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CON OLOR A PASTO IX

abril 2, 2009

Oleaje y Tanwen iban a todos lados juntos, aunque no estuvieran en el mismo lugar. Podían percibir el aliento del otro a kilómetros de distancia. Se recordaban constantemente. Los unía una canción que se repetía sin fin. Tanwen ya no sentía ganas de seguir escribiendo la historia de la bruja: vivía en ella todos los días. Había encontrado a su hombre de la alucinación en el bosque. No había culpas ni viajes que curaran corazones. El suyo latía vigoroso irradiando completud por todo lugar por el que pasara. Ni siquiera había tenido que lidiar con la hermana que compite por lo mismo. No tenía ninguna.

¿Cómo se habría llamado la bruja? ¿Ana? ¿Tanwen? No, Tanwen era su hermana. Ese pedazo de corazón desprendido con la distancia. En aquel momento, junto a Oleaje, ella había podido, por fin, ser esa otra mujer, la aventurera misteriosa. Pero en este instante, ella podía ser ambas compartiendo un mismo sueño, palpándolo, respirando de su brisa salada y su piel acuosa. Oleaje era sólo de las dos; de Ana y Tanwen.

A partir de ese momento, Ana y Tanwen empezó a escribir acerca de muchas cosas importantes. Sobre las formas de las piedras recostadas sobre las banquetas y su angustiosa existencia condenada al movimiento entre los pies de los caminantes hasta estrellarse contra las paredes o ser arrolladas por los neumáticos de los automóviles. La gente no entendía el dolor de las piedras. Escribió también sobre la sonrisa de una niña, sobre los rayos de sol acariciando con devoción a los árboles. Tenía tantas ideas encima. Pero ahora no se le aglutinaban, sino que salían como oleaje desbocado; como Oleaje. Sus ideas eran ahora extensas. Tanto como su nuevo nombre que a veces no la dejaba respirar: Ana y Tanwen. Decidió acortarlo sin perder su esencia: se llamaría AnyTa. Le acomodaba más. Le recordaba esa indefensión de la arena cuando es seducida por el mar.

AnyTa además contaba historias en el cuerpo fértil de Oleaje. Por las noches. A veces por las mañanas. Regularmente por las tardes. En sus ratos de distancia se dedicaba a los otros relatos. Sin embargo, algo le impedía mezclar ambas historias. Oleaje no sabía de piedras y sol y sonrisas. Sol y sonrisas y piedras desconocían a Oleaje. La separación involuntaria parecía mantener ese delicioso equilibrio que era su vida. Todas las palabras y las no palabras se acomodaban gloriosamente en este discurso que ella había buscado tantos años.

Sucedió un martes de cielo negro. Oleaje combatía con fiereza en los bosques de AnyTa. La engullía hasta volver a darle forma. La muchacha sentía sus ramas y sus arbustos y sus riachuelos mezclarse y escurrirse como arena que deja rastros en las manos del invasor. Los acordes alcanzaron su máxima intensidad y AnyTa, Ana y Tanwen, Tanwen, Ana escuchó claramente a sonrisas y piedras y sol cantar su canción. Todos sus lenguajes estaban juntos por primera vez, reconstruyendo a Babel con el discurso universal que juega a engullir a Dios. Oleaje yacía ahí, derrotado, con la sonrisa de la victoria. La muchacha apenas podía recordarse.

-He estado escribiendo mucho desde que llegaste a mi vida- le dijo súbitamente. -¿Sobre mi?- preguntó Oleaje. –No sobre ti, sino sobre lo que tu amor me ha enseñado a ver-. –Quiero leerlo-. –Traigo todos mis escritos en la mochila. Déjame voy por ellos-. Oleaje repasó aquellas palabras escritas sobre el cuaderno con la paciencia inquebrantable de la primera vez que vio a AnyTa. Al terminar, dejó las hojas en la cama, miró al techo y suspiró largo y profundo. Su mirada se había desvanecido. La mujer aguardaba con una sonrisa grande y piedras y sol. Esperaba que él volteara y que con los ojos la arropara, provocando nuevamente la explosión de todas las cosas. Jamás sucedió.

