espíritu del cuerpo por algunos instantes.

Le encantaría entonces dejarse caer durante algunos minutos –exhausta-, para abrazar los jadeos y sentir esa otra humedad, que desde su frente emprende rutas insospechadas y termina por colisionar en sus sábanas. De ahí, una vuelta rápida al baño para asearse un poco, y de regreso a la cama, rumbo al territorio onírico.

Hoy ha tenido esta fantasía tres veces. Regresa de la ensoñación cada vez más emocionada pero, al mismo tiempo, lo hace con la ineludible sensación de culpa de quien ha desperdiciado minutos valiosos para la resolución de problemas reales.

Por la noche, al salir de la oficina, Mayu vuelve a imaginar distintos escenarios de disfrute mientras va camino a casa. Luego de 35 minutos de viaje, finalmente estaciona el auto, sube las escaleras de su edificio y toma las llaves de su bolso para abrir la segunda puerta del pasillo de la izquierda.

Ni bien ha terminado de girar la perilla, Keimusho, su novio, aparece en la entrada y la recibe con un beso cálido, aunque prudente. Mayu recuerda de pronto que hace dos años ha decidido iniciar una vida con él, y que ahora comparten hogar. No siempre tiene activo ese recuerdo.

En particular hoy, tras las ensoñaciones, lo ha olvidado y, por eso, una sensación de desilusión visita su mente al verlo, aunque la reprime rápido. Ella estuvo convencida, en su momento, de tomar este paso y no debe dar marcha atrás, pese a la sensación de insatisfacción que ocasionalmente experimenta al compartir espacio con este sujeto.

Luego de superar esta breve duda, ha notado que Keimusho está vestido de forma elegante. Al menos más que de costumbre. Le dedica una mirada suspicaz, tras lo cual el muchacho sonríe y le devela el plan de esta noche: uno de sus colegas de trabajo le ha contado de un lugar nuevo, en el que se puede bailar y beber hasta tarde, y ha decidido que esta noche es una buena ocasión para explorarlo.

Mayu siente una pereza inmensa tan sólo de escuchar el plan, pero despide -con un dejo de tristeza- sus ensoñaciones de este día, para comenzar a vestirse para la ocasión. No quiere contrariar a Keimusho y piensa que tal vez sea bueno hacer algo diferente. Más bien, intenta convencerse de ello.

Durante una hora Mayu prácticamente no ha cruzado palabra con Keimusho. No ha hecho falta. Por un lado, el muchacho se ha dedicado a platicarle sobre su día, sin preguntarle nada sobre el de ella, y por otro, insiste en apresurarla mientras charla.

No es la primera vez que lo hace -y ella odia esa estresante rutina-, pero algo en su interior le impide poner un alto. A veces se siente culpable por no asumir de forma optimista la actitud de Keimusho; y otras, imagina que si detiene la actitud impetuosa y nefasta de su novio, le romperá el corazón y terminará por destruirlo. Desde pequeña ha fantaseado con la idea de que sus palabras destruyen.

Últimamente ha intentado algo nuevo para relajarse un poco ante este escenario. En cuanto Keimusho comienza a hablar, toma -al azar- cualquier palabra de su relato interminable, y a partir de ella comienza a imaginar una historia, de esas que le contaba su mamá cuando era niña, con grandes y arriesgadas aventuras y finales esperanzadores.

Se ha percatado que desde que comenzó con esta costumbre, el tiempo se consume más rápido y ella puede concentrarse en lo que esté haciendo en ese momento. En esta ocasión le ha funcionado de maravilla. Sólo 25 minutos después del aviso de Keimusho sobre el plan para esta noche, Mayu está lista, sobre el asiento del copiloto, resignada a acudir a una velada que apunta a ser insufrible.

Tras llegar al lugar, que no le ha dado buena espina desde la fachada, observa a Keimusho entrar triunfante y dirigirse hacia la mesa en la que les aguardan los compañeros del trabajo, que celebran con júbilo la llegada del muchacho pero, sobre todo, que llegue con su acompañante, que ahora luce como trofeo de una épica masculina inédita. Incluso, por un instante, Mayu sospecha que alguna apuesta está involucrada en tan efusiva celebración.

Keimusho se reúne con sus colegas, casi como en cofradía infantil, para repasar las anécdotas del día. Mayu se sienta del otro lado de la mesa, con las parejas de quienes protagonizan esta saga, que ya conoce bien por estas reuniones, pero con quienes difícilmente encuentra algún tema interesante de conversación.

Dos cosas juegan a su favor en esta ocasión: con el paso de las reuniones ha encontrado algunos asuntos superficiales de plática que le permiten consumir tiempo, pero además ahora ha llegado mientras una de ellas, aburrida por supuesto, ya se desarrolla, y no tiene más que saludar y sumarse –callada-, para cumplir con el requisito.

Las personas de este grupo charlan sobre el reciente boom de monedas virtuales, que de hecho es un tema que domina por sus tareas profesionales, aunque le parece un asunto sin sentido, creado por los financieros contemporáneos para engañar bobos.

Pese a que podría opinar algunas cosas, decide mejor escuchar las opiniones desinformadas y absurdas de quienes le acompañan. En el fondo, le gustaría que la plática girara en torno a temas más relevantes como el poco tiempo que dedicamos a una buena lectura, o lo mucho que consumimos cosas inútiles de forma cotidiana.

Cuando piensa en esos asuntos, Mayu siente que está rebelándose un poco de su vida secuencial y predecible. Siente que por unos instantes se retira la pesada máscara que lleva a diario y puede respirar hasta hinchar los pulmones. Siente, en suma, que esas conversaciones –que sostiene casi siempre sólo consigo misma- la aproximan a vivir.

De hecho, -reflexiona- cada vez más ha sentido la necesidad de brindarle espacio a esas ideas y anhelos. Cuando lo hace experimenta, por supuesto, una sensación de desprendimiento de la vida corriente, pero sobre todo, se siente transportada a un mundo distinto, como si por momentos asumiera otra nacionalidad, o mejor aún, como si se exiliara hacia un territorio nuevo y maravilloso.

Mientras repasa estas ideas, se da cuenta que la conversación ha dado un giro hacia la música que suena actualmente en las estaciones de radio –otro tema que le aburre demasiado-, y que además en el transcurso de la charla anterior nadie le ha pedido opinión.

Se le ocurre entonces, en forma traviesa, poner en marcha un experimento. Durante el presente tema, hará comentarios absurdos para ver las respuestas de sus acompañantes. Luego de la más reciente intervención alcanza a soltar algo así como: ¡en realidad Mozart es lo que los DJ están programando ahora con mucha fuerza!

La persona a su lado la ha volteado a ver con cierta curiosidad. En realidad pareciera más como si le preocupara no haber escuchado a ese Mozart que tan de moda está por estos días. Para disimularlo, le contesta a Mayu con un tímido: es cierto.

El resto le dedica una mirada de cuatro segundos a Mayu, mientras asienten fastidiados, en una clara actitud de ignorarla, y regresan a comentar la opinión de la persona previa. La chica se ha divertido mucho con este primer intento y decide continuarlo. Luego de unos cinco comentarios más, su grupo está completamente desconcertado por las intervenciones y han terminado por responder con ideas aún más absurdas.

A Mayu le resulta cada vez más difícil contener la risa, así es que ha decidido ir a la barra por un trago. De regreso, observa a Keimusho discutir acaloradamente con sus colegas, ya en franco estado de ebriedad. Tal vez es hora de anunciar la retirada, o el muchacho se pondrá inaguantable.

Se aproxima a su novio y lo retira un poco del grupo. Keimusho reacciona algo violento y le pide que no lo mueva de donde está, mientras jala el brazo en sentido contrario. Mayu se siente asustada, pues aunque el muchacho tiene un carácter fuerte, nunca lo ha visto reaccionar con tal ira.

Le pide que se tranquilice, mientras le explica que ya es tarde y que al día siguiente aún hay que ir a trabajar. Keimusho la observa con la mirada desbordada en cólera y comienza a reclamarle por asuntos intrascendentes, al menos desde la opinión de Mayu, que ahora está absolutamente desconcertada y comienza a voltear hacia la salida, para huir lo más rápido posible.

Uno de los colegas de Keimusho advierte la escena y avisa al resto, que acuden ahora al rescate de la muchacha. Luego de algunos forcejeos, convencen al borracho impertinente de que es momento de irse y lo tranquilizan. Mayu no quiere estar al lado de este tipo, y siente que algo en su interior está a punto de explotar con la misma fuerza que los reclamos que acaba de experimentar, pero decide guardar el enojo un rato y resolver –como de costumbre- el problema práctico.

Sube al auto a Keimusho, con la ayuda de sus colegas, y emprende la retirada. En el camino, las ideas fluyen libres por su mente. Algunas de ellas la invitan a retomar las ensoñaciones de esta tarde, para escapar un poco de esta prisión, mientras que otras alimentan en ella una naciente vocación de bomba que espera sólo una caricia del viento para emerger con fuerza.

Keimusho se ha quedado dormido en el camino, y eso le ha facilitado el traslado y le ha permitido acomodar un poco las emociones. Lo despierta con calma y lo guía hasta la cama. Una vez ahí, cierra la puerta de la recámara y se dirige al baño ubicado en la sala, para quitarse el atuendo, lavarse y prepararse para dormir. Al salir, se dirige al sillón mientras toma una frazada pequeña. No desea estar cerca del muchacho por ahora.

Al día siguiente, la comunicación entre ambos es apenas la elemental. Keimusho se siente culpable, pero no expresa su arrepentimiento. No obstante, esto no parece ser un problema para Mayu, que desde ese día ha estado ensoñando cada vez más.

Sobre el muchacho, experimenta una suerte de corto circuito: aunque intenta sentir alguna emoción, algo se ha quebrado desde el incidente y no se siente capaz de enojarse con él, pero tampoco de ilusionarse con la posibilidad de la reconciliación.

Él, por su parte, está convencido que en algún momento ella intentará retomar la plática y arreglar las cosas, como siempre lo ha hecho, y comienza a abandonar ese estado de culpa. Se siente cada vez más pleno y en control de las cosas.

Ha pasado una semana desde el incidente y Mayu está, de nuevo, enfocada en resolverle problemas a su empresa. Sus colegas nuevamente han hecho un intento por invitarla a salir, que en esta ocasión ha resultado exitoso. La chica ha pensado que es una buena excusa para no llegar a casa pronto y ha decidido finalmente aceptar.

Para iniciarla adecuadamente en esto de las salidas por un trago, le han elegido un bar muy acogedor, ubicado en un sótano, en el que acuden con frecuencia a escuchar música y charlar sobre los dramas de oficina. Aunque Mayu no se siente particularmente emocionada por el lugar, al menos es mejor que aquel en el que tuvo el incidente con Keimusho.

A diferencia de la semana anterior, los colegas de Mayu comienzan a preguntarle por sus gustos e historia. Una diferencia agradable y estimulante, piensa la chica. No les cuenta muchos detalles de su vida, pero sí los suficientes para que todos comenten cosas personales y ella pueda conocerles mejor.

Conforme avanza la velada, incluso se ha animado a cantar un par de canciones con el resto y a reír con los malos chistes de un par de compañeras que siempre amenizan las reuniones con esos relatos. Aunque no le gustaría repetir la experiencia cada semana, Mayu siente que ha valido la pena arriesgarse y que puede salir con este grupo de vez en cuando.

Se ha sentido muy relajada, pero sobre todo, libre, envuelta en un capullo de mismidad, que no había experimentado desde hacía mucho y que ahora está dispuesta a recuperar. De camino retorna a las ensoñaciones, pero en esta ocasión como un acto de resistencia consciente a la prisión en la que ha vivido durante los dos años anteriores.

Sube las escaleras mientras experimenta una emoción mezclada con angustia. Está con la mente y el corazón claros por primera vez en su vida y sabe muy bien lo que hay que hacer.

Entra al departamento y encuentra a Keimusho echado en el sillón, viendo una película. El muchacho la invita a sentarse, con una actitud de despreocupación, pero ella se niega y apaga el televisor. Antes de que él reclame, le dice que ya no quiere vivir con él ni estar en esa relación. No le da mayores detalles, pero le pide que se tome máximo una semana para encontrar otra vivienda y llevarse sus cosas.

Keimusho intenta reclamar de forma airada y agresiva, pero ella se retira de la sala de inmediato y cierra su recamara con seguro. El tipo está desconcertado y aguarda algunos minutos, inmóvil, hasta que comprende que no logrará nada ese día.

Esa noche, se va a dormir al departamento de un amigo y vuelve al día siguiente para insistir en la reconciliación, ahora en una actitud más conciliadora. Mayu mantiene su postura y le recuerda que tiene una semana para llevarse sus cosas. Al día siguiente, Keimusho insiste, ahora en tono suplicante, pero recibe una final negativa. El muchacho, resignado, se lleva sus cosas en el tiempo acordado.

Mayu ha recuperado su respiración ancha y plena. Siente que finalmente tiene todas las posibilidades del mundo ante ella, y no piensa desaprovecharlas. Ha estado investigando sobre lugares para vacacionar y ha encontrado una estupenda cabaña, entre las montañas, que ha decidido alquilar por dos semanas.

Luego de esto, hace el aviso en su empresa de que, por fin, tomará aquellas largas vacaciones que le deben desde hace cinco años y que deja todos los pendientes en orden y a personas que pueden hacerse cargo de ellos durante esta pausa. Aunque su jefe lo ha tomado con molestia, no puede negarle la solicitud, y le ha deseado un feliz descanso al final de la jornada. Al día siguiente, parte rumbo al anhelado destino. Está convencida que ahí encontrará esa burbuja libertaria que tanto ha ensoñado recientemente, pero sobre todo, está segura que la volverá parte permanente de su vida, la convertirá en ese espacio al cual regresar siempre que necesite reencontrarse.

Jiyú (revisited)

La vida comienza, a diario, con el primer aliento de una taza de té. Desde adolescente, Kenzo descubrió su gusto por el Gyokuro, una infusión muy apreciada en su país natal, al que abandonó apenas terminó la universidad. Aunque otra nación lo recibió fraternalmente, siempre sintió nostalgia por el terruño. Por ese motivo, empezar sus días con un poco de Gyokuro era como sentir a Japón en las venas de nuevo, como tocar base.

Ahora trabajaba como programador en una empresa de gestión de contenidos digitales y, con el encierro decretado por el virus, se había convertido en uno de los primeros empleados confinados por la gerencia, pues su trabajo se podía desarrollar perfectamente desde casa.

