Skip to content

Manos de comercial

septiembre 11, 2008

Llegué al centro de masajes después de hacer la cita por teléfono, había visto el anuncio en el periódico, aparecía la foto de una chica en bata con cara de asiática, como salida de una película de James Bond (la villana con cuerpo de medidas perfectas y corazón de musgo podrido). Me gustó la idea, por esa foto, una chica tan así basta con que no te haga un par de llaves estilo lucha libre y todo está bien.

Cuando llamé para hacer la cita todo fue muy breve, con una cortesía lejana, casi cortante. Cuando llegué a la dirección que me dieron ni siquiera había un espectacular, lo mismo daría si vendieran zapatos por catálogo o arreglaran celulares, porque de igual forma sería difícil averiguarlo por la fachada, una casa cualquiera, ni siquiera un poco más lujosa que las de junto, la típica casa del centrpo de la ciudad, con una cocherita en la que dudas que quepa un carro pero estás seguro que una camioneta sería imposible de estacionar.

Cuando toqué la puerta, la señora que abrió se quedó muda y no hizo más que mirarme, como si no se supiera a qué iba.

“Tengo una cita”, dije después de lo que pareció toda una canción pero habían sido como 20 segundos y, como la viejecita parecía más mensita de lo planeado, añadí. “Con Mireya”. Aun así no movió ni un músculo.

Hasta que de pronto, como si se acordó de que dejó la sopa en la estufa, fue hacia adentro de la casa y me quedé ahí parado.

Desde la puerta vi cómo andaba lentamente por el pasillo, que era lo único que apreciaba (pues lo que debía ser la sala estaba tapada con un biombo) y cuando dio vuelta al final del corredor me gritó: “¡Ándele!, ¿qué espera? Venga para’cá”.

Y en cuanto entré y cerré la puerta se me fue acelerando la respiración, como si me diera gripa de repente y batallara con la nariz, me puse un poco nerviosillo, vaya, que no había por qué, pero me puse, como si mi cuerpo intuyera alguna sorpresa de cumpleaños. Incluso yendo atrás de esa señora un tanto olorosa a frijoles y huevo con jamón (¿acabaría de desayunar a esas horas de la tarde?), más aún cuando me dio paso a un cuarto con un sillón como de psiquiatra, se me aceleró el pulso.

“Bah, esta maña mía de sentirme como actriz primeriza en cada cosa que hago”, pensé.

“Serían $200 pesos, joven” aclaró la ceñuda y venerable anciana, me tendió la mano para que le insinuara el billete. Cosa que hice de inmediato. “Póngase cómodo, ella no tardará”, escuché que alcanzó a decir antes de que se cerrara la chapa, dejándome solo en la habitación, que tnía unos colores agradabñles, variaciones claras de tono azul (gradaciones, dirían en mi clase de “teoría del color”), me recordaba cantidad a la sala de casa de Alejandra en donde perdí la virginidad.

Aquella ocasión (hace pocos meses, debo reconocer) todo comenzó con una caricia en el muslo, algo que podría pasar como insignificante, a cuántas personas no le roza uno el muslo en la fila del supermercado, pero que ni Ale ni yo dejamos pasar desapercibido, principalmente porque le ayudaba con su tarea y ese roce no tenía nada que estar haciendo ahí, nos cogió desprevenidos, sus papás estaban a escasos 7u 8 metros viendo tele, nos separaba nada más una puertecita de madera ligera y nosotros en asuntos de roces.

“Oye, creo que esa es mi pierna”, le dije a Ale, si no me falla la memoria. “Sí, ya lo sé, pero esta piernita me gusta tanto, igual que el resto”, fue la respuesta que acompañó con su lengua sobadita en mi oreja. Y luego, sin más prejuicios y con los diálogos de “Fuego en la Sangre” como fondo musical, metió la mano a mis pantalones justo donde sabía que encontraría las parte más dura de mí (después de los huesos, claro).

Y la meneó un rato hasta que ya no estuve en condiciones de protestar que qué haríamos si sus papás nos cachaban. Mientras me desabotonaba el pantalón. Me montaba. Y yo, “ay ay ay, Papantla tus hijos volan”. Cada segundo que pasaba estaba más seguro de que no sabría expliarle los señores por qué no estábamos haciendo la tarea. Afortunadamente nadie nos interrumpió en aquél día, que debió ser i primera noche.

También era afortunado en el cuartito de la casa del centro, en que esperaba que me dieran mi masaje, a donde me llevó la viejecita. Pues 3 minutos después de mis pensamientos sobre Alejandra entró una chavita que nada tenía que ver con la del anuncio por el que había hecho la cita, si aquella era guapa, ésta era despanpanante, algo que la imaginaxión ni siquiera se habría atrevido a concebir: rubia natural con rayos pelirrojos y sin los ojos de scáner oriental; aparte de que no iba en bata blanca sino en un mallón azul con una blusita celeste que decía “i’m not your baby” en letras blancas con el contorno plateado.

“Desvístase” fue lo primero que me dijo, con voz de generala, pero una militir que te hacía sentir bien, medio tierna y agradale, oliendo a campos llenos de limones dulces, parecía como si con sus órdenes te estuviera entregando una sabrosa hamburguesa del Carl’s. Así que obedecí de inmediato y me preparé para que me dieran la siguiente instrucción, que no bien acabé de quitarme los calcetines fue: “Acuéstese”.

Acto seguido me acomodé en el silloncito, que era uno de los más cómodos que hubiera sentido en mi vida, de esos en los que te dan ganas de quedarte a dormir unos 300 años sin interrupciones.

Y mientras hundía mi cara en el almohadón que tenía a mano y pensaba “¡Ay, qué rico!, ¿con qué empezará, con la espalda baja?” La masajista Mireya se me quedaría viendo extrañada.

Seguro hasta consideró “¿a este le gustará que primero le metan un dedo por atrás?”, pero se vio educada y en vez de ello me dijo: “Así no, papi, boca arriba, para poder ponerte el condón?”

4 comentarios leave one →
  1. enero 2, 2009 12:37 pm

    Y que tal que el cuate quería que le pusieran el condón boca abajo? jajaja…. no, ya en serio, suena bien, nomás veo dos cosas flojas: la redacción (pero la mayoría son errores de tecleo) y el hecho de que aun no siento que el protagonista tenga esa sensación de angustia/excitación cuando la chava está por salir… fuera de eso, me gustó bastante

  2. Flako permalink
    enero 2, 2009 12:37 pm

    Lo más curioso para mí es ke uses la palabra angustia, la excitación y los masajes no tienen nada ke ver con esa palabra en mi cabeza, kizá por eso no la trasmití al personaje.

  3. Mireya permalink
    enero 2, 2009 12:38 pm

    Me parece muy bueno, te mantiene en suspenso. Lo que me hizo sonreir , en un primer momento, es que me llamo Mireya. Suerte

  4. enero 2, 2009 12:38 pm

    Jajaja… puede ser mi inconsciente traicionero que se proyecta…. pero si el cuate es medio primerizo, como parece serlo, no sería tan descabellado que sintiera esa sensación dual de angustia/excitación, no crees? más porque entra en un territorio nuevo, muy diferente al de la chica con la que tuvo relaciones casi enfrente de los padres (aunque a lo mejor por la ausencia de padres observando puede ser que ahora sólo sienta excitación y no angustia, ¿o sería a la inversa? jeje)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: