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Hijas de S.

diciembre 22, 2008

La única vez que estuve casada fue cuando intenté darle mi corazón a un solo hombre, pero él únicamente lo besó y lo tiró a la basura. Por eso después se convirtió en mi ex esposo, de quien puedo decir que me invitó al camino de la prostitución.

Todo empezó con sus insinuaciones de que nuestra actividad en la cama se estaba volviendo aburrida, que necesitábamos “más pimienta”, yo no sabía muy bien a qué se refería, y ante su terquedad de meses acepté, le dije que haríamos lo que tenía en la cabeza.

Cuando se decidió a llevar desarrollar su plan era un martes por la noche, mi ex llegó del trabajo y me apresuré a hacerle de cenar, cuando estaba echando los frijoles al sartén se me acercó por la espalda y me susurró en la oreja: “Estaría bien que lo hiciéramos hoy, ¿no?”

Mientras me besaba el cuello, cerré los ojos (sin importarme que se quemara lo que estaba en la lumbre), hice los brazos hacia atrás y lo acerqué a mis nalgas. “Sí, sí”, respondí al tiempo que apagaba la estufa. Y cuando me llevaba al cuarto envuelta en besos y mordidas, me preguntaba qué tendría preparado.

Hizo como que se acostaba conmigo, pero sólo lo suficiente para que yo me tendiera boca arriba, luego sacó de la bolsa de su chaqueta unos tramos de cuerda blanca, con los que amarró mis muñecas a la cabecera y mis tobillos a las patas de la cama. Después, de una bolsa trasera de su pantalón sacó un par de pañuelos, con uno me tapó los ojos. “Te estás poniendo perversote, conejito”, recuerdo que le dije, sin saber que aquello no estaba ni cerca de lo que me esperaba, no podía saber que mi hombre se había transformado en una bestia llena de lujuria y pensamientos horribles, pero que él me enseñartía que también eran sabrosos.

Luego de vendarme para que no pudiera ver me puso la otra pañoleta, pero en la boca, para que tampoco pudiera hablar o gritar. Ahí fue cuando me asustó un poquito, lo confieso, pero fueron sus palabras (y el tono en que las dijo) lo que me volvió loca y me hizo querer salir corriendo.

“No te apures chiquita, vas a pedir más”.

Parcía una frase casi inocente, pero tan llena de frío, podría decir que incluso era veneno puro, que me daban ganas de pedirle que parara, que no me desnudara mientras lo hacía y yo no paraba de removolcarme para safar mis brazos y piernas de las ataduras.

Le habría dicho, si el pañuelo apretando mi lengua no me lo hubiera impedido, que me arrepentía de haber aceptado, que tenía mucho miedo y que ese miedo era como un gato rabioso que me arañaba las costillas, un gato que creció mucho cuando dejé de oír a mi ex en el cuarto y que empezó a maullar histérico en cuanto escuché a lo lejos que se abría y cerraba la puerta de la calle. Estaba congelada de pavor.

Hasta que entró en mí el calor de una daga sexual, me fui tranquilizando con el ritmo que me iba poniendo, ese suave arriba y abajo que aflojaba lo tenso de mis muslos; aunque de pronto dio otro grito ahogado en el trapo, cuando descubrí, por el tamaño de las caderas, la panza y el miembro, que no se trataba de mi ex, que ese cuerpo moviéndose encima era uno que jamás me había tocado.

Comencé a gritar más fuerte, a pesar de que sabía que era inútil, por mi tapabocas, y que nadie, ni los vecinos oirían y me rescatarían. Grité incluso más fuerte cuando otro cuerpo de unas manos ásperas comenzó a deslizarse, tratando de meterse entre mi espalda y el colchón. Y apreteé los dientes hasta casi romperlos cuando ese nuevo cuerpo introdujo su pedazo de carne dura por ese orificio mío que nunca había usado para meter cosas, ni supositorios. Cada centímetro que el instrumento avanzaba en mis intestinos sentía como si me clavaran miles de agujas en la espalda.

Si bien poco después el dolor comenzó a desaparecer, al cabo de unos minutos nacieron en mí un montón de sensaciones que no creí posibles, el masaje de esas cuatro manos desconocidas por mis pechos al principio me incomodó, pero ambos hombres me recorrieron de una forma que puso mi mente en blanco y me disolví en gemidos.

A pesar de que al principio sentía que eso no era correcto, esa manera de sentirme tan llena por todos lados comenzó a ser lo mejor que me había pasado en la vida. El aliento de ese extraño sobre mi cara era como un perfume primitivo y vitamínico, me daba pilas para seguir moviéndome en todas direcciones. El sudor de los dos peludos que me apretaban como su yo fuera una fruta con la que quisieran hacer jugo me fue acercando a una explosión como no había tenido jamás. Así que cuando una quinta mano desató el pañuelo de mi boca y puso una tercera vara entre mis dientes, grité de contento, con una satisfacción que no olvidaré en mi vida.

Pero al mismo tiempo sabía que a partir de entonces con mi ex las cosas ya no serían iguales, que no podría verlo igual y diario tendría estas ganas de varios hombres que no me he podido quitar. Sabía que lo único que nos esperaba era el divorcio. Sabía que también me esperaba un futuro lleno de goce y depravasión. De lo que no estaba consciente es de que ganaría mucho dinero con ello.

Y, ahora que han pasado varios años de aquella escena, le estoy muy agradecida a mi ex, por haberme empujado por este camino.

2 comentarios leave one →
  1. enero 2, 2009 1:02 pm

    Hey Peter, ya se te extrañaba con tus cuentos… Lei este con gusto. Échanos acá tus textos, que no tengo suscripción a tu periódico.

  2. Beto Chifla permalink
    enero 2, 2009 1:02 pm

    Yastá mi Édgar! El mismo día ke publike en Calibre subiré los tecstos a este blog de notas tan reventado y sabrosón. Un abrazo mientras.

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