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¿De que se puede escribir cuando no se quiere hacerlo? Dicen que allá afuera el mundo está lleno de historias listas para ser contadas. Que el viejito que vende semillas en la calle o la señora que barre el local de los vestidos de novias esconden relatos interesantes. No los veo por ningún lado. Mi cabeza está demasiado centrada en las historias propias, en aquellas que me hubiera gustado que sucedieran. Pero esas no quiero contarlas, porque no sucederán de todos modos. ¡Que triste es escribir cuando no hay motivos!

Mi propio cuerpo me incomoda, me es ajeno, incomprensible en el mejor de los casos. Estas cuatro paredes entre las que me resguardo queman. Sin embargo, la alternativa es igual de horrible: respirar el aire de las calles me ahoga. Me construyo una escafandra con los restos de autocompasión que subsisten en mi espíritu. Abandono mi casa buscando no encontrar nada. En todo caso, espero con fe absoluta que el tiempo se consuma rápidamente con cada bocanada que aun decide recorrer mis pulmones.

Apenas alcanzo a avanzar un par de calles. Me detengo. Esto es insoportable. Prefiero el silencio asesino de mi cuarto. Decido regresar. Recién avanzados tres metros me topo con una voz chillona que me detiene. -Llévele gorditas joven, mire, hay de sesos, chicharrón, champiñones, rajas, huevo. Cuatro pesitos le cuestan-. Volteo a ver a la señora que animadamente me ofrece tan variado menú. -¿Cómo se llama, señora?- le pregunto. -Conchita- me responde. -Mire doña Conchita, en este momento lo único que necesito es que alguien me diga cómo se le hace para no sentir dolor-. -¡Uy no güerito, eso sí está difícil. Con los dolores uno tiene que acostumbrarse a vivir. Esos no se van hasta que solitos se aburren de uno. ¡Si lo sabré yo, que los he tenido conmigo muchos años! Ándele, cómpreme una gordita y le cuento del dolor que más tiempo estuvo conmigo-. La miré con desgano. -Déme una de chicharrón, pues- contesté.

***

Pues ya le digo joven, eso de los dolores está en chino, como dicen. Cuando yo tenía 17 me sentía una chamaca feliz. Todo era retebonito. Yo trabajaba en la tienda del compadre de mi papá. Nunca me gustó mucho la escuela y como en mi casa hacía falta dinero pues desde bien chica empecé a trabajar. El compadre -don Tito se llamaba- vendía dulces de leche muy ricos fijese. Me gustaba mucho estar ahí, ver los estantes llenos y con muchos colores. Le confieso que cuando nadie llegaba a comprar me gustaba oler los dulces. Aprendí a reconocer muchos olores. También de repente me robaba alguno y me lo comía despacito cuando salía de trabajar. Me iba caminando a la casa y veía al sol meterse. ¡Ah como me encantaba ver el cielo rojo, rojo! Como si se estuviera quemando. Me gustaba ver también a la gente caminando. Unos iban cansados. Otros con unas caras de preocupación que pa’ que le cuento. Pero sobre todo me gustaba ver a los novios que se iban diciendo cosas al oído. Algunos hasta se daban unos besos que se antojaban. No, no se asuste joven, yo he visto tantas cosas que ya ni pena me da. Soy como dicen, una mujer liberada.

Pues ahí tiene usted güerito que un buen día, estando yo en la tienda, que entra un muchacho muy guapo. Yo la verdad ni le podía sostener la mirada. Se me hace que se dio cuenta que estaba toda chiveada, porque me empezó a decir que qué bonitos ojos tienes y que qué linda sonrisa y no se qué tantas cosas. Al final se llevó una bolsa de dulces surtidos y me preguntó mi nombre. Ya que se lo dije él me dijo que se llamaba Pepe.

