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CON OLOR A PASTO VI

marzo 12, 2009

***

Tanwen tomó el cuenco en sus manos y se levantó para reincorporar el agua al riachuelo. Su hermana se quedó jugueteando con el fuego que nacía de aquellas ramas secas que había apilado al atardecer. Se podría decir que hacía magia con las manos, porque cada vez que las pasaba cerca de la llama ésta se retorcía al ritmo que Ana marcaba. Era casi como una demostración del poder que esta muchacha tenía sobre todas las cosas esa noche.

Lentamente, pero a voluntad, iba marcando lo que sucedería al siguiente instante en aquel bosque. Y Tanwen la admiraba porque parecía como si Ana ignorara lo que era capaz de hacer. La mirada de la rubia carecía por completo de soberbia. Todo era un gran juego sin importancia. Pero al mismo tiempo envidiaba a su hermana porque era capaz de provocar todos los milagros en los que Tanwen creía… ¡y ni siquiera se daba cuenta de esta habilidad tan escasa y maravillosa!

Se sintió culpable y decidió regresar al pie del árbol desde el que Ana contemplaba al cielo. Se sentó a su lado silenciosamente, tratando a toda costa de no interrumpir a su hermana. Ana suspiró profundamente y volteó a ver a Tanwen. La muchacha de ojos negros se sintió descubierta y estuvo a punto de confesar la envidia que estaba sintiendo en ese momento. Ana la atajó acariciando sus largos cabellos. -¿Quién crees que lo conozca primero, Tanwen?- preguntó. -¿A Cernunnos?… me parece que tú, Ana. Eres la más hermosa de las dos y de seguro él quedará fulminado con una sola de tus miradas- dijo. -¡Ay, hermanita! Entiendo que digas eso porque me quieres, pero tú tienes un aire de mujer misteriosa. Eres casi inalcanzable y nadie parece adivinar tus pensamientos. Estás distante de todas las cosas que suceden en el mundo y eso vuelve locos a los hombres. Yo soy una mujer ordinaria y débil-.

Tanwen sintió en ese momento más admiración que nunca por su hermana. No importaba la forma tan bella como la había descrito. Era más bien esa ingenuidad con la que Ana ignoraba todo lo que aportaba al mundo hasta el punto de considerarse frágil, cuando en realidad esa era la más grande de sus fortalezas. –Cernunnos perderá el aliento desde que escuche tu voz por primera vez, Ana-. Ambas rieron agitadamente. Tanwen sabía que en parte deseaba que eso último no fuera cierto y se preguntó si su hermana estaría pensando lo mismo. Se apresuraron a recoger los diferentes instrumentos traídos para el ritual y apagaron la fogata. Empezaron a caminar de regreso a su casa. Afortunadamente Tanwen había recorrido ese camino de noche muchas veces y no temieron perderse. La luna las bendijo con su luz durante el trayecto. Estaban exhaustas y sus camas las recibían seductoramente al llegar a casa. Ambas esperaban obtener más respuestas en este sueño que ahora la hipnotizaba.

***

Cernunnos había estado durmiendo muy mal los últimos días. La imagen de un ciervo mirándolo fijamente mientras él le decía cosas sobre un inevitable final le generaba una sensación de angustia. No era tanto el hecho de hablarle a un animal, sino que el ciervo no le hubiera contestado nada, o que ni siquiera le hubiera preguntado a cuál final se refería y por qué se lo decía a él. -¡Pero que coño estás diciendo, Cernunnos!- se dijo en voz alta -¿Por qué te preocupa tanto si un animal te contestó o no? ¡Los animales no hablan, baboso!, se reprendió en tono burlón. –Debe ser tanto trabajo que he tenido últimamente, con esto de que Don Rogelio quiere que conozca el funcionamiento de todas las áreas del negocio antes de nombrarme gerente- se sugirió en voz baja. Se quedó inmóvil, repasando la escena de la pesadilla -¿Qué chingados es la simiente?-¿Es acaso algo que no es honesto y por lo tanto si-miente?-. Sus carcajadas inundaron la oficina en la cual trabajaba. Un par de empleados lo voltearon a ver con esa mirada inquisidora de quien sabe que la locura es algo que no es bueno publicitar. -¡Que malos chistes cuentas, Cernunnos!- sentenció el celta flacucho.

No obstante, no pudo borrar la palabrita de su mente. También le inquietaba haberse acordado de aquel otro sueño con la muchacha viéndolo fijamente. ¡Era tan hermosa! Mirarla lo remitía invariablemente a aquella canción que escuchaba una y otra vez en su adolescencia: I close my eyes, only for a moment, then the moment’s gone. All my dreams pass before my eyes, a curiosity. Luego nada, un silencio que se podía estrujar con ambas manos. El ciervo y él ahí, inmóviles y unidos por una espera larga como días de verano. Y el olor a follaje y lodo. No había conocido nunca a alguien así. Bueno, tal vez a aquella muchacha Ana Tanwen, tan lejana ahora de su memoria. ¿Que había pasado con ella? ¿Por qué no funcionaron las cosas? –En verdad que te amaba, Ana Tanwen; aunque te haya conocido tan poco- susurro. -¿Cómo fue que se acabó eso que tuvimos?-.

