Ghetto

León suspiró profundo y se talló los ojos con fuerza. Estaba exhausto de estar revisando documentos en la computadora y decidió hacer una pausa para no terminar odiando su tesis de maestría. Su estómago le recordó con un gruñido que no lo había alimentado en un buen rato, y decidió hacer algo para remediarlo.

Se sentía agotado y no quería prepararse nada. Pensó que lo más sencillo sería salir a la tienda de la esquina y comprar alguno de esos paquetes de comida preparada que sólo se meten en el horno de microondas y están listos para comerse.

Tomó su cartera y las llaves del departamento y, antes de partir, miró alrededor para revisar que no estuviera olvidando algo. Luego de unos segundos de pensarlo, concluyó que tenía todo lo que necesitaba. Caminó hacia el elevador, pero no pudo dejar de tener la sensación de que algo faltaba. Sentía como si hubiera salido sin pantalones a la calle.

No le dio tanta importancia a esa idea y, al abrirse las puertas del elevador, se enfiló hacia la salida del edificio. Cruzó el portón y comenzó a caminar hacia la tienda. Repasó mentalmente cuáles podrían ser las opciones de comida a elegir, para llegar con una decisión tomada y perder poco tiempo.

Se rascó la cabeza en forma instintiva y luego bajó la mano para acomodarse el cubrebocas. Aspiró profundo, abrió grande los ojos y sintió un golpe seco en el abdomen ¡Eso era lo que había olvidado! Se sentía no sólo desnudo, sino transgresor y suicida.

Cambió, apresurado, el sentido de sus pasos y entró al edificio, mientras observaba alrededor para detectar si alguien lo había visto. Caminó hacia el elevador, algo aliviado por pasar inadvertido, pero antes de ingresar, notó que uno de sus vecinos, de edad avanzada y con el cual solía discutir en las reuniones vecinales, lo había observado desde su ingreso al edificio.

No había forma de evadirlo. Saludó discretamente, ante la mirada inquisidora del anciano, e ingresó al elevador. De pronto, una ligera cosquilla comenzó a crecer en la nariz de León. Respiró fuerte para contenerla, pero avanzó en forma inevitable hasta salir como estruendoso estornudo. Alcanzó a atajarlo con el antebrazo, como recomendaban los cánones. El viejo le dedicó una mirada de asco y terror a la vez y se alejó rápido, sin voltear.

León se sintió derrotado, aunque no sabía si era por ser descubierto sin el cubrebocas, o como resultado de esa sensación de cansancio transitorio que queda luego de luchar contra la salida de un estornudo. Regresó a su departamento pero ya no tuvo ganas de salir. Era mejor cocinarse cualquier cosa. Esperaba que el haber estado expuesto ante aquel vetusto enemigo no tuviera consecuencias negativas.

Esa noche durmió tranquilo, pese a todo, y despertó contento. Había descansado lo suficiente y estaba listo para retomar sus actividades, pero antes debía ir al supermercado, pues la noche anterior se había percatado que, con esa última cena improvisada, se habían terminado los víveres.

Lavó sus dientes y rostro y se puso lo primero que encontró en el guardarropa. Ya se bañaría al regresar de las compras. Tomó lo necesario para ir al supermercado y salió con paso apresurado.

Ni bien había atravesado el pasillo que lo conducía al elevador, notó que tres de los vecinos se habían asomado en cuanto él cerró su puerta. Todos le dedicaron miradas de furia e inmediatamente después cerraron con fuerza sus entradas. Una cuarta vecina se apresuró para alcanzar el elevador, una vez que León lo había abordado, pero al notar que era el muchacho quien le acompañaría en el viaje, dibujó una expresión de horror y se dio la media vuelta, para tomar las escaleras.

León comenzó a sentirse preocupado, pero no quiso darle tanta importancia. Llego a la planta baja y caminó rumbo a la calle. Ni bien había avanzado unos metros, escuchó un atomizador activarse y luego esa lluvia de partículas alcoholizadas adhiriéndose a su piel y ojos, que ahora estaban irritados y eran incapaces de ver, momentáneamente.

Luego de unos segundos recuperó la visión y alcanzó a observar al portero, que a una distancia prudente sostenía el aparato desinfectante y le decía que eran nuevas políticas de higiene del edificio, acordadas recién esa mañana. León no respondió nada y continuó su camino, ya algo molesto.

Al regresar del supermercado notó que algunos vecinos del frente del edificio se asomaban, vigilantes, y que en cuanto lo vieron llegar cerraron sus ventanas. Al entrar al edificio notó que no había nadie en los pasillos -lo cual era extraño de por sí-, pero además, en la recepción había un letrero grande que decía: “condómino, si sospecha que está contagiado con el virus, no salga. Sea consciente y cuide a los demás”. Algo definitivamente estaba mal en todo esto.

Llegó a su departamento y observó que en la puerta estaba pegado un trozo de papel que decía: ¡no salga, sea consciente! Seguramente esto había sido orquestado por el anciano maldito, que algún rumor habría esparcido. No tenía importancia, León no se metía con casi nadie del edificio y no dejaba que nadie interfiriera en su vida.

Siguió con su rutina durante la tarde, pero decidió salir a estirar las piernas al pasillo de su piso. Nuevamente notó puertas que se abrían al mismo tiempo que la suya y personas asomadas por pequeñas rendijas. Caminó a lo largo del pasillo, ahora desafiante, intentando que alguno de los vecinos saliera y le diera la cara. Sólo escuchó puertas cerrarse y, en su paso por alguno de los departamentos, a un vecino llamar al portero y decirle: está afuera.

Un minuto más tarde, escuchó el sonido de las puertas del elevador al abrirse, y vio salir al conserje y aproximarse un poco, a suficiente distancia de León. Le dijo que otro de los acuerdos de la reunión de la mañana era que no se podía permanecer en los pasillos, pues sólo se podía transitar por ellos para acceder a los elevadores y escaleras, para evitar posibles contagios.

León estaba preocupado ahora sí. Le parecía excesivo. Emitió un gruñido y regresó a su departamento, de mala gana. Se sentó de nuevo frente a su computadora y siguió tecleando hasta que el cansancio lo derrotó y se fue a dormir. No cenó, porque el suceso de la tarde le había cerrado el estómago.

Despertó a las ocho de la mañana y tomó una ducha. Se sentía un poco mejor, pero comenzaba a tener miedo. No le gustaba la idea de permanecer encerrado por completo en el departamento y tampoco que se sospechara de su salud. Preparó un gran desayuno, porque no había comido desde la tarde anterior, y lo terminó con calma. Necesitaba pensar el paso siguiente.

Finalmente, luego de analizar lo sucedido con detenimiento, decidió que iba a hablar con el conserje para solicitar una reunión con los condóminos en la que les informaría que él estaba sano. Era la mejor forma de encarar todo esto.

Recogió los platos del desayuno y los depositó en el fregadero. Se lavó las manos y salió para llevar a cabo su plan. Se enfiló hacia el elevador y se acomodó para esperarlo, pero observó que tenía un letrero que decía: no funciona. Le pareció extraño, pero decidió bajar por las escaleras.

Le pareció extraño que en el siguiente piso no hubiera letrero y que la luz indicadora de la apertura y cierre de puertas estuviera prendida. Mientras lo analizaba, se dirigió a las escaleras nuevamente y comenzó el descenso. Ni siquiera había avanzado tres escalones cuando sintió una marea que desde arriba inundaba todo su cuerpo ¡Alguien le había aventado una cubeta de agua!

La ira comenzó a invadirle el cuerpo. Esto como broma había ido demasiado lejos. Se retiró el resto de humedad del cuerpo y, al bajar el brazo observó que su camisa se había desteñido ¡Estos imbéciles me acaban de aventar agua con cloro! gritó con todas sus fuerzas, al tiempo que el enojo comenzaba a convertirse en pánico. Corrió escaleras arriba hasta su departamento, lo cerró con llave y se dio nuevamente un baño para retirar cualquier residuo clorado.

No reconocía ni sus pensamientos y su cuerpo temblaba sin control. Salió de la ducha y se tendió sobre la cama, en posición fetal, mientras lloraba con fuerza. La gente había enloquecido con esta maldita pandemia, alcanzó a pensar entre sollozos.

El resto del día permaneció en su cuarto, casi en estado vegetativo. Sólo por la noche decidió acudir a la cocina por alguna cosa para comer. Se tiró nuevamente sobre la cama, a terminar el día como fuera posible.

Estaba exhausto, pero no lograba conciliar el sueño. Una y otra vez tenía la sensación del agua quebrantando su cuerpo y luego imaginaba que su piel de desprendía poco a poco, mientras sus músculos y articulaciones y huesos se diluían hasta volverse un charco. Despertó en cuanto se percató de lo absurdo de esa idea. Estaba teniendo una pesadilla.

Volteó a ver al reloj de pared. Eran las cuatro de la mañana. Intentó dormir de nuevo pero sólo consiguió hacerlo por espacios cortos, que eran interrumpidos por cualquier sonido que viniera de la calle.

Recién como a las siete y media de la mañana, más por cansancio que otro motivo, el sueño finalmente lo cobijó un par de horas. Despertó con una terrible punzada en la cabeza. Tomó un vaso de agua y se recostó de nuevo. Una hora después, sin lograr dormir de nuevo, se sentó en la cama. No podía estar así por siempre.

Lo más sensato era salir a practicarse un examen y esperar los resultados para mostrárselos a todos. Eso iba a hacer. Se lavó la cara y lo dientes y se cambió de ropa. Se dirigió a la puerta, tomó la perilla y la giró. Cuando se dispuso a avanzar, chocó con aquel trozo de madera. Se sorprendió y lo intentó nuevamente. Obtuvo el mismo resultado, pero esta vez escuchó que la puerta avanzaba un poco, aunque topaba con alguna cosa al otro lado.

Empujó nuevamente con más fuerza, pero la puerta apenas se alcanzó a desplazar medio centímetro. Eso era suficiente para observar lo que había tras la entrada. Era un mueble que la tapaba por completo. Sintió nuevamente pánico y pensó que ahora sí iba a morir pronto, una vez que sus provisiones se terminaran, porque definitivamente no volvería a salir de ahí.

Ese día, nuevamente, lo pasó casi inmóvil, pero ahora tirado en el suelo de su sala. No alcanzaba a comprender los motivos de un plan tan siniestro como éste. Decidió quedarse ahí, quieto, a esperar la muerte. Como había descansado poco, cerró los ojos y permaneció dormido buena parte del día y continuó así toda la noche.

A la mañana siguiente, ya descansado y con la mente más clara, decidió que no iba a morir de esa manera y que tenía que salir a practicarse una prueba. Si no podía hacerlo por la puerta, lo haría por la ventana. Se asomó y vio que como a un meto de la cornisa de su departamento estaba una escalera de emergencia.

Tendría que avanzar un poco con el vacío a un costado, pero si lo hacía lento, y luego pegaba un pequeño brinco, podía alcanzar la escalera. Avanzó a pesar del vértigo que sufría desde niño. Era más fuerte su deseo por terminar con esta mala experiencia.

Justo en la orilla, a punto de brincar, se resbaló un poco, pero alcanzó a estirar su brazo y a agarrar la escalera, aunque se dio un buen golpe contra ella y quedó sólo agarrado de esa mano. Rápidamente usó la otra para afianzarse y puso su pie izquierdo en el escalón más cercano. Luego de eso, bajó por completo y se dirigió al laboratorio más cercano.

Tras 45 minutos de espera, finalmente pudo realizarse la prueba y regresó a casa. Entró por la puerta principal, confiado, y dedicó una mirada de desprecio al portero, que lo observaba sorprendido. Subió por el elevador y, al llegar a su puerta, empujó la cómoda que impedía el paso a su hogar.

Ya adentro, se sintió más tranquilo y se dedicó al avance de su tesis durante los siguientes dos días. Había dejado de hacer mucho en estos días y tenía que recuperar el ritmo de escritura. Exactamente 55 horas después, recibió un correo electrónico con los resultados. Lo abrió nervioso y miró al final del informe: “resultado negativo al virus”. Soltó una risa nerviosa y respiró aliviado.

Después de eso, imprimió muchas copias del examen y las pegó en cuanto espacio común pudo. Quería gritarles a todos sus vecinos que ellos eran los verdaderos enfermos, pero se contuvo. Regresó al departamento y permaneció ahí el resto del día.

A la mañana siguiente decidió salir a comprar algo para desayunar y ver si así había resultado su estrategia. Se encontró con algunos vecinos y recibió lo mismo miradas de tímido arrepentimiento que de indiferencia, pero ninguna que mostrara empatía. Era como si la hoja de resultados estuviera escrita en otro idioma o anunciara con desgano la noticia que estuvo en los diarios la semana anterior.

No le importaba ya. Aunque no pensaba hacerlo aún, terminaría por vender ese departamento e irse de ahí, sin importar que hubiera sido la única herencia que le dejó su padre. No quería saber nada de ese lugar. Compró la comida y regresó al edificio. En la entrada nuevamente estaba el anciano maldito. Decidió no regalarle ni una pista de su enojo. Le dijo buenos días y siguió caminando.

