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Hace algunos años, por una razón que ya no recuerdo, Alberto Silva me prestó un libro llamado “Diálogos Borges Sabato” -o algo por el estilo-, en que Orlando Barone, a mediados de los años setenta del siglo pasado, recuperaba las conversaciones grabadas de estos dos escritores. Es un libro pequeñito, repleto de magia. Lo habré leído unas tres o cuatro veces, incluyendo una ayer, cuando mi amor por el desvelo venció la cordura del sueño temprano. Pensaba terminar un capítulo antes de irme a la cama, pero la voz de Borges, que imaginaba lenta y sutil, me dejó despierto más de lo esperado.

Los diálogos son cordiales, los temas son deliciosos: el arte, la filosofía, la literatura, la muerte, el sueño, la locura, el Universo, dios. Borges es un escéptico fascinado por la fantasía; Sabato es un creyente, y se esfuerza en cada línea como buscando aprobación. La lectura es amena y las referencias son vastas. Uno puede retomar el libro, y recrearlo -intentar recrearlo- con los buenos amigos. Eso pensaba. Porque en realidad esta conversación que propiciara y grabara Barone, es una instancia de otras conversaciones y otros amigos. Nosotros somos Borges y somos Sabato y somos ese discurso infinito. Nosotros hemos descifrado ya el universo y el tiempo y dios y las mesas de madera. La existencia, pues.

Tengo un buen amigo que casualmente se llama como yo, y que, no tan casualmente, escribe conmigo en esta bitácora. Ayer, anoche, en la lectura de la madrugada, me convencí de que Edgar Sandoval era ese escritor que le gustaba creer y a partir de allí recuperaba el mundo; yo soy Borges, claro, el sentencioso, el budista, el hombre que cree en dios como en un personaje de una terrible y hermosa ficción.

Borges: No sé qué escritor dijo: Les idées naissent douces et vieillisent féroces. “Las ideas nacen dulces y envejecen feroces.”

Sábato: Hermosa frase! Además son siempre los pensadores los que mueven la historia.

Borges: Pienso que toda la historia de la Humanidad puede haber comenzado en forma intranscendente, en charlas de café, en cosas así ¿no?

Sábato: Es un poco la idea de Strindberg, la idea de un Dios histórico. De todas maneras las cosas malas no prueban la inexistencia de Dios, ni siquiera la de un Dios perfecto. Usted acaba de insinuar que cree más bien en los budistas. Si un niño muere, de modo aparentemente injusto, puede ser que esté pagando la culpa de una vida anterior. También es posible que no entendamos los designios divinos, (que pertenecen a un mundo transfinito), mediante nuestra mentalidad hecha para un universo finito.

Borges: Eso coincide con los últimos capítulos del libro de Job.

Sábato: Pero dígame, Borges, si no cree en Dios ¿por qué escribe tantas historias teológicas?

Borges: Es que creo en la teología como literatura fantástica. Es la perfección del género.

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