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¿Han leído La Guerra y la Paz, de Lev Tolstoi? Pues deberían, porque una vez que lo hayan leído, podrán releerlo, que es lo mejor. Estoy entretenido estos días en una lenta y morosa relectura de este libro inmenso, y quiero compartir algunas impresiones que me ha dejado esta segundo round con el ruso.

La Guerra y la Paz

Primera parte. Capítulos I al VI


Estamos en 1805, Napoleón avanza por Europa y la trama transcurre en los salones y fiestas de la nobleza de San Pertersburgo. Comencemos con algunos personajes y sus particularidades, para familiarizarnos.

alejando-i1. Andrés Bolkonsky.

Al principio de la trama se nos presenta este personaje.  Es un noble joven y prometedor, talentoso y con una excelente posición en la sociedad rusa. Él y su esposa Lisa están esperando un hijo. Lo primero que sabemos de él es que está aburridísimo y se quiere ir a la guerra contra Napoleón. Un detalle me llama la atención: está completamente arrepentido de haberse casado y se considera, por ese motivo, un hombre acabado. Lo curioso del caso es que su esposa no sólo es hermosa, sino que también es encantadora y absolutamente ejemplar. ¿De qué está huyendo Andrei, o qué está buscando? No lo sabemos.

Simpatizo con este personaje por una razón fundamental: está inconforme con la vida no obstante que lo tiene todo.

Quería decirle a usted lo siguiente: estamos en guerra contra Napoleón. Si fuese a la guerra por la libertad, lo comprendería y sería el primero en ingresar en el ejército. Pero ayudar a Inglaterra y a Austria contra el hombre más grande que ha habido en el mundo…, no me parece bien.

El príncipe Andrés se encogió de hombros a las palabras infantiles de Pedro. Su actitud parecía significar que, ante aquella tontería, nada podía hacerse. En efecto, era difícil responder a esta ingenua opinión de otra forma distinta de la que lo había hecho el Príncipe.

‑ Si todos hicieran la guerra por convicción no habría guerra.

‑ Eso estaría muy bien ‑ repuso Pedro.

El Príncipe sonrió.

‑ Sí, es posible que estuviera muy bien, pero no ocurrirá nunca.

‑ Bien, entonces, ¿por qué va usted a la guerra? ‑ preguntó Pedro.

‑ ¿Por qué? No lo sé. Es necesario. Además, voy porque… ‑ se detuvo ‑. Voy porque la vida que llevo aquí, esta vida, no me satisface.

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2. Pedro Bezukhov.

Tiene poco más de veinte años y es hijo natural de un noble poderoso y de gran abolengo. Su padre se está muriendo y Pedro fue traído del extranjero, donde estudiaba. Es un tipo sencillo y franco, alejado del mundo cortesano y demasiado torpe en sociedad. Le gusta filosofar sobre el destino del mundo napoleónico y es admirador del emperador francés (Napoleón acaba de coronarse en Milán). Es un personaje típico de la literatura rusa y me recuerda en algo al protagonista de Crimen y Castigo, obesionado también con Bonaparte.

No sabía entrar en un salón, y mucho menos salir de él. Es decir, no sabía decir unas cuantas palabras agradables antes de retirarse. Además, era distraído. Cuando se levantó, en lugar de coger su sombrero cogió el tricornio del General, adornado con plumas, y movió bruscamente éstas hasta que el General le rogó que se lo devolviera.

Estos dos personajes son buenos amigos y gracias a las pláticas privadas que sostienen nos vamos enterando del carácter e historia de ambos. Son muy diferentes, pero se complementan y en resumen los dos son buenas personas. Con ellos y sus historias comienza esta obra, que iremos desmenuzando conforme aparezcan estas entregas.

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3. Lisa Bolkonskaia

Esposa de Andrés y una de las mujeres mejor recibidas en los salones aristócratas.”Conocida como la mujer más seductora de San Petersburgo”, según escribe el autor. Es joven y muy hermosa. Se queja continuamente y con quien quiera escucharla de la inmimente partida de su esposo al frente de batalla. Todos se andan yendo a la guerra, eso no es novedad, pero como decíamos, ella está embarazada y tienen apenas meses de haberse casado. Ella no comprende la desición de su marido.

