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Ideas a domicilio (Ricardo Castillo)

octubre 29, 2008

AUTOGOL

Nací en Guadalajara.

Mis primeros padres fueron Mamá Lupe y Papá Guille.

Crecí como un trébol de jardín,

como moneda de cinco centavos, como tortilla.

Crecí con la realidad desmentida en los riñones,

con cursilerías en el camarote del amor.

Mi mamá lloraba en los rsquicios

con el encabronamiento a oscuras, con la violencia a tientas.

Mi papá se moría mirándome a los ojos,

muriéndose en la cama lenta de los años,

exigiéndole a la vida.

Y luego la ceguez de mi abuelo, los hermanos,

el desamparo sexual de mis primas,

el barrio en sombras

y luego yo, tan mirón, tan melodramático.

Como alguien me lo dijo una vez:

Valgo Madre.

Pin uno, pin dos

Son las diez de la noche.

De nada sirven los 600 gramos de felicidad

que han ahorrado a mi padre.

Prevalece una agitación de ladrones en el seno familiar

y cada quien declina

con su particular manera de desventuar la sangre.

Parece como si el movimiento fuera la bancarrota,

como si el amor fuera tan sólo cosas de adolescentes.

Mi padre nos quiere,

mi madre nos ama

porque hemos logrado ser una familia unida, amante de la

tranquilidad.

Pero ahora que son las diez de la noche,

ahora que como de costumbre nadie tiene nada que hacer

propongo cerrar puertas y ventanas

y abrir la llave del gas.

El poeta del jardín

Hace tiempo se me ocurrió

que tenía la obligación

como poeta consciente de lo que su trabajo debe ser,

poner un escritorio público

cobrando sólo el papel.

La idea no me dejaba dormir,

así que me instalé en el jardín del Santuario.

Sólo he tenido un cliente,

fue un hombre al que ojalá haya ayudado

a encontrar una solución mejor que el suicidio.

Tímido me dijo de golpe:

“señor poeta, haga un poema de triste pendejo”.

Su amargura me hizo hacer gestos.

Escribí:

“no hay tristes que sean pendejos”

y nos fuimos a emborrachar.

Oda a las ganas

Orinar es la mayor obra de ingeniería

por lo que a drenajes toca.

Además orinar es un placer,

qué decir cuando uno hace chis, chis,

en salud del amor y los amigos,

cuando uno se derrama largamente en la garganta del mundo

para recordarle que somos calientitos, para no desafinar.

Todo esto es importante

ahora que el mundo anda echando reparos,

hipos de intoxicado.

Porque es necesario orinarse, por puro amor a la vida,

en las vajillas de plata,

en los asientos de los coches deportivos,

en las piscinas con luz artificial

que valen 15 ó 16 veces más que sus dueños.

Orinar hasta que nos duela la garganta,

hasta las últimas gotitas de sangre.

Orinarse en los que creen que la vida es un vals,

gritarles que viva la Cumbia, señores,

todos a menear la cola

hasta sacudirnos lo misterioso y lo pendejo.

Y que viva también el Jarabe Zapateado

porque la realidad está al fondo a la derecha

donde no se puede llegar de frac.

(La tuberculosis nunca se ha quitado con golpes de pecho.)

Yo orino desde el pesebre de la vida,

yo sólo quiero ser el meón más grande de la existencia,

ay mamá por dios, el meón más grande de la existencia.

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La mujer también tiene el trasero dividido en dos.

Pero es indudable que las nalgas de una mujer

son incomparablemente mejores que las de un hombre,

tiene más vida, más alegría, son pura imaginación;

son más importantes que el sol y dios juntos,

son un artículo de primera necesidad que no afecta la

inflación,

un pastel de cumpleaños en tu cumpleaños,

una bendición de la naturaleza,

el origen de la poesía y del escándalo.

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Lo dejo todo

en las manos una vocación de fuego lento

que no va a ninguna parte;

en el cuerpo una reverberación

que emerge a la piel en oleadas.

Es delicioso reconocer tu propio sudor,

sentir las orejas calientes y frías a la vez,

sentir sólo sentir

dejar a los ojos ser solamente ojos

a la lengua, un camaleón en reposo,

sin la tentación del vómito.

Hoy no quiero hablar ni conmigo mismo,

lo dejo todo,

lo que no es posible abandonar,

de lo que no es posible huir,

no me importa el alambre del equilibrio

encarguen a otro el miedo al abismo,

hoy escapo de mí,

dejo mi amor como quien se quita la camisa,

miro mi vida como un desorden que no vale la pena

ordenar,

réstenle mis ilusiones al mar,

hoy sólo el desierto es capaz de conmoverme un poco.

tan grande y sin nadie

como una remota imagen de mí mismo.

Dejo mi brújula a los desorientados

pero díganles que no sabe ir lo suficientemente lejos.

No sé a dónde voy

pero no quiero parar.

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