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En esta tercera entrega les comentaré las transformaciones que nuestro autor identifica en la ciencia y los saberes, a partir de la ruptura con el paradigma moderno.

Lyotard plantea que, ante el advenimiento de la condición posmoderna y el predominio del lenguaje performativo, la ciencia ha enfrentado cambios importantes tanto en la investigación como en la docencia.

En lo correspondiente a la primera surgen dos grandes problemas: el enriquecimiento de las argumentaciones y la complicación de la administración de pruebas.

En cuanto a la argumentación señala que la investigación científica formula sus propias reglas y solicita al destinatario que las acepte (a esto le llama condición pragmática). Es decir que es la misma ciencia la que establece cuáles son las argumentaciones válidas y cuáles no. El metalenguaje que utiliza para esto es el de la lógica.

Las reglas de la lógica establecen que no se admite paralelamente una proposición y su contraria, que el sistema pierde su consistencia si se le añade un axioma, que debe existir un procedimiento efectivo que permita decidir si una proposición pertenece o no al sistema, y finalmente pide la dependencia de axiomas unos con respecto a otros (no entraré en más detalles porque este tema, por sí mismo, ameritaría varios posts y mis conocimientos al respecto no dan para tanto).

No obstante, diversas investigaciones surgidas desde las matemáticas y la física han demostrado la existencia de sistemas que no operan bajo estas reglas y de las llamadas “paradojas”, lo cual le resta universalidad a este lenguaje.

Entonces, Lyotard plantea que la aceptación de enunciados científicos termina por depender de que se acepten las reglas establecidas para la argumentación. Esto implica que la argumentación científica es un mero “juego pragmático” en el que los jugadores han acordado entre ellos las reglas o bien las han hecho propias.

Por lo mismo, el progreso de la ciencia se da por dos motivos: porque bajo las mismas reglas se ha creado una nueva jugada (se ha descubierto algo nuevo siguiendo el método convencional) o bien porque se ha generado una nueva regla (y ha sido aceptada por los jugadores, hay que decirlo). Esto explica también el surgimiento de múltiples lenguajes científicos, cada uno con su propio conjunto de jugadores que las aceptan.

En lo referente a la administración de pruebas, ésta es complicada de origen. La primera forma de probar algo es a través de los sentidos. No obstante, éstos son limitados. La vista o el oído no resultan suficientes. Se requiere entonces de la intervención de técnicas que permitan una observación “secundaria” más precisa.

El problema con la técnica es que ésta no busca lo justo o lo verdadero, sino lo eficiente: que gaste la menor cantidad de recursos. Entonces, los usuarios de los saberes (el Estado y/o las empresas, plantea Lyotard) no buscan encontrar la verdad, sino incrementar su poder acumulando la mayor cantidad posible de conocimientos.

Paradójicamente, entre más conocimientos se acumulan es más factible “tener la razón”. Tanto ésta como el saber comienzan a concentrarse en pocas manos. El poder que genera la posesión de conocimientos legitima al saber.

Por el lado de la docencia, la transmisión de conocimientos ha dejado de estar destinada a formar élites que conduzcan el destino de la nación. La meta ahora es más modesta: poder insertar más personas al mercado laboral. Ya no se trata de transmitir saberes, sino de dotar de “competencias” a las personas. El autor señala que ahora los estudiantes ya no se preguntan: ¿es esto cierto?, sino ¿para que sirve? (¿les suena conocido?).

En el siguiente y último post de esta serie les contaré cuales son los problemas que enfrenta la ciencia derivados de estas transformaciones en la investigación y la docencia, cuáles son las nuevas funciones del quehacer científico y algunas reflexiones propias al respecto. Saludos.

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