Silencio

PRIMER ACTO

El aliento tibio y luminoso del sol se desliza lentamente sobre la mesa de la cocina. La quietud, que no parecía tener fin hace un instante, se ve interrumpida por las tímidas notas que interpreta un pájaro desde el durazno que habita en el patio contiguo. De pronto, el andar histérico de los autos, allende las fronteras de la casa, se suma impetuoso a esta incipiente melodía de la mañana. Esteban entra a la cocina intentando no hacer mucho ruido. Lleva una playera ajustada por la que se asoma parcialmente su prominente panza. Su andar errático deja claro que aún no ha abandonado el estado de somnolencia. Detiene su paso y voltea a ver el reloj digital que está sobre la barra. Son las seis cuarenta. En su rostro se dibuja una mueca de desgano. Vierte un poco de agua sobre la cafetera y acomoda en ella un filtro nuevo. Toma la bolsa de café e introduce una cuchara tres veces. En el camino que las lleva a su destino final aparecen cientos de tránsfugas partículas que aterrizan sobre la barra. El hombre las reúne en la palma de su mano y las deposita en el fregadero. Pulsa el botón rojo que anuncia la próxima ebullición. Gira su cuerpo hacia la izquierda y abre la puerta frente a él. Observa detenidamente durante cinco minutos las diferentes cajas y latas acomodadas por tamaño. No parece encontrar alguna que satisfaga los deseos de esa barriga que ha comenzado a vociferar. Aguarda inmóvil otros dos minutos hasta que nota el vaho que ha comenzado a emitir su cafetera. Abre ahora la puerta que esta debajo de él y saca una taza. Se aproxima al artefacto y vierte profusamente el vital líquido marrón. Aproxima la taza a su boca y un estruendoso sorbido rompe nuevamente esta ausencia de sonido que había reconquistado el lugar. Conforme el brebaje recorre su garganta va sintiendo cómo cada centímetro de su cuerpo cobra vida. Es capaz de sentir ahora sí el olor amargo que emana de la taza. También acaba de darse cuenta que el sol invade ya toda la mesa. Siente un piquete en su mandíbula, probablemente producto de una barba de dos días que se asoma y lo ataca con fuerza. El cansancio primigenio va cediendo terreno. Camina hacia el refrigerador y saca un bote de leche, un trozo de melón y dos huevos. Luego de veinticinco minutos ha logrado acomodar en la mesa un plato con huevos revueltos, otro con melón partido en cuadros de gran tamaño y uno más con cereal con leche. Ha terminado su primera taza de café y se siente vigoroso. Repite la dosis de esa pócima maravillosa y se acomoda en la mesa. Se siente extasiado de pensar en la comilona que le aguarda. Suspira profundo y comienza por el huevo, que parece enfriarse rápidamente. Con su masticar extrovertido se va formando una nueva melodía que lo acompaña.

SEGUNDO ACTO

Ángela entra con prisa a la cocina. El golpeteo constante de sus tacones derrota de nueva cuenta al silencio. A su paso va dejando una estela frutal que invade la habitación. Luce impecable con su cabello rubio ligeramente húmedo, anudado en media cola con un discreto broche. Lleva puesto un pantalón negro de algodón y una blusa color azul rey. Camina con soltura, segura de dominar el espacio que va recorriendo hacia la cafetera. Tras su paso, se encuentra con la mesa y aquel troglodita que devora hipnotizado sus alimentos. Le dedica una mirada de desprecio y un poco de asco. Esteban levanta la cabeza y le devuelve, con los ojos, una profunda indiferencia durante un par de segundos, antes de regresar a su tarea. Ángela sirve un poco de café y lo deja en la barra. Voltea a ver la estufa y al no ver nada ahí, voltea nuevamente hacia su compañero de habitación y, aunque no emite sonido alguno, sus ojos parecieran escupir palabras, parecieran decir: ¡Hijo de tu puta madre, ni siquiera hoy pudiste prepararme el desayuno! Enciende la radio y se dirige hacia el refrigerador. Aparece una melodiosa voz femenina que llama la atención de ambos: Las mañanas que no escuchan su silencio y los días que parecen nunca terminar, la ciudad que duerme en mi cama y yo, intentando soñar. Ángela saca algunos insumos y los deposita al lado de la estufa. Sus movimientos son rápidos y precisos y en un par de minutos ha preparado un sandwich de queso panela, jamón de pavo, germen de trigo y rodajas de pepino y jitomate; un licuado preparado con fresas naturales y un plato de papaya con yogurth griego y miel. Mientras lo hace, su cara adquiere un semblante de hartazgo que acompaña con movimientos de su cabeza al compás de la canción. Mira al vacío como si intentase escapar de sí misma. Se sienta en la barra a comer, pero mientras lo hace, escucha como van creciendo, en decibeles, los sonidos que provienen de aquella mesa. Una cuchara que choca contra el plato con cereal, las mandíbulas de Esteban machacando el alimento, un tosido fuerte que se le ha escapado mientras engulle lo que queda de huevo, los dedos de aquel hombre rascándose la cabeza. Comienza a sentir una profunda asfixia, como si este tipo expandiera el volumen de su cuerpo con cada bocado hasta multiplicarse por un millón y dejarla a ella con apenas el oxígeno necesario para subsistir. Comienza a aspirar y a comer más rápido hasta terminar. Se dirige al fregadero y lava todos los artefactos que ha usado. Los deja perfectamente acomodados a un costado. Seca sus manos y se dirige hacia la sala. Regresa con una maleta grande que desplaza fácilmente hacia la puerta que conduce al patio, y de ahí, a la salida. Se detiene y mete su mano en el bolsillo. Saca un juego de llaves y lo deposita en la mesita que está junto a la puerta. Voltea a ver una vez más a Esteban y le dedica una última mirada de rencor. Del otro lado, ninguna respuesta. Ni siquiera atención alguna en lo que ella está haciendo. Abre la puerta y sale caminando despacio. Afuera se encuentra con el concierto de sonidos de la cotidianidad, que interpreta acordes profusos y exaltados. Una desconcertante angustia se aloja en su estómago. Intenta caminar sin éxito. Una tormenta se le desborda por los ojos durante algunos minutos. Retira los restos de humedad de su cara y decide, finalmente, partir.

TERCER ACTO

Esteban sigue absorto, mientras come. Toda la escena que ha montado Ángela ha sido como un zumbido lejano que apenas alcanza a percibir. Mientras la mujer preparaba su desayuno, ha sacado su teléfono para activar una aplicación que permite reconocer una canción mientras suena. Le ha fascinado aquella voz melancólica y derrotada que apareció en la radio. Su aparato le indica que ha reconocido la canción y, luego de darle un vistazo, bloquea su celular y lo acomoda a un costado suyo. Una vez que ha escuchado a la mujer cerrar el portón de la entrada, activa el dispositivo y reproduce la melodía nuevamente. Sólo le queda el plato de melón, cuyos trozos engulle masticando poco y lento. La euforia que sintió al sentarse a la mesa, cuando terminó de preparar el desayuno, se ha esfumado. Siente una pesadez indescriptible en su cabeza. Está exhausto de sentir. Experimenta un conato de enojo que se desvanece muy pronto. No le queda ánimo ni siquiera para eso. La canción se aproxima al final: Las bocinas que no tienen paciencia, los motores que no dejan de andar, mis oídos sangran lágrimas en silencio y mi mente nunca para de gritar, please make silence, make silence. Engulle el último bocado y siente cómo se atora en su garganta. Tose profusamente sin conseguir que se mueva aquel bocado. El aire se le acaba rápido y, al mismo tiempo que piensa en hacer algo, un letargo lo invade. No le queda fuerza para emprender esta última batalla. Su campo visual se va oscureciendo y cae al suelo. Algunos pocos movimientos aún se asoman por su cuerpo, hasta  extinguirse. El mundo entero se ha detenido a observarlo sin emitir sonido alguno. Esteban yace tranquilo y silencioso.

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Resurrección

Abro los ojos súbitamente y me descubro con las rodillas aproximándose a mi cara, y los brazos envolviendo mis piernas, mientras una punzada bajo el ombligo me exige abandonar este territorio de los sueños en el que estaba hace apenas unos segundos.

Toda mi concentración está puesta en este latido punzante que busco pulverizar apretando duro el abdomen y las piernas. En este estado aletargado y doliente en el que me encuentro por ahora no puedo completar un solo pensamiento.

De un instante a otro, el dolor se ha convertido en una urgencia, en una prisa que me levanta de la cama mientras voy golpeando cosas, y me deposita en el inodoro. Todos mis pecados son arrastrados al sur de mi cuerpo en un caudal que parece interminable y que al mismo tiempo me libera un poco -¡Lo que me faltaba, tener diarrea justo ahora!- pienso mientras descubro en el primer trozo de papel un poco de esa habitual sangre que anticipa unos días infernales. -¡Mierda, ahí vamos de nuevo!- murmuro ya enojada, al tiempo que descubro que aquella punzada sigue intacta y constante en mi abdomen.

Termino la limpieza de rigor y busco rápidamente aquel grial que recién compré, guiada por las insistentes recomendaciones de mis amigas. -Verás que es lo más cómodo del mundo, ni se siente y además hasta ecológica es- me dijeron una y otra vez, hasta que decidí hacerles caso. Lo introduzco lentamente y subo mi ropa interior. Aún tengo sueño y ni siquiera sé qué hora es.