El viejo le dedicó la mirada de desprecio acostumbrada y, antes de que entrara León al elevador, le lanzó un disparo de solución alcoholizada. El muchacho lo miró sorprendido y el señor le contestó burlón: por si acaso. León soltó una carcajada, todavía molesto y cruzó la puerta.

Circadiano

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A mitad del sueño, un extraño ruido, distante, va creciendo en intensidad dentro de mis oídos hasta que la mente, aún somnolienta, identifica claramente que aquel perturbador sonido pertenece al golpeteo de un martillo. Según parece, proviene de la ventana de uno de mis vecinos, aunque todo alrededor es todavía turbio.

Ni bien he pensado esto, un cuestionamiento, ahora terrorífico, invade mi cabeza: ¿Qué hora es? Abro rápido los ojos y recorro el horizonte visible para obtener una respuesta. La luz inunda, profusa, mi cuarto, lo cual no me da pista alguna, pues mi departamento suele estar iluminado casi todo el día. Al menos sé que no es de noche, pero eso no es alentador porque puede significar que voy tarde para cualquier cosa.

Observo mi ropa, para ver si con ese dato puedo saber en qué momento estoy. Llevo puesta mi bata y mi pijama. Esto podría darme más información, pero inmediatamente recuerdo que desde hace meses, cuando comenzó el confinamiento, no uso más que ropa de dormir durante el día.

De cualquier forma, el golpe de adrenalina que recién experimenté me ha despertado, ahora sí, y los recuerdos empiezan a acomodarse. Debí quedarme dormida después de que terminara la clase virtual de Daniel, mi hijo ¡Claro, ya lo recuerdo! Estaba agotada y, al concluir su sesión virtual, lo senté en el sillón de la sala a ver una película y me fui a dormir.

Estiro la mano hacia la cajonera de mi lado izquierdo y agarro mi despertador. Son las dos de la tarde. Sólo dormí 30 minutos, pero sentí como si hubieran sido tres horas. Debo aprovechar el tiempo que le quede de película a Daniel para darme un baño rápido, cocinar y sentarme a preparar mi clase de las cuatro.

Soy traductora de oficio y trabajo para una empresa transnacional de componentes electrónicos: realizo las traducciones simultáneas en inglés y francés de las reuniones semanales que sostienen entre las diferentes sedes; y también elaboro, reviso y ajusto las versiones escritas de diferentes documentos de trabajo que utilizan en forma cotidiana.

No obstante, desde que comenzó la pandemia el flujo de tareas de la empresa disminuyó en forma importante y mis ingresos también, por lo que he tenido que ofrecer clases de ambos idiomas para tener dinero suficiente para cubrir los gastos básicos de la casa.

Edmundo, el papá de Daniel, se fue de casa hace un año y medio y, desde entonces, sólo sabemos de él cada cinco o seis meses, cuando deposita en mi cuenta una cantidad tan ridículamente pequeña que ni siquiera recuerdo el monto, y la acompaña de un mensaje en el que me avisa de la transferencia y le manda saludos a su hijo -para que se los haga llegar yo, claro está-.

A pesar de estar solos, Daniel y yo nos habíamos organizado bastante bien para cumplir con las obligaciones laborales y de la escuela, y para tener un poco de tiempo de convivencia los fines de semana; pero desde que apareció este maldito virus, todo orden posible desapareció.

Desde entonces, mis días transcurren más o menos así: despierto a regañadientes a eso de las 10 de la mañana para darme un baño rápido y luego despertar a Daniel, que me hace el relevo en la regadera mientras le preparo algo para desayunar. Sus sesiones escolares virtuales ocurren de 12 a 2 de la tarde, -aún no se por qué su maestra eligió ese horario-, y luego tiene que dedicar casi toda la tarde a resolver los ejercicios y tareas, que cada día son más complicados y extensos.

Mientras él toma clase, yo aprovecho para avanzar lo más posible en las traducciones del mes, que aunque ahora son menores, requieren tiempo y concentración; pero como todos mis vecinos están confinados en el edificio, el ruido puede llegar a ser insoportable y no logro avanzar mucho en ese lapso.

Al finalizar las sesiones de Daniel preparo la comida mientras él limpia un poco nuestro departamento, que no es muy grande. Comemos y de ahí cada uno a sus rutinas: él a sufrir con las tareas y yo a preparar clases.

En los días buenos imparto hasta cuatro sesiones de una hora, por lo que termino entre 8 y 9 de la noche, pero eso significa que puedo obtener una parte importante del ingreso necesario para completar los gastos del mes. No todas las semanas son buenas, pero hasta ahora he podido lidiar con el pago de las cosas más importantes.

A eso de las ocho y media preparamos la cena y mi hijo se va a la cama después de eso, aunque pide que lo acompañe unos 10 minutos, en lo que concilia el sueño. Luego retomo ya con más velocidad y concentración las traducciones y, si me da la energía, avanzo un poco en la planeación de clase. Por lo regular son las 3 o 4 de la mañana cuando aterrizo finalmente en cama.

Confieso que muchas veces no tengo ni idea de la hora que es, porque dejé de usar reloj de mano debido a las medidas sanitarias y ahora ya ni siquiera tiene pila. Lo que me salva es que tengo programadas más de diez alarmas en mi celular que me avisan de las cosas urgentes.

El tiempo se ha vuelto intrascendente en estos meses. Un día puede parecer tan similar al siguiente o ser completamente distinto, lo cual no depende de la secuencia de actividades, sino de qué tantos imprevistos aparecen por el hecho de no tener precisamente una noción clara de las horas y los minutos.

Hoy, luego de muchas semanas de actividad continua, decidí dormir una siesta porque ya no soporto más el cansancio, pero siento que el resto de mi día se volverá insoportable por haberme permitido este pequeño lujo.

Mi cuerpo está muy torpe y mis pensamientos aún más. Es como si estuviera todavía en el umbral de los sueños y, al mismo tiempo, el mundo avanzara rápido mientras lo veo pasar ante mis ojos, y mis manos y cabeza no respondieran adecuadamente.

Termino de preparar la comida con lo que voy encontrando de las sobras de otros días. Me siento muy inquieta porque no logro recordar dónde dejé mis apuntes de clase. Le pregunto a Daniel, pero tampoco lo recuerda en ese momento, porque ya lidia con sus propias angustias al tener que resolver problemas de geometría.

Poco a poco mis ideas y movimientos retornan al ritmo normal, pero sigo sin encontrar mis papeles y ya sólo falta media hora para la clase. Engullo rápido y sin detenerme a ver lo que pruebo, porque mi mente sigue concentrada revisando cada espacio de la casa para averiguar dónde se encuentran mis apuntes.

Finalmente, dos bocados antes de terminar, recuerdo el lugar y voy hasta él. Me olvido por completo de mi comida y reviso lo que tengo que exponer hoy. Quedan cinco minutos para comenzar la conexión. Mientras leo apresurada mis notas me pongo una camisa y un saco que casualmente hoy combinan perfecto con mis pantalones de pijama. Tengo previamente seleccionadas seis combinaciones de prendas que me permiten lucir profesional frente a la cámara, sin perder la comodidad de mi atuendo del resto del día, y las voy variando cada semana.

La angustia de no estar preparada para la clase me ha dejado un poco acelerada y mis alumnos de la primera clase lo notan, porque me detienen constantemente para repasar algunos conceptos que no han quedado claros. Puedo notar en sus rostros algo de molestia. Espero no decidan abandonar el curso.

Conforme avanza la tarde he ido recuperando ritmo, pero todavía me siento algo aturdida. Luego de un café entre clases y algunos ejercicios de respiración cierro la sesión de las ocho ya en buena forma.

Regreso con Daniel, que hoy ha terminado antes sus pendientes, por lo que mira la televisión desde hace un buen rato. Le hago de cenar mientras él prepara su cama para dormir. Está agotado también y no tarda mucho en dormirse.

Retomo la traducción de un comunicado que enumera las medidas que adoptará la empresa para tener una ocupación presencial del 50 por ciento de trabajadores en sus sedes: Uso obligatorio de cubrebocas y mascarilla durante toda la jornada laboral, que no podrá ser mayor a 6 horas; distancia forzosa de dos metros entre cada estación de trabajo; pausas escalonadas de cinco minutos cada noventa para que el personal reciba limpieza y desinfección por turnos: los empleados que tienen algún trato con proveedores o público van primero, aquellos que están obligados a moverse por diferentes módulos de trabajo son los siguientes y, finalmente, acuden quienes están asignados a una tarea específica durante toda la jornada.

Como última pero no menos importante disposición, todos los empleados deberán llevar su propia comida y consumirla en su puesto de trabajo. Al finalizar esto, deberán limpiar los recipientes con toallas sanitarias y sus manos con alcohol. Todos los desechos deberán ser depositados en contenedores especiales.

Aunque la traducción de todo esto no es complicada, pienso en cómo se le puede explicar a las personas, en el idioma que sea, que no volverán a sus rutinas acostumbradas, que estarán aisladas y monitoreadas a partir de ahora, como si fueran una máquina más. Imagino sus rostros intranquilos al leer este trozo de papel que ahora configuro en otras lenguas.

Me sorprende además la obsesiva exigencia de las instrucciones. Todo estará precisamente medido y calculado. Recuerdo entonces haber leído en un viejo texto de la universidad, en la clase de administración, que este modelo de trabajo ya existía hace un siglo. Le llamaban taylorismo y basaba su éxito en esa cadencia ininterrumpida de movimientos alineados a una cadena de montaje. Se suponía que habíamos superado eso hace mucho, pero todo parece retornar al mismo punto tarde o temprano (y mientras pienso esto, sé que lo he leído ya en alguna parte, pero no recuerdo dónde).

Pienso en sus rutinas prácticamente carcelarias y las comparo con las mías. En realidad no hay gran diferencia. Yo soy esclava del no-tiempo tanto como ellos lo son de la higiene y la lejanía.

Por un instante añoro esa vieja libertad que tenía hace algunos meses, pero rápidamente elimino esos pensamientos, pues acabo de recordar que en realidad sólo transitaba entre mis rutinas laborales y las domésticas.

Se me escapa una risa irónica. En realidad lo único diferente ahora es que estoy consciente de que nunca fui libre. Mi corazón se estruja al pensarlo. Quisiera mandar a la mierda todo. De todos modos, no se qué otra cosa podría hacer de mi vida salvo esto, así es que capitulo en mis intenciones libertarias.

Entre ideas y tecleos, mis párpados comienzan a juntarse. Mi noción de lo real es cada vez más espesa y borrosa. Sin consultar el reloj, asumo que es muy tarde ya. En algún momento, que no identifico bien, dejo de estar despierta.

Todo vuelve a ser calma y silencio. Mi mente reposa al fin en las mansas aguas del sueño. Puedo sentirme cobijada dulcemente por mi respiración pausada.

Despierto de pronto, asustada, y en automático estoy casi de pié a la orilla de mi cama. Mi respiración está agitada. He tenido un sueño en el que un terrible virus obligaba a la humanidad a mantenerse confinada durante semanas o meses. Era desesperante.

Soñé también que Daniel y yo éramos esclavos de la ausencia de tiempo y que nos convertíamos en autómatas ¿o no era un sueño? Un golpe seco en la boca del estómago me ha invadido ahora. Volteo a verme y me descubro en pijama. Una mirada rápida alrededor y veo que ya es de día, pero no se si eso sea suficiente información.

Volteo a ver el despertador. Son las siete de la mañana. Creo que sólo fue un engaño de mi mente, una broma pesada. Quiero dormir unos minutos más antes de comenzar la rutina que me llevará a la oficina. Cierro los ojos, aunque mantengo un poco el estado de alerta. Me sumerjo de nuevo en la somnolencia.

Despierto nuevamente agitada ¿cuánto tiempo ha pasado desde que cerré los ojos? Me duele la cabeza demasiado. Tuve un sueño terrible: soñé que soñaba…

Jiyú

La vida comienza a diario con el primer aliento de una taza de té. Desde adolescente, Kenzo descubrió su gusto por el Gyokuro, una infusión muy apreciada en su país natal, al que abandonó apenas terminó la universidad. Otra nación lo recibió fraternalmente, aunque siempre sintió nostalgia por el terruño. Por ello, empezar sus días con un poco de Gyokuro era como sentir a Japón en las venas de nuevo, como tocar base.

Ahora, trabajaba como programador en una empresa de gestión de contenidos digitales en esta nación lejana y, con el encierro decretado por el virus, se había convertido en uno de los primeros confinados por la gerencia, pues su trabajo se podía desarrollar perfectamente desde casa.

Con todo, Kenzo no había sufrido ni un poquito el confinamiento. Si una palabra definía su vida, esa era jiyú, que en la traducción más cercana podría definirse como “libertad”, como la libertad de ser quien uno es, pero incluso ser libre de sí mismo.

El oficio de programador le daba la libertad de llevar su mente por territorios que la vida “real” jamás le permitiría. No había mayor autonomía que esa. Al mismo tiempo, esa actividad lo alejaba de sí, de sus demonios, de sus nostalgias. Era la mejor forma de pensar sin pensar.