Por lo demás, esta muy acostumbrada a la vida en sociedad, y le desagrada la idea de irse a vivir al campo en la ausencia de su marido. Le arma sus escenas al buen Andrés:

Pedro, por encima de los lentes, miraba con sorpresa e ingenuidad tanto al Príncipe como a su esposa. Hizo un movimiento como para levantarse, pero reflexionó y continuó sentado.

‑ ¿Y qué importa que esté monsieur Pedro? ‑ dijo de pronto la Princesa; y su hermoso rostro se transformó bruscamente bajo la mueca de un fingido sollozo ‑. Hacía mucho tiempo que quería preguntártelo, Andrés. ¿Por qué has cambiado tanto para mí? ¿Qué te he hecho? Te vas a la guerra y no me compadeces. ¿Por qué?

‑ ¡Lisa! ‑ dijo tan sólo el príncipe Andrés, y en esta palabra había al mismo tiempo un ruego y una amenaza, y sobre todo la confianza absoluta de que ella se detendría al escucharla.

Pero su esposa continuó apresuradamente:

‑ Me tratas como si fuera una enferma o una niña. Lo veo claramente. ¿Hacías esto seis meses atrás?

yelizaveta-alexeevna4. Elena Kuraguin

Es la nueva diosa del parnaso en San Pertersburgo. Todos la desean y la admiran. No se menciona su edad en los primeros capítulos, pero debe tener entre 15 y 20 años, considerando que es ya una dama de sociedad pero aun es soltera. Tolstoi la retrata perfecta:

La princesa Elena sonrió y se levantó con la misma invariable sonrisa de mujer absolutamente hermosa con que había entrado en el salón. Con el ligero rumor de su leve vestido de baile con adornos de felpa, deslumbradora por la blancura de sus hombros y el esplendor de sus cabellos y de sus diamantes, cruzó entre los hombres, que le abrieron paso, rígida, sin ver a nadie, pero sonriendo a todos como si concediese a cada uno el derecho de admirar la belleza de su aspecto, de sus redondeados hombros, de su espalda, de su pecho, muy escotado, según la moda de la época, y con su gracioso caminar se acercó a Ana Pavlovna. Elena era tan hermosa que no solamente no veíase en ella una sombra de coquetería, sino que, al contrario, parecía que se avergonzase de su indiscutible belleza, que ejercía victoriosamente sobre los demás una influencia demasiado fuerte. Hubiérase dicho que deseaba, sin poder conseguirlo, amenguar el efecto de su hermosura.
-Es espléndida decían todos los que la veían.

Y más adelante:

Cuando pasó ante Pedro, éste la miró con ojos asustados y entusiastas.

-Es muy bella -dijo el príncipe Andrés.
-Mucho – contestó Pedro.

Tolstoi coloca adjetivos contundentes sobre Elena: “mujer absolutamente hermosa” e “indiscutible belleza.” Fuera de eso, nada sabemos de Elena, ni sus pensamientos ni sus deseos. Está demasiado ocupada siendo perfecta.

Para cerrar este primer artículo sobre La Guerra y La Paz, unas palabras de Andrés, que ponen un freno a las líneas anteriores de admiración al encanto femenino:

En casa de Ana Pavlovna -siguió diciendo- se me escucha. Y esta sociedad imbécil, sin la cual mi mujer no puede vivir, y esas mujeres… ¡Si pudieses llegar a saber quiénes son todas las mujeres distinguidas y, en general, las mujeres! Mi padre tenía razón. El egoísmo, la ambición, la estupidez, la nulidad en todo. He aquí a las mujeres cuando se muestran tal como son. Cuando se les ve en sociedad parece que tengan algo, pero no tienen nada, nada. Sí, amigo mío, no te cases- concluyó el príncipe Andrés.

Nota aparte: Estoy leyendo el libro en tres ediciones distintas: dos de ellas electrónicas y una más impresa. Las primeras están incompletas, por alguna razón que me desconcierta, y las faltas no son menores: en el primer capítulo, uno de los personajes principales, Basilio Kuraguin, padre de Elena, Anatolio e Hipólito, y pariente también de Pedro, conversa sobre sus hijos. Más de la mitad de este diálogo no aparece, y el capítulo se corta antes de tiempo.

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