Camino hacia la habitación y siento como la punzada se sincroniza con mis pasos y cómo el dolor me recorre de punta a punta. Llego a la cama y observo el despertador. Son las 4 y media y aún podría dormir un par de horas más antes de tener que levantarme para ir a trabajar. Me meto rápido bajo las sábanas, pero conforme lo hago voy sintiendo como soy vulnerada por esos hilos que en este instante parecen cuchillos, o peor aún, agujas que danzan vigorosas sobre mi cuerpo. No soporto ni siquiera mi piel y quisiera arrancarla de un sólo tirón.

Más tarde llamaré para reportarme enferma, sin duda. No puedo soportar ni mis ideas. Total, en la oficina pueden sobrevivir sin mí un día. Aunque, pensándolo bien, hoy tenía que entregar ese reporte de resultados a mi jefe para que lo pudiera estudiar para la reunión de pasado mañana ¿Y si no entiende los puntos a resaltar? Creo que no puedo darme el lujo de ausentarme hoy. Tengo que dormir un poco más entonces, para poder estar fresca.

Apenas cierro los ojos y siento como ese flujo de plasma, glóbulos blancos, rojos y plaquetas avanza desbocado e intenta huir de mi cuerpo, llevándose consigo lo poco que me queda de fuerza. Siento también cómo, a su paso, el caudal va llevándose cachitos de mí, como si me fuera desmoronando por dentro en forma silenciosa y lenta.

Me coloco en la orilla de la cama y enciendo mi celular ¿Cómo se llamaba aquella página de consulta de medicamentos? ¡Ah, claro, Vademecum! Reviso minuciosamente las opciones y sigo sintiendo los embates cada vez más potentes del dolor en mi vientre. Es un poco como si yo fuera en este momento dos seres habitando el mismo espacio: ese cuerpo doliente que yace vencido y sin esperanza, y esta mente veloz que busca desesperada una pócima que logre redimir mi sufrimiento ¡Ya está! Este medicamento tiene paracetamol, cafeína y pirilamina. Creo que lo tengo en la cocina. Con eso será suficiente para transitar este martirio.

Tomo la pastilla con un poco de agua y me recuesto nuevamente, navegando aún entre el dolor. Me concentro un poco en mis punzadas, con la esperanza de que disminuyan su cadencia pronto. Es curioso porque, mientras voy contándolas, siento como si el torrente me estuviera limpiando también. Como si cada golpe seco que llega a mis ovarios los liberara de a poquito. Además que el dolor me va haciendo consciente de mis órganos, aunque suene extraño. Los puedo sentir ahí, vibrantes, palpitando al compás de esta aparente tortura. Comienzo a pensar que incluso es una señal inequívoca de que estoy viva, de que soy un ser fecundo, pero no porque pueda tener hijos, sino porque en mí habita esa posibilidad de destruirme y resurgir de mis cenizas en forma cíclica. Viéndolo bien, ya no me siento tan adolorida. De hecho, he dejado de sentir mi cuerpo desde hace rato. Incluso mis ideas son más pausadas y distantes.

Abro los ojos súbitamente y me descubro con las rodillas aproximándose a mi cara, y los brazos envolviendo mis piernas, mientras un océano de calma y silencio me rodean. Soy consciente otra vez de mi dolor, pero ahora, por alguna razón, sé que se irá extinguiendo inexorablemente hasta que nos volvamos a encontrar, la próxima ocasión. suena el despertador y me dirijo al baño, con la ilusión de que la ducha termine de purificar mi cuerpo.

Fatale pour la femme

Hoy ha sido un día difícil en la oficina. Mi jefe estuvo todo el día detrás de mí para que terminara los reportes de cierre de mes. Tal parece que el hecho de que yo sea mujer le incomoda, porque suele pedirme antes que a nadie las entregas. No importa, ya estoy acostumbrada. Por eso siempre programo desde antes los avances que reportaré y así cumplo sin desgastarme demasiado. Al llegar a casa observo al sillón de la sala que me invita en forma seductora para que lo invada, pero no me puedo dar ese lujo ahorita. Son casi las nueve. Ariel, mi esposo, está por llegar a casa y seguramente vendrá hambriento. Cuando no cena al llegar de la oficina se pone de un humor terrible y, sinceramente, no quiero dificultades en este momento. Me quito la ropa de oficina casi en automático y olvido ponerme la pijama, porque sólo puedo pensar en lo que prepararé para cenar. Abro el refrigerador y aunque siempre está lleno, he olvidado comprar su jamón favorito y seguro que me pedirá que le prepare su sándwich especial. En ese instante recuerdo que hay un supermercado, no muy lejos, que abre hasta tarde. Podría ponerme unos jeans y una playera para salir cómoda pero esa voz interna que siempre me escolta, y que suena demasiado a mi mamá, me dice que una mujer debe cuidar siempre su imagen y que sería terrible ir vestida así. Me dirijo rápidamente hacia el armario y veo aquel vestido gris que me regaló Ariel hace un mes. –No es la ocasión ideal para estrenarlo, pero es fácil de poner- pienso mientras, simultáneamente, lo deslizo por mi cuerpo. Estoy lista. Me dirijo hacia la entrada de mi departamento y tomo mi bolsa y las llaves de la camioneta. Aunque siento que mi cuerpo se podría desmoronar en cualquier momento por este cansancio tan profundo que siento, una fuerza dentro de mí emerge y me lleva, casi por inercia, al vehículo.

Mientras conduzco voy pensando en lo mucho que disfrutaría con hacer una pausa en mi vida. Un par de días en los que no tuviera que hacer nada para nadie. Dos días en los que ni siquiera me acuerde de mi nombre. Me acabo de percatar que, mientras lo pienso, aparece de nueva cuenta esa estúpida sonrisa falsa que pongo cuando me siento estresada. Cada vez que lo hago recuerdo perfectamente a mis padres diciéndome que, ante la adversidad, lo mejor que puede hacer una mujer es sonreír, porque si una sonríe, conquista al mundo y los problemas desaparecen. Sonaba tan fácil cuando era niña, aunque muy pronto me di cuenta que eso en nada cura al alma.

Ya en la tienda me dirijo directamente al área de salchichonería para comprar el jamón de Ariel. Conforme avanzo siento que cada vez hay más miradas sobre mí ¿Será que este vestido es horrible? O tal vez olvidé retocar mi maquillaje en el camino. Muy pronto me doy cuenta que en realidad las miradas son casi todas masculinas. Comienza a crecer una sensación angustiante en mi estómago. No me gusta ser el foco de atención. Procuro cuidar mi cuerpo, pero eso no le da derecho a nadie de observarme así. Tomo algunas cosas de los estantes, más por escapar de las miradas que por necesitarlas. Apresuro el paso y llego a la fila, que es un poco larga, para pedir el jamón y salir huyendo. Tal vez si no hago contacto visual con ninguno de estos hombres terminarán por perder el interés y voltearán a otro lado.

Ahí está nuevamente la sonrisita estúpida, intentando salvar la situación. A veces quisiera tener un poder mágico y que esta mueca me hiciera invisible. Suena el mensajero de mi celular. Seguramente es mi marido, que está enojado porque no me vio en casa.

-¿Dónde estás?

En el super, amor, comprando tu jamón

para prepararte una deliciosa cena

 

Pero por qué carajos no tomaste previsiones

y lo compraste antes ¡Muero de hambre!

 

Lo siento, seré más cuidadosa con eso. Ya casi me toca pedir

y en 15 minutos máximo estoy en casa.

 

Ya ni traigas nada, ahorita veo

que compro para cenar

 

No amor, te juro que en

15 minutos estoy de regreso

 

Mmmjh…

 

Guardo el celular y me doy cuenta que sólo falta una persona por atender antes de mí. Suspiro involuntariamente y ahí, de nueva cuenta, como carcelero, como marca tatuada a mi rostro, está la sonrisa que me persigue y me atormente con su falsa tranquilidad. Ahora que lo pienso, hace mucho que no me recuerdo sin ella. Supongo que una se acostumbra a vivir estresada todo el tiempo y la sonrisa es una especie de pararrayos, de campo de protección que me protege hasta de mí misma. No he terminado de pensar esto cuando el dependiente me pregunta por mi pedido. También tiene una sonrisita estúpida, pero supongo que, en su caso, es más bien una muestra de que el amigo bajo sus pantalones está de lo más divertido mientras él me observa. Hago el contacto visual necesario para pedirle el jamón de Ariel y giro la vista al carrito. Me acabo de percatar que tomé un salero y una toalla de manos. Una carcajada, ahora sí sincera aunque irónica, resuena en mi cabeza ¡Pero en qué estabas pensando, Michelle! me digo reprendiéndome, aunque en el fondo la voz suena nuevamente a mi mamá. Acabo de recordar que, ya que estoy en el departamento de salchichonería, podría pedir ese salami que me gustó la otra vez. Suena el mensajero de mi celular de nueva cuenta. Observo la pantalla y veo 15 mensajes de Ariel. Siento un vacío profundo en el abdomen y una sensación de calor que se expande por mi cuerpo.

