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Me gusta, con su tenue luz inicial, el primer párrafo del Moby Dick de Melville; la ensoñación y el hastío de Ismael, cuando ansía el mar como un nuevo bautismo.

Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa cuánto hace exactamente—, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustitutivo de la pistola y la bala. Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los míos respecto al océano.

Me recuerda, por azaroso juego de palabras y de sentimientos, un fragmento de un verso de Neruda, en Walking Around:

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío

Ese ataque a lo cotidiano, a las formas continuas:

sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores

Uno de mis inicios de texto favoritos es, sin duda, el del Génesis:

1:1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra. 
1:2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Esta es otra versión de este par de líneas elementales:

1 1 Al principio Dios creó el cielo y la tierra. 2 La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se movía sobre las aguas. 

A diferencia de Melville y Neruda, el anónimo autor o compilador del Génesis establece la misma pureza que  buscan aquéllos, pero lo hace de la forma fácil: el mundo está recién hecho.

Imagino a los escritores meditando largamente el párrafo inicial, especialmente de las novelas. Los veo tachar, escribir y romper muchas hojas, encendiendo un cigarrillo maltratado, con la luz encendida y las persianas corridas. Casi siempre los imagino con una botella de ron o algo parecido, aunque sin duda los debe haber abstemios.

Los párrafos cambiarán de lugar algunas veces, añadirán un verbo fulminante, un adjetivo redondo y hermoso; el nombre del protagonista les causará sudoración.

A falta de formación profesional y de espíritu combativo, prefiero escribir sobre las rodillas. Mi párrafo inicial es casi siempre una aventura, una apuesta. Rara vez lo reviso, casi nunca lo cambio. Una palabra repetida o un error ortográfico me devolverá sobre las líneas, pero no como una disciplina sino como un descuidado corrector.

Cuando Melvillle escribió sobre el mar purificador, quizá tenía ya en mente su novela y muchos de los personajes, el final y las olas; tal vez un fragmento más afortunado o aburrido ocupó el lugar inicial. Quiero pensar que no lo sabremos.

 

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