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CON OLOR A PASTO XII

abril 23, 2009

***

Un par de rayos de sol aterrizaron en el rostro de Tanwen. La habitación donde dormía junto con su hermana tenía una ventana grande que quedaba justo enfrente de su cama. La sensación de calor en la cara la fue despertando lentamente. Acababa de tener un sueño extraño. Había visto a un hombre y una mujer parados frente a frente en un lugar que le resultaba completamente extraño. Ninguno de los dos emitía palabra alguna, pero sus miradas se enfrentaban diciéndose cosas. Más que cosas, se decían imágenes.

Él le planteaba una montaña desde la cual se podía ver un valle. Ella contestaba con cielos grises enfurecidos que amenazaban a los bosques. Él intentaba abrazarla con las ráfagas de fuego que se le desbordaban del pecho. Ella se defendía con una mirada de mar que lo cubre todo. El hombre no pudo más y se disolvió entre las olas que se desprendían de la mujer. Tanwen literalmente vio al hombre deshacerse y quedar como restos de agua en el suelo. Sintió una profunda tristeza por aquel extraño derrotado. Ahora que había despertado se preguntaba cuál habría sido el significado de ese sueño.

Decidió levantarse de la cama y respirar profundo. Era su pasatiempo favorito: aspirar con todas sus fuerzas hasta que sus pulmones y su abdomen se llenaran por completo. En el momento en que sus entrañas parecían explotar, le gustaba jalar un poco más de aire y luego soltarlo todo desbocadamente. Como si su aliento fuese perseguido por algún animal a lo largo de un riachuelo.

Inmediatamente después corrió hacia la ventana y observó un baile que se desarrollaba a unos cuantos metros de su ventana, en ese pueblo en el que había vivido toda su vida. Respiraba esa sensación de fastidio de la muchedumbre. Escuchaba las muchas voces de allá afuera, pero sólo las podía percibir como un lejano rumor oceánico. Le gustaba experimentar eso. La hacía sentir como una con todas las cosas en el mundo. Ni siquiera podía distinguirse entre las notas musicales de los muchos bardos que navegaban por el pueblo. Pero además podía notar las sensaciones que experimentaba cada caminante. Eso la hacía sentirse poderosa. Era capaz de leer a las personas. Le gustaba seleccionar a una de ellas cada día para adivinar su estado de ánimo o sus preocupaciones.

Esa mañana decidió que le interesaba saber sobre un hombre de mediana edad que caminaba alrededor de un árbol. El hombre vivía en un pueblo cercano y ella lo había visto varias veces pero desconocía su nombre y su historia. Prefería que fuera así. La adivinación perdía sentido si se tratara de alguien cercano, que por lo mismo resultara predecible. El hombre retorcía sus bigotes largos y de cuando en cuando manoteaba. Su mirada estaba clavada en el suelo. De pronto, se detenía y fijaba su mirada en algún punto del árbol. Tanwen se aventuró en su pronóstico: creo que acaba de morir su esposa y no sabe ni siquiera cómo aceptarlo. Se sintió satisfecha con su especulación. Estaba segura que era cierta. Una sonrisa grande se le desbordó del rostro.

Ana, su hermana, despertó de pronto, ante el ajetreo que se colaba en la habitación. Se levantó de un solo movimiento, ligera. Parecía como si el mundo no pasara por ella. Se acercó curiosa hacia donde estaba su hermana. -¿Qué haces, Tanwen?- preguntó mientras veía hacia afuera. Antes de que la hermana contestara, Ana siguió hablando. –Pobre hombre ese del árbol. Creo que se siente muy solo ahora que murió su esposa- dijo sin reparar mucho en ello. Tanwen la miró fijamente, envuelta en una incredulidad que la asfixiaba. ¡Cómo era posible que Ana pudiera percibir esas cosas sin siquiera seguir un ritual como ella!

