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CON OLOR A PASTO III

febrero 19, 2009

***

Esa mañana Cernunnos se levantó un poco molesto. El despertador había sonado 10 minutos antes y el sueño se le había ido. Caminó lentamente hacia el baño y se miró al espejo. Esbozó una sonrisa ligera con cierto aire de desprecio. Observó su cabello revuelto y se tranquilizó: todas las mañanas despertaba del mismo humor. Giró las llaves de la regadera y se apresuró a entrar en la pequeña cortina de agua que lo esperaba impaciente. Ocho minutos con cuarenta segundos después estaba en su cuarto poniéndose la camisa azul de cuadros y el pantalón beige de todos los martes. Medio calcetín arriba y escuchó a Ana con el anuncio de rutina. -¡Amor, ya baja a desayunar!-. A partir de aquí, a lidiar con el cotidiano masticar: en la mesa un pan tostado con mermelada de durazno, no de fresa, ¡jamás de fresa!, un jugo de naranja sin semillas ni grumos, un par de huevos con tres tiras de tocino al lado (ni muy quemadas ni muy crudas) y una taza de café caliente con una cucharada de azúcar. Terminar 25 minutos antes de las 9, con el tiempo justo para lavarse los dientes, salir a calentar el carro, pasar por el puesto de revistas, comprar el periódico y llegar a la oficina a las ocho horas con 58 minutos.

Había conseguido hacía diez años emplearse como asistente del área de ventas de un pequeño negocio distribuidor de insumos para papelerías y fotocopiadoras. Ahora era el encargado de las finanzas. No había estudiado ninguna carrera. Un día simplemente optó por buscar un empleo que le permitiera ganar un poco de dinero para vivir sólo y pagar algo de comida cuando decidió que quería recorrer el mundo en lugar de ser un profesionista aburrido como anhelaban todos sus conocidos. Su plan era mantenerse temporalmente empleado en un negocio pequeño pero con futuro para ir escalando rápidamente posiciones y en un par de años haber reunido dinero suficiente para conocer Escocia e Irlanda, de donde eran su abuelo y abuela respectivamente, quienes le habían contado muchas historias y leyendas de estos países. Su mismo nombre le había sido puesto en honor al dios celta de la abundancia, a propuesta del abuelo, que aun conservaba el culto por la antigua religión de sus ancestros.

Un día, cuando tenía ocho años, el abuelo le había hecho prometer que alguna vez visitaría Escocia, donde se encontraba un pequeño tesoro, guardado por generaciones en la familia, que lo estaría esperando. Cernunnos recordó años más tarde su promesa y un poco antes de cumplir los dieciocho decidió que era tiempo de recibir su premio. De acuerdo a lo planeado, no tuvo dificultades para ascender rápidamente hasta convertirse en el encargado del manejo del dinero en el negocio. Sin embargo, Cernunnos dejó de lado, con el tiempo, su plan. Ahora podía rentar un departamento grande y comer fuera de casa todos los días.

Unos años después conoció en un parque a Ana: una bella mujer de piel bronceada y ojos oscuros como las noches de infancia en que soñaba con viajar. ¡Era la segunda con ese nombre que conocía!, aunque de la primera sólo se acordaba vagamente. Inmediatamente quedó fulminado por su mirada, pero su timidez le impidió acercarse a ella. Decidió ir todos los días al mismo parque hasta volverla a encontrar y decidirse a invitarla a salir. No tuvo que esperar mucho, porque al día siguiente Ana estaba en el mismo lugar sentada, esperando volver a ver a Cernunnos, con su mirada azul profundo y sus cabellos de fuego.

Después de cinco días, el muchacho al fin se decidió a abordarla, flores en mano, para pedirle una cita. Ana aceptó encantada y desde entonces no se separaron un día más. Un año y medio después decidieron irse a vivir juntos en el nuevo departamento que Cernunnos había adquirido, como resultado de un aumento recibido por haber realizado un recorte a los costos de la empresa del veinticinco por ciento, luego de un concienzudo análisis que le significó noches enteras de desvelo.

Ocho meses después, Cernunnos y Ana decidieron casarse, ante la alegría de los padres de ambos, que habían empezado a preocuparse por la situación “irregular” en que vivían sus hijos. Ahora, el muchacho de antaño había logrado hacerse de un respeto en la empresa, de un hogar con esposa, muebles, casa, viajes ocasionales a las playas cercanas dos veces por año y un futuro prometedor una vez que el dueño decidiera retirarse del negocio. Le había dicho un año antes que quería dedicarse a la escultura, su pasión secreta, después de veinte años encerrado en la empresa, y que quería que él se encargara por completo de su manejo. No tardaría más de dos años, le había dicho. Cernunnos tenía grandes planes para expandir el negocio y hasta había imaginado empezar a abrir sucursales fuera de la ciudad.

Cernunnos subió al carro y arrancó. El puesto de revistas quedaba a unas cinco cuadras de su trabajo, pasando por la avenida principal y dando vuelta a la izquierda en el segundo semáforo. Giró en esa dirección y avanzó tres cuadras. De pronto le pareció notar un edificio azul de tres pisos que jamás había visto. Decidió ignorar este detalle. Más adelante se encontró con un par de casas derruidas, una vieja hacienda, un establo, un riachuelo… -¡donde diablos estoy!- se preguntó. El agua era tan clara y el parloteo del viento lo iba hipnotizando lentamente. De repente se dio cuenta que se había bajado del auto y estaba olfateando el pasto. Se acercó a la orilla del riachuelo, se hincó y bebió un poco de agua. Se estremeció y despertó agitado. Tanwen lo tomó de las mejillas y le besó la nariz. -Sólo fue un mal sueño- dijo.

4 comentarios leave one →
  1. febrero 19, 2009 1:50 pm

    Parece que la pesadilla de ser un “hombre normal” no le agradó mucho a Cernunnos. Ya se acostumbrará, a todos nos pasa.

    El último párrafo me parece muy rápido.

    Por lo demás, necesito más información para saber cómo se está armando esta historia.

    Un saludo.

  2. Edgar Sandoval Gutiérrez permalink*
    febrero 20, 2009 1:21 pm

    Discursivamente, much@s pretendemos distanciarnos de la pesadilla de ser personas normales… cuéntame más sobre la rapídez del último párrafo… que elementos lo aceleran, por ejemplo?… que información adicional requieres, querido amigo? píde y se te concederá. Saludos.

  3. febrero 20, 2009 2:05 pm

    “De pronto le pareció notar un edificio azul de tres pisos que jamás había visto. Decidió ignorar este detalle. Más adelante se encontró con un par de casas derruidas, una vieja hacienda, un establo, un riachuelo… -¡donde diablos estoy!-“

    Siento que en esta parte se avanza demasiado aprisa, creo que se le puede conducir con mayor morosidad -al lector, claro.

    En cuanto a la información, necesito releer la historia de corrido para captar mejor.

  4. Edgar Sandoval Gutiérrez permalink*
    febrero 20, 2009 7:08 pm

    Una amiga que ya leyó hace tiempo estas primeras entregas me dijo que mi novela era muy visual… y tal vez eso se nota en la narración… la escena transcurre rápido porque es un sueño y en el sueño, las imágenes ocurren así… pero entiendo también que eso al lector le importa un carajo, jejeje… así es que pensaré en una forma de narrarlo un poco más lento, entre hoy y la siguiente entrega y si me decido ya estaré avisando a los lectores para que lo vean… lo bueno, querido amigo, es que esta es una novela inconclusa y puede ir variando. Eso sí, dependiendo del humor de autor, jejeje

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