Por esa razón le daba igual estar en casa que en la oficina. Aunque ahora tenía la ventaja de poder decidir cuándo era el mejor momento para ir por provisiones, que era una de las pocas razones que le invitaban a salir del hogar.

Comenzaba su rutina cada día con aquella taza de té verde. Luego, se preparaba un poco de arroz cocido con un trozo de salmón, porque era lo que le resultaba más rápido de cocinar. A veces, cuando sentía ganas de cambiar el menú, sustituía el pescado por una tortilla de huevo. Comía en 25 minutos; luego una ida rápida al baño y después se sentaba frente a la computadora.

Regularmente eran las 8 de la mañana cuando estaba listo para comenzar las labores. Aunque tomaba un receso corto cada noventa minutos, para realizar estiramientos, podían pasar muchas horas antes de que el estómago le advirtiera que era momento de hacer una pausa más larga. Entonces, dedicaba 35 minutos a su alimentación y retomaba la rutina.

Si bien estaba muy involucrado con su trabajo, se prometió suspender su jornada, todos los días, a las nueve de la noche como máximo. A partir de ahí, iniciaba su proceso de preparación para dormir: cenaba ligero, por lo general un pan tostado con mantequilla y una última taza de té. Luego, leía unas quince páginas de la novela que tuviera en turno, se ejercitaba durante diez minutos para relajar el cuerpo, tomaba una ducha con agua tibia y a la cama.

Seguía, casi sin variaciones, esta secuencia de actividades durante seis días de la semana. Los domingos, al contrario, no realizaba ninguna tarea de oficina, pero era común que hiciera alguna lectura relacionada con su oficio, para mantenerse actualizado y, por las tardes, se daba espacio para ver alguna película que tuviera en su lista de pendientes.

Estaba convencido que la única vía para ser libre era la disciplina y, por ello, se sentía orgulloso de haberse adaptado rápido a este régimen de encierro establecido meses atrás. Entre más se parecieran sus días, mejor podía tener control sobre su libertad.

Hoy Kenzo despertó algo fastidiado e inapetente, así es que, además del té, sólo recalentó un poco del arroz del día anterior y se sentó a trabajar. Le molestaba tener que variar la rutina por futilidades como su apetito. Tampoco sentía en ese momento mucha emoción por avanzar en el proyecto que tenía por delante, pero había que enviar pronto un adelanto. Hizo veinte respiraciones profundas y comenzó a teclear.

El tiempo empezó a desvanecerse conforme sus dedos dibujaban nuevos símbolos en la pantalla. Avanzó más rápido de lo que se había programado, por lo que, como meta, se decidió a terminar la primera versión del proyecto al finalizar el día, aunque aún le quedara una semana para la fecha de entrega. El mundo alrededor lucía más bien difuso, lejano, irreal. Todo lo que existía ahora era un montón de códigos sobre un fondo negro.

Recupero su calma habitual y su alegría. Ese era el territorio libertario que tanto le emocionaba, y que ahora estaba ahí, abrazándolo y diciéndole al oído que el mundo podía esperar. En el fondo era su verdadera patria y, por esa razón, podía estar en éste o en otro país, en la sala de estar o en el cubículo del corporativo. El hogar lo llevaba siempre a cuestas.

Eran las 2:45 de la tarde. Kenzo estaba en el punto más importante del proceso de codificación cuando alcanzó a percibir, distante, una voz que le resultaba familiar. Tardó algunos segundos en fijar la atención en aquel sonido, porque no estaba seguro de reconocerlo del todo, pero finalmente pudo percibir, nítido, aquel llamado que le hacía desear salir de su encierro para conectar con el mundo.

La voz se aproximó cada vez más hasta ser totalmente reconocible y avisarle a Kenzo que el objeto deseado se aproximaba: ¡eloooooteeees! gritaba la voz de un anciano. Aunque el muchacho basaba casi toda su alimentación en la comida japonesa, este manjar lo había seducido irremediablemente desde su llegada al país.

La sola imagen de aquella mazorca embadurnada en crema y queso rallado, adornada con unos toques de limón y sal, le producía una cosquilla en las quijadas y luego aquella secreción que se le desbordaba entre los labios. Para terminar de confirmar el antojo, de su abdomen nació un enérgico reclamo que le pedía ir en busca de aquella maravillosa vianda.

Conocía bien, por el sonido, la distancia a la que se encontraría el vendedor en este momento y calculó que le daba suficiente tiempo para ir por su cubrebocas y bajar los tres pisos que lo separaban de la calle. Además, el señor de los elotes solía detenerse por algunos minutos en espera de que aparecieran los clientes.

Se paró de la mesa y fue directo a su recamara, donde recordaba haber dejado el cubrebocas. Revisó en las cajoneras a cada lado del colchón, pero no tuvo éxito. Se sorprendió un poco, pero pensó que tal vez lo habría dejado guardado en alguno de los anaqueles del armario. Todavía tenía tiempo suficiente para alcanzar al vendedor.

Exploró cada uno de los compartimentos en forma rápida y fue dejando la ropa en desorden, pero en el mismo sitio. Ninguna señal de aquel maldito trozo de tela. Su corazón comenzó a acelerarse. Buscó en la sección de zapatos, pues a lo mejor lo había tirado ahí mientras revolvía la ropa. Aún nada.

Pensó que, aunque era improbable, pudo haberlo dejado en el baño, pues al regresar de la última ocasión en que salió al supermercado tomó una ducha. Se paró en la entrada de esa habitación y la recorrió con la mirada, más bien a la expectativa de que el artefacto se asomara y le dijera ¡aquí estoy! Ningún objeto se movió de su lugar.

Kenzo sudaba ya, mientras pensaba que poco a poco se alejaba su posibilidad de degustar aquel delicioso elote. En un acto desesperado, corrió a la cocina y abrió las puertas de la alacena. Un conjunto de botellas con especias y enlatados resguardaban el lugar. Arriba de ellos, el papel de baño, algunos artículos de limpieza y las servilletas, inmóviles, parecían compadecerse de él. Ningún hallazgo todavía.

Su respiración comenzó a acelerar mientras abandonaba la cocina, porque escuchó la voz del anciano alejarse en forma lenta pero inexorable. Corrió hacia la sala y una silla se le atravesó en el camino. Dio un giro completo que habría sido la envidia de cualquier gimnasta y aterrizó en el sillón. Se compuso rápido y levantó los cojines, desesperado, pero ahí tampoco estaba el cubrebocas.

Se quedó inmóvil, por un instante, mientras repasaba en su mente si le faltaba revisar algún sitio del departamento. El llamado de allá afuera ya lucía a una distancia mayor a una calle. Se dirigió al trinchador y abrió los cajones de los cubiertos y la vajilla. Un segundo después, soltó una sonrisa irónica al confirmar su hipótesis de que era una estupidez que estuviera ahí.

Se sintió derrotado. Bajó los brazos y comenzó a sollozar. Era inaceptable haber perdido el cubrebocas. En ese momento, un pensamiento lo invadió. Se sintió horrorizado ¿Cómo iba a poder salir ahora? ¿Cómo haría para abastecerse? Imaginó entonces la forma en que, gradualmente, la muerte llegaría por él. Se visualizó tendido sobre el piso de la sala, deshidratado y hambriento, mientras los vestigios de su respiración se le escapaban del cuerpo.

Del pensamiento fatal pasó al enojo. Cayó en cuenta que, hasta hace algunos meses, él podía decidir si quería permanecer en casa o salir. No importa que casi no hiciera uso de ese derecho, al menos tenía la posibilidad de elegir. También era libre para sentir el aire entrar directo en sus pulmones, sin esa muralla que lo obligaba a administrar sus inhalaciones.

Cerró los puños y apretó la mandíbula. Parecía como si estuviera a punto de descargar su furia sobre algún objeto pero, en lugar de eso, liberó la tormenta que ya comenzaba a asomarse por sus ojos. Mientras fluía el llanto, se sentía decepcionado por haberse considerado libre hasta ahora. En verdad era un tonto. Su sensación de independencia era tan frágil que aquel pequeño dispositivo desaparecido le había truncado toda posibilidad de moverse más allá de la puerta de su casa.

Se reprendió de inmediato y cortó las lágrimas. Había sido excesivamente permisivo con esto de comprar elotes y eso lo había distraído de su proyecto. Se sentó de nuevo frente a la computadora, mientras recogía con las manos la humedad alojada en su rostro. Observó de vuelta los códigos en la pantalla y sintió que la temperatura de su cuerpo se elevaba, mientras una punzada aparecía en su cabeza.

Era incapaz de descifrar aquellos símbolos que hasta hace una hora eran su idioma favorito. Intentó enfocar un par de veces, pero seguía sin entender nada. Talló sus ojos, pero eso no mejoró el resultado. Aproximó sus manos a la cabeza y tomó entre sus dedos aquellos cabellos lacios que no había cortado desde hacía muchas semanas.

Talló con fuerza el cráneo. Suspiró profundo y comenzó a resignarse. Bajó las manos lentamente hasta llegar al cuello. Ni bien habían aterrizado sus dedos ahí, registraron de inmediato esa sensación áspera de aquel retazo por el que había emprendido una búsqueda frenética. Todo el tiempo había estado ahí, sobre su cuello, ocultándose en el sitio más visible.

Kenzo comenzó a reír. Más bien, se le desbordó una mezcla extraña entre carcajadas y sollozos durante un buen rato. No podía parar de hacerlo y, al mismo tiempo, no quería. Era lo más cercano que había experimentado a la libertad en toda su vida.

Mientras experimentaba esta amalgama de emociones, se dejó caer y rodó por el piso sin control. No quería detenerse hasta estar seguro de haberse vaciado de sentido. Al fin, luego de un tiempo, el muchacho se detuvo. Miró al techo y se levantó. Se sentía ligero. Miró por la ventana para cerciorarse que nadie lo había observado a la distancia, pero de inmediato llamó su atención el arco iris que ahora se asomaba entre los edificios.

Observó las ventanas más a profundidad y se percató que estaban húmedas también. El cielo lo había acompañado en esta extraña catarsis. Se sintió agradecido. Tomó el cubrebocas y lo subió hasta la nariz. Agarró las llaves y la cartera y se dirigió hacia la puerta. Había una ciudad entera por descubrir allá afuera.

Interludio

El día arranca con los alaridos del despertador. Mi casa aún está inundada por el silencio. Son las 6 de la mañana. Todos duermen aún y, por ese motivo, llevo a cabo en sigilo la rutina previa a mi salida a trabajar.

A pesar de que aún se mantiene el encierro para la mayoría de las personas, debido que  la amenaza por la mortal enfermedad no ha cesado, yo pertenezco a ese grupo de los que han tenido que regresar a su rutina desde hoy, pues la empresa en la que trabajo realiza actividades permitidas por el gobierno en esta fase.

Me baño en unos cuantos minutos, sin siquiera esperar a que caliente el agua, y me seco con la misma rapidez para ganar un poco de calor. Me enfundo en el uniforme del trabajo y me dispongo a comer algo sencillo. Tomo una pieza de pan dulce y la engullo mientras caliento agua en un pocillo, para mezclarla después con una cucharada de café soluble en una taza. La bebo con prisa y no puedo evitar quemarme la lengua un par de veces.

Enjuago ligeramente el tarro y me aproximo a la puerta. Tomo el cubrebocas y la careta que recién me han enviado de la empresa. Salgo a la calle con una sensación de aglomeración en la panza. No sé si es el café con pan o la angustia. Es mi primera vez con estos objetos sobre el rostro y también la primera en que estaré casi todo el día fuera.

Apenas atravieso el umbral de mi guarida y puedo percibir la muerte del silencio, nítida: además de los sonidos que emiten algunos pájaros y uno que otro vehículo al pasar por la calle, veo invadido mi espacio auditivo por la angustiosa melodía de mi respiración encapsulada en el cubrebocas. Debo confesar que el sonido de esa nota, que crece y decrece en forma constante, me enloquece recién comienzo mi caminata pero, conforme avanzo, me va sedando progresivamente hasta convertirme en un autómata.

También está el asunto de la mascarilla, que por mucho que proteja el rostro, ha distorsionado por completo mi percepción de los espacios: ahora todo parece estar más próximo y constantemente tengo el temor de chocar con personas y objetos.

Además, mi respiración escapa de entre los huecos del cubrebocas y empaña la mascarilla, por lo que he tenido que limpiarla a menudo con un pañuelo. No sé si es mi incomodidad, pero estoy casi seguro que puedo escuchar el sonido del vapor impregnarse sobre la superficie plástica.

Encima, me queda la impresión de que mis pasos suenan cada vez más huecos, como si apenas tocaran el suelo. En resumen, me siento como si fuera una mezcla entre astronauta prisionero de la gravedad y automóvil sin parabrisas, en medio de una tormenta.

Por si fuera poco, el ajuste de ambas prendas hace que continuamente me rasque la cabeza y la quijada, con el añadido de que ese ejercicio de rasgar la propia piel suena ahora amplificado, como si alguien tapara mis oídos. Pienso por un instante que prefiero mil veces el silencio de casa, y mis infinitos esfuerzos por mantenerlo mientras me alisto, que este novedoso concierto que emana de mi cuerpo amurallado.

