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  • En el principio el dios judeocristiano crea el Universo pero no lo nombra -no lo necesita, conoce el nombre verdadero de todas las cosas. Crea también al hombre y le otorga tres regalos magníficos y terribles: una mujer, libre albedrío y la facultad de nombrar el mundo. 
  • Muchos ciclos después,  a Moises le es revelado, en el ascetismo del cansancio y la rebeldía de los suyos, el mismísimo nombre de dios.
  • En Hellboy (Del Toro, 2004) el ubiquo Rasputín necesita el nombre del monstruo para desatar el fin de los tiempos humanos; lo obtiene, pero una mujer se interpone y el chico del infierno se castra los cuernos.
  • Nombres especiales utilizan los cantantes, actores, prostitutas, espías, superhéroes, delincuentes. No desean revelar su verdadero nombre, serían vulnerables.
  • Ardua labor y gran controversia ocasiona la traducción de un título, de una obra cualquiera. El autor ha puesto todo su empeño en cincelar una frase definitiva, perfecta. El traductor, inevitablemente, la destroza. Traducción es traición, lo sabemos. Si la nueva frase es mejor, no nos importa.
  • Cientos de libros nos ofrecen miles de posibilidades para nombrar a nuestros hijos. Nombres tradicionales, de moda, exóticos. Para niños y niñas. Con significado, mitología, historia y etimología. Los padres usan estas enciclopedias onomásticas, y terminan marcando a sus vástagos con sus propias filias y fobias.
  • En el bajo mundo del Derecho, que haría las delicias de Wittgenstein, un solo nombre equivocado convertiría en fantasma cualquier hecho cotidiano.
  • El título de este post corresponde al de un blog que ha tomado a su vez el nombre de una posición erótica, que podríamos traducir libremente como “vaquera invertida”.
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