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CON OLOR A PASTO XI

abril 17, 2009

El celta se ha despertado temprano este domingo. Ha vuelto a soñar con el ciervo, pero en esta ocasión ambos corren, fraternales, siguiendo la corriente de agua. La mujer de siempre los espera al final pero no les dirige la palabra. Simplemente los mira tiernamente. El pelirrojo y el animal se voltean a ver desconcertados. La muchacha suspira, les manda un beso y se diluye entre las aguas que los acompañan.

De pronto Angus, el abuelo, aparece en escena y se sienta entre Cernunnos y el ciervo. –Abuelo, hace tres años que moriste pensé que no te volvería a ver-. –Todos dicen eso cuando se reencuentran con sus muertos- dijo Angus entre carcajadas. –Tú me has llamado el día de hoy. Dime qué puedo hacer por ti- le dijo a su nieto. Cernunnos le narró la serie de alucinaciones y sueños que había tenido desde hacía algunos años. El ciervo escuchaba atento el relato.

Le contó también que en esta ocasión la mujer no le había dirigido la palabra. -¿Te acuerdas, abuelo, que cuando era niño me dijiste que tenía que regresar a mi tierra para reclamar un tesoro que me pertenecía?-; -claro Cernunnos. ¿Ya fuiste a reclamar lo tuyo?-; -no, creo que abandoné ese sueño hace tiempo. Ni siquiera he podido juntar dinero para ir a Escocia-; -no, mi querido ciervo, no necesitas viajar a Escocia para eso. Tú provienes de una raza antigua: los celtas. En la tradición de nuestra gente se considera como nuestra tierra a un lugar que no existe en este mundo. Algunos escritores contemporáneos lo identificaron como el lugar de los muertos. La verdad es que para nosotros era mucho más que eso. También nuestros ancestros decían que los muertos no hablaban con los vivos.

–Pero tu estás muerto también abuelo y sin embargo me estas hablando-. –Yo no he muerto, Cernunnos. Simplemente transité a otro estado, regresé a nuestra tierra. El silencio de la muchacha simboliza ese algo que ahora comienza a morir en ti. –Todos los días siento que no respiro suficiente, siento que morí hace mucho, entre los bosques, cuando traicioné a aquella muchacha… se llamaba-, -conozco su nombre- respondió Angus. –No es importante nombrarla, lo importante es que ese día tu fuego se apagó un poco. –Sí, justo eso- respondió Cernunnos. –Hace varios años ese fuego casi se apaga al borde de una cama, con aquella mujer asfixiante huyendo-. -Hijo, todas las cosas contienen su propio final-; -ya había escuchado eso- interrumpió el flacucho. –Extingue tu fuego o aviva la llama, sólo así podrás volver a respirar tranquilo-. La figura del abuelo desapareció.

El flaco lloró desconsolado mientras el ciervo lo observaba conmovido. Sentía un poco más seco su corazón, pero su latido le era aun distante. Se recostó en el pasto a descansar. Despertó gritando y llorando. –Tranquilo, amor, es un mal sueño. Estás aquí en casa conmigo- le dijo Ana Tanwen. Despertó de nuevo, tal vez por primera vez. Era domingo por la mañana y la cama le resultaba demasiado incómoda.

Se levantó despacio para no despertar a su mujer. La observó por veinte segundos y descubrió que Ana estaba instalada profundamente en su sueño. Sonreía tranquila. El celta se inquietó un poco. -¿Cómo es que puedes ser feliz conmigo, Ana? Yo ni siquiera pienso en todos los años que me has acompañado. Mi corazón está en otra parte. En ese bosque que redescubrí con Tanwen. En la vieja cafetería donde aprendí a amar ese silencio que provenía de las palabras de Ana Tanwen- pensó. -¿Cómo es que eres feliz?- esta vez lo había dicho con un dejo de envidia. Se reprendió al instante. Su corazón no podía admitir en esos momentos ningún sentimiento mezquino. Eso lo alejaba de la rubia de la cafetería.

Decidió bajar a la sala y prender de nuevo el televisor. No había nada interesante. Era muy temprano. Se quedó mirando fijamente al suelo. -¿Quién diablos es esa Tanwen de tiempos lejanos?- dijo en voz baja. –No, no existen otras vidas. Eso es sólo charlatanería de los esotéricos para vender todo lo que esté a su alcance. Es simplemente un reflejo de cuánto extraño a Ana Tanwen-. Su mente estaba satisfecha con la respuesta, pero su corazón seguía pidiéndole respuestas. Decidió salir a caminar. Eso le ayudaría a distraerse.

El celta caminó por un largo trecho y terminó corriendo. Anduvo por buena parte de la ciudad hasta que se cansó. Después de tanto tiempo, por fin respiraba bien. El sudor refrescaba su cuerpo y sus ideas. Se sentía maravilloso. Ancho. Completo. Su corazón estaba despierto y emitía fuego de nuevo. No importaba nada más. Ana, Tanwen y Ana Tanwen se podían ir al carajo. Su corazón latiendo era todo lo que necesitaba. Sonrió.