Oleaje volteó, efectivamente, pero con la mirada de lluvia desbordándosele. –Yo no conocía mi respiración antes de conocerte, AnyTa-dijo. -Ahora me siento más vivo que nunca. Todo lo veo más claro-. –Que bueno, amor- respondió la mujer; -Espera, no he terminado- atajó Oleaje. –Toda mi vida sentí una asfixia constante. Un ahogo que me empujaba a respirar fuerte; a combatir. El mundo era mi asfixia y mi motivo. Eso es lo que siempre he sido. Un guerrero en estado de alerta. Ahora que puedo respirar, no hay razón para estar contra el mundo. No tengo razón de ser. Sólo soy un cuerpo inerte que respira… y es insoportable. Necesito reencontrarme y eso no puede suceder mientras esté contigo- sentenció.

Se levantó de la cama y besó la frente de la muchacha inmóvil que respiraba lento. Se vistió tranquilo y salió del cuarto, buscando combates. Al oír la puerta cerrarse, AnyTa separó sus labios y emitió un grito constante y agudo durante cinco minutos. Se vistió también y salió. Al llegar a casa, decidió escribir en una hoja su epitafio:

Bajo tu nombre fui bautizada cuatro veces. Las primeras tres llegaron con tu oleaje anclando en mi arena. Así te ame tres veces entre tus palabras de sal. Este cielo oscuro que hoy me viste es testigo de la retirada de tus brazos húmedos. Fuiste mi simiente y fin. Este desierto que ahora soy recibe tu último bautismo. Te enterraré con mis recuerdos. Me llamaré Ana y moriré tranquila.

Ana por fin había recuperado sus recuerdos. Se sorprendió acompañada por dos pequeñas lágrimas que se asomaban discretas. Cernunnos seguía sentado frente al televisor. Amaba a ese flacucho. Lo otro había sido simplemente un enamoramiento juvenil. Este hombre de la sala era todo lo que siempre había querido tener. Ahora que había aprendido a recordar lo sabía.

Quitó las lágrimas de su mejilla y se fue a sentar al lado del pelirrojo. Cernunnos estaba pensativo. Volteó y se dirigió a su mujer. –Sabes, corazón, te pregunté por la palabra “simiente” porque hace poco tuve un sueño donde alguien me decía: “la simiente es el inevitable final”. Después de pensarlo mucho, creo que la palabra final no debe tomarse literal. Creo que la frase significa que toda causa tiene su consecuencia-. Ana sonrió tiernamente –No amor, significa que todo principio lleva contenida su propia muerte-. Se levantó y le besó la frente. –No te quedes hasta tarde aquí. Te espero en el cuarto-. Ana subió las escaleras sintiéndose ligera. Cernunnos se quedó profundamente confundido.

Ana repasó por última vez esa sensación de agua recorriendo su cuerpo. Tenía aun el oleaje impregnado en sus labios. Recordó el momento en que conoció a Cernunnos y ese fuego en su mirada que la consumió en un instante. Hacía varios años que había decidido exiliar la humedad de su existencia. No había entonces forma de apagar la flama voraz que le recorría aquel día en la plaza cuando miró por primera vez al pelirrojo. Y ella estaba feliz por eso. Ese calor proveniente de Cernunnos le había hecho volver a sentir su cuerpo. Decidió dormir arropada por la luz que desprendía aquel flacucho desvelado que ahora concentraba su atención en el televisor.

2 comentarios leave one →
  1. abril 14, 2009 12:49 pm

    Un nombre más y tendré que llevar un cuaderno de notas para seguir tu novela. Los últimos dos capítulos los siento muy cohesionados. El epitafio que citas te quedo bueno. Creo que suena una voz femenina en él.

  2. abril 14, 2009 2:03 pm

    jajaja, ni hablar, a Ana le dio por cambiar de nombres… fuera de eso, la cosa no es nada complicada… los personajes importantes hasta ahora son 6: las 4 mujeres, que son Ana (la esposa), Ana Tanwen (la runaway girlfriend, jejeje) y las hermanas Ana y Tanwen, que viven en una época lejana; y por otro lado están Cernunnos y Oleaje, para el contrapeso masculino… los demás son personajes secundarios (Marta y los abuelos de Cernunnos, hasta ahora).

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