Pos resulta que el Pepe me empezó a buscar todos los días y me esperaba a que saliera para acompañarme a mi casa. Así estuvimos como un mes. Un día por fin me pidió que si quería ser su novia. Apenitas si le contesté que sí cuando ya me estaba plantando un besote. Mi primer beso. No, joven, haga de cuenta que el mundo desapareció ahí. El Pepe hizo que se me olvidara todito. Pero cuando terminó me pasó algo bien curioso. Sentía como un dolor chiquito en la panza. Y ese dolor me duró toda la noche y todo el día siguiente. Cuando nos volvimos a ver que me vuelve a besar y que se me quita el dolor. Pero luego, cuando dejamos de besarnos, que me vuelve el dolor. Desde entonces, se lo juro, ese dolorcito nomás no se iba.

Luego que pasaron unos meses Pepe me propuso que nos casáramos. Yo estaba bien emocionada. Nos casamos al poquito. En nuestra primera noche pos tuvimos sexo. Yo la verdad no estaba asustada, porque mi esposo besaba tan bonito que yo decía “pos lo otro también debe ser bonito con él”. Y sí joven, fue mucho mejor de lo que pensaba. Pero ahora, después de que pasaba lo que tenía que pasar como que me dolía el corazón y mucho más fuerte que cuando me dolía la panza. Ándele güero, cómase otra gordita pa’ que le termine de contar. ¿De sesos? Ahí le va. Pues no me va a creer, pero cuando me embaracé de mi única hija sentí clarito que ya estaba panzona. Ese día me dolió la cabeza muchísimo, pero yo andaba de un contento que ni me importó.

Pos parece ser que al Pepe también le encantó la idea porque anduvo de un cariñoso que hasta me asustaba. Y yo seguía con mis dolores de cabeza. Luego bien curioso, porque cuando andaba con otras viejas -y yo me daba cuenta- como que el dolor se me pasaba un poquito.

Cuando mi hija tenía como 5 años, que se me enferma y se pone bien grave. Yo la verdad es que llegué a un momento en el que le pedía a Dios que mejor se muriera. Sí, suena feo, pero es que mi pobre hija sufría mucho. Mi esposo se puso muy mal de ánimo. Bueno, con decirle que ya ni se quería parar de la cama. Sí me apuraba bastante el Pepe, pero por otro lado, mis dolores me dejaron un rato. Mi hijita se nos murió al año siguiente. Yo me dediqué a consolar a mi marido. Nunca se pudo reponer totalmente el pobre.

Lo curioso es que al poco tiempo mi viejo se levantó de la cama y desde entonces se dedicó por completo a mimarme. Con decirle que hasta dejó a todas las viejas con las que andaba. Y que vuelven mis dolores, pero ahora en todo el cuerpo joven. Pasé muchos años así. Un día se acerca y me dice: “Concha, me has hecho muy feliz todos estos años. Ya te voy a dejar de provocar dolores. Mereces sentirte bien lo que te queda de vida”. Y que me quedo callada. No supe que decirle. Ese día en la noche mi Pepe se me fue. Un infarto dijo el doctor que había sido. Pa’ que le miento, ni lloré. Mi esposo me había dejado tantas cosas bonitas que ni me daban ganas de llorar.

Eso sí, me sentí bien sola por muchos años. Mis dolores seguían estando ahí. Pero fíjese que de repente, al estar tanto tiempo sola, como que ya no pensaba tanto en Pepe. Como que ya no lo sentía tanto. Hasta que un buen día se me fue el dolor. Pero mire que curioso, justo ahorita me están doliendo las manos. Aunque no importa porque ya le veo la cara más contenta joven. Traía una mirada de tristeza cuando llegó que me pudo mucho. ¿Ya no quiere otra? Bueno joven, ni hablar, ojala que le haya gustado mi historia. Son ocho pesitos. Que Dios me lo bendiga. ¿Cómo dice que se llama?

***

-Adan Giots, doña Conchita- le contesté a la señora. Pagué y empecé a caminar lentamente. Acababa de escuchar una historia muy rara. Hasta cursi se podría decir. Lo cierto es que ya no tenía ese dolor de hace un rato. Como si ella lo hubiera chupado por completo. Me sentía como vacio de emociones y con ganas de llenar mi alma de nuevo. Ya no quería volver a casa. Doblé a la derecha y seguí avanzando. Esperaba que el mundo me siguiera contando historias.

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