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¡Carajo, respóndeme!

Ignoro el celular y volteo a ver al dependiente, que viene con mi pedido -¿Algo más, señorita?-, –Nada, gracias-, contesto y salgo de ahí hacia ninguna parte. Siento la cabeza aturdida y un miedo que está a punto de paralizarme. Se me dificulta respirar y cierro los ojos para concentrarme. Inhalo fuerte y sostengo el aire. Suelto lentamente y vuelvo a sentir mi cuerpo. No puedo llegar ahorita a casa y lidiar con la ira de Ariel y menos con la mía. En este momento sería capaz de inundarlo de insultos e incluso de irme de casa. Por alguna razón, siempre que llego a ese punto un miedo me detiene y comienzo a pensar en escenarios catastróficos. Sentir ese miedo me hace enojarme nuevamente y de ahí al estrés y de nuevo a la sonrisa absurda y falaz.

Cambio de pasillo y tomo, casi en automático, un pan que veo en el estante más cercano. No puedo vivir así toda mi vida. Intento buscar respuestas en mi mente, pero los pensamientos fluyen demasiado rápido y se contraponen unos con otros. Entre la maraña de ideas, emerge una imagen algo vieja. Un recuerdo que pensaba que había perdido. Estoy sentada en la cochera, tocando la guitarra, mientras garabateo cosas en una libreta. Seguramente no tendría más de 13 años, pero ya soñaba con escribir canciones y viajar por el mundo para descubrir nuevos sonidos. Esa imagen al fin ha logrado tranquilizarme ¿en qué momento se escurrieron esos sueños?

Me percato que, mientras paseo por ese maravilloso país de los recuerdos y los planes inacabados, le he estado dando vueltas al mismo empaque de pan. Volteo ligeramente a mi derecha y veo que un tipo está demasiado cerca de mí. He perdido rápidamente esta ausencia de angustia y vuelvo a esa interminable danza que arquea mis labios y me hace sonreír de manera forzada. No sé si moverme o dejar que tome un paquete y se vaya. Aproxima su mano a la mía y una fuerza dentro de mí hace que tire mi paquete al carrito y salga rápidamente hacia la caja.

Busco la fila más corta. Me asomo de nueva cuenta hacia el celular y veo que la cuenta de mensajes subió a 30. Se me nubla la vista un poco y siento otra vez el nudo en el estómago. Volteo a mi alrededor para distraerme y veo a lo lejos al tipo del pan. Me está mirando. Bajo la cabeza. Volteo de nueva cuenta pero él ya no me mira. Quizás se sintió intimidado y descubierto al ver que lo observaba. En el fondo me parece que no me miraba con tanto morbo como los demás, pero no puedo confiarme de nadie. Afortunadamente está en una fila muy lejana. Pago mis cosas y apresuro el paso hacia la camioneta. La enciendo y no puedo evitar ver nuevamente el mensajero. Mientras avanzo lentamente me doy cuenta que son ahora 45 mensajes, y el último de ellos dice que ni se me ocurra engañarlo con alguien o me mata. El enojo emerge volcánicamente de mí, desbocado. No pienso soportar más humillaciones ni insultos, ni desconfianza, ni nada. Es tanta la rabia que se apodera de mi cuerpo que acelero sin darme cuenta. Acabo de notar, sin embargo, que ahí está de nueva cuenta la sonrisa, constante, inquebrantable, diciéndome que no podré escaparme de ella, que el miedo volverá a dar golpe de Estado y que nada en el fondo cambiará.

Siento un golpe seco y levanto la cabeza. Veo un proyectil humano alejarse y caer. Me bajo de la camioneta en automático y reconozco el rostro de aquel tipo que me observaba hace unos minutos. De pronto, un océano se me desborda de los ojos y va purificando mi cuerpo conforme lo recorre, en dirección al sur. Este torrente glorioso ha sido capaz de derrotar a la sonrisa y asesinarla de una vez por todas. No sé qué pasará a partir de ahora pero, de pronto, me siento muy ligera. Seco mis lágrimas, hasta donde el caudal me lo permite, suspiro muy fuerte… y luego, todo.

 

Femme Fatale

Hoy ha sido un día difícil en la oficina. Mi jefe estuvo todo el día detrás de mí para que terminara los reportes de cierre de mes. La jornada parecía no acabar jamás y el tiempo se escurría lentamente, como gotero que va marcando el compás de una muerte que, aunque cierta, se va apareciendo de a poquito. Al llegar a casa me recuesto en el viejo sillón de la sala y enciendo el televisor casi por inercia. Comienzo a navegar entre programas y anuncios sin que algo atrape mi atención. Un ligero temblor emerge de mi estómago y comienza a crecer con fuerza. Recuerdo que no he probado alimento desde las dos de la tarde y me levanto con desgano para preparar cualquier cosa. Abro el refrigerador y ante mí aparece una solitaria cebolla que, ante tan desolador escenario, seguramente ha considerado el suicidio desde hace días. Esto de estar atrapado entre informes me ha hecho olvidar los asuntos básicos de supervivencia. Me dirijo hacia la entrada de mi departamento, me pongo de nueva cuenta el saco y tomo mi cartera y las llaves. Un profundo bostezo amenaza con boicotear esta emocionante travesía en busca de alimento, pero el hambre es más fuerte y más cabrona.

Ya en la calle me llevo la primera decepción, pues la tienda más cercana está cerrada. Recuerdo que a unas cinco calles está el supermercado ese, medio mamón, que abre las 24 horas y, resignado, me dirijo hacia allá. En mi trayecto, voy cantando en mi mente una de esas canciones de moda que suenan en la radio y de la cual sólo recuerdo el estribillo. Últimamente hasta he perdido el buen gusto musical y pongo cualquier cosa que me distraiga.

Llego al supermercado y tomo uno de sus carritos sofisticados. Apenas entro y recuerdo por qué odio este lugar, con sus productos orgánicos y sus vinos caros y sus quesos de nombres impronunciables. Me dirijo directamente al área de salchichonería para comprar un poco de jamón de cerdo. Nada de pechuguitas de pavo o de productos de soya, o de cualquier cosa que no suene a animal muerto. Al llegar al departamento correspondiente, descubro con tristeza que la fila es larga, a pesar de la hora y aguardo con desgano. Busco nuevamente aquella melodía pegajosa de hace rato, pero mi mente está demasiado agotada como para recordarla. Observo el piso laminado del lugar, que comienza a mostrar algunas grietas pequeñas. Me parece demasiado para este lugar pretencioso ¿Qué opinarían los clientes si fijaran un poco su mirada en el suelo? Sigo con los ojos la secuencia de separaciones y de pronto detengo el avance. Acabo de descubrir, a unos cinco lugares de mí en la fila, un par de tobillos desnudos, enfundados en esos zapatos de tacón que desafiarían cualquier dictamen estructural. Comienzo a elevar la trayectoria de mi cabeza y descubro un par de piernas espectaculares. La exploración me conduce ahora hacia un vestido gris claro que se ciñe perfecto a un cuerpo voluptuoso que desentona con el lugar. En ella no hay nada de “light” ni de “gluten free“. El cuerpo de esta diosa es vasto y dibuja una topografía digna de exploración. Avanzo el último tramo en mi viaje ocular y descubro un rostro simétrico y facciones delicadas que acompañan a ese par de ojos azules que le dan sentido a este cuadro.

Me he quedado observándola por tanto tiempo que ya no recuerdo si era mi turno para avanzar en la fila. Rápidamente un dedo amenazante toca mi espalda y me avisa que debo moverme. Dirijo nuevamente la mirada hacia mi objetivo buscando saber si lo que he visto es real y en mi camino descubro, divertido, las reacciones de todos los hombres del lugar. Algunos se fijan discretamente en la muchacha, temerosos de ser descubiertos por la mirada fulminante de sus esposas, mientas que otros abiertamente le dirigen expresiones lascivas. Mis ojos llegan nuevamente a ella, que mantiene una ligera sonrisa en su rostro y la mirada rígida, puesta al frente. Es como si se percatara perfectamente de lo ocurrido y se negara a concederle a estos caballeros el placer de hacerles ver interés alguno. Al mismo tiempo, observa y desmenuza los objetos que yacen en su carrito, como si quisiera comunicarle al mundo que sus únicas preocupaciones en este instante son contar los productos que lleva y hacer un repaso mental de la lista de pendientes. La fila avanza nuevamente y ahora es el turno de la chica para hacer su pedido. Posa su mirada en el dependiente solo los segundos necesarios para indicarle lo que llevará y luego baja la mirada. El empleado escucha hipnotizado el pedido y aguarda unos instantes más, en espera de un poco de su atención. Ninguna respuesta de parte de la mujer. El hombre se da la vuelta, resignado, toma un paquete que acomoda en una maquina y comienza a rebanar. Fijo mi atención nuevamente en la mujer, que sigue con la mirada abajo, distraída, y casi podría afirmar que sus pezones se acaban de endurecer un poco mientras mastica lentamente la escena. Percibo cómo se acelera un poco su respiración. Puedo jurar que tiene un millón de ojos que le permiten ver esta danza de machos alrededor suyo. No puedo dejar de sentirme irremediablemente atraído hacia esta fémina de poderes sobrehumanos. El empleado interrumpe nuevamente la escena y le entrega un paquete a nuestra diosa. -¿Algo más, señorita?- le pregunta esperanzado. -Nada, muchas gracias- responde la chica mientras en pago le deja un ligero arqueo de los labios, que bien podría interpretarse como una sonrisa tímida. La veo alejarse, caminar derecho hasta perderse en los pasillos. Aguardo impaciente mi turno, hasta que cinco minutos después puedo continuar mi camino. Tal vez si busco una mayonesa tendré una última oportunidad.

