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CON OLOR A PASTO XIII

abril 30, 2009

Esa mañana decidió dibujar el rostro de aquel hombre desolado por la pérdida reciente de su mujer. Pudo definir de forma exacta cada rasgo de aquella escena. No obstante, cuando llegó a los ojos, no pudo lograr la combinación de luces y sombras que reflejara lo que ella había visto. Decidió no desesperarse y dejar para más tarde el trazo. Se levantó y fue justo frente a la hoguera que a diario se encendía en su hogar. Le gustaba ver bailar al fuego. Le gustaba jugar a que ella era la que movía aquella flama. Movía las manos al azar y el fuego jugaba a seguir sus movimientos. Lo hacía así desde hacía muchos años y ese ritual le brindaba una tranquilidad maravillosa. Tal vez la necesaria como para terminar su esbozo.

Se puso de pie y empezó a bailar al compás que la música que escuchaba en su interior le dictaba. El fuego tardó en seguirle el paso, pero después de un par de minutos se acopló a los movimientos con una precisión increíble. Ana empezó a sentir una sensación cálida que le recorría el cuerpo. Empezó a escuchar todos los sonidos que provenían de afuera. No eran sonidos armónicos. Cada uno marcaba su propia ruta, pero la muchacha sabía que podía hacer que su cuerpo replicara cada uno de los ritmos que la visitaban en este momento. La fogata enloquecida la seguía casi extasiada. Casi no se podía distinguir quien era huesos y músculos y quien ráfagas de calor rojizo.

De pronto Ana se percató de que había dejado su pueblo. Estaba en algún lugar de la campiña que le resultaba conocido, pero que no podía reconocer en ese momento. Había dejado de ser Ana. Ahora era un animal corriendo al lado de un arroyo. Sabía que era perseguida por alguien, pero no podía reconocer ningún rostro. Solo sentía una respiración agitada que la cubría por completo y le dificultaba avanzar. Sin embargo, ese aliento no tenía la seguridad de quien sabe que está por atrapar a su presa. Ese otro ¿acaso sería otra? se sentía alcanzado por la angustia de Ana hasta no poder escapar. Decidió parar. Las dos respiraciones se mezclaron y se tornaron apacibles. Un largo silencio se dibujaba en el ambiente.

A lo lejos, pudo observar a una mujer vestida de blanco que sostenía una flor entre las manos. Esperaba algo mientras miraba a aquel objeto. Lo aguardaba desde hacía mucho tiempo. Volteó a ver al animal y le dijo: -mi querido ciervo, te he estado esperando por siglos, ¿Ahora sí piensas cumplir tu promesa?-. La muchacha no supo que decir. Si era un animal no podía decir nada. Intento comunicarle con la mirada que no entendía a lo que se refería. La mujer de blanco sonrió y le respondió: -Tú serás la simiente de incontables finales. Es tu destino. Cuando seas capaz de mirar con esos otros ojos lo entenderás-. Se desvaneció. La persona atrás de ella empezó a llorar desconsolada y abrazó al animal. –Te libero de esta desenfrenada persecución, Ana Tanwen- sollozó. -¿Ana Tanwen?, No, soy sólo Ana. Dile a Tanwen lo que le tengas que decir- pensó.

Despertó del trance algo sobresaltada. Había derramado un par de lágrimas. Eso no era común en ella. Observó alrededor para percatarse de que nadie la hubiera visto. Estaba sola. Corrió hacia su cama y empezó a dibujar frenéticamente. Era como si algo se le hubiera atorado adentro y necesitara vomitarlo a través de sus manos. Unos minutos después había logrado expulsar la imagen: una mujer rodeada de árboles con la mirada perdonando, dirigida al horizonte… y un par de lágrimas visitando sus mejillas. Soltó el lienzo y se recostó. Se sentía agotada. Casi sin notarlo, cayó en un profundo sueño.