Kenzo, en realidad, siempre estuvo preparado para este momento: anhelaba desde mucho antes poder pasar todo el día en aquel pequeño edén que había ensamblado en su departamento para trabajar.

Amaba poder estar en aquella silla ergonómica color azul con reposapiés y soporte lumbar, situada frente al escritorio de 79 centímetros de altura -como lo recomendaban los parámetros más actualizados en el tema-, sobre el cual se posaba su teclado con switches optomecánicos mejorados y un travel distance of the keyboard largo, para evitar lesiones por esfuerzo repetitivo; luego del cual se desplegaban, cual centinelas imponentes, dos monitores de 24 pulgadas, ángulo de visión de 178 grados y revestimiento antideslumbrante, que eran acompañados en forma tímida por su bocina inteligente, siempre preparada para reproducir, una y otra vez si era necesario, aquella lista musical tan ecléctica, que incluía lo mismo a rage against the machine o the cranberries que a moby, daft punk o the goo goo dolls.

Era un inmejorable oasis, tanto para los tiempos contingentes en los que vivía en ese momento, como para aquella época en que podía recorrer las calles libremente, aunque decidiera casi siempre no hacerlo.

Prefería estar en casa que en la oficina, porque ya no tenía que lidiar con aquellas distracciones indeseadas, como las de los colegas que se asomaban de repente para contarle chistes malos o para enseñarle fotos de sus hijos realizando las cosas más banales e insulsas.

Desde casa podía poner en práctica por fin aquella técnica del deep work de la que había estado leyendo, y que le planteaba la posibilidad de estar absolutamente concentrado en sus tareas: una suerte de posbudismo para la vida laboral que se había convertido en su anhelado nirvana desde antes del encierro.

Por esas razones, Kenzo no había sufrido ni un poquito el largo confinamiento. Si una palabra definía su vida, esa era jiyú, que podría traducirse como «libertad»: la necesaria para ser quien uno es, pero incluso para ser libre de sí mismo.

El arte de programar, y de hacerlo en aquel espacio tan perfecto, le daba la independencia suficiente para llevar su mente por territorios que la vida “real» y cotidiana jamás le permitiría. No había mayor autonomía que estar enfocado exclusivamente en ese presente simbólico que se le mostraba en pantalla y, al mismo tiempo, estar a una distancia prudente de sí, de sus demonios, de sus nostalgias. Era la mejor forma de pensar sin pensar.

Tenía el control absoluto de su tiempo y podía decidir, incluso, cuándo era el mejor momento para salir del hogar, para ir por provisiones o para cualquier otro asunto, aunque se le ocurrían pocos motivos para abandonar su departamento, salvo el de mantener un acervo suficiente de comida e insumos para la limpieza personal y de su espacio vital.

Su rutina comenzaba cada día con aquella taza de té verde. Luego, se preparaba un poco de arroz cocido con un trozo de salmón, porque era lo que podía cocinar más rápido. A veces, cuando sentía ganas de cambiar el menú, sustituía el pescado por una tortilla de huevo. Comía en 25 minutos. Luego, una ida rápida al baño y después se sentaba frente a la computadora.

Regularmente eran las ocho de la mañana cuando estaba listo para comenzar las labores. Aunque tomaba un receso corto cada noventa minutos, para realizar estiramientos, podían pasar muchas horas antes de que el estómago le advirtiera que era momento de hacer una pausa más larga. Entonces, dedicaba 35 minutos a su alimentación y retomaba la rutina. Era una versión mejorada por él, y ajustada a sus necesidades, de la famosa técnica del pomodoro que tan famosa se había hecho entre sus colegas.

Si bien estaba muy involucrado con su trabajo, se había prometido suspender su jornada, todos los días, a las nueve de la noche como máximo. A partir de ahí, iniciaba su proceso de preparación para dormir: cenaba ligero, por lo general un pan tostado con mantequilla y una última taza de té; luego, leía unas quince páginas de la novela que tuviera en turno; se ejercitaba durante diez minutos para relajar el cuerpo, con la práctica de algunos ejercicios de aikido; para luego tomar una ducha con agua tibia y, de ahí, a la cama.

Seguía esta secuencia de actividades, casi sin variaciones, durante seis días de la semana. Los domingos, al contrario, no realizaba ninguna tarea de oficina, pero era común que hiciera alguna lectura relacionada con su oficio -para mantenerse actualizado- que generalmente provenía de alguno de los seis diferentes boletines informativos a los que estaba suscrito, de acuerdo con los diferentes intereses creativos y profesionales en los que había catalogado sus gustos un par de años atrás. Por las tardes se daba espacio para ver alguna película que tuviera en su lista de pendientes.

Estaba convencido que la única vía para ser libre era la disciplina y, por ello, se sentía orgulloso de haberse adaptado rápido a este régimen de encierro establecido meses atrás. Entre más se parecieran sus días, mejor podía tener control sobre su libertad. Era como decía aquel personaje de esa serie koreana que había visto un tiempo atrás: “sólo quiero que en mi vida no pase nada”.

Hoy, Kenzo despertó algo fastidiado e inapetente, así es que, además del té, sólo recalentó un poco del arroz del día anterior y se sentó a trabajar. Le molestaba tener que variar la rutina por asuntos fútiles como su apetito o la falta de él. Tampoco sentía en ese momento mucha emoción por avanzar en el proyecto que tenía por delante, pero había que enviar pronto un adelanto. Hizo algunas respiraciones profundas y comenzó a teclear.

El tiempo empezó a desvanecerse conforme sus dedos dibujaban nuevos símbolos en la pantalla. Avanzó más rápido de lo que había calculado inicialmente, por lo que tomó la decisión de terminar la primera versión del proyecto al finalizar el día, aunque aún le quedara una semana para la fecha de entrega.

El mundo alrededor lucía más bien difuso, lejano, irreal. Todo lo que existía ahora era un montón de caracteres de colores sobre un fondo azulado. Ese era su amado espacio vital, delineado sobre un perfecto solarized dark y cuyas fronteras terminaban en aquel par de monitores, pero que podían extenderse por los confines del espacio digital.

Recuperó su calma habitual y su alegría. Ese era el territorio libertario que tanto le emocionaba y que ahora estaba ahí, abrazándolo y diciéndole al oído que el mundo podía esperar. En el fondo esa era su verdadera patria y, por ello, a pesar de las minucias de lo cotidiano, podía vivir en éste o en otro país, en la sala de estar o en el cubículo del corporativo: el hogar lo llevaba siempre a cuestas.

Eran las 2:45 de la tarde. Kenzo estaba en el punto más importante del proceso de codificación cuando alcanzó a percibir, distante, una voz que le resultaba familiar. Tardó algunos segundos en fijar la atención en aquel sonido, porque no estaba seguro de reconocerlo del todo, pero finalmente pudo percibir, nítido, aquel llamado que le hacía desear salir de su encierro para conectar con el mundo.

La voz se aproximó cada vez más hasta ser totalmente reconocible y avisarle a Kenzo que el objeto deseado se aproximaba: ¡eloooooteeees! gritaba la voz de un anciano. Aunque el muchacho basaba la mayor parte de su alimentación en la comida japonesa, este manjar lo había seducido irremediablemente desde su llegada al país, y era uno de los pocos motivos que podían hacer que abandonara su nación simbólica por algunos minutos.

La sola imagen de aquella mazorca embadurnada en crema y queso rallado, adornada con unos toques de limón y sal, le producía una cosquilla en las quijadas y una abundante secreción que se le desbordaba entre los labios. Como confirmación del antojo, de su abdomen nació un enérgico reclamo que le pedía ir en busca de aquella maravillosa vianda.

Conocía bien, por el sonido, la distancia a la que se encontraría el vendedor en ese momento y calculó que le daba suficiente tiempo para ir por su cubrebocas y bajar los tres pisos que lo separaban de la calle. Además, el señor de los elotes solía detenerse por algunos minutos en espera de que aparecieran los clientes.

Se paró de la mesa y fue directo a su recamara, donde creyó haber dejado el cubrebocas. Revisó en las cajoneras, a cada lado del colchón, pero no tuvo éxito. Se sorprendió un poco, pero pensó que tal vez lo habría dejado guardado en alguno de los anaqueles del armario. Todavía tenía tiempo suficiente para alcanzar al vendedor.

Exploró cada uno de los compartimentos en forma rápida y fue dejando la ropa en desorden, pero en el mismo sitio. Ninguna señal de aquel maldito trozo de tela. Su corazón comenzó a acelerarse. Buscó en la sección de zapatos, pues a lo mejor lo había tirado ahí mientras revolvía la ropa. Aún nada.

Pensó que podría haberlo dejado en el baño, pues al regresar de la última ocasión en que salió al supermercado tomó una ducha, aunque en realidad era improbable. Se paró en la entrada de esa habitación y la recorrió con la mirada, más bien a la expectativa de que el artefacto se asomara y le dijera ¡aquí estoy! Ningún objeto se movió de su lugar.

Kenzo sudaba ya, mientras pensaba que poco a poco se alejaba su posibilidad de degustar aquel delicioso elote. En un acto desesperado, corrió a la cocina y abrió las puertas de la alacena. Un conjunto de botellas con especias y enlatados resguardaban el lugar. Arriba de ellos, el papel de baño, algunos artículos de limpieza y las servilletas, inmóviles, parecían compadecerse de él. Ningún hallazgo todavía.

Su respiración comenzó a acelerar mientras abandonaba la cocina, porque escuchó la voz del anciano alejarse en forma lenta pero inexorable. Corrió hacia la sala y una silla se le atravesó en el camino. Dio un giro completo, que habría sido la envidia de cualquier gimnasta, y aterrizó en el sillón. Se compuso rápido y levantó los cojines, desesperado, pero ahí tampoco estaba el cubrebocas.

Se quedó inmóvil, por un instante, mientras repasaba en su mente si le faltaba algún sitio del departamento por revisar. La voz del elotero se percibía a una distancia cada vez mayor. Se dirigió al trinchador y abrió los cajones de los cubiertos y la vajilla. Un segundo después, soltó una risa irónica al confirmar su hipótesis de que era una estupidez que estuviera ahí.

Se sintió derrotado. Bajó los brazos y comenzó a sollozar. Era inaceptable haber perdido el cubrebocas. En ese momento un pensamiento lo invadió y se sintió horrorizado ¿Cómo iba a poder salir ahora? ¿Cómo haría para abastecerse? Imaginó entonces que, gradualmente, la muerte llegaría por él. Se visualizó tendido sobre el piso de la sala, deshidratado y hambriento, mientras los vestigios de su respiración se le escapaban del cuerpo.

Del pensamiento fatal pasó al enojo. Cayó en cuenta que, hasta hace algunos meses, él podía decidir si quería permanecer en casa o salir. No importaba que casi no hiciera uso de ese derecho, al menos tenía la posibilidad de elegir. También era libre para sentir el aire entrar directo en sus pulmones, sin esa muralla de tela que lo obligaba a administrar sus inhalaciones.

Cerró los puños y apretó la mandíbula. Parecía como si estuviera a punto de descargar su furia sobre algún objeto pero, en lugar de eso, liberó la tormenta que ya comenzaba a asomarse por sus ojos. Mientras fluía el llanto, se sentía decepcionado por haberse considerado libre hasta ahora. En verdad era un tonto. Su sensación de independencia era tan frágil que aquel pequeño dispositivo desaparecido le había truncado toda posibilidad de moverse más allá de la puerta de su casa.

Se reprendió de inmediato y cortó las lágrimas. Había sido demasiado permisivo con esto de comprar elotes y eso lo había distraído de su proyecto. Se sentó de nuevo frente a la computadora, mientras quitaba con las manos la humedad alojada en su rostro. Observó de vuelta la pantalla y sintió que la temperatura de su cuerpo se elevaba ahora, mientras una punzada aparecía en su cabeza.

Era incapaz de descifrar aquellos símbolos que hasta hace unos minutos eran su idioma favorito. Intentó enfocar un par de veces, pero seguía sin entender nada. Frotó sus ojos, pero eso no mejoró el resultado. Aproximó sus manos a la cabeza y tomó entre sus dedos aquellos cabellos lacios que no había cortado desde hacía mucho tiempo.

Talló con fuerza el cráneo, suspiró profundo y comenzó a resignarse. Bajó las manos lentamente hasta llegar al cuello. Ni bien habían aterrizado sus dedos ahí, registraron de inmediato esa sensación áspera de aquel retazo por el que había emprendido una búsqueda frenética: todo el tiempo había estado ahí, sobre su cuello, ocultándose en el sitio más visible.

Kenzo comenzó a reír. Más bien se le desbordó, durante un buen rato, una mezcla extraña entre carcajadas y sollozos. No podía parar de hacerlo y, al mismo tiempo, no quería. Era lo más cercano que había experimentado a la libertad en toda su vida.

Se dejó caer y rodó por el piso sin control, mientras transitaba por esta amalgama de emociones. No quería detenerse hasta estar seguro de haberse vaciado de sentido. Al fin, luego de un tiempo, paró, miró al techo y se levantó. Se sentía ligero. Miró por la ventana para cerciorarse que nadie lo había observado a la distancia. De inmediato, llamó su atención el arco iris que ahora se asomaba entre los edificios.

Observó las ventanas con mayor detenimiento y se percató que estaban húmedas también. Entendió que el cielo lo había acompañado en esta extraña catarsis y se sintió agradecido. Tomó el cubrebocas y lo subió hasta la nariz. Agarró las llaves y la cartera y se dirigió hacia la puerta. Había una ciudad entera por descubrir allá afuera.

Interludio (revisited)

El día arranca, violento, con los alaridos del despertador: entre sueños, alcanzo a ver que son las 6 de la mañana, mientras el aparato emite alertas intermitentes. Salvo por esta breve interrupción, la casa está completamente revestida de silencio. Mi familia duerme aún, pero yo debo comenzar el trajín matutino.

La alerta declarada ante la mortal enfermedad se mantiene sin fecha final próxima, igual que el encierro en el que se encuentra la mayoría de las personas. Pero yo pertenezco al grupo de los que han tenido que regresar a laborar desde hoy, pues la empresa en la que trabajo realiza actividades permitidas por el gobierno en esta fase.

Me baño en unos cuantos minutos -sin esperar a que caliente el agua-, para continuar con el vacío sonoro que mantiene el ambiente aletargado en casa, y me seco con igual rapidez, por la misma razón, pero también para ganar un poco de calor. Me enfundo en forma lenta pero precisa el uniforme del trabajo y me acomodo el cabello con los dedos.