He avanzado apenas unas calles en los últimos cinco minutos. Parece como si nunca fuera a llegar a la estación del subterráneo. Ahora debo atravesar el parque de la colonia, que, a pesar del encierro, luce bastante transitado.

Los cantos de las aves suenan más fuerte ahora, y a ellos se les suman las pisadas de los deportistas madrugadores, que circulan sin detenerse; los rasgueos de las ramas de aquella escoba empuñada por el señor que limpia el parque; el recorrido de los escupitajos que los señores aventuran a la acera, sin la menor observancia a las reglas sanitarias; y los tosidos pobremente atajados por el puño de un anciano que está sentado en una de las bancas cercanas. Esta jungla que recién descubro anticipa, con sus notas musicales, lo que vendrá cuando aborde el transporte público.

Voy a la mitad de mi recorrido por estos jardines cuando un tipo me ataja. Lleva cubrebocas también e intenta preguntarme algo, pero sólo puedo percibir algunos balbuceos que salen de su boca. Le hago una seña para indicarle que no alcanzo a escucharlo y, con mirada de fastidio, sube el volumen de su voz para preguntarme si conozco la calle de Arboledas.

A pesar de su esfuerzo, logro escucharlo apenas y comienzo a darle indicaciones, pero él me detiene con su mano sobre mi hombro para indicarme que no está escuchando nada. Una sensación de calor vaporoso sube desde mi estómago hasta la cabeza y, en tono enfurecido y con mayor volumen, comienzo la explicación ante su mirada atenta. Repite, en tono de pregunta las últimas dos instrucciones, ya con los decibeles bastante subidos, y contesto en tono afirmativo con mayor volumen de voz. Los habitantes transitorios del parque voltean a vernos, alarmados por los gritos con que nos hemos comunicado. Nos despedimos con la mano y continuamos nuestros caminos.

Justo en la frontera del parque me topo con un puesto de comida, atendido por una señora de edad avanzada, en el que aguarda una larga fila de personas que han roto la distancia obligada, para escuchar esta melodía burbujeante del aceite hirviendo, que les anticipa un delicioso manjar. La señora utiliza el cubrebocas por debajo de la nariz y se lo quita constantemente para aproximarse a retirar del proceso de fritura los alimentos.

Mientras lo hace, podría jurar que escucho las gotitas de saliva que abandonan su garganta y aterrizan en el aceite con un tímido blup por sonido final, para confundirse con la ebullición que ya ocurre en aquel cazo. Aunque el olor me seduce, haber imaginado esa escena (¿o sí la vi?), inhibe mi apetito.

Me enfilo a la siguiente calle, que es bastante estrecha y comienzo el sangoloteo de mi cuerpo, a un ritmo que bien podría ser de mambo, para esquivar transeúntes, aunque no siempre lo logro: a veces rozo una mano por aquí o una pierna por allá. Me he percatado que mi respiración encapsulada sirve como percusión para este pegajoso y necesario ritmo que ahora sigo para poder avanzar.

Estoy cubierto de sudor, gracias a la careta empañada y a la tensión que siento en todo el cuerpo ante la posibilidad de exponerme al contagio y, con ello, diseminar el virus entre mi familia. Conforme camino más, percibo las palpitaciones agitadas de las otras personas, que también retumban en esta serenata mañanera que entonamos todos los caminantes.

Estoy a una calle de llegar a la estación y mi corazón late vigoroso. Alcanzo a escuchar un coro que va subiendo de tono conforme avanzo. Es el bullicio jubiloso de las multitudes que me esperan en la entrada al subterráneo, que ahora se asoma ante mí, imponente. Sus rumores ensordecedores, que asemejan a cualquier estadio de futbol, me engullen ahora. Adentro me espera esa normalidad que jamás se detuvo, tan virulenta y venenosa. El verdadero concierto empieza ahora. Cierro los ojos, mientras avanzo, y me santiguo.

Resistencia

Ginger Quinn camina con prisa y también con temor. Lleva un trozo de tela color negro que le cubre la mayor parte de las pecas y del rostro. Sus cabellos rojos, largos y ondulados, danzan al ritmo de sus pasos. Más bien, pareciera como que brincaran sin orden ni control, mientras enseñan la urgencia de esta muchacha, que respira agitada.

Todos los días camina dos kilómetros para llegar a la estación de transporte subterráneo más cercana que, luego de recorrer 15 estaciones, finalmente la deja en su odiado trabajo como vendedora telefónica de una compañía de seguros. Este singular rencor a tan chispeante ocupación ha crecido durante las últimas semanas, debido a la contingencia decretada ante la eminente llegada del mortal virus.

Ella preferiría permanecer segura, en casa, a salvo de cualquier contagio, pero en las oficinas centrales han decidido que lo mejor es trabajar las jornadas completas, en tanto las autoridades no les pidan lo contrario, pues el pánico de la gente ha provocado un incremento en la demanda por seguros del 300 por ciento en los últimos dos meses.

Ginger odia esa absurda explicación, que es repetida cada lunes para “incentivar” a los empleados. -Como si nosotros recibiéramos siquiera algunas migajas de las ganancias que se está embolsando la compañía en estos meses- se repite la chica, en voz baja, después de escuchar el infame mantra.

De pronto se ha percatado que, por ir pensando en esto, ha olvidado fijarse, durante las últimas dos calles, si alguna persona ha pasado muy cerca de ella, o si todos y cada uno de los transeúntes portan el cubrebocas o la careta obligatorias. Ha tomado como un reto personal esto de cazar infractores e insultarlos por arriesgar a los demás con sus imprudencias. Regresa la atención a su caminata, pues ya sólo faltan tres cuadras para entrar a la estación.

Imagina que está por ingresar al abismo, o peor aún, a las puertas del infierno. No puede evitar que en su cabeza empiece a sonar aquella vieja canción highway to hell, que reproducía su tío cuando ella era adolescente. Amaba aquella versión cantada por Bon Scott, con esa sexy voz rasposita que le invitaba a vivir sin ataduras: living easy, living free, season ticket on a one way ride.

No obstante, todo lo que consigue su mente, en este momento, es reproducir la versión con la espantosa voz de Brian Johnson, como si un cortocircuito en su mente la obligara a vivir encadenada a ese tono chillón. Intenta acallar la interpretación un par de veces pero es inútil y, ahora, ella debe concentrarse en que su entrada a la estación sea lo más segura posible.

Decide ignorar ese estribillo, que se reproduce en bucle en sus oídos. No puede dejar de pensar, en forma irónica, que tal vez esa vida desenfrenada de la que habla la canción es muy similar al festín infeccioso del que ahora serán partícipes los cientos de personas que en este momento, junto con ella, caminan escaleras abajo para abordar el tren.

Comienza a sofocarle el calor corporal acumulado de la gente que avanza sin pausa. Puede percibir perfectamente los cuerpos pegajosos e infestados, invadiéndola. La canción en su mente sigue dando vueltas y vueltas: hey mama, look at me, I’m on my way to the promised land. Una profunda nausea amenaza con salirse de su cuerpo y salpicar a estos zombies que ahora danzan a su lado, en dirección al averno motorizado que está por arribar.

Aborda el vagón y descubre un asiento vacío. Se apresura a ocuparlo y cierra los ojos. Prefiere no pensar en los antecedentes higiénicos de la persona que estuvo sentada antes de ella. Aspira y suspira profundo. La tonadita en su cabeza al fin ha capitulado. Está harta de su rutina esclavizante. De ambas, de la de acudir a su estúpido trabajo y de la novedosa labor de vigilar en todos los rincones en busca del virus.

El sopor la adormece durante tres estaciones pero, repentinamente, en medio de esta pausa onírica, ha tenido una revelación. Debe intentar recuperar su vida con un último acto liberador. Recuerda haber visto de reojo a un tipo, con una guitarra, entrar al mismo vagón que ella y también que su tío le enseñó hace algunos años los acordes de aquella canción que hoy ha traído en la cabeza. Seguro será fácil recordarlos.

Abre los ojos e inspecciona las cercanías. A tres asientos está parado el muchacho con el instrumento musical. La loca idea termina de madurar en su mente. Aunque ella es muy tímida, en este momento está dispuesta a romper con todas sus ataduras y dirigirse directo al infierno: Taking everything in my stride, don’t need reason, don’t need rhyme, ain’t nothing I would rather do

Se para, sin algún signo de duda, y camina firme en dirección al músico. Toma su guitarra y, ante la mirada desconcertada del tipo, emite un pequeño guiño sugestivo que parece invitarlo a ser su cómplice silencioso en esta travesura que está por comenzar. Él, enmudecido, cambia la expresión de su rostro a una que parece de curiosidad. -¿Qué estará pensando hacer esta pelirroja subversiva?- pareciera pensar, a decir del gesto que dibuja ahora.

Ginger avanza hasta la esquina más próxima del vagón. Se recarga un poco y enfunda la guitarra, dispuesta a comenzar la insurrección. Con un primer rasgueo, anticipa a los viajantes lo que está por comenzar. Las miradas, todas, se posan sobre ella. La expectación se ve aderezada por una serie de arpegios que mantienen la tensa calma que está a punto de fenecer.

De pronto, los primeros cantos, en un nítido registro de contralto, comienzan a florecer de la garganta de Ginger. Por momentos, parecieran emular a una versión suburbana de Norah Jones, tal vez con algunos toques de entonación contestataria de Amy Winehouse. La gente no puede ya dejar de mirar a la chica. Algunos incluso han comenzado a mover la cabeza o las manos al ritmo de la canción.

La pelirroja se siente al fin en control de algo en su vida. Está extasiada mientras interpreta la canción que mejor describe el momento presente. Decide entonces que es momento de llevar las cosas al límite. Suelta su voz para que explore en libertad los confines de su capacidad. Ya en alguna ocasión alguien le había dicho de las posibilidades de su voz de llegar a niveles de soprano, pero había sido escéptica al respecto. Ahora sabe que es cierto.

Con el cambio de voz, la gente parece haber encontrado una invitación a la disidencia absoluta. Algunos comienzan a brincar sin control, mientras otros cantan en forma desgarradora y potente. La mayoría se ha despojado de sus cubrebocas e invaden el espacio vital del resto. En el ambiente se respira euforia, sudor y viralidad. Nadie parece preocuparse ya. Ginger termina su interpretación en lo más alto y con un solo de guitarra que se despliega, emancipado, hasta desaparecer.

Ya no hay más música. La gente, aún excitada, repite algunas veces más el coro, hasta que se percatan que la interpretación de Ginger ha terminado. Comienzan a germinar los rostros de incertidumbre. Las voces se vuelven más bien rumorosas y entrecortadas. Todos, incluso la muchacha, esperan a que ocurra algo que indique el paso a seguir. 

Uno de los pasajeros, que permanece oculto entre la masa, lanza un feroz grito de repente y los demás los siguen. La catarsis ha llegado a su punto máximo. Luego de eso, varios de los pasajeros de hasta atrás se mantienen solitarios, disfrutando aún de esta breve sensación de libertad, pero muchos comienzan a conversar entre sí. Algunos proponen realizar estos actos en el transporte público como medida de protesta. Otros más se aproximan a Ginger y le plantean comandar las acciones de resistencia, que ahora incluyen las pintas en lugares públicos y la proclama de consignas a ciertas horas del día.

La chica sólo alcanza a sonreír, pero no responde. Eso parece no importarle a este grupo que ahora se centra en discutir la pertinencia de los actos propuestos. Ella se percata, en ese momento, que la siguiente es su estación y devuelve la guitarra. El dueño del instrumento lo recibe con gusto, pero apenas si le pone atención, porque está discutiendo, con algunos de sus amigos, sobre las posibles canciones contra el virus que habría que escribir ahora.

Ginger toma posición en la puerta de salida del vagón, junto con otras 10 personas. El tren llega a la estación y ella comienza a colocarse de vuelta el cubrebocas, algo apenada por haber incumplido con la norma sanitaria. Observa a las otras personas que la acompañan en esta peregrinación y muchos también han devuelto la pieza de tela a sus rostros. Una cosquilla le invade el cuerpo mientras camina. Sus pasos le pesan un poco, pero al mismo tiempo el resto de su cuerpo parece flotar. Se siente infectada por una sensación de claridad mental y determinación. Arribará en dos minutos a la oficina de su jefe y le dirá que renuncia desde este momento. Ahora tiene claro que ella sólo quiere cantar. Lo que venga con ello, será el pavimento de su propia ruta hacia el infierno.

Soap opera

Sólo alcanzo a percibir silencio. Puedo sentir mi cuerpo inmóvil, casi flotando. De pronto, un sonido infame interrumpe mi sueño. Giro la vista hacia la izquierda y observo que el despertador marca las siete y media.

Casi en automático, levanto mi cuerpo y lo dirijo, con un solo ojo abierto, hacia el baño. Bajo mis pantalones en busca de un poco de redención pero, de súbito, recuerdo que he olvidado lavarme las manos primero. Me regaño un par de veces mientras observo mi rostro turbio en el espejo, todavía con un ojo cerrado. Aunque al día de hoy ejecuto la rutina de limpieza casi a la perfección, en ocasiones tengo algunos olvidos peligrosos.

