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Hace algunas semanas, leía en el blog de jusamawi un artículo (link) dedicado al tema de los héroes. Seguí con atención los comentarios, en que se fue perfilando cierta idea asimilada por la mayoría de los que en la discusión participaron. La discusión me trajo a la memoria diversos textos, la mayoría disímbolos, pero todos interesantes: El tema del traidor y del héroe, de Borges; On Heroes, Hero-Worship, and the Heroic in History, de Thomas Carlyle; Watchmen, de Moore y Gibbons. Pero sobre todo, me recordó un fragmento que leí, hace ya algunos años, en una revista literaria de la localidad, y cuyo número debe estar entre los muchos papeles sin orden de mi pequeña biblioteca. Lo busqué con cierto desdén, creyendo que sería una búsqueda rápida. Abandoné tras unos minutos. Ya aparecerá, pensé.

Y sí, de hecho encontré el texto buscado de la forma menos esperada: en el libro que estaba leyendo por esos días. En un corto viaje que realicé por motivos de trabajo, compré La estrategia de la ilusión, de Umberto Eco, para pasar las horas muertas del camino y el hotel. Allí estaba el texto, todavía perfecto, puntual, como lo recordaba. Por azar, casualidad o  mística concordancia, el libro que traje entre manos esa misma semana me dio la respuesta que buscaba. No puedo hacer más que citarlo:

Los verdaderos héroes, aquellos que se sacrifican por el bien colectivo y que la sociedad reconoce como tales, tal vez mucho tiempo después, mientras que en su momento fueron tachados de delincuentes e irresponsables, son siempre personas que actúan de mala gana. Gente que muere, pero que preferiría no morir; que mata, pero que quisiera no matar, de tal manera que después renuncian a vanagloriarse de haber matado por necesidad.

Los verdaderos héroes son siempre arrastrados por las circunstancias, jamás eligen, porque, si pudieran, elegirían no ser héroes. (…)

El héroe verdadero lo es siempre por error, su sueño sería ser un honesto cobarde como todos. De haber podido, hubiera resuelto la situación de otro modo, y de manera incruenta. No se vanagloria de su muerte ni de la ajena. Pero no se arrepiente. Sufre en silencio, son los demás quienes luego lo explotan y hacen de él un mito, mientras él, el hombre digno de estima, era tan sólo un pobre hombre que supo actuar con dignidad y coraje en una situación que lo superaba.

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