Salgo hacia la cocina y tomo una pieza de pan dulce, que mastico en forma lenta pero sistemática, mientras caliento agua en un pocillo para mezclarla después con una cucharada de café soluble en una taza. El choque de ambos artefactos es el único sonido que puedo permitirme en estos momentos. Bebo el café con prisa, e inevitablemente me quemo la lengua un par de veces.

Enjuago ligeramente el tarro y me aproximo a la puerta. Tomo el cubrebocas y la careta que recién me han enviado de la empresa. Mientras salgo a la calle, voy sintiendo una creciente aglomeración en la panza. No sé si es el café con pan o la angustia. Es la primera vez que uso estos objetos sobre el rostro y también la primera en que estaré casi todo el día fuera de casa.

Apenas atravieso el umbral de mi guarida, puedo percibir, nítida, la muerte de aquel silencio doméstico: además de los sonidos que emiten algunos pájaros y los vehículos que pasan por la calle, mi espacio auditivo comienza a saturarse con una angustiosa melodía: es mi respiración encapsulada, que batalla para abrirse paso por los resquicios que deja el cubrebocas.

Ese sonido, que crece y decrece en forma constante, me produce desesperación y amenaza con enloquecerme durante los primeros metros de mi caminata pero, conforme avanzo, la sensación cambia y ahora ese balanceo continuo de mi respiración me va sedando progresivamente hasta convertirme en un autómata. Sin notarlo, ya he avanzado un par de calles bajo esta melodía infinita.

También tengo que enfrentar el asunto de la mascarilla, que por mucho que proteja el rostro, ha distorsionado por completo mi percepción de los espacios: ahora todo parece estar más próximo y, constantemente, tengo el temor de chocar con personas y objetos. Aunque parezca absurdo, es como si ese trozo de plástico tapara mis oídos por completo y pusiera en predicamento el balance de mis pisadas.

Además, mi respiración escapa de entre los huecos del cubrebocas y empaña la mascarilla. No sé si lo que me molesta más es que puedo escuchar, nítido, el sonido del vapor impregnarse sobre la superficie plástica, o que tengo que limpiarla cada tres segundos con un pañuelo.

Otra calamidad: el sonido hueco de mis pasos no me deja saber si en verdad alcanzan a tocar el suelo, por lo que tengo la fatídica sensación de que de un momento a otro terminaré por caerme. Para sumar un acorde más a esta fatídica canción, el resorte de la careta y el del cubrebocas aprietan de tal forma que continuamente me rasco la cabeza, y la quijada y el rasgar de mis uñas sobre la piel suena amplificado y se suma a esta acústica machacona.

Para describirlo en breve, me siento como si fuera una mezcla entre astronauta prisionero de la gravedad y automóvil sin parabrisas, en medio de una tormenta. Creo que prefiero mil veces el silencio de casa -pese a los infinitos esfuerzos que hago por mantenerlo mientras me alisto-, que este novedoso concierto que emana de mi cuerpo amurallado.

He avanzado apenas unas calles en los últimos cinco minutos. Parece que nunca fuera a llegar a la estación del subterráneo. Ahora debo atravesar el parque de la colonia que, a pesar del encierro, luce bastante transitado.

A los estridentes cantos de las aves se suman ahora las pisadas de los deportistas madrugadores que circulan sin detenerse; los chirridos de las ramas de la escoba del señor que limpia el parque; el aterrizaje de los escupitajos que los señores aventuran a la acera, sin la menor observancia a las reglas sanitarias; además de los tosidos pobremente atajados por el puño de un anciano que está sentado en una de las bancas cercanas. Esta jungla que recién descubro anticipa, con sus notas musicales, lo que vendrá cuando aborde el transporte público.

Voy a la mitad de mi recorrido por la arboleda cuando un tipo me ataja. Lleva cubrebocas también e intenta preguntarme algo, pero sólo puedo percibir algunos balbuceos que salen de su boca. Le hago una seña para indicarle que no alcanzo a escucharlo y, con mirada de fastidio, alza la voz para preguntarme si conozco la calle de Castaños.

Apenas logro escucharlo, pero comienzo a darle indicaciones, aunque él me detiene con su mano sobre mi hombro para indicarme que ahora es él quien no escucha nada. Una sensación de calor vaporoso sube desde mi estómago hasta la cabeza y, en un tono más alto y enfurecido, comienzo la explicación ante su mirada atenta.

Repite, en forma de pregunta, las últimas dos instrucciones, ya con los decibeles bastante subidos, y contesto en tono afirmativo y con mayor volumen de voz aún. Los habitantes transitorios del parque voltean a vernos, alarmados por los gritos con que nos hemos comunicado. Nos despedimos brevemente y continuamos nuestros caminos.

Justo en las lindes del parque hay un puesto de comida, atendido por una señora de edad avanzada, en el que aguarda una larga fila de personas que no cumplen con la distancia obligada entre ellos. Desde donde estoy, todavía alejado de la cola, se puede escuchar la melodía burbujeante del aceite hirviendo que les anticipa a los clientes un delicioso manjar. La señora utiliza el cubrebocas por debajo de la nariz y se lo quita constantemente para aproximarse a retirar los alimentos del proceso de fritura.

Mientras lo hace, puedo jurar que escucho las gotitas de saliva que abandonan su garganta y aterrizan en el aceite con un tímido blup por sonido final, para confundirse con la ebullición que ya ocurre en aquel cazo. Aunque el olor me seduce, haber imaginado esa escena (¿o sí la vi?), inhibe mi apetito.

Me enfilo a la siguiente calle, que es bastante estrecha, y comienzo el sangoloteo de mi cuerpo -a un ritmo que bien podría ser de mambo-, para esquivar transeúntes, aunque no siempre lo logro: a veces alcanzo a tocar –apenas- una mano por aquí o una pierna por allá. Me he percatado que mi respiración encapsulada sirve como percusión para este pegajoso y obligatorio ritmo que sigo ahora para poder avanzar.

Estoy cubierto de sudor, en parte gracias a la careta empañada, pero también a la tensión que siento en todo el cuerpo ante la posibilidad de exponerme al contagio y diseminar el virus entre mi familia. Conforme camino más, percibo las palpitaciones agitadas del resto, que también retumban en esta serenata mañanera que entonamos todos los caminantes.

Estoy a una calle de llegar a la estación y mi corazón late vigoroso como preludio sonoro de lo que está por ocurrir. Desde donde estoy, alcanzo a escuchar un coro que va subiendo de tono conforme avanzo. Es el bullicio jubiloso de las multitudes que me esperan en la entrada al transporte subterráneo, que ahora se asoma ante mí, imponente.

Sus rumores ensordecedores, que asemejan a cualquier estadio de futbol, me engullen ahora. Adentro me espera esa normalidad que jamás se detuvo, tan virulenta y rítmica. El verdadero concierto empieza ahora. Cierro los ojos, mientras avanzo, y me santiguo.

Desciendo por las escaleras de este novel averno y los sonidos se vuelven cada vez más nítidos: las conversaciones se registran a un volumen más alto que allá afuera, porque muchos de los residentes de la estación lucen orgullosamente desnudo el rostro, y otros simulan usar un cubrebocas que apenas si alcanza a cobijar sus barbillas.

Los rugidos furibundos de la multitud me van envolviendo mientras espero el tren. Imagino las millones de gotículas lanzadas venturosas al aire, en una suerte de marcha fúnebre aleatoria que comienza a asfixiarme con sus acordes infectos. Un sudor frío se abre camino entre mi rostro. Mi corazón comienza un súbito beat que acelera sin descanso dentro de mi pecho y que pronto alcanzará la velocidad de la luz.

Resistencia (revisited)

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Ginger Quinn camina con prisa y temor, como tantas veces desde que apareció el virus. Lleva en el rostro el acostumbrado trozo negro de tela que le cubre la mayor parte de las pecas, y que disimula la sonrisa agridulce con la que suele caminar en su trayecto al trabajo desde hace tanto tiempo.

Sus cabellos rojos, largos y ondulados, danzan al ritmo de sus pasos. Más bien, parecieran brincar, sin orden ni control, mientras enseñan la urgencia de esta muchacha que camina agitada y concentrada en sus pasos.

Todos los días recorre dos kilómetros para llegar a la estación de transporte subterráneo más cercana que, luego de 15 estaciones, finalmente la deja en su odiado trabajo como vendedora telefónica en una compañía de seguros.

Este singular rencor a tan chispeante ocupación ha crecido durante las últimas semanas, debido precisamente a la contingencia decretada ante la eminente llegada de la amenaza biológica, que tanto le aterra desde que fue anunciada. De hecho, la amenaza sanitaria no ha hecho más que refrendar la precaución que adoptó ante todo, como modo de vida, ni bien había salido de la adolescencia, para sobrevivir al mundo.

Sobre todo ahora, ella preferiría permanecer segura, en casa, a salvo de cualquier contagio, pero en las oficinas centrales han decidido que lo mejor es trabajar las jornadas completas, en tanto las autoridades no les pidan lo contrario, pues el pánico de la gente ha provocado un incremento en la demanda por seguros del 300 por ciento en los últimos dos meses.

Ginger odia esa absurda explicación, repetida por sus jefes cada lunes para «incentivar» a los empleados. -Como si nosotros recibiéramos algunas migajas de las ganancias que se está embolsando la compañía en estos meses- se repite la chica, en voz baja, después de escuchar el infame mantra.

De pronto se ha percatado que, por ir pensando en esto ha olvidado observar si, durante las últimas dos calles, alguna persona ha pasado muy cerca de ella, o si todos los transeúntes portan el cubrebocas o la careta obligatorias. Ha tomado como un reto personal esto de cazar infractores e insultarlos por arriesgar a los demás con sus imprudencias.

A unas cuantas calles de su destino inicial, finalmente se ha percatado que un muchacho avanza con el rostro desnudo, mientras sostiene una guitarra por un lado, y por el otro le acompañan un par de amigos que utilizan el cubrebocas como sostén de sus incipientes papadas.

No puede evitar sentir un calor que le invade la cabeza, mientras sus quijadas comienzan a ejercer una presión desbocada una contra la otra. Es demasiado descaro en una sola escena y ella está convencida de detenerlo.

Aún distante de los muchachos, pero con suficiente proximidad para ser escuchada, les grita una serie de insultos bien seleccionados para la ocasión, al tiempo que les pide que se cubran el rostro conforme a las reglas sanitarias.

Los muchachos parecen escuchar un poco de aquella perorata recitada por Ginger, pero no le prestan tanta atención. Contestan con algunas risas juguetonas y siguen su camino.

La chica decide avanzar más rápido y confrontarlos, pero el paso de aquellos infractores se ha acelerado tanto que, luego de unas tres calles, les ha perdido la pista por completo. Asume la derrota y regresa la atención a su caminata, pues ya sólo faltan tres calles para entrar a la estación y no puede desviarse de su itinerario si quiere llegar a tiempo.

Además, el ingreso a la estación del suburbano le ha parecido, en estas semanas, un asunto que demanda toda su atención, para mitigar la profunda angustia que le provoca.

Particularmente hoy, conforme se aproxima a la entrada, comienza a imaginar que está por adentrarse en el abismo, o peor aún, en las puertas del infierno. Casi en automático, ha empezado a sonar en su cabeza aquella vieja canción, highway to hell, que reproducía su tío cuando ella era adolescente. Amaba aquella versión cantada por Bon Scott, con esa sexy voz rasposita que le invitaba a vivir sin ataduras: living easy, living free, season ticket on a one way ride.

No obstante, todo lo que consigue su mente en este momento es reproducir aquella versión con la espantosa voz de Brian Johnson, como si un cortocircuito en su mente la obligara a vivir encadenada a ese tono chillón.

Intenta acallar la interpretación un par de veces pero es inútil. Ahora debe concentrarse en que su entrada a la estación sea lo más segura posible, y abandonar la ensoñación sobre esos destellos libertarios que tanto le fascinaban cuando era adolescente.

Decide ignorar el estribillo, pese a que se reproduce en bucle en su cabeza. Sin embargo, no puede dejar de pensar, en forma irónica, que tal vez esa vida desenfrenada de la que habla la canción es muy similar al festín infeccioso del que ahora serán partícipes los cientos de personas que, en este momento junto a ella, caminan escaleras abajo para abordar el tren.

Comienza a sofocarle el calor corporal acumulado de la gente que avanza sin pausa. Puede percibir perfectamente los cuerpos pegajosos e infestados, invadiéndola. La canción regresa a su mente: hey mama, look at me, I’m on my way to the promised land. Una profunda nausea amenaza con salirse de su cuerpo y salpicar a estos zombies que ahora danzan a su lado, en dirección al averno motorizado que está próximo a llegar.

Aborda el vagón y descubre un asiento vacío. Se apresura a ocuparlo y cierra los ojos. Prefiere no pensar en los antecedentes higiénicos de la persona que estuvo sentada antes que ella. Aspira y suspira profundo.

La tonadita en su cabeza al fin le ha dado una tregua. Entonces, comienza a ser consciente de su hartazgo de esta rutina esclavizante. De ambas, de la de acudir a su estúpido trabajo y de la labor de vigilar todos los rincones en busca del virus.

El sopor la adormece durante tres estaciones pero, repentinamente -en medio de esta pausa onírica-, ha tenido una revelación. La angustia por el “enemigo oculto” allá afuera es lo que la mantiene próxima a la asfixia. Debe intentar recuperar su vida con un último acto liberador, retornar a aquellos tiempos de música y desenfado de la adolescencia.

Como un susurro que atraviesa por su cabeza, le ha aparecido la idea de que tiene que explorar los alrededores, en busca del siguiente paso. De reojo observa que el tipo con la guitarra y sus prófugos amigos están en el mismo vagón ¿sería acaso todo lo ocurrido una profecía de su liberación?

Al tiempo que piensa en ello, también ha regresado a su mente una vieja imagen, de ella misma empuñando una guitarra hace algunos años, sentada al lado de su tío mientras él le enseñaba los acordes de aquella canción que hoy ha aderezado su trayecto. Seguro será fácil recordarlos.

Entonces, aquella loca idea que se anidó hace unos instantes en su mente termina de madurar. Aunque ella es muy tímida, necesita darle un giro a su vida y está dispuesta a romper con todas sus ataduras y dirigirse directo al infierno, para liberarse: Taking everything in my stride, don’t need reason, don’t need rhyme, ain’t nothing I would rather do

Se levanta, sin algún signo de duda, y camina firme en dirección al músico. Toma su guitarra y, ante la mirada desconcertada del tipo y sus amigos -que esperan la reprimenda inevitable ahora que han sido descubiertos por su persecutora-, emite un pequeño guiño sugestivo que parece invitarlos a ser sus cómplices silenciosos en esta travesura que está por comenzar.