Empezó a caminar para disfrutar su nueva condición. Para desmenuzarla y saborearla. Pasó junto al puesto de periódicos y centró su atención en los diferentes titulares. Uno de ellos destacaba la llegada del equipo de Cernunnos a la final del campeonato. Habían pasado quince años desde la última vez que eso había sucedido. El flacucho jugaba en una liga amateur y acudía de lunes a viernes a la cafetería que estaba enfrente de su escuela para visitar a la dueña: una bella rubia que además atendía el lugar.

¡Todo era tan perfecto ahora! Su corazón había renacido y su equipo llegaba a la final ostentándose además como el claro favorito. Decidió comprar el ejemplar para seguir alimentando su alegría. Siguió caminando y se sentó en una banca del parque ubicado a dos cuadras. Terminó de leer la crónica y empezó a sentir una euforia indescriptible. Volteó el periódico para leer la parte inferior de la primera plana. Se quedó petrificado. La imagen que ahora inundaba sus ojos paralizó su cuerpo.

Una pequeña nota narraba el arribo al país de la afamada escritora Ana Tanwen, después de tres lustros de residir en Glasgow, Escocia. Venía por una buena temporada para empezar a escribir su nueva novela y había aprovechado para presentar su más reciente producción literaria. Se trataba de una historia situada en el año 1147 sobre una muchacha celta de dieciséis años que, luego de un suceso oculto durante buena parte del relato, decide exiliarse para reencontrar los latidos de su corazón. Después de algún tiempo de viaje, conoce a un guerrero que la hace despertar al amor.

 

“La escritora estará presente este domingo en la librería de la Universidad a partir de las 11 de la mañana para autografiar ejemplares y platicarnos sobre su libro”, sentenciaba el diario. Cernunnos sintió todos los sonidos del mundo en un parpadeo. Esta mujer se le había desaparecido por completo durante tanto tiempo y de pronto estaba a tres cuadras y quince minutos de distancia. Vio su reloj para estar seguro. Eran las 10:45. Su cuerpo estaba seco y sus ganas desbocadas.

Llegó a la librería y aguardó por 25 minutos. Por fin, la mujer arribó al lugar. Todo era luz alrededor de la rubia. Se veía más bella que la última vez. Transpiraba la edad por los poros. Sus batallas. Sus sueños. Nuevamente todo empezó a transcurrir más lento. Cernunnos había tratado de poner atención a la charla, pero sólo podía escuchar a la mujer diciendo las primeras palabras: ¿C o n  p a p a s?

Cuarenta minutos después, Ana Tanwen terminaba de firmar autógrafos. El flacucho esperó hasta que ella estuviera completamente sola. Se aproximó a la mesa, al final del riachuelo, donde la mujer que sostenía un alcatraz lo esperaba. Tragó saliva y la enfrentó. –Hola. Me gustó mucho la presentación de tu libro- dijo. La mujer levantó la cabeza y lo miró sumida en una profunda paciencia maternal. –Querido, sabía que no podías perderte la presentación de mi libro. Ya casi no te recordaba, pero sigues siendo ese muchacho futbolero que odia lo cursi- dijo fríamente.

Cernunnos literalmente se derritió frente a ella, como aquella muchacha de la película, Amélie, cuando ve a Nino salir de la cafetería sin que ella pueda confesarle sus sentimientos. –He cambiado desde entonces- le contestó. Ana Tanwen rió. –Mi querido ciervo, Siempre que sembramos algo sabemos lo que de ahí crecerá. Seguirás siendo lo que eres hasta el final- sentenció.

3 comentarios leave one →
  1. abril 17, 2009 8:06 am

    Ana Tanwen es muy maternal. ¿Será la mujer de Cernunnos? Yo prefiero algo más conflictivo: la tensión del conflicto es más sensual. También la siento profundamente lejana. Cernunnos está a años luz de esta mujer. Ana, por el contrario, con su felicidad sin nombre, es maravillosa, pero sé que quizá eso no es suficiente. Hay algo más en este texto que no he descifrado en la primera lectura, no sé qué es. Vuelvo al rato.

  2. abril 17, 2009 1:16 pm

    Las oleadas de hierba empujadas por el viento. Una ilusión hecha realidad, un entretejido de sentimientos dispares.
    Un chorro de talento concentrado en un texto corto, pero suculento.

    Un saludo desde Barcelona – Barçelona es bona si la bossa sona, pero tan si sona com si no sona, Barçelona sempre es bona.

  3. Edgar Sandoval Gutiérrez permalink*
    abril 22, 2009 12:07 pm

    Es precisamente esa lejanía de Ana Tanwen la que tiene a Cernunnos tan centrado en ella. Esa imposibilidad de tenerla le resulta hasta sensual a él. Ana es maravillosa, sin duda. Esa felicidad anónima suya, aunque sostiene a Cernunnos, quizá es lo que evite que se de cuenta.

    Eduard, mil gracias por tu comentario. Un halago suculento, concentrado en una línea corta. Espero sigas leyéndonos y saludos hasta Barcelona!!

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