Avanzo rápidamente, mientras esquivo a personas distraídas que observan con rigor excesivo los productos y a los audaces conductores que se atraviesan sin avisar. Llego al área de mayonesas y doy una rápida inspección. Nada de la chica voluptuosa a la redonda. Suspiro decepcionado y me dirijo al estante. De pronto, una fuerza extraña me hace girar a la derecha y ahí la veo dar vuelta y entrar a este pasillo nuestro, a éste que puede ser el territorio común que necesitamos para comenzar a escribir una historia. Nos separan unos 50 pasos. Giro el carrito en dirección a este venturoso destino que me aguarda a la distancia, enfundado en un trozo de tela gris que, tarde o temprano, tendrá que caer para abrirme ante sí ese territorio virgen que anhela ser conquistado. Avanzo hasta quedar a un metro de distancia y finjo elegir la misma marca de pan que la del paquete que ella ahora observa, en búsqueda de una fecha de caducidad. Volteo rápido a verla, en un intento por que se percate de mí, que se dé cuenta que ahora es el foco de mis miradas. Ninguna respuesta. Sólo esa sonrisa permanente que anuncia que no habrá capitulación alguna en esa misión suya de ser inalcanzable. Desesperado, intento aproximarme un poco más para derrotar a esta distancia que es cada vez más insoportable. Permanece inmóvil, mientras acaricia aquel paquete que parece no darle la respuesta que busca. Sólo quedan unos cuantos centímetros para alcanzarla. Debo ser cuidadoso con mi avance. Aproximo mi mano al pan más cercano a ella y, justo cuando estoy por alcanzarlo, su cuerpo se desplaza en dirección contraria. Arroja el suyo al  carrito y sigue su marcha.

¡Estuve tan cerca!

Me quedo inmóvil unos minutos, repasando la escena. Tomo aire y decido ir por un poco de queso y emprender mi camino a casa. Me resulta imposible asimilar tanta cercanía y distancia con aquella mujer. Cinco minutos después estoy en la fila para pagar, que al igual que las otras 15 dispuestas a ambos lados de la mía, luce totalmente llena. Repaso lo ocurrido y me río un poco al descubrir lo patético de mi persecución. Lanzo miradas aleatorias a las otras filas para verla por última vez, pero no hay suerte. Hago un último intento y encuentro, como a 20 metros de distancia, a la mujer voluptuosa esperando turno. Desmenuzo su cuerpo, su cabello crespo, su sonrisa fingida, su respiración que sigue agitada. Decido dedicar los últimos segundos a esa mirada distante y me encuentro con que sus ojos miran los míos, al fin, durante unos instantes. El corazón se me desboca y golpea fuerte mi pecho. Me falta la respiración. No puedo dejar de verla y, por una breve eternidad, parezco encontrar refugio en ese océano de su mirada. Un instante más tarde, deja caer los párpados y comienza a abrir su cartera. Nunca más volverá a fijarse en mi rostro. O al menos eso pienso ahora. Una agridulce sensación me invade. Obtuve una pequeña victoria, pero en mi cabeza no deja de sonar aquella vieja canción “Mujer que no tendré” de Pedro Guerra.

Sigo mi camino y le entrego al cajero un billete medio doblado que emerge de mi cartera. Tomo la bolsa con mis cosas y me apresuro hacia la salida. No puedo evitar pensar una y otra vez en esos ojos que han encontrado a los míos hace unos minutos. Comienzo a construir, a partir de esa mirada, los más irreales e hilarantes escenarios: imagino a esta mujer recostada en mi pecho mientras me cuenta de su vida, imagino sus pechos tibios danzando al ritmo de nuestros más desenfrenados impulsos, imagino sus labios húmedos aterrizando en mi boca mientras declaran golpe de Estado a mi mente. Las posibilidades son infinitas y me conducen a una realidad tan distante a la mía que ni siquiera reparo en el hecho de que acabo de abandonar la banqueta y he avanzado media calle. Me mantengo sumergido en mis ensoñaciones hasta que siento un golpe seco y el crujir de algunos de mis huesos. El tiempo se ha vuelto irremediablemente lento y puedo percibir una de esas camionetas enormes que acelera e invade cada centímetro de mi espacio vital. Tras el volante puedo ver de nueva cuenta esa sonrisa perfecta esculpida en piedra, mientras sus ojos azules observan en el celular una conversación que seguramente es muy divertida porque no le permite mirar al frente a tiempo, ni quitar la sonrisa. Mientras el vehículo se va deteniendo ligeramente al contacto con mi cuerpo, floto en dirección contraria y alcanzo a percibir su mirada, inundada de pánico, y acompañada siempre por esa sonrisa infinita. Aterrizo unos metros más adelante y a mi caída la acompaña un nuevo crujir de huesos, mientras mi cabeza interpreta un remate doble sobre el piso. Miro a la distancia cómo la mujer baja del vehículo y luego todo se vuelve difuso. Un poco de ruido blanco invade mi oído y después un silbido que me enloquece. Aparece por última vez el recuerdo de su mirada abrazando la mía… y luego, nada.