Ellos, enmudecidos, cambian la expresión de sus rostros a una que parece de curiosidad. -¿Qué estará pensando hacer esta pelirroja subversiva?- parecieran pensar, a decir del gesto que dibujan ahora.

Ginger avanza hasta la esquina más próxima del vagón. Se recarga un poco y enfunda la guitarra, dispuesta a dar paso a la insurrección. Con un primer rasgueo, anticipa a los viajantes lo que está por comenzar. Las miradas, todas, se posan sobre ella. La expectación se ve aderezada por una serie de arpegios que mantienen una tensa calma, a punto de fenecer.

De pronto, comienzan a florecer de la garganta de Ginger los primeros cantos, en un nítido registro de contralto. Por momentos, parecieran emular a una versión suburbana de Norah Jones, tal vez con algunos toques de entonación contestataria de Amy Winehouse. La gente no puede ya dejar de mirar a la chica. Algunos incluso han comenzado a mover la cabeza o las manos al ritmo de la canción.

La pelirroja se siente al fin en control de algo en su vida. Está extasiada. Decide entonces que es momento de llevar las cosas al límite. Si esta es su puerta de salida, habrá de tomarla con ímpetu.

Entonces, libera su canto para explorar los confines de su capacidad vocal. Ya en alguna ocasión alguien le había dicho de las posibilidades de llegar a niveles de soprano, pero había sido escéptica al respecto. Ahora sabe que es cierto y que puede hacerlo con soltura.

Con el cambio de voz, la gente parece haber encontrado una invitación a la disidencia absoluta. Algunos comienzan a brincar sin control, mientras otros interpretan la canción en forma desgarradora y potente. La mayoría se ha despojado de sus cubrebocas e invade el espacio vital del resto.

En el ambiente se respira euforia, sudor y viralidad. Nadie parece preocuparse ya. Ginger termina su interpretación en lo más alto, con un solo de guitarra que se despliega, emancipado, hasta desaparecer.

Ya no hay más música. La gente, aún excitada, repite algunas veces más el coro, hasta que se percatan que la interpretación de Ginger ha terminado. Comienzan a germinar los rostros de incertidumbre. Las voces se vuelven más bien rumorosas y entrecortadas. Todos, incluso la muchacha, esperan a que ocurra algo que indique el paso a seguir. 

Uno de los pasajeros, que permanece oculto entre la masa, lanza de repente un feroz grito y los demás los siguen. La catarsis ha llegado a su punto máximo. Algunas de las personas ubicadas hasta atrás del vagón se mantienen solitarias, disfrutando aún de esta breve sensación de libertad, pero muchos comienzan a conversar entre sí.

Unos proponen realizar estos actos en el transporte público como medida de protesta. Otros más se aproximan a Ginger y le plantean comandar las acciones de resistencia, para que ahora incluyan las pintas en lugares públicos y la proclama de consignas a ciertas horas del día.

La chica sólo alcanza a sonreír, pero no responde. Esto parece no importarle al grupo, que ahora comienza a discutir entre sí la pertinencia de los actos propuestos. Ella se percata, en ese momento, que la siguiente es su estación y devuelve la guitarra. El dueño del instrumento lo recibe con gusto, pero apenas si le pone atención, porque se ha sumado, al igual que sus amigos, a una discusión sobre las posibles canciones contra el virus que habría que escribir ahora.

Ginger toma posición de salida en la puerta del vagón, junto con otras diez personas, que intentan no tocarse demasiado, aunque ello resulte inevitable. El tren llega a la estación y ella comienza a colocarse de vuelta el cubrebocas, algo apenada por haber incumplido con la norma sanitaria. Observa a las otras personas que la acompañan en esta peregrinación. Muchos también han devuelto a sus rostros el objeto de tela.

Regresa la mirada al frente. Una cosquilla le invade el cuerpo al caminar. Aunque las pisadas le pesan un poco, el resto de su cuerpo flota. Se siente infectada por una sensación de claridad mental y determinación.

La revolución que ella buscaba no estaba afuera, en esas conversaciones etéreas que pronto se volverán un recuerdo más en las mentes de aquellas personas que ahora deja tras el vagón, y entre las que ya comienzan a dibujarse algunos tosidos y carraspeos sospechosos.

Lo de ella es algo más: el comienzo de una búsqueda sin respuestas claras, pero que le resultará más útil que contestar un teléfono de 8 a 6. Está decidido. Arribará en dos minutos a la oficina de su jefe y le dirá que renuncia a partir de ese momento. Ahora tiene claro que ella sólo quiere vivir. Lo que venga con ello, será el pavimento de su propia ruta hacia el infierno.

Soap opera (revisited)

Sólo percibo silencio. A la distancia, puedo sentir mi cuerpo inmóvil, flotando. Podría vivir eternamente en este estado de perfección. De pronto, un sonido infame interrumpe mi sueño. Giro la vista hacia la izquierda y observo que el despertador marca las siete y media.

Casi en automático, levanto mi cuerpo y lo dirijo, con un solo ojo abierto como almirante, hacia el baño. Bajo mis pantalones en busca de un poco de redención pero, de súbito, recuerdo que he olvidado lavarme las manos primero. Me reprendo un par de veces, mientras observo mi rostro turbio en el espejo. Aunque al día de hoy ejecuto la rutina de limpieza casi a la perfección, en ocasiones tengo algunos olvidos peligrosos.

Comienzo entonces el ritual al que más dedico tiempo en el día: Un chorrito de jabón en las manos, luego un poco de agua, después froto las palmas durante diez segundos, entonces cruzo los dedos y enjabono las uñas, posteriormente los pulgares,  después el dorso de las manos, luego las muñecas, y enjuago.

Al tiempo que repito mentalmente la secuencia -que acompaño con alguna canción que me guste como fondo, para hacer más llevadera la limpieza- cuento el número de segundos que dedico a esta tarea, que nunca debe ser menor a 25, de acuerdo con todas las recomendaciones médicas.

Termino el lavado y me dirijo rápido hacia el inodoro, antes de que esta inminente explosión se me desborde fuera de la taza. Apenas termino, vuelvo al rezo de este nuevo credo sanitario que domina mis días. Justo después de eso, tomo un poco de crema para aminorar la ya notoria deshidratación en mis manos.

Mi esposa Alondra aún duerme tranquila -y lo hará durante veinte minutos más-, antes de que vuelva a sonar el despertador y tenga que entrar a la ducha, mientras yo despierto a nuestro hijo Diego, que debe estar listo a las nueve para comenzar su clase virtual.

Cuento con el tiempo suficiente para bañarme y tomar un café antes de que la velocidad de la jornada acelere sin control. Entro a la regadera y, cobijado por la tibia humedad, tallo tres veces todo mi cuerpo con jabón, para exfoliarlo lo suficiente y despojarlo de cualquier vestigio virulento que pudiera estar posado sobre mi piel, expectante y listo para invadirme.

Al final, termino adolorido pero con una sensación de tranquilidad que me durará un par de horas. Luego de esta inicial batalla contra la epidermis, me seco y me visto con el cambio de ropa que he dejado preparado la noche anterior. Salgo en silencio y camino despacio para no interrumpir el sueño de mi familia. Afortunadamente el encierro me ha librado de usar zapatos y mis sandalias son mucho menos ruidosas.

Entro a la cocina y preparo la diaria solución clorada que nos permite mantener limpios los diferentes objetos de uso cotidiano. El alcohol líquido, por su parte, está reservado para desinfectar nuestros cuerpos de forma rápida y precisa ante cualquier contacto sospechoso.

Al terminar de preparar el elixir distribuyo el líquido clorado sobre la cafetera, para limpiarla. Preparo mi primera taza y volteo al reloj. Tengo aún diez minutos. Bebo a sorbos pequeños mi pócima hasta terminarla, dos minutos antes de que suene la alarma. Lavo la taza con esmero y, al final, le aplico un poco de la solución, por si acaso.

El despertador comienza a vociferar de nueva cuenta y camino rápido hacia el cuarto de Diego. Me siento al pie de su cama y forcejeo con él durante algunos minutos. Finalmente se levanta y comienza a vestirse.

Camino de regreso a la cocina y, mientras coloco un par de panes en la tostadora, me dirijo al comedor para desinfectar la computadora portátil de Alondra, que es la que Diego usará durante las siguientes tres horas.

Al terminar, repaso en forma mental, durante unos cinco segundos, si he tocado alguna superficie potencialmente contaminada. Como no estoy seguro, mejor voy al baño a lavarme las manos. Llevo, además, el dispensador de alcohol para lavarlo también, porque no hay que escatimar en cuidados.

Regreso a la cocina y, mientras Alondra prepara huevos revueltos, unto mermelada en los panes, sirvo leche en tres vasos y los llevo al comedor, donde ya me espera Diego. Justo después de eso, saco mi computadora de su maletín y la limpio, porque tengo una reunión importante a las 9 y media con mis colegas del área de finanzas de la empresa.

Son las 8:40 y estamos los tres sentados, masticando en secuencia, como máquinas perfectamente alineadas en torno a una cadena de montaje. No cruzamos palabras para no perder el valioso tiempo que nos tomará asearnos de nueva cuenta, antes de comenzar nuestras rutinas.

Dos minutos antes de las nueve hemos terminado nuestros alimentos. Retiro los platos de la mesa en lo que Diego enciende el aparato e ingresa el usuario y contraseña de la plataforma escolar. Alondra los lava mientras aseo mis dientes y preparo, a la par, los documentos para la reunión.

Regreso a la cocina para secar y guardar los platos. No puedo dejar de extrañar a Marta, nuestra trabajadora doméstica, quien ha tenido que quedarse en su casa a cuidar a su marido, infectado con el virus. No hemos sabido nada de ambos en dos días y sólo esperamos que la enfermedad haya sido benévola con ellos.

Alondra termina de alistarse, para empezar a recibir las llamadas de los interesados en adquirir cubrebocas, que ha comenzado a vender desde hace unas semanas, luego de que el despacho de abogados en el que trabajaba la despidiera, antes de comenzar el encierro.

“Disminución necesaria de recursos”, le dijeron junto a una supuesta promesa de recontratación en algunos meses, cuando amainara la contingencia. Alondra, que es una mujer muy astuta, supo de inmediato que no volverían a llamarla y que tenía que reconvertirse profesionalmente para que pudiéramos mantener nuestro presupuesto.

Salgo de la cocina y veo a Diego, de reojo, con un gran gesto de angustia, mientras una voz, al otro lado de la pantalla, intenta explicarle a él, y otros 25 preadolescentes, un poco de geometría. Lo observo de forma más precisa y me invade rápido un rictus de horror: Diego juguetea sin control con su dedo en la nariz, con una vocación y perseverancia que bien le servirían para entender el tema de la clase de hoy.

Tomo un pañuelo desechable y jalo su mano hacia mí, con cuidado de no aparecer en el ángulo de la cámara. Diego me observa enojado e intenta zafarse. Limpio rápido cualquier vestigio de ese residuo pegajoso que haya quedado entre sus dedos y le aplico una dosis de solución sanitizante. Recibo de su parte algunos gestos que prefiero no descifrar, para no inquietar a la distancia, con tales improperios, a mi pobre madre.

Me voy al estudio y cierro la puerta para comenzar la reunión. Los de finanzas no parecen tener prisa por desahogar los puntos del orden del día. Yo comienzo a angustiarme porque, al terminar la reunión, tengo que redactar un par de oficios, y luego, aspirar y trapear la casa mientras Alondra comienza la planeación de la comida. Me preocupa pensar que los pisos de la casa estén sin limpiar desde anoche.

Mi mente regresa a la reunión y noto que me he perdido del segundo punto de la agenda. Según recuerdo, no era nada importante, pero ya debo concentrarme. Me acomodo en la silla y emito un pequeño tosido que acallo con la palma de la mano. Abro en exceso los ojos al darme cuenta de mi descuido. Debo lavarme las manos de inmediato.

Observo a los demás para ver si alguien podría descubrir mi ausencia, pero todos están concentrados en seguir al orador en turno. Corro al baño, sigo mi rutina de lavado y regreso al estudio. Respiro agitado, pero he logrado mi objetivo.

La junta ha durado casi tres horas. Me apresuro a terminar mis escritos pendientes y a enviarlos por correo. Regreso a la cocina por la aspiradora y veo a Diego en la misma postura de pesadumbre de hace un rato. Ahora están en clase de biología, revisando las partes de la célula y, si esto sigue igual, tendré que sentarme con él a repasar sus ejercicios y tareas en algún momento de la semana.

Luego de 50 minutos he logrado terminar de limpiar la casa, aunque me han interrumpido en innumerables ocasiones los del departamento de compras de la empresa, que no son capaces de retener una maldita idea de la sesión de la mañana.

Vacío el contenido de la bolsa de la aspiradora en otra de plástico y la dejo, momentáneamente, en la puerta de la entrada. Tomo mi cubrebocas y me pongo los zapatos para salir. Deposito la bolsa en el contenedor de la esquina de mi calle y regreso, apresurado.

De nuevo en casa, limpio con agua clorada la suela de mis zapatos, me lavo las manos, me aplico otra dosis de crema humectante y le pongo alcohol al cubrebocas. Ni bien he hecho esto, Alondra me dice que ha olvidado comprar un par de cosas para la comida de hoy, y que debo ir de inmediato por ellas para que esté a tiempo la comida.

Comienzo a montarme la pesada armadura que adopto para estas ocasiones, y que incluye, además del habitual cubrebocas, una careta, una sudadera y guantes de plástico.

Regreso a mi hogar, luego de 45 tortuosos minutos de tener que esquivar personas, de empacar lentamente mis productos gracias a estos estúpidos guantes que no facilitan las cosas, y de desinfectar el volante y el asiento de mi auto, tanto de ida como de regreso.

Mientras mi esposa lava los productos, yo me aplico la solución de alcohol en todo el cuerpo. No estoy seguro que esto sea suficiente, así es que mejor me doy otra ducha y deposito mi ropa sucia directamente en la lavadora.

Ya son las dos de la tarde y es momento de ver el noticiero, para estar al tanto de la actualización en el número de personas contagiadas y muertas. Desde hace dos semanas nos dicen que estamos por llegar al pico de contagios, pero todos los días registramos más infectados. Las cifras de hoy no son muy diferentes. Lo bueno es que todavía diez países están peor que nosotros.

El conductor ha invitado a un supuesto especialista que dice denunciar una campaña macabra de nuestro gobierno. Habla de un tal «Fucó» y utiliza unos términos que no entiendo. Recuerdo algunos que sonaban un poco chistosos: biopolítica (o algo así) y el gobierno de sí. Me parece un charlatán que sólo busca llamar la atención con palabritas rebuscadas.

