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CON OLOR A PASTO VII

marzo 19, 2009

Ana deja en la mesita de la sala el libro que estaba leyendo antes de que llegara Cernunnos y se acerca para arroparlo con sus labios. Lo envuelve apasionadamente mientras acaricia su mejilla. Él corresponde tímidamente e intenta compensar la devastadora sobriedad con una sonrisa. -¿Cómo te fue, amor?-. –Igual que siempre, Ana. La oficina no ofrece grandes emociones, pero paga nuestras cuentas-. La mujer se dirige hacia la cocina y le pregunta si quiere cenar lo de siempre. Él responde afirmativamente con un sonido que bien podría ser un gruñido. Mientras ella prepara el acostumbrado sándwich con jamón, queso, mostaza y una hoja de lechuga, Cernunnos piensa repetidamente en la frase del sueño: la simiente es el inevitable final. Ana le lleva la cena acompañada de un vaso de leche.

-¿Tú sabes que significa la palabra simiente?, todo el día la he traído en la mente-. No esperaba una respuesta certera de parte de Ana. De seguro que ni conocía ni le importaba una palabra así. –Significa semilla, amor- le contestó. -¿Cómo lo sabes?-. –La utilicé en el primer poema que te escribí, ¿te acuerdas? Decía: “Con tu mirada combatiente y tu olor a pasto dibujas la simiente de este suspiro con que te cubriré del frío, por las noches”.

Lo observó detenidamente y respiró despacio. –Ya no me acordaba de ese poema- respondió el pelirrojo. –Lo se, yo guardé todos los poemas que te escribí, porque querías conservarlos para cuando el mundo se volviera hostil y necesitaras fuerza… eso me dijiste-. Él no pudo contestar nada. No se sentía culpable por haber incumplido la promesa. Simplemente no sentía nada. –Simiente no es una palabra complicada de saber, pero además algo que nunca te conté es que siempre quise estudiar literatura… y terminé estudiando ingeniería, ¡que barbaridad!- dijo Ana con un dejo de nostalgia. –En mi juventud aprendí muchas palabras… y las amé profundamente-. La mujer sintió unas ganas enormes de contarle muchas cosas a ese flaco que tenía enfrente, inundado de curiosidad. –Ana Tanwen quería estudiar literatura- pensó Cernunnos. –Gracias, corazón, me resolviste la duda- le respondió a su esposa. Desde que se casaron, él había decidido llamarle a Ana por su nombre. Ahora, por fin, después de tanto tiempo le había dicho como en los primeros tiempos. Sintió un flujo de euforia en su cuerpo. Su esposo se levantó de la mesa y se fue a ver el noticiero nocturno.

Ana se quedó con una sensación de hueco en el estómago. Más bien era una sensación de aglomeración en la boca. Se le juntaban las palabras y se tropezaban unas con otras. Se peleaban entre sí y armaban discusiones estúpidas sobre cual de ellas era la más oportuna para salir a conquistar de nuevo la mirada de aquel tipo; el que en esos instantes se sumergía en las historias recicladas del mundillo político que le narraba el televisor. Fue una lucha estéril porque ninguna idea salió de los labios de aquella mujer.

Ana pensó en su infancia llena de deseos. No recordaba qué era lo que anhelaba en esos años, pero tenía grabada en la memoria esa sensación de recordar. Aquella nausea ligera que se le alojaba en el estómago y se iba convirtiendo en cosquilleo. Los pulmones hinchados de ganas que le hacían suspirar profundo. Tal vez esa era la razón por la cual quería estudiar literatura: tener un pretexto para no morir de asfixia, para poder dormir tranquila sin todas esas ideas invadiéndola.

Construir un sinfín de mundos en los que pudiera caminar despreocupada. Tal vez un día podría llamarse Natalia y ser el centro de atracción de todas las miradas y al siguiente simplemente no tener un nombre y observar sentada el ocaso. Tal vez decirse a si misma Tanwen y contemplar a lo lejos a un ciervo al ser perseguido por un flacucho pelirrojo que corre pidiéndole poner fin a la carrera. ¿De donde había sacado el nombre de Tanwen? Le era tan familiar. Definitivamente era sólo producto de esa mente suya que se movía tan rápido y la dejaba constantemente inmóvil, con un largo silencio arropándola, carente de palabras. Los números eran, en ese sentido, mucho más fieles.

Ana pasó sus años de adolescencia inmersa en historias fantásticas que iba construyendo conforme descubría al mundo. A los trece, por ejemplo, imaginó ser una bióloga famosa que con sus investigaciones sobre los genes ayudaría a encontrar curas para múltiples enfermedades. A los quince optó por ser guerrillera que combatía a los grandes capitalistas y lucharía desinteresadamente porque los más pobres vivieran dignamente. A los quince y medio sería la ensayista política que develaría los más oscuros secretos de las élites y los grupos de poder. A los dieciséis encarnaría a una princesa medieval en espera de ser rescatada por un guerrero que la llevara a recorrer sitios remotos y extraños. Prefería a los vasallos por sobre los príncipes en sus historias.

En todo ese tiempo había imaginado muchas veces cómo sería el instante en que conociera al amor de su vida. Las escenas y los diálogos fueron tan amplios que le hubieran permitido escribir su primera novela. No obstante, siempre prevalecía una ligera brisa recorriendo dos cuerpos mientras las miradas se encontraban y se comunicaban cosas para las cuales las palabras eran simplemente insuficientes. A lo lejos, siempre se escucharían los acordes de la canción que rondara la mente de Ana por esa época.

Era una muchacha bastante bella. Sus ojos grandes y negros eran tan atrayentes que desde niña empezó a ser asediada por sus compañeros de escuela y vecinos. Con la pubertad su cuerpo se desarrolló más que el de sus compañeras. Sus senos grandes y delgada figura incrementaron su popularidad. Esto la ponía sumamente incómoda y nerviosa. Aprovechando su desaforada imaginación decidió recluirse en sus historias.

2 comentarios leave one →
  1. abril 13, 2009 11:19 am

    Parece que ahore le cedes la palabra a este personaje. ¿Una chica hermosa que pretende estudiar literatura y termina en una ingeniería? ¿Que te espera para pregungtarte qué deseas cenar y no te hace una escena si la ignoras por ver televisión? Mmm… algo raro de ver. Cernunnos está bastante extraviado si no la encuentra perfecta….

  2. Edgar Sandoval Gutiérrez permalink*
    abril 13, 2009 1:22 pm

    Cernunnos está bastante extraviado… sus ojos están posados en Ana Tanwen: aquella que sí terminó estudiando literatura, la que cuestiona a Cernunnos, la que es capaz de dejarlo por seguir sus sueños… Sin embargo, Ana también tiene su fuerza (la irás descubriendo en las entregas siguientes) pero por ahora se manifiesta a través de ejercer el papel de víctima (ouch, creo que eso de tener familia de psicólogos ha empezado a hacer daño, jeje).

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