Deathline

40. Siento una ligera punzada en la boca del estómago, como si algo me avisara de una catástrofe. Inhalo profundo para contener la sensación, pero esa pequeña coordenada de tensión va creciendo poco a poco. 39. Ahora el aire muestra una cierta resistencia a entrar en mis pulmones. Una pesadez comienza a entretejerse en mi cabeza. De repente, cada sonido en esta habitación se vuelve más nítido. 38. Fijo la mirada en el sillón que está enfrente mío y hago un par de respiraciones más profundas. Mi ritmo cardiaco se acelera y comienza a dibujar una melodía impetuosa. Tucutún, tucutún, tucutún. 37. Cambio el foco de atención y miro hacia ninguna parte, o más bien en todas direcciones. Siento un hormigueo en las manos, que ya están húmedas. 36. Mi corazón comienza a entrenarse para los 100 metros planos. Todo mi cuerpo me aprieta, me incomoda. 35. Una maldita comezón acaba de aparecer en mi brazo derecho. Mi mano izquerda actúa desesperada, como si estuviera en una infructuosa búsqueda arqueológica. 34. La comezón ha migrado a mi oreja, luego de los vestigios rojizos que quedaron en el brazo. Volteo a todos lados, buscando un poco de ayuda. Veo rostros distraidos y miradas indiferentes. 33. He vencido a la revolución que se gestaba en mi oreja, pero encuentro mi cuerpo sudoroso y mi respiración aún más agitada. En mi pecho se pueden sentir cañones escupiendo en forma constante. Bum, bum, bum. 32. Me falta el aire. Inhalo, exhalo, inhalo, exhalo. Casi no logro percibir nada. Parecería que toda mi actividad sensorial está concentrada, en este momento, en mi cerebro. Todos los segundos, todos los sonidos, todos los espacios, todos los silencios ocurren simultáneamente en mi cabeza. Inhalo, exhalo. 31. Mis pies y manos comienzan a entumecerse. Noto que una ligera somnolencia me invade ¿Acaso se aproxima el fin? ¡Pero es muy pronto todavía! 30. He perdido todo contacto con el exterior. Sólo alcanzo a escuchar mi respiración desbocada. 29. Hago un último y desesperado intento por regresar. Suspiro fuerte y contengo. Libero el aire muy despacio y vuelvo a sentir mi cuerpo. Al parecer he encontrado un archipielago en esta fatídica ruta descendente. 28. Todo a mi alrededor emerge de nuevo: las manos, el cuello, las piernas, la cicatriz en la rodilla, el hongo en la uña del dedo gordo del pie, ese barro molesto en la nalga que apareció ayer, el sillón fente a mí, el televisor dormido de la esquina, los sonidos caudalosos de las muchas conversaciones que ocurren a mi alrededor, el olor fétido que emana de la alcantarilla allende la ventana. 27. He ganado un poco de calma, suficiente para cuestionarme cómo es que llegué a este punto. Tal vez todo sea producto de mi imaginación o una mala broma de mi mente cansada. 26. Busco razones. Miro una y otra vez. El tiempo parece detenerse un poco, y con él, este declive que parecía inevitable. Un asomo de esperanza acaba de aparecer. Tal vez la vida me ha dado una nueva oportunidad. Aprovecharé para hablar con aquellos que estaban hasta ahora distantes. Quizás decida confesarle a aquella chica que conocí la semana pasada que me encanta. Tengo tiempo aún para encontrar respuestas a muchas cosas que aún desconozco. Como decía aquel poeta judío, Tal vez sea posible todavía cambiarlo todo. Sólo necesito que el tiempo siga un poco más en esta pausa venturosa que me ha regalado… 25. ¡No es posible! El andar inevitable del reloj ha regresado ¿Por qué no pude prever esto? Juraría que mis cálculos eran correctos. Una prisa, que va más allá de mí, invade mis pulmones nuevamente. El corazón apresura la cadencia otra vez. Inhalo. En mis hombros se ha posado ahora el peso del mundo. Exhalo. 24. ¿Y si me apresuro y hago todo aquello que no he hecho aún? Creo tener tiempo suficiente. Cuando menos para hacer un par de cosas importantes. Cuando menos para hacer algo. 23. Intentarlo todo me ha vuelto sumamente torpe. Mis manos se mueven tan rápido que terminan por paralizarse. No sé por donde empezar. Mi mente no es capaz de distinguir entre lo prioritario y lo accesorio. 22. No tengo tiempo siquiera para luchar contra esta parálisis ¿Cómo derrotar a la duda? No tengo tiempo ni para responder a eso. 21. Este es el momento que separa a los hombres de los cobardes. Sólo debo decidir por aquello que sea de mayor importancia. Una cosa. Tal vez la que resulte vital. 20. He decidido algo, pero ¿que era? la memoria suele ser una acompañante traicionera. 19. Debo decidir otra cosa. Mi mente está en blanco, reposa tranquila como si no se aproximara el final. 18. Silencio interminable en mi mente. Busco que aparezca aunque sea la idea más absurda, pero nada. Solo vacío y silencio. 17. Mis ideas han encontrado cauce otra vez, pero como un torrente que ha logrado al fin escapar de su contenedor y ahora lo inunda todo. ¿Cómo decidir algo ante esta marea de ocurrencias que me invade? 16. Intento nadar entre este cúmulo de indecisiones, pero apenas si puedo asirme a alguna palabra conocida. 15. Me he dado cuenta, de forma repentina, que mi respiración y mi ritmo cardiaco se han tranquilizado de nuevo. Como si flotar en este exceso de pensamientos le hubiera dado a mi corazón y pulmones una dosis de alivio. Como esa calma chicha que antecede a la fatalidad. 14. He dejado de pelear con mis ideas. Prefiero observarlas mientras se tropiezan unas con otras intentando emerger para convertirse en la última de mis acciones. Confieso que todas ellas me dan un poco de lástima. Es una pena que no sepan que ninguna logrará su cometido. 13. Ahora, que he descubierto que no haré nada mientras llega el último instante, comienzo a imaginar situaciones hipotéticas. Si me hubiera decidido a hacer algo cuando supe de este inevitable desenlace ¿A quién habría llamado? ¿Qué respuestas hubiera buscado? 12. Todas las posibilidades del mundo pasan por mi cabeza. Uno siempre encuentra las respuestas correctas a unos centímetros del precipicio, justo cuando ya no importan. 11. Me aproximo a los últimos instantes. Mi cuerpo inmovil parece comenzar a disfrutar esta quietud del que sabe su destino. Ya ni siquera me quedan ganas de pensar. 10. El horizonte acaba de oscurecerse un poco. Aparece un mensaje claro de que esto no durará mucho más. Inhalo fuerte y observo lo que me rodea ¡Todo luce tan bello! Quiero quedarme con esta escena durante el tiempo que me queda. 9. Una inquietud me hace regresar a la conciencia ¿Y si todo esto fuera un sueño? Tal vez aún hay esperanza. Por supuesto que todo llega a su final alguna vez, pero no tiene por qué terminar tan pronto. 8. He vuelto a sentir cómo el pecho intenta tocar mi espalda, y esa dificultad para respirar que pensé que se había exhiliado de mi cuerpo aparece también. 7. Todos los miedos que había dejado atrás han regresado para observarme, para vociferar hasta aturdirme. 6. Un vacío en mis oídos hace que, de nueva cuenta, sólo pueda escuchar mis latidos. Todo es espeso alrededor, incluso la vista, incluso la esperanza. 5. El oscurecimiento de hace unos instantes se acaba de duplicar. No queda más, esto está a punto de concluir. 4. Es curioso descubrir que el tiempo en verdad es relativo, aunque suene a lugar común. Justo antes de fenecer, pareciera luchar un poco y alargarse en una danza lenta que vuelve angustiosos los instantes finales. 3. No puedo pensar más. Tengo la mirada fija en este oscurecimiento progresivo que casi no me permite distinguir forma alguna. Aún si quisiera tocar el horizonte, no podría identificar alguna coordenada medianamente clara. 2. Cierro los ojos en un intento desesperado por borrarlo todo de mi cabeza. Unos segundos después los abro de nuevo y descubro que todo sigue igual. La última pizca de luz languidece ante mí, sin remedio. Al fin, resignado, me libero de toda preocupación y suelto mi cuerpo. 1. Ante mí, aparece un último mensaje que me prepara para lo inevitable: “la batería de su dispositivo móvil se ha agotado. Conéctelo a una fuente de energía”. 0. ¡Si tan sólo hubiera traído mi cargador al salir de casa, carajo!

Teoría de Conjuntos/Intersección

Intersección. Punto de encuentro de dos o más cosas de forma lineal… Encuentro de dos líneas, dos superficies o dos sólidos que se cortan entre sí… Conjunto de elementos que son comunes a dos conjuntos.
                                                                                                                       Real Academia Española.

Era tarde. Miguel platicaba en broma con varios amigos sobre las bondades del sexo tántrico y sobre esa inaudita capacidad de resiliencia que se podía adquirir cuando uno práctica este método. Todo era risas y cachondeo. Todo era presumir habilidades absurdas o contar experiencias chistosas. De pronto, algo llamó la atención del muchacho al lado derecho de su horizonte visual. Sus ojos se posaron lentamente en aquel rostro que recién se asomaba. Descubrió a una hermosa mujer de cabello rojizo y ondulado, de ojos grandes, labios gruesos, nariz amplia y unas excepcionales curvaturas que se delineaban antes y después de su pequeña cintura, sin importar si uno mirara de arriba a abajo o a la inversa. Definitivamente lo que cualquiera de sus colegas de charla llamaría una “mamita”.

Se alejó discretamente de la conversación tántrica y decidió establecer contacto. -¡Hola, te ves preciosa ¿Cómo te llamas?- dijo con un aire de suficiencia que le hinchó el pecho, seguro de que obtendría una respuesta favorable.

-Hola-, contestó aquella voz con un aire más bien frío. Transcurrieron 10 interminables segundos antes de obtener una segunda respuesta.

-Me llamo Alexa ¿En qué te puedo ayudar?- contestó ahora con un tono más agresivo.

Miguel sintió un nudo en el estómago. Si de algo se preciaba era de su seguridad a la hora de conquistar mujeres, aunque sus amigos sabían perfectamente que esa actitud le había valido en más de una ocasión algún rechazo. No obstante, nunca había recibido una contestación tan distante como ésta. Veía una y otra vez a la chica, intentando dilucidar algo en su mirada, una pista que le permitiera saber por dónde comenzar a derrumbar esa muralla de silencio e indiferencia que ella acababa de imponerle.

-Pensaba que sería bueno conocernos- respondió un poco más relajado, aunque temeroso. -Nunca había conocido a una mujer tan linda como tú-. Estaba seguro que ahora sí lograría avanzar en la plática con esa actitud más directa.

-¿Te estás escuchando? Te hace falta más imaginación. Me aburren tus halagos trillados. Si no tienes nada más que decir, deja de fastidiarme-.

Miguel sintió un poco de opresión en el pecho. No lograba descifrar a esta mujer. Lo más fácil sería regresar a su conversación anterior en tanto apareciera otra chica interesante por ahí, pero se perdería la oportunidad de descubrir el misterio detrás de esta pelirroja presuntuosa que se negaba a ceder. Tal vez era simplemente la necesidad de salir victorioso, pero Miguel decidió que lo intentaría una vez más y si no, lo dejaría por la paz. Pensó decir algo absurdo, cualquier cosa que saliera de su boca aunque no fuera cierto, una última bocanada que lo hiciera salir a flote o hundirse irremediablemente.

-Podríamos platicar sobre música. Soy fanático del heavy metal de los años ochenta- soltó. Después de decirlo, pudo escuchar una carcajada que brotaba desde su mente. Definitivamente había sido una referencia algo tonta y desesperada. En efecto, escuchaba esa música durante su adolescencia, pero habían pasado por lo menos 10 años de eso y ya no alcanzaba a recordar mucho de sus andares metaleros. Si esto prosperaba, tendría que hacer uso de su memoria, que no siempre le respondía bien. Contuvo la respiración varios segundos, en espera de respuesta. Podía sentir perfectamente el golpe seco y continuo de su corazón, que aderezaba este nuevo silencio.

-Es curioso, porque aunque ya no me tocó esa época, a mí también me gusta mucho el heavy ochentero. Supongo que tú tendrías unos 13 o 14 años cuando estaba en apogeo, no?-

Miguel respiró profundo y celebró dentro de sí. No podía creer su suerte aún, pero no la iba a desaprovechar.

-En realidad tampoco me tocó de forma directa. En el 92 tenía 13 años, pero entonces todavía se escuchaba mucho el heavy. Con eso que te acabo de contar ya sabes que ahora tengo 29 ¿Cuántos años tienes? Por tus gustos musicales diría que no soy mucho mayor que tú-.

