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Amigos, les comparto ahora este que es mi primer intento de novela. La iré subiendo en entregas semanales, porque aun está en construcción… espero les guste.

Capítulo 1.

-No hay nada mejor que entrar a un estadio y oler el césped mojado antes de que los jugadores salten a la cancha- le dijo aquel hombre a su hijo justo antes de tomar el pasillo que conducía a las gradas. -Hoy una niña me dijo que huelo a tierra mojada- respondió el niño. -Entonces has heredado el olor de los dioses- contestó su padre. El pequeño no alcanzó a entender, pero sabía que aquel hombre que lo arropaba por las noches tenía todas las respuestas. Lo tomo de la mano y sintió cómo se le apretujaban los músculos de la panza. Su equipo disputaba por primera vez en diez años la final del torneo.

Cernunnos ha desarrollado una extraña pero comprensible obsesión por el fútbol. La imagen de su padre explicándole la estrategia de juego en un estadio es el recuerdo más nítido que tiene de su infancia. Un día, recién cumplidos los diecisiete años, en pleno desarrollo de un partido y jugando la posición de volante por izquierda, realiza un desborde desde afuera de su propia área.

La cancha parece interminable y alcanza a sentir el roce del hombro del contrincante que lo intenta derribar… de pronto cae en un sueño profundo y se ve corriendo sobre la orilla de un río, perseguido por un ciervo que logra darle alcance en pocos segundos. En ese momento logra ver en la mirada del animal una clara expresión de miedo. No obstante, el ciervo no deja de correr. Cernunnos se pregunta quién persigue a quién… el sueño desaparece súbitamente y se encuentra a si mismo en el campo de juego. Ha puesto un pase de ensueño que a través de un certero testarazo se ha convertido en gol. El muchacho descubre que en su mano tiene una semilla de álamo y un trozo de papel que dice: “La simiente es el inevitable final”.

Cernunnos ha estado consternado los últimos días con la visión el ciervo… y con la persecución. Sabe que en los ojos del animal reconoció los de alguien más, pero no recuerda los de quién. Procura olvidar el incidente y se dispone a entrenar duro para el torneo de fútbol que está por comenzar.

Cernunnos tiene una novia, Marta, a la que ve cada viernes. -Soy un hombre ocupado y no puedo dedicarte más que ese día- le habría dicho al comenzar el romance. Además de ella, frecuenta a muchas otras féminas en encuentros ocasionales porque piensa que debe saborear todas las pieles posibles. Es por eso que no hace distinción alguna por estatura, complexión física o color de piel. A él le interesa la experimentación y se sabe dueño de nadie y aventurero en el mundo. -Un buen jugador de fútbol ha pisado todas las canchas. Ha jugado en el llano y en el estadio y por eso entiende a la perfección los caprichos del balón- les repite a sus amigos tras contar sus experiencias de cama.

Este viernes ha decidido no visitar a Marta y de pronto relaciona este hecho con la visión que ha tenido. – ¿Será acaso que ella es el ciervo del que voy huyendo?, ¿es acaso simple temor al compromiso como me reclama siempre? ¡No, sería demasiado obvio!, además no le tengo miedo a ella, es sólo que me aburre demasiado. ¡Es más, no estoy huyendo de nada! Fue sólo un alucine estúpido y nada más-. Cernunnos continúa caminando con la vista baja, pero alerta, como quien ha visto las nubes maquilladas de negro, anunciando tormentas y se resiste a guardarse bajo techo, porque piensa, paraguas en mano, que no puede llover antes de que llegue a su destino.

Ha estado soñando mucho últimamente… ha visto lugares montañosos donde la hierba se esparce infinitamente y los pocos árboles resisten el embate del viento. Al pie de una colina se ve una mujer vestida de blanco sosteniendo un alcatraz, con la mirada puesta en el horizonte. Sus cabellos negros contrastan con el azul océano de sus ojos y con su mirada incierta, que resguarda una delgada y asimétrica nariz. De pronto, durante la cuarta noche, la mujer posa la mirada sobre Cernunnos y le inquiere: -¿no te acuerdas de mí, querido ciervo? Debes recordar tu promesa y dejar de tener dudas de una vez por todas-. Él despierta con una tranquilidad deliciosa… una tranquilidad que jamás ha sentido… prende un cigarrillo y cierra los ojos: aun puede recordar el olor a bosque de la mujer, sus mejillas rozando el aire…. despierta agitado… no está seguro de estar despierto…

El muchacho le ha contado a Marta su sueño con la mujer del alcatraz. Ella ha adoptado la actitud comprensiva y paciente de una madre que conforta al retoño por una pesadilla ordinaria. -No te preocupes, Cachito, de seguro estás tenso porque vienen los exámenes finales y el partido por el campeonato. Vas a ver que en unos días te vas a sentir de lo mejor-. Él ha decidido visitarla por segundo día consecutivo y ella no puede evitar sentirse emocionada. Tras su interpretación de consejera sentimental, toma su rostro con ambas manos y le dedica unos 20 minutos a repetirle que lo ama. Él ha intentado escucharla todo este tiempo, pero le es imposible; sólo alcanza a percibir una sección de cuerdas vibrando fuera de su boca. Cansado, decide recostarse en los hombros de Marta y cerrar los ojos… y ella en rezadera del padre nuestro amoroso: te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo… y él todo oídos atento al sermón: la menor, fa sostenido, sol mayor, do mayor, mi menor…

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