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-¡Es fundamental alinear los objetivos de los programas presupuestales con las estrategias sectoriales, atendiendo siempre a criterios de eficiencia técnica y de gestión!- sentenció el jefe de oficina y salió de la sala. Cada uno de los asistentes comenzó a levantarse de la mesa. Juan Sanchez fue el último en hacerlo. Estaba terminando de escribir algunas cosas respecto de lo expuesto por su jefe en la reunión. Si de algo se sentía orgulloso era de su disciplina laboral y de su eficiencia para hacer las cosas. Además, le gustaban las juntas porque todo mundo hablaba un lenguaje que podía entender a la perfección: presupuestos por resultados, cumplimiento de metas, estudios de factibilidad. Todos términos que incluso le despertaban una ligera cosquilla abdominal.

Caminó rumbo a su cubiculo y se sentó frente a la computadora. Inició el sistema de seguimiento de indicadores y cargó en él la información sobre los programas de tipo H, incluyendo una descripción detallada de los procesos de todos y cada uno de los productos y servicios que generarían dichos programas a lo largo del año, las proyecciones anuales y trimestrales de las metas y un anexo que vinculaba los programas H con los XX, que eran de especial prioridad para la Dirección General de Asuntos Intrascendentes a la cual pertenecía desde hacía 15 años.

Juan Sanchez jamás había leído a Hobbes, ni sabía de aquel Estado de Naturaleza caótico y sin ley que plantea el autor como abstracción para derivar el surgimiento del Estado como sustentante legítimo del monopolio de la fuerza. Mucho menos sabía de Max Webber y su idea de que los Estados modernos están caracterizados por la dominación legal-racional, encarnada en la burocracia como organización más elaborada del capitalismo. Juan era parte de esta compleja maquinaria que da vida al Estado cada día.

Se levantó por una taza de café para seguir alimentando el sistema de indicadores. Al pasar junto al cubículo de al lado vio que su compañero no estaba y que había dejado un libro. Lo abrió en la primera hoja y leyó:

Toda explicación de los orígenes del estado parte de la premisa de que “nosotros” (no los lectores, sino algún nosotros genérico, tan amplio que no excluya a nadie) participamos en la creación del estado. Pero lo cierto es que el único “nosotros” que conocemos (nosotros mismos y las personas que nos rodean) nacemos en el estado; y nuestros antepasados, hasta tan lejos en el tiempo como podamos remontarnos, también nacieron en el estado. El estado está siempre ahí, antes que nosotros. (J.M. Coetzee, Diario de un mal año).

Juan experimentó inmediatamente una visión…

Autor: Spencer Tunick

foto de: Spencer Tunick

 Regresó a su lugar y se rascó la cabeza con el borrador de un lápiz. Miró a la pantalla y siguió escribiendo.

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