-Sé que la vida me ha tratado mal y que me veo más vieja- respondió entre risas. -tengo 21-.

Ya no se sentía más tensión. Incluso podría decirse que la plática comenzaba a desarrollarse de forma espontánea y fluida. Miguel vio la oportunidad de atacar de nuevo, pero de forma más sutil.

-Pues ojalá la vida me hubiera tratado como a tí, porque estás muy guapa. Supongo que tu rostro refleja madurez y por eso pensé que teníamos una edad más cercana-. Hizo una pausa casi imperceptible y regresó al tema de la música. -Yo creo que no ha existido mejor época que la ochentera, musicalmente hablando. Yo formé parte de un grupo durante varios años-.

-¿Y qué pasó, por qué no seguiste?-

-Pues nada, comencé tocando el bajo a los 14 y estuve mejorando mi técnica unos años. Luego me inscribí en la universidad para estudiar mercadotecnia, tuve cada vez menos tiempo para ensayar y fui perdiendo habilidades musicales. Terminé la carrera y conseguí un empleo que dejé después de 5 años para ir a viajar por el mundo y encontrar qué quería hacer con mi vida-.

-¿Y a donde te fuiste a viajar?-

-Estuve seis meses en Sudamérica y luego me fui siguiendo a una chica hasta la India, ya sabes, supuestamente para encontrar paz interior, pero la verdad es que sólo encontramos una guerra constante entre nuestros cuerpos. Luego de tres meses nos dejamos y me fui dos meses a Alemania con unos amigos y de ahí regresé al país y anduve por varias ciudades un par de meses más. Afortunadamente había ahorrado una buena parte de mi sueldo y con eso pude agarrar camino, aunque haya sido en plan austero-.

-Siempre he querido viajar- dijo ella y luego volvió al silencio. Esta vez, se quedó contemplando un punto fijo en el horizonte e imaginó durante algunos segundos cómo sería si se decidiera a hacerlo.

-Aunque Miguel intuyó que esta pausa era diferente, siguió con la plática. -Pero tú no me has contado nada sobre ti ¿A qué te dedicas? ¿Con qué sueñas?-

Alexa dibujó una sonrisa discreta. Le gustaba que le preguntaran por su sueños, aunque ella misma no los tuviera del todo claros.

-Estudio el tercer año de física. Soy lo que en los ochenta se le conocería como una nerd. Además de eso, me dedico a la fotografía. Cuando tenía 8 años mi papá me regaló una cámara y desde entonces me gusta buscar la belleza en las cosas y nada mejor que una cámara para capturarla. Y sobre mis sueños, ahora estoy en una disyuntiva, porque no sé si quiero, como tú, largarme con mi cámara a recorrer otros lugares o si es mejor quedarme y estudiar una maestría en física nuclear, que es mi gran pasión. Después de haberte contado esto ahora vas a ser tú el que no quiera hablar conmigo- dijo sonriente.

-No, al contrario, ahora me pareces más interesante-. Miguel en verdad estaba intrigado con Alexa. Tal vez era el hecho de no tener certeza alguna sobre sus pensamientos. Era definitivamente impredecible. Al menos hasta este momento. Ahora fue él quien hizo una pausa y se quedó masticando lo que la muchacha acababa de contarle.

-¿Sabes? tú también eres guapo después de todo- dijo en tono irónico pero provocativo. -Esa cicatriz que tienes en la ceja te da un toque interesante-.

Miguel sintió una explosión de calor en el estómago y perdió el aire por unos segundos. Al fin estaban en el terreno que él buscaba. No había estado nada mal la conversación hasta ahora, pero quería avanzar en la plática y esta era una oportunidad inmejorable.

-Me la hice justamente en una tocada. El guitarrista de mi grupo quiso aventar su instrumento al público y cuando lo jaló hacia atrás se encontró con mi cara. A nadie le había parecido atractiva esa cicatriz, así es que gracias por el cumplido-.

-Me parece sexy, de hecho-. Un silencio más, pero ahora cargado de excitación. Se podía escuchar perfectamente la respiración de ambos acelerarse un poco. La siguiente movida en el tablero era crucial.

-No creo que tan sexy como tu cuello-

-¿Qué más te gustaría ver además de mi cuello?-

-Todo, tus tetas, tu espalda desnuda, tus nalgas, tu ombligo, tus clavículas, todo- dijo con desesperación, mientras la respiración se le aceleraba.

-Quiero  que me veas tocarme. Me excita demasiado eso. Vamos a un lugar más privado. Sólo una condición: tú no puedes quitarte la ropa ni tocarte ni hablar, lo único que puedas hacer es verme de la forma más perversa que puedas-.

-Sí-, respondió Miguel apenas. No podía ordenar sus pensamientos. Sus oídos estaban atrapados por el vacío y su vista se había tornado algo turbia. -Sí- respondió de nuevo.

Ya en privado, Alexa sacó su teléfono celular y comenzó a reproducir pour some sugar on me de Def Leppard mientras se iba desnudando lentamente, sentada en una vieja silla. Toda la sangre de Miguel comenzó de pronto a agolparse bajo su pantalón, que parecía explotar. El cuerpo de Alexa lucía terso y efímero, como arena que se escabulle entre las manos. Al menos eso imaginaba el muchacho, mientras fantaseaba con tocarlo. Las manos de Alexa comenzaron a recorrer sus piernas desde los tobillos y se detuvieron unos centímetros antes de aquellos otros labios que ahora se asomaban profusos. Alexa dedico una mirada lasciva a Miguel y prosiguió su inevitable marcha. Sus dedos aterrizaron al fin en aquel territorio suave que amenazaba con inundarse. Miguel comenzó a sentir seca la boca. De aquella rigidez en sus pantalones se manifestaba un dolor sostenido pero agradable. Mientras seguía observando la danza de los dedos de Alexa, luchaba contra su propia mano, que intentaba a toda costa aniquilar aquel dolor. La muchacha comenzó a mover el cuerpo al compás de sus dedos hambrientos, que recorrían frenéticamente su sexo. Su rostro desfigurado apenas si podía diferenciarse del de Miguel, que imitaba sus movimientos mientras mantenía los puños cerrados cada vez con menor fuerza y gana. De las bocas de ambos se asomaban truenos que anunciaban una gran tormenta. Alexa pidió a Miguel que abriera su pantalón para contemplar aquel miembro hinchado. Miguel liberó sus manos y al fin ambos aceleraron sin retorno. De pronto, se vieron desbordados por aquel caudal majestuoso y tras de él, quedaron los cuerpos sudorosos y la respiración jadeante. Silencio otra vez, ahora por varios minutos. Ya no había angustia alguna en el ambiente. La calma que se respiraba ahora era casi perfecta.

Durante esta nueva pausa, ambos aprovecharon para recorrerse un poco con la mirada, para respirar juntos, para dedicarse este silencio que tantas veces había aparecido entre ellos.

-En este momento podría decir que te amo- se adelantó ella al fin. Suspiró profundo y dibujó un beso en el aire que esperaba que llegara al rostro de Miguel. El muchacho sintió una especie de golpe seco y luego la sensación de partirse en dos. Era una afirmación muy fuerte y comprometedora, pero al mismo tiempo le parecía verdadera. No podía decir que sintiera algo diferente a lo que ella acababa de decir, pero muy en el fondo le inquietaba tener esos sentimientos hacia una completa desconocida. Tomó aire y alcanzó en la plática a Alexa.

-Sí, ya que estamos entrando a esta onda cursi, yo también en este momento podría decir lo mismo-

-¿Decir qué? yo no tuve empacho en expresarlo-

-Podría decir que te amo-

-¿Me das un beso? uno que haga que el mundo y que incluso nuestros cuerpos y nuestras conciencias desaparezcan. Uno que detenga el tiempo-

-Claro, lo he deseado desde que te saludé-

-No creo que más que yo-

-No tienes ni idea-

Ambos aproximaron sus labios, y aunque aún existía esa sensación de no poderse tocar del todo, lograron parar un poco las manecillas del reloj y transformaron este silencio terco, que aparecía una y otra vez, en su nuevo territorio.

-¿Cuál es tu disco favorito de esa época?- dijo Miguel para regresar un poco al país de las palabras.

Dr. Feelgood, de Mötley Crüe, por supuesto- respondió ella sin dudarlo.

-Está entre mis favoritos también, pero para mí es el Apetite for Destruction de Guns n’ Roses-.

Después de eso, hicieron un largo recorrido por las canciones y los grupos de la época, lo mismo con una desmenuzada crítica a la actitud posuda de grupos como Poison, que con un recuento de las grandes bandas británicas que, desde los setenta, sentaron las bases de ese estilo e incluso con una inesperada escala en aquel extraño disco Izzy Stradlin and the Ju Ju Hounds del ex guitarrista de Guns n’ Roses. En el ambiente se podía descubrir cada vez más una quietud increíble. Como si sólo ellos dos existieran en el universo entero. Las palabras fluían en forma veloz. De la música pasaron al asunto de la comida, en que encontraron también gustos similares. De ahí saltaron naturalmente al de los viajes y, de pronto, ya estaban intercambiando anécdotas de infancia, y luego hicieron inventario de familiares, para caer finalmente en el inevitable recuento de traumas y obsesiones de cada uno. Era como si tuvieran los minutos contados y hubieran decidido agotar todos los temas en ese instante.