Comienzo entonces el ritual al que más dedico tiempo en el día: Un-chorrito-de-jabón-en-las-manos-luego-un-poco-de-agua-después-froto-las-palmas-durante-diez-segundos-entonces-cruzo-los-dedos-y-enjabono-las-uñas-posteriormente-los-pulgares-después-el-dorso-de-las-manos-luego-las-muñecas-y-enjuago.

Al tiempo que repito mentalmente la secuencia -que acompaño con alguna canción que me guste como fondo para hacer más llevadera la limpieza- cuento el número de segundos que dedico a esta tarea, que nunca debe ser menor a 25. Termino el lavado y me dirijo rápido hacia el inodoro, antes de que esta sensación de explosión me desborde. Apenas termino y vuelvo al rezo de este nuevo credo sanitario que domina mis días. Justo después de eso, tomo un poco de crema para aminorar la ya notoria deshidratación en mis manos.

Mi esposa Alondra aún duerme tranquila y lo hará durante veinte minutos más, antes de que vuelva a sonar el despertador y tenga que entrar a la ducha, mientras yo despierto a nuestro hijo Diego, que debe estar listo a las nueve para comenzar su clase virtual. Cuento con el tiempo suficiente para bañarme y tomar un café antes de que la velocidad de la jornada acelere sin control. Entro a la regadera y, cobijado por la tibia humedad, tallo tres veces, con jabón, todo mi cuerpo para exfoliarlo lo suficiente, aunque al final termino adolorido.

Luego de cinco minutos de limpieza, me seco y me visto con el cambio de ropa que había dejado preparado la noche anterior. Salgo en silencio y camino despacio para no interrumpir el sueño de mi familia. Afortunadamente el encierro me ha librado de usar zapatos y mis sandalias son mucho menos ruidosas.

Entro a la cocina y preparo la diaria solución clorada que nos permite mantener limpios muchos de nuestros objetos, porque el alcohol líquido lo usamos para limpiar nuestros cuerpos. Al terminar de preparar el elixir lo esparzo sobre la cafetera, para limpiarla. Preparo mi primera taza y volteo al reloj. Tengo aún diez minutos. Bebo a sorbos pequeños mi pócima hasta terminarla dos minutos antes de que suene la alarma. Lavo la taza con esmero y, al final, le aplico un poco del líquido clorado, por si acaso.

El despertador comienza a vociferar de nueva cuenta y camino rápido hacia el cuarto de Diego. Me siento al pie de su cama y forcejeo con él durante algunos minutos. Finalmente se levanta y comienza a vestirse. Camino de regreso a la cocina y, mientras coloco un par de panes en la tostadora, me dirijo al comedor para desinfectar el portátil de Alondra, que es el que Diego usará las siguientes tres horas. Al terminar, me quedo indagando durante algunos segundos si he tocado alguna superficie potencialmente contaminada y, mejor, voy al baño a lavarme las manos. Llevo además el dispensador de alcohol para lavarlo también, porque no hay que escatimar en cuidados.

Regreso a la cocina y, mientras Alondra prepara huevos revueltos, unto mermelada en los panes, sirvo leche en tres vasos y los llevo al comedor, donde ya me espera Diego. Justo después de eso, saco mi computadora de su maletín y la desinfecto, porque tengo una reunión importante a las 9 y media con mis colegas del área de finanzas de la empresa. Son las 8:40 y estamos los tres sentados, masticando en secuencia, como máquinas perfectamente alineadas en torno a una cadena de montaje.

Dos minutos antes de las nueve hemos terminado nuestros alimentos. Retiro los platos de la mesa mientras Diego enciende el aparato e ingresa el usuario y contraseña de la plataforma escolar. Alondra los lava mientras aseo mis dientes y preparo, a la par, los documentos para la reunión. Regreso a la cocina a secar y guardar los platos. No puedo dejar de extrañar a Marta, nuestra trabajadora doméstica, que ha tenido que quedarse en su casa a cuidar a su marido infectado con el virus.

Alondra termina de alistarse para empezar a recibir las llamadas de los interesados en adquirir los cubrebocas que ahora ha tenido que comenzar a vender, luego de que el despacho de abogados en el que trabajaba la despidiera antes de comenzar el encierro.

Salgo de la cocina y veo a Diego, de reojo, con un gran gesto de angustia, mientras una voz, al otro lado de la pantalla, intenta explicarle a él y otros 25 preadolescentes un poco de geometría. Lo observo de forma más precisa y adopto rápido un rictus de horror. Diego juguetea sin control con su dedo en la nariz, con una vocación que bien le serviría para entender el tema de la clase de hoy.

Tomo un pañuelo desechable y jalo su mano hacia mí, con cuidado de no aparecer en el ángulo de la cámara. Diego me observa enojado e intenta zafarse. Limpio rápido cualquier vestigio de ese residuo pegajoso que haya quedado entre sus dedos y le aplico una dosis de solución sanitizante, mientras recibo de su parte algunos gestos que prefiero no descifrar, para no inquietar a la distancia, con tales improperios, a mi pobre madre.

Me voy al estudio y cierro la puerta para comenzar la reunión. Los de finanzas no parecen tener prisa por desahogar los puntos del orden del día. Yo comienzo a angustiarme porque al terminar la reunión tengo que redactar un par de oficios, y luego, aspirar y trapear la casa mientras Alondra comienza la planeación de la comida. Me angustia pensar que los pisos de la casa estén sin limpiar desde anoche.

Mi mente regresa a la reunión y noto que me he perdido del segundo punto de la agenda. Según recuerdo, no era nada importante, pero ya debo concentrarme. Me acomodo en la silla y emito un pequeño tosido que acallo con la palma de la mano. Abro en exceso los ojos al darme cuenta de mi descuido. Debo lavarme las manos de inmediato. Observo a los demás para ver si alguien podría descubrir mi ausencia, pero todos están concentrados en seguir al orador en turno. Corro al baño, sigo mi rutina de lavado y regreso al estudio. Respiro agitado, pero he logrado mi objetivo.

La junta ha durado casi tres horas pero al fin termina. Me apresuro a terminar mis escritos y a enviarlos por correo. Regreso a la cocina por la aspiradora y veo a Diego en la misma postura de angustia de hace un rato, a pesar de que ahora están en clase de biología, revisando las partes de la célula. Creo que tendré que sentarme con él a repasar en algún momento de la semana.

Luego de 50 minutos he logrado terminar de limpiar la casa, aunque he sido interrumpido en innumerables ocasiones por los del departamento de compras, que no han podido retener una maldita idea de la sesión de hace un rato. Vacío el contenido de la bolsa de la aspiradora en otra de plástico y la dejo en la puerta de la entrada. Tomo mi cubrebocas y me pongo mis zapatos para salir. Deposito la bolsa en el contenedor de la esquina de mi calle y regreso, apresurado.

De nuevo en casa, limpio con agua clorada la zuela de mis zapatos, me lavo las manos, me aplico otra dosis de crema para manos y le pongo alcohol al cubrebocas. Ni bien he hecho esto, Alondra me dice que ha olvidado comprar un par de cosas para la comida de hoy y que debo ir de inmediato por ellas para que esté la comida a tiempo. Comienzo a montarme esta cotidiana armadura, que ahora incluye una careta, una sudadera y guantes de plástico.

He logrado mi propósito, luego de 45 tortuosos minutos de tener que esquivar personas, batallar para empacar mis productos con estos estúpidos guantes y de desinfectar el volante y el asiento de mi auto. Mientras mi esposa lava los productos, yo me aplico en todo el cuerpo la solución de alcohol. No estoy seguro que esto sea suficiente, así es que mejor me doy otra ducha y deposito mi ropa sucia directamente en la lavadora.

Ya son las dos de la tarde y es momento de ver el noticiero, para estar al tanto de la actualización en el número de personas contagiadas y muertas. Desde hace dos semanas nos dicen que estamos por llegar al pico de contagios, pero todos los días registramos más infectados. Las cifras de hoy no son muy diferentes. Lo bueno es que todavía 10 países están peor que nosotros.

El conductor ha invitado a un supuesto especialista que dice denunciar una campaña macabra de nuestro gobierno. Habla de un tal “Fucó” y dice unas palabras que no entiendo. Recuerdo algunas que sonaban un poco chistosas: biopolítica, gubernamentalidad (o algo así) y gobierno de sí. Me parece un charlatán que sólo busca llamar la atención con palabritas rebuscadas. Yo estoy agradecido de que nuestro gobierno nos proteja y nosotros, como buenos ciudadanos, debemos seguir al pie de la letra sus indicaciones sobre higiene y protección. Si no nos cuidamos nosotros, nadie lo hará.

Son las tres de la tarde y todo está listo para comer. Luego del lavado de manos de rigor, comenzamos a engullir con desesperación nuestras viandas. Comentamos algunas cosas sobre lo que ha ocurrido durante el día, pero se siente mucha tensión entre nosotros. Aunque nos hemos adaptado a estas condiciones, seguir esta rutina cansa y no sé cuánto más podamos hacerlo.

Por la tarde, entre la tarea de Diego, la limpieza de los trastes y el reporte urgente que he tenido que terminar en una hora, se me escurre el tiempo. Para Alondra no ha sido diferente, porque tiene que coordinarse con sus repartidores para que mañana hagan las entregas de los pedidos que ha recibido hoy. Apenas si he podido tomarme otro café en el día, pero ya perdí la cuenta de las veces que me he lavado las manos. Algunas grietas ya comienzan a aparecer en ellas, a pesar de la crema.

Son las ocho y, mientras Diego se baña, preparamos la cena. Al terminar de comer, en tanto él se asea, me acomodo en su cama para contarle un cuento. Son las nueve y cuarto y ha quedado profundamente dormido. Lo observo cariñosamente y, antes de apagar su luz, le aplico dos disparos del aspersor que contiene alcohol. Tose un poco y se acomoda en la cama. Ni hablar, ninguna medida es exagerada.

En la sala me espera Alondra con un vaso de vino que, a estas alturas, es muy necesario. Total, si ya tenemos el cuerpo lleno de alcohol ¡por qué no también las entrañas!

Vemos la primer película que se nos atraviesa en la tele y, al terminar, tras un par de copitas, nos ponemos alegres y juguetones. No hemos cogido en dos semanas, así es que ésta es una buena oportunidad de ponernos al corriente. 

Luego de un rato de mutua exploración, y cuando estamos a punto de empezar la parte interesante, ella me interrumpe con una mirada que conozco bien. Cada uno corre rápido a su baño para darse una ducha. En unos cuantos minutos estamos en la cama, de vuelta donde nos habíamos quedado. El cansancio ha hecho mella en los dos y sólo aguantamos unos 15 minutos, pero han valido la pena. Antes de dormir, como ya se ha vuelto costumbre después del sexo, tomamos otro baño rápido.

Luego de pocos minutos ella se queda dormida y yo, que no he podido derrotar al insomnio en estos meses, me quedo un rato en la sala, cambiando sin orden ni propósito el canal que aparece en el televisor. Casi no he puesto atención porque sigo con esa sensación de vacío en el estómago que me acompaña en todo momento. Siento como si mis días fueran más complicados y estresantes que antes de que este maldito virus nos confinara.

Llego a la conclusión de que no resolveré nada por el momento y que es hora de dormir, porque mañana será un día más ocupado aún. Me acuesto resignado y cierro los ojos. Comienzo a entrar poco a poco en un trance profundo. He dejado de sentir mi cuerpo al fin. De repente, una idea atraviesa mi cuerpo, lo estremece como si un cuchillo muy afilado lo atravesara. Mi mente se enciende de nueva cuenta. Abro los ojos, horrorizado: ¡Mierda, olvidé lavarme las manos antes de entrar a la cama!

Intersticio

Con este encierro forzado los víveres se consumen mucho más rápido. Recién anoche me percaté que era hora de comprar algunas provisiones para las siguientes dos semanas.

Afortunadamente tengo un supermercado a tres calles de mi casa, porque adquirir insumos se ha vuelto un asunto sumamente complicado: preparar la cocina para recibir todo lo adquirido y desinfectarlo, usar ropa que cubra el cuerpo lo suficiente, dejar listo el cambio de ropa en el baño para llegar directo a la regadera, tener a la mano la solución clorada para los zapatos, ponerse los incómodos guantes que harán sudar mis dedos y que no me permitirán tomar ningún objeto con precisión, ajustarme este pseudo rostro de tela que hace mi respiración más densa, aprieta demasiado mi nariz y ha comenzado a lacerar mis orejas.

Camino rápido y con la vista puesta al frente hasta llegar a la tienda. Recibo la dosis de gel antibacterial para unas manos que, aunque ya cubiertas, tocarán las más sospechosas superficies. Nunca está de más cualquier precaución.

Me dirijo a tomar un contenedor para objetos y un empleado se me adelanta para depositar un disparo líquido de solución alcoholizada sobre la manija. Por un momento pienso que va a chocar conmigo y que tendré que estar confinado durante 15 días, mientras averiguo si soy una nueva víctima del virus, pero el tipo resulta hábil y me esquiva rápido.