Yo estoy agradecido de que el gobierno nos proteja hasta donde puede. Nosotros, como buenos ciudadanos, debemos seguir al pie de la letra sus indicaciones sobre higiene y protección, sin cuestionar nada. Si no nos cuidamos nosotros, nadie más lo hará.

Son las tres de la tarde y todo está listo para comer. Luego del lavado de manos de rigor, comenzamos a engullir con desesperación nuestras viandas. Comentamos algunas cosas sobre lo que ha ocurrido durante el día, pero se siente mucha tensión en el ambiente. Aunque nos hemos adaptado a las nuevas condiciones, seguir esta rutina cansa, y no sé cuánto más podamos hacerlo.

Por la tarde, para que Diego pueda hacer su tarea, debemos limpiar de nueva cuenta el estudio y pelear con él para que se lave las manos después de comer y antes de comenzar sus deberes.

Además de esto, entre la limpieza de los trastes y el reporte urgente que he tenido que terminar en una hora, se me escurre el tiempo. Para Alondra no es diferente, porque tiene que coordinarse con sus repartidores para que mañana hagan las entregas de los pedidos que ha recibido hoy.

Al final de la comida he logrado tomarme otro café para poder aguantar la jornada, y ya perdí la cuenta de las veces que me he lavado las manos. Algunas grietas ya comienzan a aparecer en ellas, a pesar de la crema.

Son las ocho, y mientras Diego se baña, preparamos la cena. Al terminar de comer, en tanto él se asea para dormir, me acomodo en su cama para contarle un cuento. Son las nueve y cuarto, y finalmente ha quedado profundamente dormido.

Lo observo cariñosamente, así, inerte y con su respiración pausada. Apenas puedo creer lo valiente que ha sido al soportar este cambio radical en su rutina. Antes de apagar la luz de su cuarto, y todavía conmovido por observarlo ahí, exhausto, le aplico dos disparos del aspersor que contiene alcohol. Tose un poco y se acomoda en la cama, sin despertarse. Ni hablar, ninguna medida es exagerada.

En la sala me espera Alondra con un vaso de vino que, a estas alturas, es muy necesario. Total, si ya tenemos el cuerpo lleno de alcohol ¡por qué no también las entrañas!

Vemos la película que se nos atraviesa primero en la tele y, al terminar, tras un par de copitas, nos ponemos alegres y juguetones. No hemos cogido en dos semanas, así es que ésta es una buena oportunidad de ponernos al corriente. 

Luego de un rato de mutua exploración, y cuando estamos a punto de empezar la parte interesante, ella me interrumpe con una mirada que conozco bien. Cada uno corre rápido a su baño para darse una ducha. En unos cuantos minutos estamos en la cama, de vuelta donde nos habíamos quedado.

El cansancio ha hecho mella en los dos y sólo aguantamos unos 15 minutos, pero han valido la pena. Antes de dormir, como ya se ha vuelto costumbre después del sexo, tomamos otro baño rápido.

Luego de pocos minutos, ella se queda dormida y yo, que no he podido derrotar al insomnio en estos meses, me voy un rato a la sala. Me siento y comienzo a cambiar sin orden ni propósito el canal que aparece en el televisor. Casi no he puesto atención, porque sigo con esa sensación de vacío en el estómago que me acompaña en todo momento. Siento como si mis días fueran más complicados y estresantes que antes de que este maldito virus nos confinara.

Llego a la conclusión de que no resolveré nada por el momento, y que es hora de dormir, porque mañana será un día más ocupado aún. Me acuesto resignado y cierro los ojos. Comienzo a entrar poco a poco en un trance profundo. He dejado de sentir mi cuerpo al fin.

De repente, una idea atraviesa mi cuerpo, lo estremece como si un cuchillo muy afilado lo atravesara. Mi mente se enciende de nueva cuenta. Abro los ojos, horrorizado ante la idea que ahora domina mis pensamientos: ¡Mierda, olvidé lavarme las manos antes de entrar a la cama!

Intersticio (Revisited)

Con el encierro forzado, los víveres se consumen mucho más rápido. No sé si sea la angustia de sentir que moriremos lentamente en este confinamiento, o la de saber que al final no moriremos. Recién anoche me percaté que era hora de comprar algunas provisiones para las siguientes dos semanas.

Ahora adquirir insumos se ha vuelto un asunto sumamente complicado: hay que preparar la cocina con anticipación para recibir más tarde todo y desinfectarlo, usar ropa que cubra el cuerpo lo suficiente para la excursión, dejar listo el cambio de ropa en el baño para llegar directo a la regadera, tener a la mano la solución clorada para los zapatos, ponerse los incómodos guantes que me harán sudar y que evitarán a toda costa que pueda tomar cualquier objeto con precisión, pero sobre todo, ajustarme al rostro ese incómodo trozo de tela que hace mi respiración más densa, que aprieta demasiado mi nariz y que ha comenzado a lacerar mis orejas.

Desde la salida de mi casa, camino rápido y con la vista puesta al frente hasta llegar a la tienda, apenas a tres calles, por fortuna. Recibo, en la entrada, una dosis de gel antibacterial para estas manos que, aunque ya cubiertas, tocarán las más sospechosas superficies.

Todo es muy accidentado a partir de este momento. Un empleado se me atraviesa. Por un momento pienso que va a chocar conmigo y que tendré que estar confinado, bajo sospecha de contagio, pero el tipo resulta hábil y me esquiva rápido, al tiempo que me dispara líquido de solución alcoholizada sobre el manubrio del carrito contenedor.

Observo a las personas alrededor mío y percibo esa pesada angustia que sé que compartimos todos. Aunque no puedo ver por completo los rostros, sus expresiones son elocuentes hasta en lo mínimo. Cualquier sobresalto o preocupación se les nota en la mirada.

Ya en la sección de verduras observo a una chica de mirada luminosa que estudia y elige cuidadosamente unos mangos ¡Todo en ella es hermoso! Sus ojos almendrados -que ahora diseccionan con paciencia la fruta- y que exudan pasión; su figura voluptuosa, disimulada un poco tras un atuendo deportivo ligeramente ajustado, pero sobre todo la cabellera ondulada que le cae hasta los hombros y que danza vigorosa con su contoneo.

Tomo cualquier objeto, para disimular mi contemplación, pero luego me quedo inmóvil, seguramente sedado por sus movimientos. Algo la hace cambiar su foco de atención. Levanta la cabeza y rastrea esa sensación extraña que ha detectado en el ambiente.

Se topa de pronto con mis ojos y dibuja un gesto de satisfacción ante su búsqueda. Intento desviar la mirada pero me es imposible. Ella tampoco se mueve. Nos observamos fijamente algunos segundos y, detrás del inmenso cubrebocas, se esboza lo que parece ser una sonrisa. Rompe el contacto visual y sigue su camino. Yo regreso a mi lista de compras, excitado y con el corazón batiente.

Ha sido estupendo, y muy necesario, tener este brevísimo encuentro con la chica. Recorro disimuladamente las frutas, elijo mientras observo a los alrededores para ver si ella sigue cerca. Ha desaparecido, me decepciono. Esta contingencia no es buena para el amor.

Regreso a mi contenedor y veo en su interior un pequeño trozo de papel. Lo tomo con sumo cuidado, lo desenvuelvo: «hola, soy Alika. Mi número. Llámame», para luego desplegar aquellos diez gloriosos dígitos que representan mi más cercana posibilidad de relacionarme con alguien desde que comenzó el encierro. Una partícula de esperanza en medio de esta zozobra prolongada.

Mi cuerpo se estremece sin remedio. Me entra una prisa loca por enviarle un mensaje. Hora y media después, apenas llego a casa, alcanzo a quitarme los zapatos y depositar mis compras en la cocina. Saco rápido mi celular y el trozo de papel. Escribo en mi libreta de contactos: Alika Supermercado (la urgencia es una eficaz asesina de la creatividad) e inmediatamente le envío un mensaje: «Hola, me llamo Antoine. Nos vimos hace un rato en el supermercado y no he podido dejar de pensar en ti. Quiero verte».

Inmediatamente después, comienzo a sentir una culpa inmensa por haber roto algunas de las normas sanitarias, gracias a este impulso absurdo de contactar a la chica. Embadurno mi aparato con gel antibacterial y me meto a bañar en espera de recibir una contestación igual de abrupta que la mía. Cinco minutos después salgo de la regadera y me visto apresurado, con la esperanza de ver ya la respuesta de Alika.

Me asomo al celular y siento un poco de decepción, porque no he recibido notificación alguna. Asumo, para consolarme, que ella aún estará de camino a casa. Decido comenzar el arduo proceso de lavado de los productos que he adquirido.

De nuevo me topo con la longitud flexible del tiempo, madre de esta desesperación que se ha vuelto común en estas semanas. Resignado a terminar la rutina de limpieza incluso olvido, por algunos minutos, revisar mi teléfono. Estoy a dos zanahorias de terminar y volteo por curiosidad a la pantalla, para descubrir que tengo al fin un mensaje de esta mujer.

Hago una pausa para revisar el texto. El estómago se me cierra y el corazón reclama airado: «Tampoco he dejado de pensar en ti. Te propongo vernos en cuatro días, en un sitio que conozco donde venden café para llevar. Te mando la dirección mañana. Ahí decidimos si vamos a tu departamento o al mío».

Me falta el aire, me mareo e intuyo una sonrisa imborrable en mi cara y unas ganas de gritar que casi no puedo contener. Es lo más emocionante que me ha ocurrido en mucho tiempo. Aunque cuatro días de espera parecen demasiado, sabré aguantar. Le contestó que estoy de acuerdo y comenzamos un intercambio de mensajes solo interrumpido en las madrugadas, para descansar un poco, y durante algunas horas del día, para atender asuntos laborales urgentes.

Platicamos de nuestros gustos, de nuestra experiencia en el encierro. Sostenemos algunas charlas eróticas, no obstante hemos convenido que no nos enviaremos fotos de nuestros rostros descubiertos ni haremos videollamadas, para sostener el misterio. Nos descubriremos por completo hasta estar frente a frente.

También hemos llegado al acuerdo de hacernos una prueba rápida de detección del virus y mostrarla al comenzar nuestro encuentro. Aunque parezca exagerado, ambos sabemos que no podemos correr el más mínimo riesgo en estos tiempos.

Al fin llega el día pactado. Dos horas antes tomo un baño, y estoy listo y ansioso en la puerta de mi departamento. En cuanto llega el tiempo prudente para partir saco mis mejores guantes (de plástico reforzado) y el cubrebocas más caro, que justo conseguí en días pasados. Añado a mi atuendo, por último, una careta que he adquirido especialmente para la ocasión. También esto forma parte de lo acordado con Alika, al menos para llevar durante el tiempo que estaremos en la calle.

Llego al sitio acordado cinco minutos antes. Las manos me sudan, no sólo por el plástico de los guantes, sino porque estoy completamente nervioso. Trato de inhalar y exhalar tranquilo, pero el cubrebocas no deja entrar mucho oxígeno. Afortunadamente Alika no tarda, también se anticipa a la hora acordada.

Nos saludamos, a la distancia, y nos miramos fijamente a los ojos, nítidos, a pesar de las caretas. Pagamos un par de cafés y, mientras nos los entregan, nos mostramos aquellos trozos de papel con los anhelados “negativo” de nuestras pruebas virales. Luego de compartir este alivio por haber minimizado el riesgo, comenzamos con una charla casual sobre las vicisitudes experimentadas de camino al sitio. Con los cafés en la mano, luego de algunos cálculos, acordamos ir a su casa, a menos de dos kilómetros.

Caminamos lento, pero con la distancia prudente entre nosotros y siempre al compás de esa danza contemporánea que resulta de esquivar transeúntes para evitar cualquier contacto. En el trayecto nos vamos contando hasta qué punto hemos estado aislados, salvoconducto para lo explícito, una nueva manera de seducirnos uno al otro, y ambos sonreímos complacidos.

Llegamos a su edificio. Dos pisos arriba, en la frontera de su departamento, nos quitamos los zapatos y los depositamos en un cajón a la entrada. Ella toma un atomizador y rocía sobre mi cuerpo un poco de alcohol. Yo repito la misma acción sobre el suyo y suelto la botella, que abraza al suelo, estrepitosa.

Entiende la señal y bajamos nuestros cubrebocas. Sus labios gruesos lucen deliciosos y listos para ser recorridos por los míos. Son incluso más apetitosos que lo que había imaginado ese día en el supermercado. Aproximo mi rostro al de ella, lentamente, mientras cierra los ojos, en espera de que nuestras bocas se fundan. Junto mis párpados también y respiro agitado, mientras imagino con prisa ese primer contacto húmedo.

Un estruendo interrumpe nuestro acoplamiento. Hemos olvidado quitarnos las caretas, que ahora han chocado irremediablemente. Nos reímos un poco del suceso y las tiramos al suelo. Al fin puedo sentir su aliento tibio en medio del oleaje que recorre las bocas.

Desabotono su camisa y mordisqueo sus hombros, mientras observo cómo se estremece despacito. Beso metódicamente esa parte de su cuerpo durante algunos minutos, y me voy acostumbrando poco a poco a este sabor amargo y alcohólico que ha dejado el atomizador en su piel. De pronto me detengo. La observo angustiado y reconozco mi sensación en sus pupilas. Aunque la misma idea pasa por nuestras cabezas, ninguno se atreve a decirla.

Finalmente tomo la iniciativa y le propongo que tomemos un baño, juntos. A lo mejor esto sirve para encender el encuentro. Ella acepta gustosa, va por un par de toallas. La duda de si alguna partícula del virus pudiera estar alojada en sus hombros me tiene un poco preocupado. Le pregunto si tiene enjuague bucal con alcohol y me responde afirmativamente. Creo que con eso bastará.

Entramos al baño y nos desnudamos rápido, pero jugueteando un poco. Su piel marrón es la mejor estampa para adornar este cuerpo de proporciones perfectas. Ella nota con agrado el júbilo meridional con el que recibo su desnudez. Extiende su mano y me invita a entrar con ella a la regadera. La sigo, me detiene. Me susurra que, por recomendación sanitaria, ella siempre se enjabona cada parte de su cuerpo durante, al menos, 30 segundos. Después de decirme eso con un tono serio, sonríe en forma seductora y me propone que ambos limpiemos el cuerpo del otro.