-Podríamos viajar juntos por el mundo y vivir de mi música y tu fotografía-. Justo al terminar de decirlo, Miguel se sintió sorprendido de la naturalidad con la que decía esto.

-¿No dijiste que te habías ido a viajar para encontrarle sentido a tu vida?- respondió ella en forma juguetona y provocadora.

-Es que después de hoy, estoy convencido que lo que sea que vaya a pasar con mi vida, quiero que sea contigo-.

Alexa sintió como se le erizaba la piel ante tan tremenda declaración. No es que hubiera deseado enamorarse así, pero sentía que con Miguel podía hacer una excepción.

-¡Pues que así sea, Miguel!-.

A partir de ahí, no hubo silencio por un buen rato. De repente aparecieron los planes de viaje y las cosas que experimentarían juntos y de la nada alguno de los dos, ya no importaba quién, sugirió que vivieran juntos y de ahí, por supuesto, la conveniencia de mejor adquirir una casa y un auto, porque luego vendrían los niños y cómo hacer para llevarlos a la escuela todos los días y para salir de vacaciones, y también está el asunto de pensar en las mejores condiciones para que ambos se pudieran retirar tranquilamente y poder disfrutar la vejez juntos, y que lo ideal sería poder tener tiempo para recibir visitas frecuentes de los nietos y…

 Tal vez habían transcurrido unas tres horas desde aquel primer saludo. Alexa y Miguel tenían perfectamente trazado su plan de vida y conocían sus respectivos pasados. Sabían de sus manías y angustias, de sus pasatiempos, de sus rutinas. La muerte de la noche se aproximaba cada vez más y con ella, las palabras habían decidido extinguirse también. Ambos se miraban pero ya ninguno decía algo. Hubi varios intentos por comenzar un tema nuevo, pero no pasaban de ser meros balbuceos. Ambos comenzaron a sentir miedo de pronunciar la siguiente idea. Alexa cerró los ojos, tomó aire y se decidió a tomar la iniciativa.

-Es hora de decirnos adios-

-Sí, ya es tarde y mañana tengo varias cosas que hacer-

-No, no me estás entendiendo. Es hora de separarnos antes de que esto que hemos vivido juntos se destruya-

Miguel se sentía devastado. Sabía que la peliroja tenía razón, pero no quería dejarla ir. Suspiró ligeramente y la miró.

-Está bien. Creo que ya es tiempo-

Alexa dejó caer su mirada y torció la boca. En el fondo esperaba que Miguel hubiera dicho que no, pero ambos estaban haciendo lo correcto. Se dedicaron un último beso y se despidieron con una sonrisa.

Miguel miró por última vez a Alexa. Quería grabar en su mente cada centímetro de la muchacha. En este último y definitivo silencio observó como aparecía esa fatídica palabra que concluía con este amor: offline. Apagó su computadora y se quedó sentado, mirando hacia la nada.

-No creo olvidarla jamás. Es tiempo de viajar de nuevo- pensó mientras caía en cuenta del insomnio que vendría.

Después de aquella sonrisa, Alexa decidió no voltear a ver a Miguel. Se desconectó del mensajero, le dió la espalda a la pantalla y se dirigió a su cama. Ahí, recostada, sonrió de nueva cuenta.

-¡Qué gran historia la que acabo de vivir! Estoy lista para seguir con mi vida- alcanzó a decir mientras cerraba los ojos, exhausta.

Lingua Franca

Marcelino González observó su reloj y suspiró aliviado. Había llegado al lugar de la reunión 15 minutos antes de que iniciara. Tomó asiento y empezó a mover la silla de un lado para el otro, en un intento inútil por controlar su nerviosismo. La ocasión era especial, pues ésta era su primera reunión como trabajador del Gobierno Central y, para colmo, él la dirigiría.

Luego de graduarse con honores en una prestigiosa universidad privada y trabajar un tiempo en el departamento de ventas de una empresa pequeña, había ingresado a la Dirección General de Asuntos Intrascendentes a través del Servicio de Ingreso Meritorio Periódico y Legítimo del Estado (SIMPLE), que era la vía más directa para asegurar una carrera en el servicio público. La situación económica del país no era la mejor y un puesto en la administración pública aseguraba condiciones laborales y de vida inmejorables.

Su nuevo puesto de Subdirector Adjunto de Seguimiento y Apoyo al Buen Cauce de las Relaciones Laborales Institucionales, ganado con el más alto puntaje en el SIMPLE, le obligaba a dirigir la reunión del día de hoy,  que formaba parte de un conjunto de sesiones de trabajo en las que las diferentes áreas presentarían sus proyectos prioritarios del año.

Marecelino estaba informado de esta alta responsabilidad desde que entró a laborar a la DGAI hacía dos meses y, desde entonces, comenzó a preparar su presentación para este evento. Tres días antes, su jefe, el ingeniero Lamadrid, Director General Adjunto de Acciones Prescindibles, lo había citado en su oficina para anunciarle lo que se debía lograr en la reunión. -El propósito es presentar el Programa de Calidad Absoluta en los Servicios, que está emprendiendo la Dirección General para ser aplicada en la Secretaría de Acciones Redundantes en su conjunto- sentenció el ingeniero. Marcelino se sintió tranquilo porque el tema de la Calidad le era muy conocido por lo que hacía en su anterior trabajo, y porque tenía muy avanzada su presentación. -No se preocupe, ingeniero, creo que con una sencilla explicación de nuestra filosofía de calidad los asistentes comenzarán a ver las ventajas de nuestra propuesta y van a asumir una actitud proactiva ante el Programa- respondió emocionado.

El ingeniero sonrió discreta pero irónicamente. Había visto pasar a muchos jóvenes impetuosos como éste y conocía perfectamente el destino final de tanto optimismo. -Lo importante, González, es que entiendan que el Programa se encuentra entre las más altas prioridades del señor Secretario. Los logros que de él emanen serán de la mayor importancia para el desarrollo del sector- remató Lamadrid. Marcelino asintió al instante, pero casi no entendió lo que le decía su jefe. Le resultaba un poco ambiguo y adornado el lenguaje que utilizaba, pero le había quedado claro que el programa era importante y que había que defenderlo. No obstante, comenzó a sentir un nudo en el estómago, pues le aterraba que la propuesta no fuera bien recibida.

La noche anterior casi no pudo dormir. Descartó la presentación que tenía casi concluida y preparó nuevos apuntes sobre los aspectos más relevantes del tema. Buscó una y otra vez la mejor forma de resaltar las bondades del programa. También intentó dejar claro que en aquellos aspectos aun no consolidados había una idea clara de lo que se necesitaba para cumplir con los objetivos.

Ya cerca de las dos de la mañana, y vencido por el cansancio más que por el sueño, decidió ir un rato a la cama a recostarse. No dejaba de darle vueltas a lo que le había dicho su jefe sobre la importancia de la reunión. Era su oportunidad para comenzar de forma brillante su carrera en el sector público y no pensaba desperdiciarla. Cerró los ojos y volvió a abrirlos hasta que el despertador gritaba la hora, desesperado.

Ya dentro del salón de reuniones, sostenía con fuerza las tarjetas con los puntos a tratar. -Tranquilízate- se repitió un par de veces mientras inflaba por completo sus pulmones y exhalaba en forma ruidosa. Una persona del área de sistemas lo abordó: -ya está todo listo para la proyección, jefe-. Marcelino le agradeció brevemente. Cerró los ojos, apretó los puños muy fuerte y soltó su cuerpo. Sintió algo de alivio. Estaba listo para comenzar con esto.

En 15 minutos la sala estaba repleta de mujeres y hombres que hablaban por teléfono sin parar o platicaban entre sí. Se oían risas por doquier e incluso alguno de ellos sacó una bolsa con frituras que comenzó a distribuir entre los presentes. Marcelino no pudo evitar sentir un poco apretada la corbata. Carraspeó y abrió la boca. -Ya vamos a empezar la reunión-dijo en voz excesivamente baja. Ninguna reacción. Levantó más la voz y esta vez el ruido comenzó a extinguirse lentamente. De pronto, todas las miradas estaban puestas sobre él, como observando un objeto nuevo que acaba de ser puesto en exhibición en un museo.

Marcelino esperó cinco segundos y comenzó su exposición de forma detallada. Durante este lapso, buscó infructuosamente identificar alguna señal de aprobación o desaprobación de parte de los presentes, alguna coordenada de su desempeño como expositor. No obtuvo señal alguna.

Concluyó con la presentacion y sólo podía sentir un profundo hormigueo en todo su cuerpo, como si estuviera anestesiado. Lentamente lanzó la frase que estaba buscando evitar desde el principio.-¿Tienen alguna duda o inquietud?- dijo finalmente.

Una mujer cuyo rostro mostraba un profundo fastidio levantó la mano. El muchacho la invitó a participar. -Dices que existirá un proceso de seguimiento de las acciones, luego del cual se procederá conforme a la normatividad vigente para llevar a cabo lo conducente en materia de penalizaciones y mejoras, pero quisiera saber si las medidas resultantes conducirán a un ajuse en el devengado para optimizar el flujo de nuestros compromisos adquiridos con anterioridad-.

