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CON OLOR A PASTO IV

febrero 26, 2009

***

¡Aprisa, corre que vamos a perdernos la puesta de sol! Le dijo Ana a Tanwen. Las dos hermanas habían acordado visitar el bosque y aprovechar el atardecer para realizar unos conjuros de amor. Los habían encontrado en el libro de manuscritos de la abuela, oculto en el sótano de su choza. Tanwen aceleró el paso pero su vista estaba distraída con el viento fuerte que soplaba esa tarde. La sensación del aire golpeando su pecho le inquietaba sobremanera, especialmente porque la noche previa había tenido un sueño revelador.

En éste, caminaba por senderos construidos con un material similar a las piedras. Las chozas eran gigantescas. A los costados se veían circular carrozas metálicas que emitían sonidos infernales y la gente gritaba encolerizada. De pronto, esa sensación del viento acariciando la piel… Tanwen decidió cerrar un poco los ojos para controlar la nausea que estaba experimentando. Al abrirlos de nuevo, vio frente a si a un muchacho de cabellos rojos. -Tanwen, soy Cernunnos. Te esperé por siglos y finalmente te encuentro- susurró.

El sueño la había mantenido despierta buena parte de la noche y durante todo el día había tenido impregnado un cierto olor a tierra húmeda. Casi podía sospechar que ese olor provenía de aquel extraño visitante de sus sueños que se hacía llamar Cernunnos. Conforme avanzaba tirada del brazo por su hermana optó por no dar importancia al suceso. El único Cernunnos que conocía era el viejo herrero del pueblo que por ningún motivo despertaba sus pasiones y que llevaba casado con Syblith por más de cuarenta años.

Recordó que su abuela Gwen le había contado hacía unos días que aquel viejo la había abordado un año antes de casarse. -Cernunnos se acercó un día, a mitad de la plaza y me dijo que yo era la mujer más hermosa que había visto en su vida. ¡Vaya patraña! Yo estaba enterada de que él cortejaba a todas las mujeres del pueblo en cuanto cumplían 16 años, así es que le agradecí por sus palabras y le dije que si no fuera por su cojera al caminar y su imperdonable olor a fango habría caminado discretamente hacia él y le habría besado la mejilla. No volvió a molestarme nunca. Yo sabía que no podía soportar que alguien se refiriera a él de tal forma-. La nieta recordó esa conversación y se convenció de que probablemente el sueño estaba relacionado con dicha confesión.

-¿Ya viste que bellos son los suspiros naranja que se dibujan en este lienzo azul que tenemos frente a nosotros?- preguntó Tanwen a Ana. -No lo diría con esas palabras, pero ciertamente es bello este atardecer- respondió. La muchacha había olvidado que su hermana odiaba que ella describiera todo de una forma tan rebuscada e incluso cursi. Tanwen, en cambio, adoraba hablar de las cosas así. Más adelante, se enfrentaría con otras personas que le reprocharían eso mismo y ella se defendería diciendo que cada cual elige los colores y texturas con que quiere enfrentar esta vida incierta.

Se apresuraron a elegir un árbol para acampar e iniciar con el ritual. Los cabellos dorados de Ana parecían brillar más cuando el sol convaleciente la cubría con su resplandor. ¡Se veía tan bella con sus diecisiete años recién cumplidos!, su piel nítida y rosada invitaba a contar historias de guerreros que combaten desde la planicie, intentando escalar sus pronunciados senos hasta la punta rugosa e imperceptible escondida entre sus ropas. Sus formas generosas y abundantes prometían un banquete sólo celebrado por los dioses, en donde cada cuerpo se volvería la extensión del siguiente. Sus labios húmedos y profusos, capaces de reverdecer este viejo bosque bajo el que se arropaban las dos muchachas, saludaban al viento con una arrogancia insoportable. Sus parpadeos marcaban los acordes con los que danzaban los árboles y el mismo follaje. El riachuelo ubicado a unos cuantos pasos se abalanzaba hacia sus pies invitándola a penetrarlo.

Tanwen, de dieciséis, por el contrario, era tan breve e imperceptible que la brisa traspasaba su cuerpo sin emitir sonido alguno. Casi se podía decir que estaba hecha de silencio denso y asfixiante. Su cabello oscuro presagiaba la muerte de este sol que las contemplaba agonizante. Tenía que admitirlo, la muchacha envidiaba a Ana porque hasta la luna misma posaba su mirada de plata sobre el delicioso territorio de su hermana.