Reconozco que no ha sido muy excitante la tarea de contar los segundos que tardo en enjabonar cada parte, pero al menos he podido tocarla por completo. Justo al final de la rutina tomo un poco de agua en la palma de mi mano y lavo su vulva, mientras mis dedos recorren libres este nuevo territorio. Hemos recuperado la intensidad del encuentro. Mientras toco algunos acordes sobre su sexo, ella los acompaña con agudas notas que han hecho trabajar bastante a sus cuerdas vocales.

Tomamos las toallas y nos secamos rápido. Al fin tenemos vía franca para el amor. Nos besamos, mientras avanzamos en forma atropellada hacia su cuarto. Aterrizamos en su cama y me abandono en esta nueva misión de reconocer y conquistar cada pliegue de su anatomía. Mientras nos recorremos en esta feroz lucha, no dejo de pensar en la posibilidad de que el virus esté alojado ahí, observante de la escena, burlándose de nosotros, que hemos creído esquivar su presencia.

Pero algo diferente me ocurre ahora. Me excita la posibilidad de pensar que esta piel virulenta ha comenzado a infectarme sin remedio. Ya lo puedo notar ahora: la temperatura de mi cuerpo ha subido a niveles insospechados y casi no me permite pensar con claridad.

Estoy atado sin remedio al ardor de Alika, que también es mío. Todas mis articulaciones y huesos duelen sin remedio ahora que hemos adoptado este cadencioso vaivén. Mi garganta, la de ella también, probablemente, duelen de tanto gemir. Luego de llegar al límite de nuestra presión arterial, nos desplomamos a la par. Hemos alcanzado la inmunidad de rebaño. Quedamos exhaustos y nos miramos, sin palabras de por medio, durante un buen rato.

Estamos a punto de abrazarnos pero, de nueva cuenta, nos detenemos. Todavía sin hablar, entendemos cuál es el siguiente paso. Nos paramos de la cama y nos dirigimos a la ducha. En esta ocasión, la limpieza ha corrido a cargo de cada uno y hemos sido expeditos. Regresamos a la cama y comenzamos a charlar. Tengo unas ganas incontrolables de abrazarla y puedo asegurar que ella también, pero ambos mantenemos el protocolo de distanciamiento, tanto como nuestras ganas nos lo han permitido. Desliza su mano a unos centímetros de la mía y juntamos las yemas de los dedos. Aunque no la puedo tener tan cerca, la siento muy próxima. Alika me encanta, aunque no pueda controlar del todo esta culpa que siento por haber roto el cerco. Respiro profundo y sigo contagiándome de su mirada.

Tras la empalizada (revisited)

El sol cala fuerte conforme avanza el día. Las calles de esta ciudad, que hasta hace unos días se desbordaban de paseantes, exhiben ahora un letargo digno de cualquier crónica apocalíptica. Todo ha sido producto del decreto emitido por el gobierno central en el que se estableció un encierro obligatorio ante la amenaza inminente, y que sólo permitía la realización “allá afuera” de algunas actividades indispensables.

A mitad de una de estas desamparadas calles se encuentra un conjunto habitacional color ocre, hasta donde el desgaste de los años permite percibir al ojo común, cuya entrada está resguardada por un olmo. Sobre la banqueta, una sábana de hojas se extiende y vuelve difícil el paso de cualquier transeúnte que intente pasar por ahí.

Parecería como que este árbol centinela ha decidido construir una muralla adicional para proteger a sus habitantes del inevitable peligro. A pesar de esta barrera orgánica y aparentemente intencional, es posible observar, desde la ventana más cercana del edificio, a nivel de calle, a una joven familia que sobrevive a esta reclusión que amenaza con ser infinita.

Un hombre de unos 35 años está sentado sobre la mesa del comedor y revisa un documento de un grosor cercano al de un tabique. Su rostro anuncia una profunda concentración, pero también angustia. Con el lápiz, que sostiene con su mano derecha, traza líneas imaginarias sobre una de las páginas y se detiene, de cuando en cuando, a plasmar algún garabato.

Hay una prisa inconfundible en sus gestos pero, al mismo tiempo, parecería que no quiere terminar de revisar este texto, como si con el final de la tarea sobreviniera un infierno al que definitivamente no quiere volver.

Fija la mirada en una coordenada particular de la hoja y se concentra tanto en ella que, por unos segundos, parecería como si hubiera logrado detener el tiempo. Ni siquiera su respiración se puede ver o escuchar. Hay tensión en el ambiente y una quietud insoportable.

Súbitamente aparece al fondo, tras cruzar la puerta que resguarda la espalda del hombre, una niña de unos cinco años. Su cabello castaño enmarañado cubre la mitad de su rostro, como si se tratase de una superheroína que busca proteger su identidad mientras combate al crimen.

Sobre la comisura del labio visible de la pequeña nace una profusa mancha negra que se extiende sobre el resto de su fisonomía. Antes de formar parte de su disfraz, pudo haber sido perfectamente un caramelo que, a fuerza de restregarse sobre su piel, terminó por derretirse sin remedio y tatuar a esta pequeña combatiente, que ahora avanza tras su objetivo.

Lleva en sus manos un automóvil a escala y un martillo de plástico, que seguramente son las letales armas con que enfrentará al adversario. Avanza firme, alrededor de la mesa, hasta que encuentra a su padre y lo mira con una devoción digna de cualquier ritual religioso. Abre los brazos, también invadidos de la pegajosa savia, y se adhiere al torso de su redentor.

El hombre despierta rápido del letargo en el que se encuentra y levanta la mirada, por reflejo. Un segundo después, la mente le indica que es al sur donde debe dirigir sus ojos, para descubrir al embate intruso que acaba de sacarlo de concentración. Observa a la pequeña con una mueca que combina enojo con asco, ahora que ha sentido sobre su brazo esta suerte de moco que se le adhiere a la piel y que proviene de esta enana mutante.

-Adela, la niña está en el comedor y no me deja trabajar, ven por ella- vocifera de manera firme y fuerte mientras, con su mano, marca la distancia necesaria para mantenerla lejos del texto que aún revisa. Ninguna respuesta allende la puerta. -Papá, vamos a jugar a las aventuras ¿sí? estamos en una misión espacial súper secreta para descubrir nuevos planetas y tú eres el piloto de mi nave ¡Vamos!- sentencia la pequeña con una mirada pícara que intenta convencer al hombre. -No, Cata, papá está trabajando en algo importante y tengo que estar concentrado. Ve a tu cuarto a jugar y al rato te alcanzo- responde, un poco enfadado, pero seguro de resultar convincente.

-No, papá, tu nunca quieres jugar conmigo. Hoy no vas al trabajo como siempre y quiero que estés conmigo-. Un espasmo punzante ataca al pecho del padre. Pareciera saber que lo que esta pequeña le acaba de decir es cierto, pero su expresión corporal indica que no sabe cómo acercársele, o incluso que no está seguro si quiere tenerla cerca.

Se recompone, luego de dedicarle un par de segundos a pensar en este asunto. Piensa entonces que, ya después, cuando los ingresos mejoren, podrá compensarle todas las ausencias, pero que por ahora no puede distraerse. Voltea hacia la pequeña y la observa severo. -No puedo, Cata- alcanza a decir resignado, mientras respira muy hondo, antes de dirigir su reclamo hacia otro lado. -¡Adela! ¿Dónde carajos estás? ¡Esta niña no me deja trabajar!- suelta ahora un poco más exaltado.

Aparece de pronto la mujer, ataviada con vestimenta deportiva y un estropajo en la mano. -¿Tú crees que yo estoy descansando, Francisco? ¡Estoy lavando el baño, que tú tienes a bien ensuciar cada vez que usas, y que ni por asomo limpias! Juega con tu hija cinco minutos, que buena falta que les hace a ambos convivir- responde, al tiempo que gira el cuerpo para regresar a su tarea. En su mirada se asoma un poco de fastidio, pero también un estado de irritación que parece formar ya parte de su rostro de forma permanente desde que comenzó el encierro.

El tipo comienza a respirar más rápido y a sentir cómo el enojo crece en su interior. El rictus que dibuja ahora es el de un tirano que acaba de ser desafiado por uno de sus súbditos. Mientras se asoma en su rostro una profunda mueca de incredulidad, la molestia por no ver cumplidos sus designios es evidente. Ambos gestos se tocan y se funden en una estampa que no vaticina nada bueno.

-Ni se te ocurra irte- le advierte a la mujer. -Esta entrega la debo tener lista para mañana o no tendremos dinero suficiente para sobrevivir este mes-. Hace una pausa muy corta, como para tomar impulso y seguir con los embates. Las palabras que a continuación expresa buscan, sin duda, encender la discusión con su adversaria: -Además ¿qué tanto tiempo te puede tomar la limpieza de esta jaula de 60 metros cuadrados en la que vivimos?- dice ya claramente exaltado.

La mujer echa ligeramente para atrás su cuerpo y sus ojos se contraen un poco, como si esta irónica afirmación le hubiera atravesado el pecho y la dejara malherida.

Aprieta las manos para tomar impulso y emprende la contraofensiva: -Si es tan fácil de limpiar deberías hacerlo tú. Por lo que te pagan, a lo mejor si te dedicas a limpiar casas podemos vivir mucho mejor- responde mientras siente cómo el enojo la va infectando progresivamente y sin remedio.

-Pues ese trabajo al menos me mantiene lejos de este asqueroso lugar ¡No sabes cuánto me asfixia tener que vivir en esta ratonera porque no pudimos pagar otra cosa!- dice el tipo, que ya ha perdido casi por completo el control de sus palabras y de sus movimientos pues, mientras reclama, hace avances erráticos y amenazantes hacia la mujer.

El rostro de la mujer proyecta ahora una amarga mueca que desnuda una ira contenida de muchos años. Está lista y dispuesta a dar una última batalla contra este infame que ahora se muestra bravucón. -¡Pues vete ya de esta prisión, como tú la llamas! ¡Sal a la calle a encontrar la muerte, a ver si así terminas con esta pesadilla que es tu vida!- remata mientras las lágrimas se le escapan.

La niña, que al comienzo de la diatriba había decidido continuar con su juego, poco a poco comienza a poner atención a la escena, al principio con un poco de curiosidad pero, conforme suben los decibeles, con una sensación de angustia, cada vez más grande, que termina por aproximarse peligrosamente al miedo. Su carita desencajada parece advertir, como el más certero de los oráculos, el tramo que seguirá en esta representación.

-Te vas a arrepentir de tus palabras- grita el hombre encolerizado, mientras su puño derecho se encoge y se enfila hacia el rostro de este enemigo que lo desafía de una forma imperdonable con sus palabras.

A unos milímetros de aterrizar en aquella quijada comprende que está cometiendo un error e intenta detener el impulso, pero ya es tarde. La cara de la mujer se descoloca y su cuerpo gira sobre su eje para luego desplomarse. El hombre horrorizado cae de rodillas con el mismo impulso de aquel puñetazo que acaba de asestar y, al instante siguiente, comienza a suplicar perdón entre sollozos.

La niña corre asustada a abrazar a su mamá, pero ella la separa de su cuerpo. Se pone de pie y, mientras se aleja, lanza a aquel hombre una final advertencia: -¡Nunca más!- le grita, mientras corre y va dejando una estela de lágrimas tras su paso.

El hombre intenta ir tras ella, pero su expresión dice claramente que sabe que ha hecho algo imperdonable. La niña llora desconsolada y el hombre, casi intuitivamente, regresa con ella y la abraza fuerte, al tiempo que sus lágrimas se unen a este canto desgarrado de la pequeña.

Los dos cuerpos, abrazados, tiemblan al mismo ritmo, en una lúgubre danza que no parece tener fin. Por las expresiones de todos, se podría decir que esta escena se ha repetido demasiadas veces en este sitio.

No se puede entender por qué han llegado a este punto, si tienen cosas que muchas otras personas, “allá afuera”, les envidiarían: techo, comida, compañía y un mínimo de certeza que, ante la amenaza que emerge fuera de esas paredes, vale más que cualquier dinero. Al menos yo no puedo entenderlo. Me alejo rápido de aquella ventana, todavía confundido.

Son las dos de la tarde y todavía no sé si podrán admitirme esta noche en el albergue en el que he pernoctado desde que comenzó la contingencia. Estoy acostumbrado a dormir en las calles, pero ya los policías no me dejan hacerlo desde que pararon casi todo en esta ciudad.

Ni siquiera estoy seguro de poder tener monedas suficientes para comprar algo de comida hoy. Avanzo unos pasos y aclaro mi garganta para emitir el aviso que podría atraerme algún dinero: -¡Haaaay eloooteeees calientitooos, compreeee eloootees calientes!-. Ninguna persona alrededor. Espero tres minutos a ver si alguien se asoma, pero es inútil. Avanzo desconsolado a la siguiente calle, en espera de mejor suerte.

No obstante, mientras camino, siento un poco de alivio por no estar preso en un lugar como el que acabo de mirar. No sé si podría soportar ese sufrimiento profundo que se respira en aquel sitio. A fin de cuentas, mi mayor dolor proviene de estos huesos viejos que tengo que arrastrar para ganarme el pan.

Cuando menos, tengo libertad para recorrer esta ciudad, que durante estos días me ha pertenecido por completo, aunque este reinado transitorio no tenga gran cosa que ofrecerme para subsistir. Miro hacia el frente y avanzo lento, en dirección a cualquier parte, en espera de que estas calles no decidan acabar conmigo pronto.

Tamara

… y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino retener los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.

Las ciudades invisibles, Italo Calvino.

Hay lluvias tan fuertes que terminan por agrietarlo todo. Incluso esa piel extranjera, impostada como propia. Hay lluvias tan fuertes que terminan por purificarlo todo. Incluso nuestros nombres. Hoy, Tamara es lluvia torrencial desde la mirada. Es sismo de magnitudes insospechadas con epicentro en el corazón.

Se ha cansado de intentar comprender a un mundo que la observa sólo a través de las taxonomías. Está exhausta pero, al mismo tiempo, se siente vibrante, como si planeara una batalla que lo definirá todo. Frente a ella está la puerta de cristal que marca la salida de este edificio en el que, hace apenas unos minutos, descartaron, letra a letra, su nombre.

Avanza un poco y aprovecha para recorrer las lindes traslucidas de este infierno que, gracias al día tan soleado de hoy, reflejan un poco su imagen. Se observa minuciosamente y se reconoce exacta, tal como siempre se ha percibido. No puede entender cómo le es tan difícil ser vista así por otras personas. Un instante después, recuerda las palabras que recién escuchó en la oficina del tercer piso y, al observarse de nuevo, se aprecia borrosa, desdibujada.

