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El sol atravesó finalmente aquella ventana grande resguardada casi por completo por una cortina color gris. Aquel brazo tibio y luminoso se posó sobre el rostro de Adán Giots. Frunció el ceño ligeramente, pero se mantuvo fiel a aquel sueño que lo inundaba.

De pronto, una voz femenina cavernosa surgió del costado de su cama -son las 7 horas y 45 minutos-. Abrió los ojos, confundido. Todo era borroso y en su mente retumbaban cada vez más fuerte aquellas palabras. Apretó el botón grande del despertador. La voz cesó su monólogo. Cerró los ojos y todo se volvió oscuro de nuevo. -Son las 7 horas y 55 minutos- espetó de nuevo aquella voz. Se levantó en automático y se dirigió al baño. Se colocó frente a la taza y bajó un poco el pantalón de su pijama. Todos los pecados del mundo le fueron perdonados en ese instante. Subió el pantalón y se acomodó frente al espejo.

No lograba distinguir su silueta claramente, pero podía ver su cabello revuelto y abultado en ciertas zonas de su cabeza. Gruñó brevemente y se regañó a si mismo por haber despertado tan temprano en sábado. ¡Al fin una idea clara en su mente! Recordó el motivo de esta desmañanada cruel: había quedado de ver a Amanda Carrillo a las 10 de la mañana para desayunar. Giró rápidamente ambas llaves de la ducha y dejó que su cuerpo fuera cobijado por aquella humedad constante.

Conforme el agua fluía, Adán iba recuperando ideas sueltas. Estaba emocionado por su encuentro con aquella chica. Había conocido a Amanda mientras ambos estudiaban arquitectura. Su escuela era tan grande que a pesar de pertenecer a la misma generación habían pasado un año y medio sin conocerse.

Al inicio del cuarto semestre les había tocado tomar una materia juntos. Él la notó desde la segunda clase y le pareció simplemente hermosa. No obstante, su timidez le impidió acercarse a ella antes de la mitad del curso. Para su fortuna, habían sido elegidos para exponer un tema de forma conjunta. Luego de un par de frases de rigor para presentarse, Adán la invitó a tomar un café para ponerse de acuerdo. Era la estrategia clásica, pero no por ello menos efectiva.

Desde esa primera vez la conversación fluyó de forma natural y abundante. Tenían en común ciertos gustos musicales y de lecturas. Pasaron el resto del semestre compartiendo tiempo: muchas salidas al café, alguna que otra fiesta y horas de desvelo para la presentación. Concluida la materia, se encontraron un par de veces más durante las vacaciones, en reuniones organizadas por amigos en común.

Al regresar a clases él había decidido pedirle que fuera su novia, pero pronto descubrió que ella había iniciado una relación un par de semanas antes. Mantuvo por algunos meses la cercanía, pero poco a poco fue tomando distancia. Le resultaba difícil ser simplemente su amigo.

Desde esa época hasta que terminaron la carrera, ambos tuvieron un par de parejas y algunas aventuras ocasionales. Habían mantenido la costumbre de irse a tomar un café y desayunar de vez en cuando para ponerse al corriente de lo que acontecía en sus vidas. Todo transcurría en términos de una sana y distante amistad que circulaba en torno a aquellos meses compartidos durante la escuela.

Al concluir sus estudios los encuentros se volvieron más esporádicos. No obstante, Amanda inauguró, durante la primera cita post-graduación, una costumbre que duraría por varios años. Ella tenía algunos meses sin pareja y empezó un ritual de coqueteo con Adán. No pasaba de un par de halagos y la mención sutil de lo bien que se entendían ambos, de lo mucho que resultaban compatibles.

Él llevaba un tiempo en una relación en la que se sentía contento, pero decidió seguir el juego un poco, hasta donde no resultara peligroso. Ella siempre terminaba pidiéndole su número de celular, “para mantener actualizada mi agenda”, decía. Adán le escribía los 10 dígitos en una servilleta y se quedaba callado. Terminaban despidiéndose torpemente con un abrazo ligero. –Estamos en contacto- decía siempre Amanda. –Claro- alcanzaba a contestar Adán y se daba la media vuelta apretando los puños para no voltear. Duraron 5 años siguiendo el mismo rito.

Esta vez era diferente. Él acababa de salir de una relación y ella, según se había enterado, tenía un buen rato sola. Además, tenían más de dos años sin verse. Se habían encontrado el miércoles anterior a mitad de la Alameda. Adán iba de camino al trabajo y se detuvo un minuto para saludarla. Quedaron de desayunar en el lugar de siempre. Luego de la despedida acostumbrada, él siguió su camino con el corazón latiéndole con fuerza.

Adán salió de la regadera y se contempló durante algunos minutos en el espejo. Estaba confiado en que esta vez podía suceder algo. Se puso su colonia favorita y salió a elegir un atuendo adecuado: relajado para un sábado por la mañana, pero que le diera una imagen de pulcritud. Se decidió por unos jeans, una camisa a rayas desfajada y un par de zapatos bien boleados.

Eran las 8:40 y él ya estaba listo. Quedaba mucho tiempo aun. Decidió salir a la esquina a comprar el periódico. Regresó a casa y se concentró en las páginas deportivas. El equipo de béisbol local acababa de perder la serie de playoffs una vez más. Adán agarró la sección deportiva y la aventó al suelo. –¡Otra pinche vez perdieron estos cabrones. Jamás vamos a ser campeones!- gritó. Se recompuso un par de segundos después y se sentó a leer las otras secciones.

Terminó su revisión rápida de las páginas. Volteó a ver el reloj de la cocina. Eran las 9:25. Aun quedaba algo de tiempo, pero él quería irse ya. Lo meditó por un par de minutos y decidió salir de casa. Subió al carro y se sintió nervioso. Arrancó y quince minutos después ya estaba en la entrada del lugar de siempre.

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