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En esta última entrega de la serie les contaré cuáles son los problemas que enfrenta la ciencia a partir del surgimiento de la condición posmoderna y sus implicaciones sobre el saber. Lyotard plantea que el relato preformativo ha establecido como principio la eficiencia en la producción y uso de los conocimientos.

Lo anterior significa que tanto la investigación como la docencia están orientados a la resolución de problemas “aquí y ahora”, para lo cual se requiere no sólo la acumulación de información, sino la capacidad de diferenciar entre la información pertinente y la que no lo es.

Dicha capacidad de conectar información útil genera un resultado no previsto: los usuarios del conocimiento comienzan a desarrollar procedimientos que no respetan las barreras clásicas entre las ciencias. El trabajo científico se vuelve cada vez más interdisciplinario y especializado.

La ruta posmoderna del saber se torna clara: establecer la trayectoria (procedimientos, técnicas) más eficiente para garantizar que al utilizar ciertos insumos se obtendrán los productos deseados. El relato del saber vuelve a la búsqueda de certidumbre (¡y dale con esa bendita costumbre!).

Aquí surge un segundo resultado no previsto. Lyotard lo plantea basándose en palabras de Borges: “Un emperador quiere hacer un plano perfectamente preciso del imperio. El resultado es la ruina del país: toda la población dedica toda su energía a la cartografía”.

La ciencia preformativa, en su afán por tener control sobre todas las variables relevantes establece como supuesto que la naturaleza es predecible y que el comportamiento humano, aunque no predecible, puede ser anticipado con cierta probabilidad. La realidad es que ni una ni los otros actúan conforme la ciencia pretende en muchos casos.

Entonces, el quehacer científico, sin darse cuenta, comienza a volcarse hacia lo opuesto a lo que buscaba: su labor se centra en la búsqueda del contraejemplo, de la paradoja, para así poder legitimarlas e incorporarlas a las reglas del juego del saber. No obstante, al centrarse en estos temas, pierden atención de los otros y, por lo tanto, operan de forma menos performativa. Al mismo tiempo, la ciencia, en su expansión, va produciendo cada vez más lo desconocido, en lugar de lo conocido.

La ciencia posmoderna queda atrapada en una cierta paradoja: no puede recurrir a los grandes relatos porque ha nacido justamente de la ruptura de ellos. Tiene que acudir a la legitimación a través de la aceptación de las reglas por parte de todos los jugadores y a la especialización extrema para ganar eficiencia. Esto ocasiona que se refugie en “pequeños relatos” que, por lo mismo, resultan insuficientes para validar de forma universal el saber que genera.

El criterio de performatividad tiene la desventaja de que fragmenta y dispersa la generación de conocimiento. Ya no es posible hablar del saber, sino de los saberes. Su gran ventaja radica en que vuelve más responsables del proceso científico a los jugadores y los hace asumir las reglas y llegar de forma más rápida y eficiente a consensos que dotan de estabilidad a las ciencias.

Me parece que por esta ventaja, en parte, se explica el acelerado desarrollo tecnológico que ha experimentado el mundo en décadas recientes. Hasta aquí lo expuesto por Lyotard.

Una última reflexión: en mi opinión, la descentralización del saber surgido a partir de la condición posmoderna ha permitido que la ciencia entre a explorar territorios que antes eran inimaginables, pero al mismo tiempo, al centrarse en los pequeños relatos ha generado huecos discursivos en las sociedades.

Tales huecos han sido ocupados progresivamente por otros lenguajes. Algunos de ellos apelan al pasado, al retorno a las tradiciones e incluso a la ruptura con la ciencia (principalmente los religiosos). Otros, como el budismo, recurren a rutas alternativas que no toman mucha distancia de la iniciada por la ciencia. En futuros posts prometo abordar un poco estos lenguajes. Nos seguimos leyendo. Saludos.

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