Cruza finalmente la puerta para ser abrazada por esa ráfaga caliente del verano que ocurre allende los cristales de esta fortaleza corporativa que acaba de abandonar. Camina errática por alguna de las avenidas que la condujo hasta ese lugar. No recuerda bien cuál de todas ellas la llevará de regreso a casa. Es, tal vez, esa sensación de estar desorientada, la que ha desatado la tormenta que se le desborda sin que pueda evitarlo.

Avanza, derrotada, mientras la gente pasa a su lado, indiferente al caudal que atraviesa su rostro y a la desesperanza que deja tras su paso. Parecería como si Tamara fuera sólo una ráfaga de viento que atraviesa tangencialmente el andar apresurado de los autómatas que, cada vez más, forman parte del paisaje citadino.

Luego de incontables pasos, hace una pausa para levantar la mirada. Observa detenidamente los alrededores hasta que sus ojos enfocan aquel pequeño sitio para tomar café. Es un lugar insignificante frente a las majestuosas construcciones que le rodean. Le parece una buena covacha para refugiarse ahora.

Se sienta en la primera mesa que encuentra y se quita el saco beige que había elegido con tanto empeño para la cita de hoy. Sus rulos rojizos, regularmente anchos y vivaces, lucen ahora marchitos. Su blanca piel, casi siempre luminosa, palidece hoy sin remedio.

Las mesas son pequeñas, al menos para su 1.75 de estatura y para sus largas piernas, que siempre le han resultado problemáticas en este tipo de mobiliario. Se acomoda como puede y, ahora sí, seca sus lágrimas por completo.

El lugar está casi vacío, como se podía esperar de un sitio tan insignificante. Sólo lo habitan un par de hombres de mediana edad que la han observado, con una mezcla de curiosidad y repulsión, desde que entró. Están también el barista y una niña que, en la esquina más lejana del lugar, garabatea en una hoja desgastada sin percatarse de lo que ocurre a su alrededor.

La escena le parece irreal. Bien podría formar parte de su siguiente novela, si no le hubieran rechazado la anterior hace unos minutos en aquel palacio de la burocracia literaria que recién abandonó. No quiere pensar por ahora en eso, porque cada vez que lo recuerda, un dolor agudo le invade el pecho y el oleaje arremete de nueva cuenta sobre las costas de su faz.

El muchacho tras la barra nota su llegada -y su facha de desconsuelo-, por lo que aguarda unos minutos a que se recomponga. Una vez que ha visto a Tamara más tranquila, se aproxima y le toma la orden. -Un expreso y una galleta de avena- pide la mujer, sin voltear a ver al dependiente. El sujeto regresa a su sitio y comienza la preparación. Le resulta una persona muy bella, pese a lucir como un residuo de sí misma en este instante.

Tamara aguarda su café mientras saca una libreta de su bolso y comienza a hacer anotaciones. Es más bien un primer esbozo del mapa de lo que hará ahora, pero con ideas que no logran articularse entre sí. Algunas palabras -las más agresivas-, las resalta sobre-escribiéndolas unas tres o cuatro veces.

Ocasionalmente alguna lágrima se le escapa todavía, pero ha logrado contener la mayor parte de esta tristeza visitante. Debe poner orden a sus pensamientos para avanzar. Lo ha hecho en incontables ocasiones desde que tiene memoria. Contener la tristeza, maquillarla hasta lucir agridulce, y luego inventarle otro nombre, resume muy bien la historia de su vida.

Ha escuchado, mientras tanto, algunas carcajadas contenidas, sin mucho esfuerzo, en aquella mesa con los dos estúpidos que no han dejado de mirarla desde que entró. Una furia centelleante emerge de sus ojos, y no tiene empacho en mostrársela a estos dos sujetos, junto con una mueca violenta que los ha hecho girar la vista en otra dirección, todavía con un dejo de burla. Ella sostiene la mirada amenazante durante algunos minutos, hasta que logra despertar algo de miedo en sus contrincantes.

Se siente mejor. Ha logrado sustituir la tristeza por enojo, y al menos eso le ha devuelto un poco de vitalidad. Regresa a su libreta y, mientras repasa las palabras apiladas en ese trozo de papel, no puede evitar que el pensamiento gire, en retrospectiva. Está cansada de luchar para encajar, para no ser vista con sospecha y repulsión.

Mira, todavía con dolor, aquellos años infantiles en los que buscaba en las hojas de papel en blanco su nombre. Tal vez tendría unos cuatro años, y muy pocas aptitudes para la escritura, cuando delineaba trazos al azar en busca de alguna coordenada sobre quién era ella, que pudieran explicarle esa extranjería de sí misma con la que todas las personas a su alrededor la reconocían.

Tal vez un año después, mientras dibujaba líneas aleatorias, sintió una luminosidad abrumadora tras la ventana. Salió al pequeño jardín de su casa, para observarla más de cerca, y pudo notar que provenía de aquel sol que precisamente anunciaba la llegada del verano. Ella no lo sabía entonces, pero esa temporada del año se convertiría en su constante oráculo.

Giro la cabeza en dirección al cielo, y observó detenidamente al sol, hasta que, dos segundos después, la enceguecedora luz la obligó a cerrar los ojos. Aquello fue un evento sumamente afortunado para su búsqueda, pues una vez abrazados los párpados entre sí, comenzó a notar una ligera brisa que recorría el ambiente y que ahora la cobijaba. Sintió cada parte de su cuerpo, y empezó a descubrirlo por primera vez. Al reconocerse, centímetro a centímetro, finalmente dejó de sentirse angustiada. Abrió los ojos nuevamente y ahí estaba, al fin, su nombre, adherido a la piel, a las ideas, a los sueños: Tamara.

Con los años, aprendió a atesorarlo. Sobre todo porque muchas personas lo repudiaban en cuanto lo escuchaban. Eso la entristecía mucho, particularmente cuando intentaba hacer amistades o enamorarse. Entonces, llevar su nombre a cuestas le parecía una lápida, una muralla infranqueable que se interponía entre ella y sus anhelos. Intento disimularlo con apelativos e incluso abandonarlo por completo, pero cada letra regresaba inexorable a su piel y se le aferraba, con tanto amor, que comprendió que era su deber llevarlo en hombros, siempre victorioso.

Simultáneamente, encontró la sensualidad de su andar, la cadencia de su cuerpo, que ya comenzaba a transformarse, y descubrió que al mundo le resultaba muy atractivo eso, y que para ello no importaba ser Tamara sino mostrarse así, tal cual comenzaba a sentirse, holgada y vasta. Al fin empezó a acaparar miradas y pensamientos, pero pronto encontró, de nueva cuenta, que ninguna persona estaba dispuesta a cargar con su nombre. Pero ahora se sentía más fuerte. Lo guardaría para ella y dejaría que recorrieran sus calles sin conocerla.

No obstante, no pudo evitar sentirse vacía, o tal vez vaciada, porque ella no había elegido esa repulsión ni esa aceptación a medias del resto de la humanidad. Quiso volver a sus orígenes, para reencontrarse: Tomó una hoja y pensó en delinear garabatos aleatorios, como en la infancia.

Para su sorpresa, las palabras brotaron, desbordadas, en aquel pequeño lienzo, hasta formar algunas ideas que sonaban coherentes. Al leerlas, se vio reflejada en ellas. Como si formaran parte de su identidad.

Desde entonces, comenzó a ejercitar, todos los días, estos trazos sanadores que delineaban minuciosamente su ser. En algún punto de este experimento encontró insuficientes las ideas confeccionadas y comenzó a visitar las bibliotecas, en busca de nuevas palabras.

Se convirtió en una devoradora de páginas y, de pronto, se descubrió a sí misma capaz de diseñar un universo nuevo, en el que ella podía habitar en paz. Decidió que podía regalarles a otras personas la posibilidad de ello y se auto-proclamó escritora.

Empezó, una vez más en verano, a escribir su primera novela. Pensó que, con todas las imágenes e ideas recolectadas con los años, sería sencillo construir la historia que ahora visualizaba en borrador; sin embargo, había leído demasiadas historias buenas y no sentía que la suya estuviera en ese nivel. Era como si su nombre se le escondiera entre los teclazos y que, ocasionalmente, se asomara para decirle -¡aquí estoy!-, para luego desvanecerse sin dejarle pista alguna de su paradero.

Pero, más que desanimarla, esa búsqueda, hasta ese momento infructuosa, la hizo intentarlo más, investigar más, leer más y luego escribir una y otra vez hasta que, después de unos cuatro años, al fin sintió que tenía una historia que podía ser leída. Siguió entonces los cánones del gremio y envió el manuscrito a cuanta editorial conocía. Recibió, como era esperable, la ausencia de respuesta de muchas y la negativa de algunas más, pero eso no impidió que Tamara mantuviera el ritual de envío, con la esperanza de que alguna de esas empresas encontrara interesante su texto, lo cual también la mantenía dentro del canon de quien aspira a ser leída.

Finalmente, dos años más tarde, la llamaron a una entrevista para conversar sobre su texto. Acudió puntual y emocionada al encuentro, perfectamente vestida para la ocasión y con el corazón desbocado desde que salió de su casa. Se sentó, nerviosa, mientras tres señores de unos sesenta y tantos años la saludaron, tras un escritorio. Hubo un silencio de algunos minutos y un par de ojeadas y comentarios susurrados sobre el escrito. Tamara comenzaba a sudar en forma abundante, pese a que el verano estaba exiliado del edificio gracias a los armatostes del aire acondicionado.

Al fin, uno de ellos se dirigió a la muchacha. Le dijo que el texto era muy bueno y que podía interesarle al mercado al que la compañía estaba orientado. No obstante, le dijo otro de los señores, la idea de usar un seudónimo no les convencía, debido a que su público objetivo era algo conservador. Sería mejor si apelaba a su identidad real, Julio, que era además un nombre que funcionaba en la literatura.

¡Julio! -, pensó ella. Esa dictadura que comencé a derrocar cuando tenía cinco años no existe más y nunca volverá, confirmó en su pensamiento. Además, se lo había prometido a sí misma la primera vez que se había acercado a un chico de la primaria para confesarle que le gustaba, tras lo cual había recibido una golpiza que la tuvo tres días en el hospital.

Sintió crecer dentro de ella ese enojo que la había acompañado, en forma velada la mayoría de las veces, durante mucho tiempo. Respiró profundo y asumió que perdería esta batalla con honor. Se dirigió a los tres tipos y les dijo que, en primer lugar, muchos escritores habían tenido éxito con seudónimos, y que si ella quisiera utilizar uno, no sería un obstáculo para ser leída; pero que, lo más importante era que les debía quedar muy claro que su nombre verdadero era Tamara, y que así quería ser conocida por el mundo. Tomó el manuscrito del escritorio y se despidió, sin dedicar siquiera una mirada, a aquellos decrépitos jueces de lo correcto.

Ahora estaba aquí, sentada en este sitio imposible, intentando vislumbrar qué otras opciones tenía. Haber recordado los orígenes del encuentro con su verdadera identidad la habían calmado un poco. Levantó la mirada y descubrió que los dos tipejos burlones se habían ido. El barista continuaba acomodando enseres tras la barra y la niña sonreía mientras sostenía fuerte aquel lápiz viejo con el que parecía delinear al mundo.

De pronto una claridad inusual recubrió sus pensamientos. Pensó que, a fin de cuentas, la artrítica industria editorial comenzaba a mostrar cuarteaduras por todos lados y que cada vez más existían otros espacios para ser leída, pero sobre todo para escribir, que era lo que le daba sentido a su vida. -Ya se verá-, susurró mientras intentaba convencerse de que sólo había perdido una batalla. Las personas conocidas con quienes compartía el haber descubierto el nombre con los años también habían construido sus victorias sobre la base de muchas derrotas.

Se levantó de la mesa y le indicó al barista, a lo lejos, que había dejado el pago en aquel lugar. Se aproximó curiosa a observar el trabajo minucioso de la niña y encontró un paisaje bellísimo en aquella hoja de papel. No le parecía real que una pequeña de su edad tuviera tantas aptitudes para dibujar, pero no le dio importancia a ese detalle, pues el trazo realmente comunicaba muchas cosas. Se veía como una hoja de ruta que conducía hacia horizontes insospechados.

Le preguntó a la niña por el significado del dibujo y ella le contestó que era un mapa en el que, algún día, se encontraría ella misma. Tamara sonrió, mientras un disparo de adrenalina se le dispersaba por el estómago y la garganta se le cerraba, anunciando nuevamente la humedad. Le dedicó una lágrima y una mirada compañera a la niña, mientras notaba que compartían el rojizo del cabello, y tal vez, algunos rasgos. Acarició su cabello, mientras la pequeña volvía a la concentración de sus tareas, y salió caminando, profusa, de aquel lugar.

Munchausen by proxy

Munchausen by proxy

Ilustración: Sylvaine Nieto

Mientras camina alrededor del parque, Aine siente que libra la más importante batalla de su vida. El aire se le espesa cada vez que intenta recorrer sus pulmones. Conforme avanza por aquellas paredes mucosas, la bocanada sabe a incendio, pero también duele y rasga todo a su paso. Aunque no es una sensación nueva, esta vez le resulta casi insoportable.

Tal vez lo que le horroriza es haber descubierto que ha vivido muchos años con esta enfermedad a cuestas, con aquella inquebrantable sensación de asfixia, como si algo fatal estuviera a punto de ocurrir en cualquier instante; como si el motivo principal de su respiración, todos estos años, hubiera sido la inexorable extinción.

La mirada se le comienza a nublar mientras piensa en esto. Se detiene un momento y dirige su mirada al vacío aquel, adornado de nubes, que la observa desde arriba. Siente aquella luminosidad septentrional asomarse, temerosa, hasta posarse en su piel e hincharla poco a poco.

Este sol que ahora la cobija, jubiloso, parece estar dispuesto a consumir su cuerpo hasta que no quede rastro alguno. En el fondo, es como si este instante abrumador le dijera lo que siempre supo: que se repudiaba tanto como la vida solía hacerlo.

Esa sensación de rechazo era muy antigua, pero en realidad Aine la asociaba en forma más clara con el momento en que decidió estudiar medicina para complacer a su familia, -particularmente a su padre, que había elegido esa misma profesión-, pese a lo mucho que odiaba el mundo de lo verificable y de lo que intenta ser curado.

Aine había pasado toda su adolescencia deseando viajar a los lugares más insólitos, por el simple placer de redescubrirse en cada uno de ellos; por el deseo de perder su nombre en el viaje y asumir tantas personalidades como la imaginación le proveyera.