Marcelino estaba impávido. Buscaba dibujar una idea que le sirviera para entender los sonidos que acababa de escuchar, pero simplemente no lo lograba ¿en qué momento había dicho todo eso? -ehmm-intentó articular el muchacho. Lo interrumpió otra voz. Era un señor ya entrado en los cincuenta, algo desaliñado y gordo.

-A mí no me queda claro el procedimiento para solventar las recomendaciones en tiempo y forma-, complementó. -¿tiempo para qué? ¿en forma significa qué te vas a poner a hacer ejercicio?- pensó Marcelino fugazmente.

-¿Y cómo daremos cumplimiento al acuerdo DGAI-189?-, -¿Es compatible esta metodología con los dictámenes del manual de procedimientos administrativos?-, -¿Cómo se conciliará la calendarización de actividades del Programa Operativo Anual con el proceso de mejora?-. Una tras otra las preguntas lo golpeaban sin que pudiera articular más de dos palabras juntas. Estaba a un segundo de salir huyendo del lugar, cuando de pronto recordó el encargo de su jefe.

Levantó la voz tanto como pudo y esta vez lo hizo con un tono enérgico. -¡Compañeros, por favor, no podemos avanzar así!-. La muchedumbre enmudeció de repente. Marcelino tomó aire nuevamente y repitió exactas aquellas palabras mágicas del ingeniero Lamadrid: -El Programa se encuentra entre las más altas prioridades del señor Secretario. Los logros que de él emanen serán de la mayor importancia para el desarrollo del sector-.

Silencio total primero y luego rostros de aprobación que iban apareciendo por todos lados -¿en verdad era tan sencillo obtener esta respuesta?- se cuestionó el muchacho. No quería parar ahí. Repasó rápidamente algunas otras palabras extrañas que había escuchado de su jefe. Se aventuró a hilar algunas para ver si resultaban.

-También es importante que sepan que los esfuerzos de la DGAI están encaminados al pleno cumplimiento de nuestro compromiso con el ciudadano, sin descuidar lo que la legislación aplicable nos insta a realizar-. Exclamaciones de alegría comenzaron a repartirse por el ambiente. De pronto, las sonrisas y las palmaditas en la espalda no se hicieron esperar.

Maarcelino estaba decidido a llevar esto hasta sus últimas consecuencias. Escogió cuidadosamente algunas palabras clave mientras el público comentaba jubiloso su mensaje.

-Para terminar, quiero señalarles que las acciones que se realicen en el marco de esta estrategia forman parte de la reforma administrativa aun pendiente en nuestro país. El señor Secretario me encargó que les reafirmara la alta estima en que tiene a cada uno de ustedes. Él sabe que los esfuerzos que emprendan serán de la mayor trascendencia. Muchas gracias-. Explosión de gritos y exclamaciones por doquier. Los asistentes levantaron en hombros a Marcelino y lo transportaron por todo el pasillo gritando su nombre. El muchacho no podía contener esa sonrisa que ahora lo inundaba.

Un par de horas después llegó a la DGAI. Su jefe, todavía a la expectativa, lo mandó llamar. Marcelino entró a la oficina del ingeniero Lamadrid aun con la sonrisa tatuada.-¿Cómo salió todo en la reunión, González?-. -Excelente, ingeniero. Los objetivos que nos habíamos trazado fueron alcanzados satisfactoriamente y el personal adscrito a esta Secretaría ha hecho suyos los principios y objetivos del programa-, concluyó.

Lamadrid contuvo la respiración por un instante, incrédulo. Ya no detectaba en él ese aire de ingenuidad que tenía cuando entró a trabajar a la DGAI. Le dio un golpecito en el hombro y sonrió satisfecho. El muchacho en verdad que tenía un prominente futuro.

La velocidad, la piel

Quieren dejar todo el dolor a los otros.
A los pobres, a los ancianos, a los marginados.
Ellos son jóvenes en autos relucientes,
en esas calles de curvas que ni siquiera son necesarias.
La velocidad les acucia en las sienes,
van escapando de la pesadilla que les muestra
la imagen que negaron a Siddartha.

En la velocidad la verdad se desdibuja
Solo queda su propia juventud,
sus brazos fuertes en un volante tapizado de cuero
La máquina vibra,
y en esa vibración está el sexo que una mujer no puede darles,
porque las adolescentes son tan delgadas
que chocan caderas contra hueso.

La voz recargada de pastillas ríe desaforada
y  asusta a los pobres niños que se han colgado de oro y plata:
artefactos de silicio más caros que una semana.

Se quedan inconscientes sin saber de los muelles que arden,
ni saben de fronteras que acribillan a los niños que pasan

En sus sueños se revuelven los toros,
sin sangre y a pesar de ello repletos de sangre.
Sus puños, ojos cerrados aún sienten el temblor
del auto cuando acelera
y las curvas hacen que bajo sus pies rechinen las ruedas y el cromo.

Una línea entre dos parques

Hay viejos en las bancas del parque.
Viejos que alguna vez fueron tan jóvenes
que les estaba permitido el parque de enfrente,
donde las niñas corren y las madres adolescentes se alisan el pelo.
Pero ya no más.

Sólo hay un parque para los viejos y las palomas.
Una línea invisible les cierra el paso,
la ceguera de la edad es tan grande que la luz les duele en los ojos.

De este lado solo hay un parque, solo hay una acera.
Enfrente no sabes que tienes edad, y que ya te esperan
en la banca que solo pueden ocupar los viejos.

En alcance al oficio

-¡Todas las semanas deberían empezar así!- pensó Jose Antonio, el nuevo muchacho de servicio social de la Dirección General de Asuntos Intrascendentes, al ver a la secretaría del Lic. José Luis Sanchez Solá: Paty, de 28 años, soltera y poseedora de un par de piernas que cualquier representante de futbol estaría promocionando sin cobrar honorarios. Hoy, Paty ha elegido como atuendo un pantalón que en verdad resalta sus virtudes. José Antonio no puede hacer otra cosa que mirarla jubiloso y celebrarlo con cierta firmeza al sur de su cinturón ¡Nada mejor que recibir el lunes con ese regalo!

Otra cosa que le encanta de Paty es su voz sensual y dulce. A veces basta con que ella le pida a José Antonio que le pase un simple lápiz para que el muchacho se estremezca.

La mujer ha estado sentada toda la mañana en el escritorio de José Antonio platicándole sobre su fin de semana y sobre las ganas que tiene de tener ya un novio y sobre cómo no hay un hombre que se atreva a invitarla a salir y… El muchacho asiente con la cabeza a cada idea de Paty, pero su mirada no puede dejar de recorrer ese magnífico cuerpo que ahora se posa a unos cuantos centímetros de él. Además, el perfume que su cuerpo desprende lo tiene completamente hipnotizado. La rigidez entre sus piernas comienza a volverse insoportable y dolorosa.

Inevitablemente ha comenzado a imaginarla desnuda, apoyando su senos sobre el escritorio, mientras muestra a José Antonio sus maravillosas nalgas. En sus labios se asoma una prisa… tal vez la de engullirlo a besos. En su fantasía, la mirada de Paty insiste en invitarlo a recorrerla con los dedos. Toño no puede más con tanta excitación.

De pronto, se ve forzando a salir del trance. Paty, quien continúa con la charla, le ha tocado el brazo accidentalmente y el muchacho ha sentido esa fatídica lluvia que se desborda sin control en la entrepierna. Se siente abochornado pero no puede moverse.

Prácticamente en ese instante el Lic. Sánchez ha salido de su oficina. Paty se pone de pie y regresa a su escritorio. Para el licenciado esta reacción ha pasado inadvertida, pues se dirige directamente al muchacho.

-Toño, nos urge enviar el alcance al oficio de ayer con los formatos requisitados para el Programa Operativo Anual del año próximo. Tienes 10 minutos para hacerlo-. -Sí licenciado- responde aún confundido José Antonio.

Apenada, Paty ofrece ayuda a Toño. Acuerdan que él redactará el alcance y que ella le ayudará con las impresiones y el envío. Es la forma más rápida que se le ha ocurrido para evitar ser descubierto en esta humedad bochornosa, y parece haber funcionado.

Veinte minutos después, el alcance y los paquetes anexos parten rumbo la oficina del Dr. Ignacio Trelles, Secretario de Acciones Redundantes, que los ha solicitado con urgencia. Por la tarde el secretario decide revisarlos rápidamente. Comienza por la hoja que explica el envío:

En alcance al oficio SAR 031945-76, donde se indica la importancia que, para la oficina que usted dignamente representa, tiene la entrega en tiempo y forma de los diferentes componentes programático-presupuestales para el ejercicio fiscal del año próximo, me permito enviarle a usted, debidamente requisitada, la propuesta de Programa Operativo Anual de esta Dirección General. Le envío 15 tantos debidamente sellados y lubricados.

En espera de contar con su Visto Bueno, y sin otro particular por el momento, aprovecho para enviarle un cordial saludo.

Lic. José Luis Sanchez Solá

El Dr. Treyes revisó tres veces el final del primer párrafo. Soltó una carcajada estruendosa después de la tercera. -¡Pinche Chelis, en qué estará pensando!-.

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