Observo a las personas que han acudido a hacer sus compras y no puedo dejar de notar esa pesada angustia que comparten conmigo en este momento. Aunque no puedo ver del todo sus rostros, sus expresiones dicen mucho más de lo que ellos pueden notar. Me aproximo a la sección de verduras para comenzar con esta empresa y observo, a tres metros de distancia, a una chica de mirada luminosa que elige cuidadosamente unos mangos.

No puedo dejar de notar que es hermosa, con esos ojos almendrados que diseccionan con paciencia la fruta, una figura voluptuosa que se esconde tras un atuendo deportivo ajustado y esa cabellera ondulada que le cae hasta los hombros. Tomo cualquier objeto, para disimular que la observo, pero luego me quedo inmóvil, mientras disecciono sus movimientos.

Algo hace que ella cambie su foco de atención. Levanta la cabeza y rastrea esa sensación extraña que ha tenido hace un par de segundos. Se topa de pronto con mis ojos y dibuja un gesto de satisfacción ante su búsqueda. Intento desviar la mirada pero me es imposible. Ella tampoco se mueve. Nos observamos fijamente unos 20 segundos y luego su quijada hace un movimiento que bien podría ser una sonrisa. No tengo certeza de ello, porque su cubrebocas tapa buena parte de su cara.

Rompe el contacto visual y sigue su camino. Yo regreso a mi lista de compras. Ha sido estupendo y muy necesario tener este brevísimo encuentro con la chica. Hago un recorrido puntual por la sección de frutas y, antes de regresar a depositar lo seleccionado en mi contenedor, echo una rápida vista a los alrededores para ver si la muchacha sigue cerca.

Me decepciono rápidamente, porque no queda ni rastro de ella. Me aproximo al vehículo y veo un pequeño trozo de papel que definitivamente no estaba ahí cuando llegué a este lugar. Lo tomo con sumo cuidado y lo desenvuelvo. La nota dice: “hola, soy Alika. Este es el número de mi móvil. Llámame”, para luego desplegar aquellos diez gloriosos números que representan la maravillosa posibilidad de relacionarme al fin con alguien durante el encierro. Me siento esperanzado en medio de esta zozobra prolongada que empezó en un tiempo que, aunque no ha sido tanto, me parece muy lejano ya.

Aunque algo distraído ante la posibilidad de un encuentro con esta mujer, continúo mi camino. Me la topo nuevamente en un par de ocasiones y recibo, en ambas, un guiño coqueto de su parte. Mi cuerpo se estremece sin remedio. Tengo una prisa loca por regresar a casa y poder sacar mi móvil para enviarle un mensaje.

Luego de una hora y media (el tiempo necesario para realizar compras se ha vuelto tortuosamente largo desde que comenzó esta pandemia), logro al fin salir de aquel lugar y llegar a casa. Apenas alcanzo a quitarme los zapatos y depositar mis compras en la cocina. Saco apresuradamente mi celular y el trozo de papel. Escribo en mi libreta de contactos: Alika Supermercado (¡menudo nombre para mi nueva y potencial conquista!) e inmediatamente le envío un mensaje: “Hola, me llamo Antoine. Nos vimos hace una hora en el supermercado y no he podido dejar de pensar en ti. Quiero verte”.

Inmediatamente después, comienzo a sentir una culpa inmensa por haber roto algunas de las normas sanitarias gracias a este impulso absurdo, pero maravilloso, de contactar a la chica. Embadurno mi aparato con gel antibacterial y me voy a bañar, en espera de recibir una respuesta a mi mensaje.

Cinco minutos después salgo de la regadera y me visto apresurado, con la esperanza de tener ya la respuesta de Alika. Me asomo al celular y siento un poco de decepción, porque no tiene ninguna notificación nueva. Asumo, para consolarme, que ella aún estará de camino a casa. Comienzo el arduo proceso de lavado de los productos que he adquirido. El tiempo nuevamente se estira demasiado y me hace experimentar una desesperación que ha sido muy común en estas semanas.

Me he resignado a terminar la rutina de limpieza e incluso olvido, por algunos minutos, revisar mi teléfono. Estoy a dos zanahorias de terminar y volteo por curiosidad a la pantalla, para descubrir que tengo al fin un mensaje de esta mujer.

Hago una pausa para revisar el texto. El estómago se me cierra y el corazón reclama airado. “Tampoco he dejado de pensar en ti. Te propongo vernos en cuatro días, en un sitio donde venden café para llevar. Te mando la dirección mañana. Nos reunimos en ese sitio y de ahí vamos a tu departamento o al mío”.

Me falta el aire y siento algo de mareo, combinado con una sonrisa imborrable y unas ganas de gritar que apenas puedo contener. Es lo más emocionante que me ha ocurrido en muchas semanas. Aunque cuatro días de espera suena a muchísimo tiempo. Pero sabré aguantar.

Le contestó que estoy de acuerdo y, a partir de ese momento, comenzamos un intercambio de mensajes que sólo se ve interrumpido en las madrugadas, para descansar un poco y, durante algunas horas del día, para atender asuntos laborales urgentes. Platicamos de nuestros gustos y de nuestra experiencia en el encierro; pero también sostenemos algunas charlas eróticas que le han añadido un toque interesante a la espera. No obstante, hemos convenido que no nos enviaremos fotos de nuestros rostros descubiertos, que nos quitaremos los cubrebocas hasta estar frente a frente.

También acordamos mantener medidas de higiene y cuidado, por si acaso. Me he comunicado con un amigo médico y me consiguió una prueba casera de detección del virus que arroja resultados en 48 horas. Justo el tiempo necesario para llegar tranquilo a mi encuentro.

Al fin llega el día acordado. Dos horas antes tomo un baño y estoy listo y ansioso en la puerta de mi departamento. En cuanto llega el tiempo prudente para partir, sin llegar demasiado temprano, saco mis mejores guantes para la ocasión y el cubrebocas más caro que tengo. Añado a mi atuendo, por último, una careta que he adquirido especialmente para la ocasión. También esto forma parte de lo acordado con Alika, al menos para el tiempo que estaremos en la calle.

Llego al sitio acordado cinco minutos antes. Las manos me sudan no sólo por el plástico de los guantes, sino porque estoy completamente nervioso. Trato de inhalar y exhalar tranquilo, pero el cubrebocas no deja entrar mucho oxígeno. Afortunadamente Alika se presenta tres minutos antes de la hora acordada. Nos saludamos a la distancia recomendada y nos miramos fijamente a los ojos, que alcanzamos a percibir a pesar de las caretas. Pagamos un par de cafés y, mientras nos los entregan, comenzamos con una charla casual sobre cómo estuvo nuestro camino para llegar a este sitio.

Recibimos el pedido y hacemos una pausa. No hemos decidido a donde iremos para continuar con nuestra cita. Luego de algunos breves cálculos, acordamos ir a su casa, que está a menos de dos kilómetros. Caminamos lento, pero con la distancia prudente entre nosotros y siempre al compás de esa danza que resulta de esquivar transeúntes.

En el trayecto le he mostrado los resultados de mis análisis, que anuncian ese anhelado “negativo” que es mi salvoconducto para, al fin, poder tener sexo con esta chica. Ella hace lo propio y ambos sonreímos complacidos. Llegamos a su departamento, luego de subir dos pisos, y nos quitamos los zapatos. Ella toma un atomizador y rocía sobre mi cuerpo un poco de alcohol. Yo repito la misma acción sobre su cuerpo y suelto la botella.

Ella entiende la señal y nos despojamos de los cubrebocas. Sus labios gruesos lucen deliciosos y listos para ser recorridos por los míos. Aproximo mi rostro al suyo lentamente y ella cierra los ojos, en espera de que mi boca aterrice al fin en la suya. Junto mis párpados también y respiro agitado, en espera de sentir ese primer contacto húmedo. Un estruendo interrumpe nuestro acoplamiento. Hemos olvidado quitarnos las caretas, que ahora han chocado irremediablemente. Nos reímos un poco del suceso y las tiramos al suelo. Al fin puedo sentir su aliento tibio en medio de este oleaje que recorre nuestras bocas.

Comienzo a quitarle la ropa. Desabotono su camisa y mordisqueo un poco sus hombros, mientras observo como se estremece despacito. Beso ahora profusamente esa parte de su cuerpo durante algunos minutos, pero de pronto me detengo, preocupado. La observo con algo de angustia y reconozco mi sensación en sus pupilas. Aunque la misma idea pasa por nuestras cabezas, ninguno se atreve a decirla.

Finalmente tomo la iniciativa y le propongo que tomemos un baño juntos. A lo mejor esto sirve además para encender el encuentro. Ella acepta gustosa y va por un par de toallas. La duda de si alguna partícula del virus estaría alojada en sus hombros me tiene un poco preocupado. Le pregunto si tiene enjuague bucal con alcohol y me responde afirmativamente. Creo que con eso bastará.

Entramos al baño y nos desnudamos rápido, pero jugueteando un poco. Su piel marrón es la mejor estampa para adornar este cuerpo de proporciones perfectas. Ella nota con agrado, al sur de mi cuerpo, el júbilo con el que recibo su desnudez. Extiende su mano y me invita a entrar con ella a la regadera. La sigo e intento aproximarme rápido a su cuerpo, pero me detiene.

Me susurra que, por recomendación sanitaria, ella siempre se enjabona cada parte de su cuerpo durante, al menos, 30 segundos; pero después de decirme eso con un tono serio, sonríe en forma seductora y me propone que ambos limpiemos el cuerpo del otro.

Reconozco que no ha sido muy excitante la tarea de contar los segundos que gasto con el jabón en cada parte, pero al menos he podido tocarla por completo. Justo al final de la rutina, tomo un poco de agua en la palma de mi mano y lavo su vulva, mientras mis dedos recorren libres este nuevo territorio. Hemos recuperado la intensidad del encuentro. Mientras toco algunos acordes sobre su sexo, ella los acompaña con unas agudas notas que han hecho trabajar bastante a sus cuerdas vocales.

Tomamos nuestras toallas y nos secamos rápido. Al fin tenemos vía franca para el amor. Nos fundimos en un beso mientras avanzamos hacia su cuarto y ahí, interpretamos nuestra mejor actuación. Quedamos exhaustos y nos miramos, sin palabras de por medio, durante un buen rato.

Estamos a punto de abrazarnos pero de nueva cuenta nos detenemos. Todavía sin hablar, entendemos cual es el siguiente paso. Nos paramos de la cama y nos dirigimos a la ducha. En esta ocasión, la limpieza ha corrido a cargo de cada uno de nosotros y hemos sido rápidos.

Regresamos a la cama y comenzamos a charlar. Tengo unas ganas incontrolables de abrazarla y puedo asegurar que ella también, pero ambos mantenemos el protocolo de distancia tanto como nuestras ganas nos lo han permitido. Ella desliza su mano a unos centímetros de la mía y yo pego las yemas de mis dedos a las suyas. Aunque no la puedo tener tan cerca, la siento muy próxima. Definitivamente me encanta Alika, aunque no pueda controlar del todo esta culpa que siento por haber roto con el cerco. Respiro profundo y sigo mirándola.

Tras la empalizada

El sol cala fuerte mientras el día avanza. Las calles de esta ciudad, que todavía unos días atrás se desbordaban de paseantes, exhiben ahora un letargo digno de cualquier crónica apocalíptica, como resultado del decreto del gobierno central en el que se estableció un encierro obligatorio ante la amenaza inminente, con excepción de algunas actividades indispensables.

A mitad de una de estas desamparadas calles, se encuentra un conjunto habitacional color ocre, cuya entrada está resguardada por un olmo. Sobre la banqueta, una sábana de hojas se extiende y vuelve difícil el paso de cualquier transeúnte que intente pasar por ahí.

Parecería como que este árbol centinela ha decidido construir una muralla adicional para proteger a sus habitantes del inminente peligro. A pesar de esta barrera, desde la ventana más cercana del edificio, a nivel de calle, es posible observar a una joven familia que sobrevive a esta reclusión que amenaza con ser infinita.

Un hombre, de unos 35 años, está sentado sobre la mesa del comedor y revisa un documento de un grosor cercano al de un tabique. Su rostro anuncia una profunda concentración, pero también angustia. Con el lápiz, que sostiene con su mano derecha, traza líneas imaginarias sobre una de las páginas y se detiene, de cuando en cuando, a plasmar algún garabato. Hay una prisa inconfundible en sus gestos pero, al mismo tiempo, parecería que no quiere terminar de revisar este texto, como si con el final de la tarea sobreviniera un infierno al que definitivamente no quiere volver.

Fija la mirada en una coordenada particular de la hoja y se concentra tanto en ella que, por unos segundos, parecería como si hubiera logrado detener el tiempo. Ni siquiera su respiración se puede ver o escuchar. Hay tensión en el ambiente y una quietud insoportable.

Súbitamente aparece al fondo, tras cruzar la puerta que resguarda la espalda del hombre, una niña de unos cinco años. Su cabello castaño enmarañado cubre la mitad de su rostro, como si se tratase de una superheroína que busca proteger su identidad mientras combate al crimen. Sobre la comisura del labio visible de la pequeña nace una profusa mancha negra que se extiende sobre el resto de su fisonomía. Antes de formar parte de su disfraz, pudo haber sido perfectamente un caramelo que, a fuerza de restregarse sobre su piel, terminó por derretirse sin remedio y tatuar a esta pequeña combatiente, que ahora avanza tras su objetivo.