Súbitamente sintió al viento entrando desbocado por su nariz. Pero ahora la sensación no era placentera. No podía entender que Ana pudiera tener esas cualidades y menos que no le importara. Se sintió terriblemente culpable. No podía sentir eso respecto de su hermana, que siempre había sido su cómplice de aventuras y sueños. Exhaló profundo para regresar al viento a su lugar y abrazó a su hermana. –Espero que hayas dormido bien, Ana- le dijo. –Claro, dormí contenta pensando que hoy va a ser un día espléndido-. Tanwen se maravillaba por ese optimismo constante de su hermana. Eso volvía mágico todo lo que ella hacía.

Ana aprovecho la mañana para dibujar. Le gustaba plasmar todo lo que veía en el pueblo y luego repasarlo con la mirada. No le gustaban las palabras: eran mentirosas y disfrutaban mezclándose para formar ideas confusas en las personas. Un hecho jamás podría ser descrito de forma fiel por las palabras. Prefería las imágenes, porque eran capaces de reflejar de forma exacta a las cosas. Sin la tediosa necesidad de ofrecer explicaciones sobre éstas. -Las palabras justifican, las imágenes muestran sin pretensiones- le dijo un día a Tanwen en una discusión de adolescencia.

Los trazos que posaba a diario sobre diferentes materiales le producían una sensación de no existir en ese mundo de allá afuera, tan lleno de discursos. Podía ser ojos, ramas, arena, agua de mar o montañas con el simple hecho de mover sus manos al compás de las escenas que la vida le regalaba a diario. Sabía que era feliz por el simple hecho de vivir. Ni siquiera le interesaba compartir esa vida con alguien más. Tal vez sólo con Tanwen, su gran cómplice. Desde muy niña disfrutaba de tener tan cerca a alguien que no la juzgaba por su forma de ver al mundo. Tanwen regularmente no estaba de acuerdo con la forma de pensar de Ana, pero la respetaba y la defendía de todos los que la cuestionaban, incluyendo a sus padres.

Ana había descubierto con el correr de los años que esa forma de ser le otorgaba la posibilidad de ser normal, de mezclarse entre la gente sin ser percibida. Entendía que lo que uno da es lo que uno recibe. Así de simple. Cuando interactuaba con las personas les decía cosas sencillas y obtenía de ellos respuestas sencillas. El resultado final era que las otras personas se sentían incluidas en la vida de la muchacha y que ella lograba que nadie se incluyera en la suya. Así de simple. Por esta misma razón, había logrado ahuyentar a todos los hombres que tenían pretensiones amorosas con ella. Llegaban ante Ana, cargados de lenguaje complicado en algunas ocasiones y de acciones pretenciosas y rimbombantes la mayor parte de las veces. Ana respondía sencillo y los hombres se veían obligados a simplificarse. Eso los sacaba de control y terminaban por huir pronto.

4 comentarios leave one →
  1. abril 27, 2009 2:42 am

    Me ha encantado la historia. Me gusta la gente que puede llegar al alma de las personas y saber de ellas con tan sólo observarlas. No todo el mundo es capaz de empatizar y sentir a través de los demás haciendo la experiencia ajena como propia.

  2. abril 27, 2009 10:45 am

    Que bien que te esté gustando la historia!!! ojalá sigas leyéndola.. Creo que la virtud de Ana es que va viviendo la vida sin metafísica, como el poema V de Alberto Caeiro y eso le hace estar más en sintonía con las cosas… tal vez sea que no se toma la vida tan en serio y por eso puede empatizar mejor. Pero definitivamente, como tu bien lo planteas, ella ha sido bendecida con el don de hacer propia la experiencia ajena.

  3. abril 28, 2009 1:54 pm

    Bueno, me parece que Tanwen tiene también lo suyo, no veo por qué siente esa envidia hacia su hermana; es decir, ha adivinado correctamente, y apenas si se lo propuso.

    Ana es demasiado etérea, imagino a Tanwen incluso más atractiva, más cálida y corporal.

    Siguiendo a Kundera, creo que Ana es levedad, Tanwen es peso contra la tierra.

  4. abril 28, 2009 4:53 pm

    No podría estar más de acuerdo con tu comparación Kunderiana de Ana y Tanwen… creo que los celos son en parte porque a Tanwen le gustaría esa ligereza de Ana para que el mundo no le pesara tanto. Yo también imagino a Tanwen más atractiva, aunque suela ser Ana la que captura las miradas de lso guerreros.

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