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El muchacho giró en dirección contraria a ella. Dio dos pasos y se detuvo. Volteó a verla. Casi flotaba con su paso lento. Aun podía alcanzarla. Avanzó cinco pasos y aceleró. Ya estaba a cinco metros y se detuvo a contemplarla.

Era bellísima. El viento acariciaba sus mejillas y se revolvía entre sus cabellos. Amanda cerró brevemente los ojos y después tomó un instante para contemplar el horizonte. En ese momento, ella le pareció tan lejana y sutil. Alcanzó a ver aquel lunar color café, tal vez por última vez y juró que le sonreía.

Despertó de su estado de trance y una lágrima recorrió su cara. Desvió su cuerpo hacia la derecha y caminó rumbo su carro. Esbozó una sonrisa irónica y pronunció aquel nombre: AMANDA. Sacó de la bolsa del pantalón su celular y marcó un número. –Gordo, nos vemos en tu casa para ver el futbol al rato- sentenció.

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