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Hace algunos años, cuando los restos del muro de Berlín estaban frescos sobre el aire helado, yo era un adolescente con mucho tiempo libre. Estudiaba la secundaria mientras Rusia se disolvía y la crisis del ´94 era sólo una mancha terrible que nos aguardaba con delicada paciencia.

Entre mis compañeros de clase empezaban a destacar las víctimas de la literatura, y un día, cuando Italia 90 era un recuerdo borroso, discutimos sobre la existencia del tiempo. Sí, lo sé. La existencia o inexistencia del tiempo. Fue, digámoslo así, mi entrada a las Grandes Ligas de la filosofía de café.

Nunca me compuse. Me seguí de largo leyendo y debatiendo sobre la humanidad y la guerra y el amor y Neruda y Kundera y los pájaros muertos en la palma de su mano y Verne y la luna y los ovnis y dios y el olvido. Es fecha.

Pero no estamos solos. Los componedores del mundo, quiero decir. Cuando Borges escribe sobre los justos, yo me imagino a Abel Quezada dibujando monitos narizones. Y entonces me río.

Abel, por cierto, murió ese mismo año: 1991.

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