Recogieron algunas ramas y las apilaron en forma triangular para encender una fogata. Ana tomó un puñado de hojas secas y las arrojó al fuego, incitándolo a despertar. Tanwen recogió un poco de agua en un cuenco y lo colocó al lado de la fogata. Se sentaron una frente a la otra, se tomaron de las manos y resoplaron fuerte hacia el centro cuatro veces. – ¡Señor y Señora, cúbranme con sus poderosos brazos, cúbranme con su luz! ¡Que la luna y el sol sean el cuerpo que me abraza esta noche, que cada ser que respira en este momento sea el mensajero de vuestro infinito amor!-. El viento se detuvo por un instante y el riachuelo y la floresta contemplaron disciplinadamente a las dos mujeres por incontables segundos. Aun el fuego contuvo su ira ante la escena. El agua depositada en el cuenco, por el contrario, danzaba con cada suspiro que escapaba de la boca de Tanwen y Ana. El horizonte exilió los marrones que aun circundaban en el ambiente y se vistió de negro.

Cernunnos despertó agitado. Había vuelto a ver a aquel ciervo al que perseguía sin fin a un lado del arroyo. La última vez que soñó con él tenía diecisiete y aun jugaba fútbol con el equipo de la colonia. Había sido durante un partido en el que se enfrentaban contra los campeones del torneo anterior cuando, en un desborde por la banda como el que siempre había soñado realizar, vio a aquel animal en plena huida y lo persiguió hasta darle alcance.

No podía evitar esa sensación de sentirse perseguido él también por el ciervo ¿o había sucedido al revés? Al llegar a un viejo árbol ambos se detuvieron al contemplar a una mujer que sostenía un alcatraz entre las manos. Acaso tendría más de quince años y se percibía virginal e incorruptible. La muchacha volteó a ver a ambos y suspiró de forma tímida. Miró a Cernunnos y dijo: -¿no te acuerdas de mí, querido ciervo? Debes recordar tu promesa y dejar de tener dudas de una vez por todas-.

Ahora el sueño había sido más raro aun. Había salido de su casa rumbo a la oficina y de pronto se había descubierto oliendo el pasto, a orillas de una vieja hacienda. Bebió un poco de agua del arroyo que se asomaba a unos metros y al levantar la mirada se encontró con un ciervo que lo observaba fijamente. Separó los labios y de su boca surgieron las inquietantes palabras: -la simiente es el inevitable final-. Se despertó confundido y descubrió que aun balbuceaba algunas frases. -Duérmete, son las cuatro de la mañana y tienes una pesadilla- le dijo Ana.

Después de una hora, las dos hermanas abrieron los ojos y dejaron de tomarse de las manos. Estaban algo aturdidas y su vista era borrosa. Ana sonrió discretamente y esperó a que Tanwen dijera algo, pero su hermana menor tenía la mirada perdida y masticaba el momento. Decidió hablar primero. -He visto a un hombre que perseguía a un ciervo a lo largo de un riachuelo y se ha detenido a observarme, se llama…-¡Cernunnos!- interrumpió Tanwen, -y me ha dicho que me ha esperado por siglos-. -¡Exacto, eso es lo que me ha dicho!- apuntó Ana. -¿has visto lo mismo que yo?… sabes, una de las dos deberá casarse con él, me lo ha dicho este bosque entre susurros mientras realizábamos el conjuro -. -Así sea- respondió Tanwen.

 

2 comentarios leave one →
  1. marzo 3, 2009 12:32 pm

    Es una narración cerrada. No necesita uno saber quién es Cernunnos. Me gusta para abrir con este texto todo el relato, más que el inicio que utilizas. Aunque supongo que no sería del todo correcto, considerando que en este capítulo las protagonistas son estas dos hermanas.

  2. Edgar Sandoval Gutiérrez permalink*
    marzo 3, 2009 12:58 pm

    De alguna forma pensé la primera parte de la novela como un conjunto de textos intercambiables de lugar… guardadas muchísimo las proporciones, la pensé un poco en la estructura de Rayuela (sin buscar alcanzar el resultado de Cortazar, por supuesto, jejeje… hubiera sido demasiado pretencioso)… si te fijas, la parte de Tanwen y Cernunnos sobre la montaña también pretende ser cerrada… digamos que por ahora quiero establecer claramente a los personajes… se supone que así ha quedado justo hasta este post… y si no, es buen momento para aclararlo… son 4 personajes femeninos (Ana, Ana Tanwen y las hermanas Ana y Tanwen) y Cernunnos… que han empezado a interactuar de varias formas hasta ahora.

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