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La noche de los predicadores

mayo 5, 2009

Parecía un tipo normal, apenas mayor que mi padre. Conducía el taxi que me llevaba a casa la última noche, y guardó silencio durante algunos minutos. Yo miraba los neones sordos y los hombres cansados de la medianoche que volvían del trabajo como quien vuelve de una mina silenciosa y oscura.

En la radio sonaba, como una nueva invocación, un predicador amaestrado, repitiendo las fórmulas de su magia milenaria en este mundo de calles ennegrecidas y de cimas ya sin misterio. Yo escuchaba vagamente, con esa hermosa sensación de soundtrack de la radio indiferente. 

Un predicador callejero no es muy diferente de un vendedor, pensé: ambos tienen una cuota de agresividad y son molestos. Tienen un dios que desean compartir, y no comprenden que no alcances ni a percibir sus infinitas bondades, el beneficio inmediato o eterno, la salvación. Los observo con cautela, van por las calles acariciando las puertas, mendigando un poco de atención. Son pulcros y caminan derecho, se pasan un pañuelo por la frente sudorosa y te miran a los ojos. Me enferman.

El conductor miró por el retrovisor y buscó mi mirada. Entonces habló. Tardé un poco en salir de mi meditación intrascendente y poner atención a este hombre lejano que ponía en sus labios las palabras de un libro alguna vez sagrado. 

Era uno de ellos. Un predicador. Uno de esos hombres armados de luz y de verdad. Animado por la radio que sonaba comenzó a hablar de dios, del mundo y de los males. Y yo estaba allí, atrapado, en esas paredes que avanzaban sobre el asfalto nocturno, con asfixia y pensando, como John Osterman: estoy en casa, estoy desatando las agujetas de mis zapatos, estoy en mi cama. 

Las calles se sucedían iguales, como rendijas de luz. El hombre hablaba, buscaba aprobación. Yo asentía dolorosamente, mirando por la ventana. Lo odiaba, de forma íntima, impersonal y profunda.

Bajé del auto con ansiedad, casi con misericordia. Atrás dejé al hombre con sus verdades, con el conocimiento del significado último del mundo. Él sabe de qué va todo esto; el fin de los tiempos no le sorprenderá. Me observará en aquel día, quizá con lástima, hundiéndome en el fuego, de pie, entre el viento y la dulce lluvia de ceniza, en el último instante de los fatuos intentos del hombre. Será un día negro y rojo,  será la paleta de Stendhal.

9 comentarios leave one →
  1. mayo 7, 2009 1:53 am

    que flojera tratar con predicadores y mas si son de esos que no aceptan un no me interesa por respuesta, nada como decirles un “soy ateo” y predico la palabra del metodo cientifico y preguntarles porque creen en algo que nunca han visto para que te dejen tranquilo, muy buena narracion sr, felicidades.

  2. mayo 7, 2009 9:34 am

    jeronimocuadras: definitivamente tienes razón. Lo malo es que muy pocos aceptan una negativa. Están hechos de goma (sobre todo el cerebro).

  3. mayo 7, 2009 2:42 pm

    Quienes fantasean con estar en posesión de la verdad caen siempre en el error de no aceptar una opinión contraria.El fanatismo viene después. Excelente texto.

  4. mayo 8, 2009 11:54 am

    Creo en los predicadores. No entiendo esta obsesión de poner en duda sus cuentos, a veces exagerados y si quieren ficticios. Son ellos los que transmiten la sabiduría popular, entre medias verdades y medias mentiras. Quizás el tipo del relato realizara psicología inversa, lo que es cierto es que no mintió más que un político, que una película histórica norteamericana, que la televisión.
    Me fascinan los predicadores ambulantes, con su biblia, un cajón de madera y la petaca con licor para purgar los pecados de la humanidad. Oradores frustrados de la verdad oculta.

    Mari Fe de Triana

  5. mayo 8, 2009 5:48 pm

    Entiendo Eduard tu fascinación.Yo también la siento por el predicador de “La noche del cazador”,pero sentado en la butaca de un cine.En la vida real, enfrentarme al fanatismo me produce urticaria.

    Jusamawi Valderrama

  6. mayo 10, 2009 5:34 am

    Me gustó más el predicador de China Blue, Anthony Perkins en esencia, en medio de la chusma más perversa, armado con la biblia y un consolador asesino, con esa figura que más que un ser humano parece una sombra, recordándonos nuestros pecados, ofreciéndonos la salvación a precio de saldo.
    Robert Mitchum en la Noche del Cazador se esconde tras la máscara de un predicador para perdonarse a si mismo de sus crímenes.
    El uno es un ser torturado, el otro es un psicópata sin escrúpulos. Uno es inquieto e impredecible, el otro calculador y frío. Digo fascinado.

    Perlita de Huelva

  7. mayo 11, 2009 8:44 am

    jusamawi & eduard: es fácil ver lo mucho que nos agrada un predicador: nadie a mencionado “que bien me cae don Alberto, el predicador que cerca de la plaza me aborda todos los sábados al volver del café, quitándome preciosos minutos de encima, para devorarlos y guardarlos en sus bolsillos de coleccionista.”

    Veo que mencionan a predicadores de pantalla, cuidados personajes recortados por la sala de edición, ideados en un pulcro guión tachado y revisado, iluminados por una cámara astuta. Pero, ¿y el predicador real, de la calle?

    Saludos.

  8. mayo 11, 2009 12:40 pm

    De esos no no he conocido a ninguno en la vida, miento, en una ocasión que tuve que vérmelas a vida o muerte, ingresado en el box de un hospital cuando entró uno de esos a ver si quería confesarme. Ni que decir que salió como el rayo. Yuyu, mama.

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