Luego de esas aventuras, tal vez dedicaría su vida a contar sus historias, o quizás a acumular nuevas ¡Qué más daba! Ya lo descubriría con los años. Por eso este anclaje forzoso de seguir la vocación paterna le pesaba hasta sentir aquella sensación de ahogo, que no mataba, pero tampoco le dejaba hacer mucho más.

Aunque fue una alumna destacada y se graduó con honores, esos años de universidad fueron un tormento que le comenzó a envenenar el alma. Se volvió dura consigo misma y no se permitió mostrar sentimiento alguno desde entonces.

Por momentos, pensaba en aquellos años de planes fantásticos y, unos instantes después, se avergonzaba por seguir guardando esos recuerdos, para luego sentirse fatal por esa vergüenza venenosa. Al final, esa sensación en espiral descendente la iba envenenando de a poquito. Era como si un virus se le diseminara sobre los recuerdos y los infectara sin remedio, gracias a esa culpa maldita.

Durante sus años universitarios no se le conoció novio alguno, pese a que sus padres insistían cada vez más en señalarle que, mientras avanzaba en edad, perdía la carrera por encontrar un esposo que la protegiera y que le garantizara un futuro estable. –Mira que no eres una mujer linda y no puedes darte el lujo de despreciar prospectos- le dijo su madre en más de una ocasión.

Ella no sabía definir en forma precisa si era bella o no, pero definitivamente aquellas palabras le reforzaban la sensación de enfermedad. No es que le atrajera la idea de tener a un hombre a su lado. De hecho, no estaba segura de que sólo ellos le gustaran, porque en ocasiones eran las mujeres las que le resultaban atractivas.

En realidad le seducía, en el fondo, la posibilidad de conocer a las personas, de interesarse por sus vidas -aunque muy pronto ese impulso era sustituido por el de malestar generalizado, y terminaba por cobijarse con aquella indiferencia hacia los demás-.

Había decidido especializarse en ginecología, más por elegir cualquier alternativa que por verdadera vocación. Debido a su inquebrantable talante, había terminado su especialidad con altas notas, y con el prestigio entre los colegas de tener una capacidad de diagnóstico envidiable.

Gracias a ello, había conseguido ser contratada por un hospital privado de renombre en la ciudad, y percibía un ingreso mucho más alto que el del resto de sus colegas de generación.

Aunque no se sentía orgullosa de eso, pensaba que el rápido ascenso le podía permitir un poco de aceptación de su padre, no para que la quisiera más sino, al menos, para que no tuviera expectativas inalcanzables sobre ella.

No obstante, su papá insistía en recordarle que la especialización por la que había optado era para médicos de segunda clase, para mediocres que no habían aprendido casi nada de la profesión.

Mientras le recitaba esa cantaleta, una y otra vez, ella iba sintiendo de nueva cuenta la sensación de descomposición. Podía percibir claramente cómo se le necrosaban las ideas. Así, fue distanciando progresivamente las visitas a casa.

Luego de mucha insistencia, aceptó salir con un médico asistente de su padre que había suspirado por ella, desde los tiempos en que ambos eran compañeros de aula. No tenía ilusiones respecto del encuentro, pero sabía que si le daba entrada podría sortear un poco los reclamos familiares.

Esa primera cita fue algo tormentosa, porque podía oler la desesperación del muchacho. Durante la reunión, mantuvo un aire distante y, en ocasiones, se mostró incluso hiriente y petulante con su compañero de cita. A pesar de eso, el médico insistió en un siguiente encuentro.

A partir de ahí, Aine encontró una nueva diversión: cuanto más se comportara en forma ruda con su pretendiente, más sentía consuelo, como si de alguna manera pudiera transferir, por un rato, esa sensación de enfermedad a este tipo.

Decidió llevar al extremo su experimento, para poder salvaguardar ese pequeño archipiélago de salud que experimentaba al rechazar al doctor. Aceptó la propuesta de ser su pareja y comenzó esa rutina de sobrellevar una relación, que aunque le fastidiaba, se había convertido en su único espacio de alivio.

Desde entonces, algo de vida volvió a su corazón. No porque experimentara algún sentimiento amoroso por aquel sujeto, sino porque tenía un motivo de diversión, una excusa para respirar.

Disfrutaba, por ejemplo, verlo temeroso mientras expresaba sus sentimientos con efusividad. Podía sentir perfecto el ritmo vertiginoso de aquel corazón que se le desbocaba, de tal forma, que las palabras se le entrecortaban mientras soltaba su discurso.

Luego del tremendo esfuerzo desplegado por el doctor -ya agotado-, la miraba en espera de alguna respuesta. Aine tenía una única postura ante ello: lo miraba fijamente, pero su rostro permanecía libre de emoción alguna. Su respiración era pausada y eso le ayudaba a mantener el aire de tensión en el ambiente.

Aguardaba, impávida, durante uno o dos minutos. Pestañeaba un par de veces, tragaba saliva lentamente y abría ligeramente la boca. Un tímido “gracias” se asomaba y no pronunciaba ninguna otra palabra. El muchacho respiraba al fin un poco, y la sensación agridulce de quien obtiene una victoria pírrica se le dibujaba en el rostro.

Aine asumió, luego de unas tres o cuatro veces de practicar este ritual, que el médico terminaría por hartarse, pero eso nunca ocurrió.

Entonces, intentó otras opciones de diversión que pretendían lograr el fastidio de su novio. Por ejemplo, le daba por hacerlo esperar por más de una hora para llegar a las citas acordadas o, incluso, en una ocasión, por no llegar siquiera. Estas acciones le llenaban de placer momentáneo, que luego era seguido por un ligero remordimiento.

Aine se preguntaba continuamente si podía vivir en ese estado de placer efímero durante el resto de su vida o si, en algún momento, podría volver a experimentar algo de la emoción de aquella adolescente idealista y aventurera que había sido.

Pensó que tal vez un giro discreto podría darle un mejor futuro. En cierta ocasión, durante una de esas fases de tormenta causadas por su comportamiento con el doctor, cruzó por su mente la idea de que, tal vez, no le había dado una oportunidad verdadera. A lo mejor si dejaba de resistirse podía sentir algo por aquel tipo.

Decidió cambiar la estrategia como experimento. Al recibirlo en su casa, lo abrazó y le dijo al oído que lo había extrañado. Se separó de él y lo que encontró fue un gesto de desconcierto, incluso de un poco de horror, de parte del muchacho.

Aine no esperaba, definitivamente, esa respuesta. Lanzó un comentario sobre lo bien que se le veía el atuendo elegido para la ocasión pero, de nueva cuenta, recibió una reacción de incomodidad. Decidió abandonar el intento y volver al gesto acostumbrado de indiferencia.

El muchacho respiró de nuevo y su expresión fue la de alguien a quien se la ha concedido, de último minuto, la oportunidad de librar la muerte. De pronto retomó la galantería acostumbrada, como si nada.

Aine se sintió decepcionada. En realidad ella, y este sujeto, no eran más que dos enfermos terminales que se resistían a morir, pero también a curarse. Sin embargo, le daba gusto mantener ese reducto de alivio, en medio de la enfermedad que era esta relación disfuncional. Estaba resignada a seguir con el ritual hasta que la muerte la alcanzara.

No pasó mucho tiempo antes de que la estela fúnebre se asomara. Precisamente esta tarde, antes de ir al parque, su novio le propuso, finalmente, matrimonio; algo que Aine había visto venir desde unos meses atrás, pero que el muchacho no se atrevía a concretar. Ese día, con mucho esfuerzo, finalmente había logrado hacer la propuesta.

Luego de escuchar un montón de palabras inconsistentes y apresuradas, lo miró fijamente durante un minuto y disfrutó, una vez más, de aquella angustia extranjera que consumía a este remedo de hombre, que ahora la miraba suplicante. Dio un trago a su copa de vino y dejó que el contenido se paseara en su boca durante un par de minutos más. Tragó finalmente y contestó con un seco “sí, por supuesto”.

El muchacho, invadido por la taquicardia, balbuceó tembloroso un par de sílabas y la abrazó efusivo. Aine posó ligeramente sus manos en aquellos hombros, unos instantes nada más, y luego lo alejó. –Tenemos muchas cosas que planear- le dijo él. –Tenemos mucho tiempo para hacerlo- contestó ella, en forma mordaz.

Aunque sabía que aquel era su destino irrenunciable, algo dentro de su cuerpo, alrededor del pecho, se le quebró, para su sorpresa. Era como si le hubieran anunciado que su padecimiento crónico estaba a punto de llevarla a despedirse de esa vida que algún día había deseado.

-¿Quieres que vayamos con tus padres para anunciarles nuestro compromiso?- le dijo entusiasmado el doctor. –Ya habrá tiempo para eso- atajó ella en forma fría. El muchacho aceptó, un poco desilusionado, su respuesta.

Se levantaron de la mesa y se despidieron con un beso muy breve. Él se quedó inmóvil y ella le dijo que caminaría un poco. El doctor se dirigió hacia su auto, mientras la volteaba a ver en repetidas ocasiones, y ella giró en sentido contrario, sin voltear atrás.

Mientras avanzaba, Aine sentía una embriaguez incómoda, que le impedía pensar en forma clara. Algo, que no alcanzaba a definir con palabras, le incomodaba demasiado. Siguió su paso, con las ideas peleándose en su cabeza. Sin darse cuenta, había llegado hasta la casa de sus padres.

Tomó un instante para volver inteligible el momento presente. Respiró profundo y supo, por primera vez en mucho tiempo, lo que quería hacer. Avanzó hacia la puerta y tocó el timbre. Su padre la recibió con cierta indiferencia. Se descubrió a sí misma invadida, otra vez, por aquella necesidad de obtener su aprobación pero, en esta ocasión, no dijo nada.

Avanzó hacia la sala, donde la esperaban su madre y él, sentados, y anticipó, sin dudas, que ya sabían la noticia y que esperaban la confirmación de su parte. Se sentó y permaneció callada durante algunos minutos, ante la mirada sorprendida de sus dos anfitriones.

No es que no tuviera algo que decir, sino que había experimentado, de súbito, una visión, sobre el futuro, que la aterrorizó. Se vio a sí misma postrada en una cama, algo vieja, con esa sensación de enfermedad acostumbrada, pero ya sin que le molestara por completo. Su rostro amargado se había convertido en su máscara definitiva. Ya no se le podía distinguir de esa sombra virulenta que, unos años atrás, le había cambiado la vida.

La escena le pareció insoportable. Valía más enfrentar una muerte temprana, al menos la muerte que sobrevendría con el desprecio de aquellos que ahora tenía enfrente, que asumir en forma definitiva esta nacionalidad infecta que estaba por abrazar.

Les contó a sus padres de la reciente propuesta del novio y, ante la emoción materna y una ligera sonrisa de aprobación esbozada por el padre, estiró su mano, pidiendo que detuvieran su júbilo, y siguió su discurso. Añadió que, aunque eso le resolvía muchas cosas del futuro, también la condenaba a una agonía infinita, una que no estaba dispuesta a seguir experimentando.

Los párpados de sus oyentes se estiraron progresivamente, en señal de alerta. Algo no estaba sucediendo conforme a lo planeado. Aine pidió sólo un minuto más para terminar su explicación.

Les habló de los muchos sueños que se le habían quedado atorados en el pasado, de la frustración tan grande que la cobijó después de su elección de profesión y, sobre todo, de esa sensación infecciosa que le carcomía el corazón cada vez que intentaba librarse de este destino que ellos le habían trazado, y que ella había adoptado sin resistencia.

Abrazó el silencio, entonces, y esperó una respuesta. La madre rompió en llanto y decretó el destierro emocional que ella tanto esperaba. Giró la vista hacia el padre, esperando un resultado similar, pero lo vio ahí, inmóvil, empequeñecido, sin poder articular alguna idea coherente. Su mirada extraviada le añadía una nota adicional de angustia a este instante.

El doctor parpadeó un par de veces y finalmente pudo hablar. -¿qué va a decir tu abuelo? Estaba muy ilusionado con esta boda. Seguramente me echará la culpa por tus decisiones- le restregó a Aimé, aunque su tono era más de derrota que de reclamo. La muchacha se sintió desconcertada durante algunos instantes, pero inmediatamente observó a aquel gigante desmoronarse y, tras de él, vio a un infante encogido y lloroso que se parecía mucho a ella.

Decidió abandonar la escena, triunfante, pero muy desconcertada. Todas las emociones se le agolpaban en el pecho y le dificultaban respirar. Tras cerrar la puerta, aspiró fuerte y marcó a su prometido, antes de que sobreviniera la debacle, para comunicarle su cambio de decisión y desearle buena suerte en el futuro, con otras personas.

Lo hizo en un tono ligeramente más cálido, pero sin romper con ese ritual maldito que habían instaurado los dos desde el comienzo. El muchacho, por supuesto, rompió en llanto y comenzó las súplicas, pero ella estaba exhausta y no iba a soportar una vez más esas escenas. Colgó rápido y avanzó.

Pensó en sentarse un momento en alguna banca del parque aquel, a unas cuadras de distancia, en el que había pasado tantos momentos felices en su infancia y hacia allá se dirigió.

Le pesaba avanzar. Pensó que al encarar a sus padres se sentiría finalmente liberada y, aunque algo había de esa sensación en su mente, le pesaba haber descubierto lo profundamente infecciosa que era esa culpa, que no sólo la atormentaba a ella, sino también a sus padres ¿Cuántos más en su linaje habrían pasado por ahí?

En el fondo, le preocupaba no poder librarse por completo de esta herencia fatal, y cargar a cuestas con esa voz tormentosa que la regañaría cada vez que experimentara un poco de placer o de amor.

Se dio cuenta de su llegada al parque, justamente, porque aquellos dedos largos e incandescentes que la invadían desde el cielo le dieron un regalo inesperado: por primera vez en mucho tiempo sentía algo, aunque sólo fuera esta expansión incandescente dentro de su cuerpo.

Volteó al cielo y dejó que la luminosidad la cegara. Cerró los ojos y se quedó con el rostro en aquella dirección durante un buen rato. Tanto, que le pareció desaparecer. Sintió el aire abrazar su rostro y envolver su cuerpo. Volvió a percibir cada centímetro de aquel cadáver en el que se había convertido, mientras renacía en medio de la floresta, y de esta calidez a la que había renunciado muchos años atrás.

Volvió en sí, poco a poco, y sonrío. Estaba segura que la enfermedad buscaría regresar cada vez que ella sintiera alguna duda, pero estaba preparada para encararla. Una anomalía en el sistema le había regalado el anticuerpo necesario y ahora se encontraba, por fin, lista para andar la vida de frente. Avanzó despacio, sin rumbo claro, y contenta.