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De la amistad (44 a.C.), de Marco Tulio Cicerón, es una pequeña obra de fácil lectura y amenas referencias; a diferencia de la obra de Aristóteles que comentamos en el artículo anterior, el abogado y orador romano se detiene en múltiples ocasiones no sólo en el elogio de la amistad, sino en las muchas circunstancias en que ésta se hace imposible, ya sea por los acontecimientos mismos, ya por las decisiones de los hombres.

En esta ocasión, y debido a que hablo de uno de los más grandes escritores de la lengua latina, si no el mayor, me permitiré abusar de las citas para dejarlos con las palabras mismas de Cicerón, según la traducción de Manuel de Valbuena, comenzando con la definición del tema que nos ocupa:

No es otra cosa la amistad que un sumo consentimiento en las cosas divinas y humanas con amor y benevolencia; don tan grande, que no sé si han concedido los dioses (excepto la sabiduría) otro mayor a los mortales.

Al igual que el filósofo griego, Cicerón considera que la amistad es uno de los mayores bienes, y que no hay mayor placer que hablar con nuestros amigos tan libremente como con nosotros mismos; pero esta amistad, en su estado ideal o perfecto, sólo es posible entre los hombres virtuosos, puesto que otras relaciones parecidas a ésta, que pueden ser asi mismo agradables o útiles, no pertenecen a la misma naturaleza.

Desarrolla el escritor romano los siguientes planteamientos:

a) La amistad no surge de la necesidad, sino de la naturaleza; esto es, no tenemos amigos por el fin o provecho que ello nos depara, sino por una natural disposición hacia la vida en común con nuestros semejantes. La amistad es un fin en sí misma.

b) Los amigos no pueden pedirse cosas ilícitas o injustas. Lo que pidamos a un amigo, y lo que hacemos por él, deben ser ambas cosas honestas:

haber pecado por servir al amigo no es excusa

¿Qué es lo que podemos pedir válidamente a un amigo? La regla de oro la establece en los siguientes términos: No pidamos a los amigos cosas malas. De hecho, dedica un apartado especial en su libro a explicar que debemos romper con un amigo cuando realizan algo contra la patria. Claro, eran otros tiempos, y la pertenencia a la ciudad, a la República significaba mucho más.

c) Hay que cuidar la elección que hace uno de los amigos; que si en la adquisisción de tantos objetos ponemos todo nuesto cuidado, no sea menor nuestra diligencia en un asunto de mayor importancia como la selección de un amigo:

Se han de escoger, pues, los firmes, estables y constantes, de los cuales hay mucha escasez; y no es fácil conocerlos si de antemano no se les ha experimentado; ha de hacerse la prueba en la misma amistad; y así sucede que ésta se anticipa al juicio, y no deja lugar de hacer la experiencia.

d) Entre amigos se ha de decir y aceptar la verdad; no hay nada más perjudicial para la amistad que la adulación, y a de darse oídos a la verdad. La adulación disimula las faltas de los amigos y los deja precipitarse, pero la mayor culpa en todo ello no está en el adulador, sino en quien cae en el error por negarse a admitir la verdad.

e) Hay que obrar con dignidad al romper con las amistades.

Se ha de pocurar primero que no haya discordias entre los amigos; pero si llegare este caso, que parezca que se han acabado naturalmente las amistades, no con violencia.

En teoría dos hombres virtuosos que son amigos nunca llegarían a este punto. Pero el caso es que los hombres nos equivocamos, y elegimos no siempre con cuidado. O las circunstancias cambian y las relaciones también. Las amistades terminan, y no es necesario esforzarnos en mantener una amistad cuando ya no es posible.

Aristóteles consideraba la ruptura de la amistad sólo en caso de que uno de los amigos cayera en el vicio y el otro amigo, el virtuoso, tuviera que decidir romper la amistad. Cicerón es más mundano, y considera incluso las amistades “más vulgares”, en que incluso un cambio de partido político decide el fin de una relación.

Hasta aquí la referencia a este libro y su autor.

Un saludo y nos vemos en la siguiente entrega.

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