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Ese misterioso lunar café II

mayo 1, 2009

Adán se sentó en una mesa al fondo, del lado izquierdo, atrás de una ventana: no era la misma de los encuentros anteriores. Desde ahí podía ver perfectamente el momento en que Amanda entrara y le daba tiempo suficiente (unos diez segundos) como para preparar el saludo.

Una mesera se acercó y le preguntó a Adán si iba a ordenar algo. –Estoy esperando a alguien- contestó él. –Tráeme mientras un café-. La mesera se retiró y regresó un minuto después con la petición. El muchacho dio el primer sorbo a la taza. Ese sabor denso le recordó rápidamente las muchas pláticas sostenidas con Amanda ahí.

pensó un poco en todas las mañanas compartidas con aquella mujer, en su cabello color castaño, en sus ojos negros en los que solía perderse durante la plática, en aquella manchita color café –casi como lunar- cerca de su cuello, en su voz tenue y prácticamente infantil.

Miró el reloj. Eran las 10 en punto. Amanda rara vez llegaba tarde a los encuentros, así es que era cuestión de un par de minutos más para que apareciera. Suspiró nervioso y le dio un sorbo más a la taza. Esta espera le era difícil de llevar. Cerró los ojos para tranquilizarse.

Sintió cómo todo a su alrededor desaparecía. Intentó mantener la calma un poco más. Estaba a punto de tomar una decisión importante. Estaba a unos instantes de volver a ver a aquella mujer distante por tanto tiempo. Abrió los ojos de nuevo y miró hacia la puerta. Amanda acababa de llegar y lo buscaba con la mirada. Adán se quedó quieto, intentando atraer los ojos de la mujer hacia los suyos. Finalmente se encontraron. La muchacha le sonrió tímidamente.

Los años habían hecho maravillas con Amanda. Estaba más delgada, pero su silueta aun dibujaba formas interesantes. El castaño de su cabello había cambiado a negro y eso le daba un aire de mujer misteriosa e irresistible. Su falda de mezclilla le permitía lucir aquel par de piernas bien torneadas que tanto le gustaban a Adán.

Se aproximó dubitativa a la mesa donde aquel muchacho la esperaba. Un metro antes de llegar ondeó la mano tímidamente en señal de saludo. -¿Ya no te acuerdas de mi?- preguntó ella. -Me se tu nombre completo, tu tono de voz nunca se me olvida y he soñado millones de veces con besar tu lunar, cómo no me voy a acordar- pensó Adán. –Claro que me acuerdo de ti- respondió con una sonrisa grande.

Adán se paró de la mesa y se aproximó a besar su mejilla amistosamente. Amanda inclinó la cabeza y aproximó sus labios a 10 centímetros de aquellos otros. Se alejaron rápidamente y se sentaron. –Tengo suerte, porque quería buscarte y de pronto el otro día te me apareciste. Fue como si nos llamáramos telepáticamente- adelantó ella. –Siempre nos encontramos- contestó él un poco frío, intentando ocultar su nerviosismo ante tal comentario.

Platicaron de muchas cosas. Intercambiaron experiencias recientes en el campo laboral, comentaron sobre los últimos libros leídos, recordaron viejas canciones que escuchaban juntos en su época estudiantil, se pusieron al corriente sobre las vidas de sus amigos de la facultad.

La charla fluía pero no llegaba nunca a los temas amorosos. Lo más cercano había sido un “te ves muy bien” de Amanda respondido de igual forma por Adán y seguido por un cambio de tema de la muchacha. Él estaba desesperándose. Los silencios empezaron a invadir aquella mesa. –Debo irme, porque tengo un compromiso en un rato más- sentenció Amanda. El muchacho sintió desplomarse y abandonó toda idea de declararle sus sentimientos. –Está bien, pagamos la cuenta y te acompaño a tu carro- dijo vencido el arquitecto.

Caminaron hacia la salida y Adán sentía que el cuerpo se le adormecía. Dejó de prestar atención a lo que sucedía. Estaba completamente derrotado. Amanda interrumpió su estado de ausencia. –pásame tu número de teléfono y tu dirección-dijo. Adán se estremeció. Escribió por enésima vez su número sobre una servilleta. Dudó un poco en escribir la dirección y la volteó a ver. –Me acabo de cambiar de casa y aun no me aprendo mi número- mintió. La muchacha se sorprendió un poco, pero sonrió complacida. –Prometo llamarte pronto- dijo. Adán asintió.

Se quedaron ahí parados, contemplándose. –Bueno, nos vemos- dijo ella. –Sí, estamos en contacto- respondió el muchacho. –¿Ya te dije que estoy pensando en hacerme un tatuaje?- adelantó ella nuevamente. –No, no me habías dicho. Seguramente se te verá muy sexy- dijo él intentando por última vez provocar un momento propicio. Ella bajó la mirada un instante. –Bueno, ahora sí ya me voy- cortó. Se aproximó a la mejilla de Adán y la besó lentamente. Él sintió un impulso súbito por tomarla de la cintura y besarla, pero sus brazos no respondieron.

Amanda se dio la media vuelta y empezó a caminar. Adán apretó los puños y la quijada. Todas las ideas del mundo se abalanzaron sobre su mente…

4 comentarios leave one →
  1. mayo 2, 2009 6:56 pm

    Tu relato me ha tocado. Algunas partes se han volcado en un lado del cerebro que debe tener nombre y color. Que me inyecten una luz fluorescente mientras lo leo, que deseo escanearme para descubrir algunas cosas.

  2. mayo 2, 2009 8:35 pm

    Conseguiré luz fluorescente en ampolletas en alguna tienda, ahora que no es un artículo susceptible de agotarse por el pánico colectivo. Si tengo suerte, te lo mando y hacemos el experimento. Ahora bien, me intriga saber ¿cuales son esas partes que se han volcado en un lado de tu cerebro?

  3. mayo 4, 2009 4:27 pm

    Es la pregunta que yo mismo me hago. La pista se encuentra en una de las palabras más evocadoras de la lengua castellana: Nostalgia.

    Nostalgia en el cabello castaño de la joven, en sus preguntas, en la ciega rueda del destino, decisión y compasión.

    No puedo elegir ningún final, no todavía.

  4. mayo 5, 2009 10:18 pm

    Nostalgia: maravillosa palabra. A fin de cuentas muchos escribimos y leemos desde la nostalgia; desde la evocación de pasados que fueron o pudieron ser; desde la ilusión de cambiar o perpetuar con palabras la concatenación de hechos acumulados hasta ahora.

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