Lleva en sus manos un automóvil a escala y un martillo de plástico, que seguramente son las letales armas con que enfrentará al adversario. Avanza firme alrededor de la mesa hasta que encuentra a su padre y lo mira con una devoción digna de cualquier ritual religioso. Abre los brazos, también invadidos de la pegajosa savia, y se adhiere al torso de su redentor.

El hombre despierta rápido del letargo en el que se encuentra y levanta la mirada, por reflejo. Un segundo después, la mente le indica que es al sur donde debe dirigir sus ojos, para descubrir al embate intruso que acaba de sacarlo de concentración. Observa a la pequeña con una mueca que combina enojo con asco, ahora que ha sentido sobre su brazo esta suerte de moco que se le adhiere a la piel y que proviene de esta enana mutante.

-Adela, la niña está en el comedor y no me deja trabajar, ven por ella- vocifera con voz firme y fuerte, mientras con su mano marca la distancia necesaria para mantenerla lejos del texto que aún revisa. Ninguna respuesta allende la puerta. -Papá, vamos a jugar a las aventuras ¿sí? estamos en una misión espacial súper secreta para descubrir nuevos planetas y tú eres el piloto de mi nave ¡Vamos!- sentencia la pequeña con una mirada pícara que intenta convencer al hombre. -No, Cata, papá está trabajando en algo importante y tengo que estar concentrado. Ve a tu cuarto a jugar y al rato te alcanzo- responde, un poco enfadado, pero seguro de resultar convincente.

-No, papá, tu nunca quieres jugar conmigo. Hoy no vas al trabajo como siempre y quiero que estés conmigo-. Un espasmo punzante ataca al pecho del padre. Pareciera saber que lo que esta pequeña le acaba de decir es cierto, pero su expresión corporal indica que no sabe cómo acercársele, o incluso que no está seguro si quiere tenerla cerca.

Se recompone, luego de dedicarle un par de segundos a pensar en este asunto. Piensa entonces que ya después, cuando los ingresos mejoren, podrá compensarle todas las ausencias, pero que, por ahora, no puede distraerse. Voltea hacia la pequeña y la observa severo. -No puedo, Cata- alcanza a decir resignado, mientras respira muy hondo, antes de dirigir su reclamo hacia otro lado. -¡Adela! ¿Dónde carajos estás? ¡Esta niña no me deja trabajar!- suelta ahora un poco más exaltado.

Aparece de pronto la mujer, ataviada con vestimenta deportiva y un estropajo en la mano. -¿Tú crees que yo estoy descansando, Francisco? ¡Estoy lavando el baño, que tú tienes a bien ensuciar cada vez que usas, y que ni por asomo limpias! Juega con tu hija cinco minutos, que buena falta que les hace a ambos convivir- responde, al tiempo que gira el cuerpo para regresar a su tarea. En su mirada se asoma un poco de fastidio, pero también un estado de irritación que parece formar ya parte de su rostro de forma permanente.

El tipo comienza a respirar más rápido y a sentir cómo el enojo crece en su interior. El rictus que dibuja ahora es el de un tirano que acaba de ser desafiado por uno de sus súbditos. Al tiempo que se asoma una infinita mueca de incredulidad, la molestia por no ver cumplidos sus designios es evidente.

-Ni se te ocurra irte- le advierte a la mujer. -Esta entrega la tengo que tener lista para mañana o no tendremos dinero suficiente para sobrevivir este mes-. Hace una pausa muy corta, como para tomar impulso y seguir con los embates. Las palabras que a continuación expresa buscan, sin duda, encender la discusión con su adversaria: -Además ¿qué tanto tiempo te puede tomar la limpieza de esta jaula de 60 metros cuadrados en la que vivimos?- dice ya claramente exaltado.

La mujer echa ligeramente para atrás su cuerpo y sus ojos se contraen un poco, como si esta irónica afirmación le hubiera atravesado el pecho y la dejara malherida. Aprieta las manos para tomar impulso y emprende la contraofensiva: -Si es tan fácil de limpiar deberías hacerlo tú. Por lo que te pagan, a lo mejor si te dedicas a limpiar casas podemos vivir mucho mejor- responde mientras siente cómo el enojo la va infectando progresivamente y sin remedio.

-Pues ese trabajo al menos me mantiene lejos de este asqueroso lugar ¡No sabes cuánto me asfixia tener que vivir en esta ratonera porque no podemos pagar otra cosa!- dice el tipo, que ya ha perdido casi por completo el control de sus palabras y de sus movimientos, pues hace avances erráticos y amenazantes hacia la mujer.

El rostro de la mujer proyecta ahora una amarga mueca que muestra una ira contenida de muchos años. Está lista y dispuesta a dar una última batalla contra este infame que ahora se muestra bravucón. -¡Pues vete ya de esta prisión, como tú la llamas! ¡Sal a la calle a encontrar la muerte, a ver si así terminas con esta pesadilla que es tu vida!- remata mientras las lágrimas se le escapan.

La niña, que al comienzo de la diatriba había decidido continuar con su juego, poco a poco comienza a poner atención a la escena, al principio con un poco de curiosidad pero, conforme suben los decibeles, con una sensación de angustia, cada vez más grande, que termina por aproximarse peligrosamente al miedo. Su carita desencajada parece advertir, como el más certero de los oráculos, el tramo que seguirá en esta representación.

-Te vas a arrepentir de tus palabras- grita el hombre encolerizado, mientras su puño derecho se encoge y se enfila hacia el rostro de este enemigo que lo desafía de una forma imperdonable con sus palabras. A unos milímetros de aterrizar en aquella quijada comprende que está cometiendo un error e intenta detener el impulso, pero ya es tarde. La cara de la mujer se descoloca y su cuerpo gira sobre su eje para luego desplomarse. El hombre horrorizado cae de rodillas con el mismo impulso de aquel puñetazo que acaba de asestar y, al instante siguiente, comienza a suplicar perdón entre sollozos.

La niña corre asustada a abrazar a su mamá, pero ella la separa de su cuerpo. Se pone de pie y, mientras se aleja, lanza a aquel hombre una final advertencia. -¡Nunca más!- le grita mientras corre y va dejando una estela de lágrimas tras su paso. El hombre intenta ir tras ella, pero su expresión dice claramente que sabe que ha hecho algo imperdonable.

La niña llora desconsolada y el hombre, casi intuitivamente, regresa con ella y la abraza fuerte, al tiempo que sus lágrimas se unen a este canto desgarrado de la pequeña. Los dos cuerpos abrazados, tiemblan al mismo ritmo, en una lúgubre danza que no parece tener fin. Por las expresiones de todos, se podría decir que esta escena se ha repetido demasiadas veces en este sitio.

No se puede entender por qué han llegado a este punto, si tienen cosas que muchas otras personas, al otro lado, les envidiarían: techo, comida, compañía, un mínimo de certeza que, ante la amenaza que emerge fuera de esas paredes, vale más que cualquier dinero. Al menos yo no puedo entenderlo. Me alejo rápido de aquella ventana, todavía confundido.

Son ya las dos de la tarde y todavía no sé si podrán admitirme esta noche en el albergue en el que he pernoctado desde que comenzó la contingencia. Estoy acostumbrado a dormir en las calles, pero ya los policías no me dejan hacerlo desde que pararon casi todo en esta ciudad.

Ni siquiera estoy seguro de poder tener monedas suficientes para comprar algo de comida hoy. Avanzo unos pasos y aclaro mi garganta para emitir el aviso que podría atraerme algún dinero: -¡Haaaay eloooteeees calientitooos, compreeee eloootees calientes!-. Ninguna persona alrededor. Espero tres minutos a ver si alguien se asoma, pero es inútil. Avanzo desconsolado a la siguiente calle, en espera de mejor suerte.

No obstante, mientras camino siento un poco de alivio por no estar preso en un lugar como el que acabo de mirar. No sé si podría soportar ese sufrimiento profundo que se respira en aquel sitio. A fin de cuentas, mi mayor dolor proviene de estos huesos viejos que tengo que arrastrar para ganarme el pan.

Cuando menos tengo libertad para recorrer esta ciudad que durante pocas semanas me pertenece por completo, aunque este reinado transitorio no tenga gran cosa que ofrecerme para subsistir. Miro hacia el frente y avanzo lento, en dirección a cualquier parte, en espera de que estas calles no decidan acabar conmigo pronto.

Tras la empalizada (versión veta)

Las calles vacías de la que antes fue una ciudad convulsa yacen ahora dormidas. El gobierno central decretó hace algunas semanas un encierro obligatorio ante la amenaza inminente, pero ya desde antes muchos de los citadinos habían comenzado la retirada.

A mitad de una calle, como tantas otras, se divisa un edificio de departamentos color ocre, cobijado por un olmo. Sobre la banqueta, una sábana de hojas se extiende y vuelve difícil el paso de cualquier transeúnte que intentara pasar por ahí. Seguramente este árbol centinela ha decidido construir una muralla adicional que proteja a sus habitantes del inminente peligro.

Tras esta primera barrera, se erige una pared alta y larga a la que adorna solamente un único conjunto de ventanas de dos hojas, que se extiende a lo largo de seis pisos. En la más cercana de ellas, a nivel de calle, es posible observar a una joven familia que sobrevive a esta reclusión que amenaza con ser infinita.

Un hombre, de no más de 35 años, está sentado sobre la mesa del comedor y revisa un documento de un grosor cercano al de un tabique. Su rostro anuncia una profunda concentración, pero también angustia. Con el lápiz, que sostiene con su mano derecha, traza líneas imaginarias sobre una de las páginas y se detiene, de cuando en cuando, a plasmar algún garabato. Hay una prisa inconfundible en sus gestos pero, al mismo tiempo, parecería que no quiere terminar de revisar este texto, como si con el final de la tarea sobreviniera un infierno al que definitivamente no quiere volver.

Fija la mirada en una coordenada particular de la hoja y se concentra tanto en ella que, por unos segundos, parecería como si hubiera logrado detener el tiempo. Ni siquiera su respiración se puede ver o escuchar. Hay tensión en el ambiente y una quietud insoportable.

Súbitamente aparece al fondo, tras cruzar la puerta que resguarda la espalda del hombre, una niña de unos cinco años. Su cabello castaño enmarañado cubre la mitad de su rostro, como si se tratase de un superhéroe que busca proteger su identidad mientras combate al crimen. Sobre la comisura del labio visible de la pequeña nace una profusa mancha negra que se extiende sobre el resto de su fisonomía. Antes de formar parte de su disfraz, pudo haber sido perfectamente un caramelo que, a fuerza de restregarse sobre su piel, terminó por derretirse sin remedio y tatuar a esta pequeña combatiente, que ahora avanza tras su objetivo.

Lleva en sus manos un automóvil a escala y un martillo de plástico, que seguramente son las letales armas con que enfrentará al adversario. Avanza firme alrededor de la mesa hasta que encuentra a su padre y lo mira con una devoción digna de cualquier ritual religioso. Abre los brazos, también invadidos de la pegajosa savia, y se adhiere al torso de su redentor.

El hombre despierta rápido del letargo en el que se encontraba y levanta la mirada, por reflejo. Un segundo después, la mente le indica que es al sur donde debe dirigir sus ojos para descubrir al embate intruso que acaba de sacarlo de concentración. Observa a la pequeña con una mueca que combina enojo con asco, ahora que ha sentido sobre su brazo esta suerte de moco que se le adhiere a la piel y que proviene de esta enana mutante.

-Adela, la niña está en el comedor y no me deja trabajar, ven por ella- vocifera con voz firme y fuerte, mientras con su mano marca la distancia necesaria para mantenerla lejos del texto que aún revisa. Ninguna respuesta allende la puerta. -Papá, vamos a jugar a las aventuras ¿sí? estamos en una misión espacial súper secreta para descubrir nuevos planetas y tú eres el piloto de mi nave ¡Vamos!- sentencia la pequeña con una mirada pícara que intenta convencer al hombre. -No, Cata, papá está trabajando en algo importante y tengo que estar concentrado. Ve a tu cuarto a jugar y al rato te alcanzo- responde, un poco enfadado, pero seguro de resultar convincente.

-No, papá, tu nunca quieres jugar conmigo. Hoy no estás en el trabajo como siempre y quiero que estés conmigo-. Un espasmo punzante ataca al pecho del padre. Las palabra que acaban de decirle lucen como una pesada sentencia que resume no sólo el pesar de la pequeña, sino también las muchas frustraciones que ha vivido él por no poder estar más tiempo con su hija. Una voz interna le dice que ya después, cuando los ingresos mejoren, podrá compensarle todas las ausencias, pero que, por ahora, no puede distraerse. Se recompone y la observa severo, aunque en el fondo la garganta se le cierra y la mirada se le humedece un poco. -No puedo, Cata- alcanza a decir con la voz entrecortada, mientras respira muy hondo, antes de dirigir su reclamo hacia otro lado. -¡Adela! ¿dónde carajos estás? ¡Esta niña no me deja trabajar!- suelta ahora enfurecido.

