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Mientras veía los primeros pasos de Amanda recobró las ideas que había tenido desde el miércoles. No podía ser tan complicado confesarle sus sentimientos. Lo había hecho en innumerables ocasiones con otras mujeres. Algunas casi tan bellas como ella.

Apretó los puños, tomó aire y avanzó. –Espera- le dijo a la muchacha. -¿Qué pasó?- preguntó ella. –Tengo que decírtelo ya. Me has gustado desde siempre y cada vez que te vuelvo a ver me alegras la vida. Desde aquella primera vez en la cafetería de la escuela he soñado con besar tu boca y tu lunar ¡ahh, me encanta tu lunar! No puedo más, quiero estar contigo toda mi vida- concluyó.

Amanda comenzó a llorar. Apenas podía creer lo que estaba escuchando. Secó sus lágrimas y lo miró fijamente. -Claro que me gustas, pero ha pasado tanto tiempo y hemos sido tan amigos que ya no puedo verte como nada más- dijo. Sonrió con un dejo de amargura y le dio un beso en la frente. Giró el cuerpo y siguió caminando.

Adán la observó alejarse. El pecho le dolía con cada palpitación. Cuando ella había desaparecido de su horizonte visual caminó en automático hacia el auto y se dirigió a casa. Se sentó en el sillón y tomó un cuaderno que le quedaba cerca. Agarró una pluma y una primera frase apareció sobre el papel: ¿De que se puede escribir cuando no se quiere hacerlo?”…

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