La pregunta lo llevó a una imagen que había escondido por años: un delantero que avanza firme hacia él con el balón alineado obedientemente a su pie. Cernunnos inamovible bajo la portería aguardando el momento preciso para abalanzarse con furia hacia ese objeto redondo que es capaz de fecundar la esperanza y producir el júbilo más grande, breve y extenso a la vez, que alguien pueda experimentar.

Respira profundo y decide encarar a ese irreverente número 9 en la playera que se ha atrevido a llegar hasta su territorio. La mirada del delantero es tan parecida a la del ciervo del sueño de Cernunnos: desafiante y temerosa en el mismo instante. Su cintura, sus hombros y su cuello avanzan con fuerza… la mirada del delantero atraviesa al viento… ¡las piernas de Cernunnos no se mueven!… su cuerpo entero se desploma lentamente como aquella frase cuando conoció a Ana Tanwen: -¿C o n  p a p a s?-. El balón emite un susurro al pasar por encima del pelirrojo. Los contrarios gritan con su público la alabanza fundamental: goooooooooooooooooooooooooooooooooooool!

El padre de Cernunnos ha bajado los brazos y su rostro se ha endurecido de una forma que ese niño parado a su lado jamás había visto antes. El equipo resistió inquebrantable, durante 88 minutos, a la poderosa delantera de la escuadra contraria. El delantero estrella del equipo de Cernunnos incluso fue capaz de ingresar al área en una ocasión y conectar un potente disparo que unos instantes antes de llegar a la meta desvió su trayectoria y se estrelló en el poste a los 88 minutos con 42 segundos. El rebote llega a un defensa que pone un pase de 50 metros al media punta, quien recibe en el círculo de media cancha. Acelera y deja atrás al último defensa. Se enfila hacia el área. El portero ya lo espera a medio metro de distancia. Aplica una gambeta y deja al último guerrero en el suelo. Avanza sólo y caminando entra a la portería junto con el balón. Se hinca y llora. Unos segundos después es sepultado por sus compañeros que gritan desaforados. Tres minutos de compensación más tarde, el árbitro levanta las manos y concluye el partido. Las nubes se golpean unas con otras y gruñen. Las gotas de agua se abalanzan hacia la multitud. Cernunnos voltea a ver a su padre y descubre que las mejillas de éste están mojadas. No sabe distinguir entre lágrimas y lluvia.

Los restantes cuarenta minutos transcurridos entre la salida del estadio y la llegada a casa han estado desbordados por esa ausencia de sonidos. El niño se siente desconcertado y ha intentado una última ofensiva: dibuja cada centímetro de silencio con las notas del himno de su equipo. Al cruzar la puerta de casa, el niño aprieta las manos y mira a aquel bosque incendiado que en este momento duda en llamar padre. –Te prometo que yo jamás estrellaré un balón en el poste- le dice. El hombre le sonríe y se dirige hacia su cuarto, cerrando la puerta tras de si. Nunca más irán al estadio.

Cernunnos se ha percatado que ha pasado toda la tarde pensando en esto. Es hora de regresar a casa. No se siente cómodo ni siquiera en su propio cuerpo. Cierra su oficina con llave, apaga las últimas luces y se dirige al estacionamiento ¿Qué habrá sido de Ana Tanwen? Llega a casa y saluda a Ana, a esa otra Ana del presente que se ha convertido en parte de esta colección de cosas inamovibles de su vida. ¡Le resulta tan imperceptible!

2 comentarios leave one →
  1. abril 13, 2009 11:13 am

    Un texto, como ya me tienes acostumbrado, con tantas imágenes.

    Me gustó la frase aquella de “una espera larga como días de verano”.

    Me asalta una duda: ¿cuál es el tono del texto? Aún es muy pronto para entederlo, quizá… pero siento que paso de una novela onírica, a una novela realista con descripciones de sueños. Seguiré leyendo.

  2. Edgar Sandoval Gutiérrez permalink*
    abril 13, 2009 1:06 pm

    Dice una muy querida amiga mía que esta novela tiene muchos tintes de guión cinematográfico… tengo un algo con las imágenes que brota en lo que escribo… ¿cual es el tono del texto? mmm no lo se aún… mis personajes intentan que sea una novela realista… quieren legitimarse siendo reales… el autor prefiere pensar en la opción onírica, en que en el fondo todo es parte del sueño de alguien más… y pues ahí va la disputa, a veces ganan unos y a veces el otro.

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