Ana no se dio cuenta en qué momento se había dormido. Un instante estaba en su cama dibujando y al siguiente se sumergía en la oscuridad del sueño. Se alegró porque vería imágenes de nuevo. De pronto, se vio a si misma parada en lo alto de una colina. A lo lejos se veían trazos multicolores provenientes de un viejo bosque. Le maravillaba esa estampa que no necesitaba mayores argumentos para estar. Sintió una presencia muy cerca de ella.

Volteó ligeramente para descubrir de qué se trataba y descubrió a una mujer de cabellos rubios parada a un lado suyo, con la mirada perdida en aquel cielo gris. Sus ojos dibujaban una tristeza profunda. Decidió no decirle nada y simplemente acariciar su mejilla. La mujer le correspondió con una mirada de agradecimiento. -¿Qué haces en mi sueño?- le preguntó la mujer. –Pues es que este también es mi sueño- alcanzó a balbucear Ana. La muchacha la observó detenidamente. Esa mujer tendría tal vez el doble de años que ella, pero se veía bastante joven. Lo que podía delatar su edad eran las miles de aventuras que se asomaban en su rostro. Tenía un dejo de guerrera en la piel, pero sus manos eran de cronista. No sabía con exactitud por qué lo intuía, pero el viento que recorría lentamente su cuerpo le decía que estaba en lo correcto. La primera gota de lluvia le reveló algo más.

-Te llamas Ana Tanwen, ¿verdad?- le cuestionó. -¿Cómo lo sabes?- respondió la combatiente. –Eso no es importante. Tuve un sueño en el que un hombre me daba un mensaje, pero no era para mí, sino para ti-.Ana Tanwen se mordió los labios e intentó detener esa frase que le suplicaba abandonar su boca. -¿Qué mensaje?- dijo al fin. –Me dijo que te liberaba de la persecución y te perdonó, aunque más bien creo que en el fondo suplicaba que tú lo perdonaras-. La mujer empezó a ser desbordada por su propio llanto.

–Eso nunca debió terminar así. El tesoro que me estaba esperando no se encuentra en esta tierra, sino en la mirada de ese hombre. Yo maté un pedazo de esa mirada hace muchos años. No creo que me estuviera pidiendo perdón. ¿Por qué todo siempre conduce al inevitable final?- remató. Ana entendió las palabras de la mujer del alcatraz que había visto junto a aquel riachuelo. Ella era sin duda la simiente de cosas que ni siquiera alcanzaba a entender. Se resistía a serlo. Por eso le repugnaban tanto las palabras. Hubiera preferido regalarle un cielo rebosante de azules, un par de rayos de sol, un mar tranquilo jugueteando sobre la arena.

-¿Tu como te llamas?- preguntó la mujer. –Ana- respondió. –Gracias, Ana, me has devuelto un viejo recuerdo. Es tiempo de regresar-. Ana no podía moverse. Entendía todo a través de los ojos de aquella mujer, pero no podía traducirlo en imágenes que su mente comprendiera. La mujer le sonrió y caminó en dirección contraria al bosque. Ana despertó sobresaltada. Cernunnos la abrazó y le besó la frente. No dijo nada, pero la envolvió entre su cuerpo. Ana sabía que esos brazos eran capaces de generarle un estado de absoluta tranquilidad. Cerró los ojos. Se despertó sobresaltada. Tanwen la observaba detenidamente. –Calma, hermanita, ya estas despierta- dijo.

2 comentarios leave one →
  1. mayo 5, 2009 4:36 pm

    Pues ahora todas las mujeres y toda la belleza y todo el misterio se cruzan como pintura rota. Cernunnos ha dado un paso al costado, sin querer, supongo. Es una historia femenina, ahora lo comprendo. Seguiré leyendo.

  2. mayo 11, 2009 11:18 am

    Efectivamente, las mujeres de esta historia decidieron llevar a cabo un golpe de Estado y derrocar a Cernunnos com personaje principal… aunque todas requieren de él por el momento para empezar a vincularse entre sí… la historia se ha vuelto bastante femenina, sin duda… aunque aun quedan muchas cosas por pasar.

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