Aparece en escena el personaje faltante. La mujer se presenta ataviada con vestimenta deportiva y un estropajo en la mano. -¿Tú crees que yo estoy descansando, Francisco? ¡Estoy lavando el baño, que tu tienes a bien ensuciar cada vez que usas y que ni por asomo limpias! Juega con tu hija cinco minutos, que buena falta que les hace a ambos convivir- responde, al tiempo que gira el cuerpo para regresar a su tarea. -Ni se te ocurra irte- le advierte el hombre. -Esta entrega la tengo que tener lista para mañana o no tendremos dinero para sobrevivir este mes. Además ¿qué tanto tiempo te puede tomar la limpieza de esta prisión de 60 metros cuadrados en la que vivimos?- dice mientras siente cómo la exaltación se va apoderando de su cuerpo.

-Si es tan fácil de limpiar deberías hacerlo tú. Por lo que te pagan, a lo mejor si te dedicaras a limpiar casas podríamos vivir mejor- responde la mujer mientras siente cómo el enojo de aquel sujeto, al que en este momento comienza a odiar, la va infectando progresivamente y sin remedio.

-Pues ese trabajo al menos me mantiene lejos de este asqueroso lugar seis días a la semana ¡No sabes cuanto me asfixia tener que vivir en esta ratonera, porque no podemos pagar otra cosa!- dice el tipo, ya notablemente enfurecido. Por un instante su rostro parece dibujar una mueca de arrepentimiento. Tal vez piensa que no debió decir esto último pero, inmediatamente después, su actitud vuelve a ser retadora.

El rostro de la mujer transita hacia un rictus que proyecta una ira contenida de muchos años. Está lista y dispuesta a dar una última batalla contra este infame que ahora se muestra bravucón. -Pues vete ya de esta prisión, como tú la llamas ¡Sal a la calle a encontrar la muerte, a ver si así terminas con esta pesadilla que es tu vida!- remata mientras las lágrimas se le escapan.

La niña, que al comienzo de la diatriba había decidido continuar con su juego, poco a poco comienza a poner atención a la escena, al principio con un poco de curiosidad, pero, conforme suben los decibeles, con una sensación de angustia, que se aproxima al miedo, cada vez más grande. Su carita desencajada parece advertir, como el más certero de los oráculos, el tramo que seguirá en esta representación.

-Te vas a arrepentir de tus palabras- grita encolerizado, mientras su puño derecho se encoge y se enfila hacia el rostro de este enemigo que lo desafía de una forma imperdonable con sus palabras. A unos milímetros de aterrizar en aquella quijada comprende que está cometiendo un error e intenta detener el impulso, pero ya es tarde. La cara de la mujer se descoloca y su cuerpo gira sobre su eje para luego desplomarse. El hombre horrorizado cae de rodillas con el mismo impulso de aquel puñetazo que acaba de asestar y, al instante siguiente, comienza a suplicar perdón entre sollozos.

La niña corre asustada a abrazar a su mamá, pero ella la separa de su cuerpo. Se pone de pié y, mientras se aleja, lanza a aquel hombre una final advertencia. -¡Nunca más!- le grita mientras corre y va dejando una estela de lágrimas tras su paso. La niña llora desconsolada y el hombre, casi intuitivamente, la abraza fuerte. Por las expresiones de todos, parece como una escena que se ha repetido demasiadas veces en este sitio.

No se puede entender por qué han llegado a este punto, si tienen cosas que muchas otras personas allá afuera les envidiarían: techo, comida, compañía, un mínimo de certeza que, ante la amenaza que emerge fuera de esas paredes, vale más que cualquier dinero. Al menos yo no puedo entenderlo. Me alejo rápido de aquella ventana, todavía confundido.

Son las dos de la tarde y todavía no sé si podrían admitirme esta noche en el albergue en el que he pernoctado desde que comenzó la contingencia. De hecho, ni siquiera estoy seguro de poder tener monedas suficientes para comprar algo de comida hoy. Avanzo unos pasos y aclaro mi garganta para emitir el aviso que podría atraerme algun dinero: -¡Haaaay eloooteeees calientitooos, compreeee eloootees calientes!-. Ninguna persona alrededor. Espero tres minutos a ver si alguien se asoma, pero es inútil. Avanzo desconsolado a la siguiente calle, en espera de mejor suerte.

Mientras camino siento, no obstante, un poco de alivio por no estar preso en un lugar como el que acabo de espiar. No se si podría soportar ese sufrimiento profundo que se respira en aquel sitio. A fin de cuentas, mi mayor dolor proviene de estos huesos viejos que tengo que arrastrar para ganarme el pan. Cuando menos tengo esta libertad para avanzar libremente en esta ciudad que, durante pocas semanas, me pertenece por completo, aunque este reinado transitorio no tenga gran cosa que ofrecerme para subsistir. Avanzo lento en dirección a cualquier parte, en espera de que estas calles no decidan acabar conmigo pronto.

Teoría de conjuntos/ conjunto vacío

No se cuánto tiempo llevo aquí. Hacia cualquier lugar que mire, mis ojos perciben este espeso negro que se extiende por doquier. Lo único que puedo distinguir son sonidos lejanos que me sugieren que, más allá de estas fronteras que aprisionan mi visión, existe vida.

Extiendo mis manos, en busca de alguna textura que me proporcione una pista, pero simplemente recojo vacío. Una ligera aglomeración invade mi estómago, como premonición de un desastre que intento evadir, pero que se anuncia inevitable. Avanzo más en mi intento por descifrar el territorio que me rodea, pero apenas si logro deslizarme un poco en este mar de ausencia en el que habito. Es como si cada parte de mi cuerpo acabara de estrenarse y aún fuera incapaz de superar la atrofia inicial de mis músculos.

Siento una gran punzada en medio de mi cuerpo, que me hace doblarme. Es nuevamente la sensación de un angustioso y efervescente hueco que va creciendo cada vez más hasta saturarme de ansiedad. Junto a este inclemente virus, va creciendo en mí una asfixia que está a punto de derrotarme. Justo en ese instante, como último recurso de mi mente para salir a flote, comienzan a aparecer algunas imágenes en mi mente. Recuerdo, de pronto, a un hombre y una mujer cuyos rostros reconozco enseguida. Una fuerte emoción surge de mí cuando visitan mis pensamientos.

Aunque no los veo muy seguido, la presencia de ambos me reconforta. Cuando están cerca puedo percibir su olor y, de forma casi automática, me tranquilizo. Aunque recordar esto me ayuda a combatir el sofoco, la angustia no cede mucho. Desearía que aparecieran ahora para apaciguar este vaivén de sensaciones, pues mi cuerpo sigue en estado de alerta. A la par de esta batalla percibo un concierto de rumores distantes que me atemoriza. No se si sea el auxilio o la fatalidad lo que se aproxima junto con esa algarabía. Intento llamar al hombre y a la mujer de mis pensamientos para pedirles ayuda, pero mi boca apenas si alcanza a articular algunos gruñidos, como si este manto oscuro que lo cubre todo hubiera además restringido la capacidad de comunicarme. Ante tanta pesadumbre, un profundo llanto comienza a desbordarse desde mis entrañas y me inunda.

Luego de derramar este dolor, me descubro exhausto y mis párpados caen en forma súbita, para agregar una nueva oscuridad a la existente, como si me aislara por duplicado de este lugar: primero con el vacío allende mi piel y, ahora, con esta inflexión que ha llenado de silencio mi mente. Ya no tengo registro de sensación alguna.

Luego de un rato, regreso de la tregua. He comenzado a sentir cómo me agito sin control. El frío cala en mis huesos, pero mi cuerpo sigue sin responder a lo que le ordeno hacer. Me concentro un poco y logro al fin decir algunas palabras: ¡Vengan rápido en mi auxilio! ¡Por favor, tengan compasión de mí!

Casi al mismo tiempo que mi boca articula estos sonidos alcanzo a percibir que han salido en una lengua extraña, que desconozco ¿Cómo será posible que me entiendan, si ni siquiera puedo hacerlo yo? Luego de pensarlo, siento, de nueva cuenta, mucho miedo. No creo que acudan a mi llamado ¿Seguiré solo en este lugar, invadido por el frío?

Nuevamente aparecen las lágrimas, pero en esta ocasión con menor intensidad que hace un rato. Al parecer he comenzado a resignarme a este fatídico destino que llevo encima. Tal vez así estuvo escrito desde el principio. Suelto cada pedazo de mí y siento caer de nueva cuenta el telón opaco ante mis ojos. Con la ínfima conciencia que aún me queda me percato de la tranquilidad que decora, en este instante, mi espacio vital.

Luego de un rato, aquella extraña paz capitula nuevamente, atacada por numerosas estridencias que han llegado desde la distancia. Los sonidos lejanos de hace un rato ahora se han tornado excesivos, y siento que en cualquier momento harán estallar mi cabeza. Pienso recurrir de nueva cuento al grito de ayuda, pero recuerdo que no ha servido de nada. Sólo un ligero sollozo escapa de mi garganta.

Tengo una profunda sensación de desaliento y una tristeza que duele en cada centímetro de mí. Yo sólo quería vivir y amar ¿Cómo terminé en este asqueroso hueco, abandonado? Suelto mi cuerpo una vez más, en espera de la muerte.

De forma extraña, y mientras siento que caigo por un precipicio imaginario, recupero mi aliento y la esperanza. A lo mejor si avanzo poco a poco puedo salir de esta larga penumbra. No tengo nada que perder. Muevo mi cuerpo con todas mis fuerzas y avanzo ligeramente. Lo intento por segunda ocasión y se registra otro breve desplazamiento. Sigo así una, dos, tres, seis, quince veces más. Cada intento le añade esperanza a mi alma, pero también una profunda fatiga a mi ser. La primera sensación es, en principio, más fuerte que la segunda, pero en algún punto ambas se cruzan hasta dejarme inconsciente y vencido.

Luego de incontables instantes, mis párpados se separan de nuevo y una luminosidad enceguecedora aparece ante mí. Logro, con dificultad, enfocar poco a poco y alcanzo a ver aquellos rostros conocidos. Aunque mi corazón en principio se llena de júbilo, una profunda ira le ataca y, luego de un corto pero explosivo enfrentamiento entre ambas emociones, me siento infestado de ausencia. Aquí están al fin, esos que iban a ser mis salvadores, pero ya no sirve su presencia: los necesitaba en el albor de mi angustia o, al menos, en el crepúsculo de mi tortura.

Él me aproxima un recipiente con una deliciosa savia que engullo más por necesidad que por gusto, en espera de que mi cuerpo se regenere. Mientras sorbo el líquido, escucho sonidos que provienen de ambos, pero que no comprendo. Intento alegrarme y luego enojarme otra vez, pero ya no logro llegar a estas sensaciones con tanta intensidad, como si hubiera sido infectado por un corto circuito que me retorna inevitablemente al vacío.

***

-Lucy, cariño, al parecer la recomendación del pediatra de dejar llorar a Adancito en la noche hasta que se canse ha funcionado de maravilla. Sólo lo escuché hacerlo un par de veces y luego creo que ha dormido profundo-

-Sí, Tomás, qué bueno que le hicimos caso. Sólo temí que despertara cuando los vecinos subieron el volumen a la música, por ahí de las tres de la mañana. Tenemos que hablar con el administrador del edificio para que no les permita otra fiestecita como la de anoche. No nos podemos dar el lujo de que Adán despierte a media noche y nos interrumpa el sueño-

-Tienes razón, querida, sobre todo porque ya regresas a trabajar pasado mañana. Lo bueno es que nuestro hijo estará en la guardería durante muchas horas y regresará cansado. Seguro que dormirá temprano y de corrido. Creo que muy pronto podríamos volver a ir al cine y le podemos encargar a mi mamá que lo cuide-

-Me encanta la idea. Tenemos más de un año sin ir y el libro que me regalaron mis padres sobre la crianza dice que si nos descuidamos podríamos terminar por divorciarnos-

-Ni lo digas. Mejor pensemos en disfrutar este tiempo, en lo que llega otro hijo que le haga compañía a Adán para que no crezca sólo-

Tomás y Lucy se detienen un instante a contemplar a su hijo. Muchos recuerdos vuelven a sus mentes de pronto. Tomás siente una furia insurgente que amenaza con emerger en un grito de dolor. Siente, al mismo tiempo, unas ganas enormes de abrazar a este pequeño indefenso que parece derrotado. Su mente retorna al equilibrio acostumbrado, mientras su voz interna repite que lo de anoche ha sido la mejor decisión. Se enfunda en un saco y deposita un beso pequeño en la frente de Lucy, antes de salir de casa. Ella lo contempla sin decir palabra alguna y, cuando cierra la puerta, voltea la mirada hacia Adán. Lo observa con ternura durante algunos minutos y acaricia su rostro. Anhela tanto poder desbordarse en besos y abrazos sobre este pequeño, pero su mente comienza a reprenderla. No le debe mostrar tanta condescendencia y afecto o lo volverá malcriado. Se siente culpable de pronto por haber mostrado un poco de debilidad, pero se recompone y gira la vista en otra dirección, justo donde se encuentra su guardarropa. Suspira un poco y camina hacia allá. Es muy importante decidir el atuendo que usará en su primer día de trabajo.