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Parecía un tipo normal, apenas mayor que mi padre. Conducía el taxi que me llevaba a casa la última noche, y guardó silencio durante algunos minutos. Yo miraba los neones sordos y los hombres cansados de la medianoche que volvían del trabajo como quien vuelve de una mina silenciosa y oscura.

En la radio sonaba, como una nueva invocación, un predicador amaestrado, repitiendo las fórmulas de su magia milenaria en este mundo de calles ennegrecidas y de cimas ya sin misterio. Yo escuchaba vagamente, con esa hermosa sensación de soundtrack de la radio indiferente. 

Un predicador callejero no es muy diferente de un vendedor, pensé: ambos tienen una cuota de agresividad y son molestos. Tienen un dios que desean compartir, y no comprenden que no alcances ni a percibir sus infinitas bondades, el beneficio inmediato o eterno, la salvación. Los observo con cautela, van por las calles acariciando las puertas, mendigando un poco de atención. Son pulcros y caminan derecho, se pasan un pañuelo por la frente sudorosa y te miran a los ojos. Me enferman.

El conductor miró por el retrovisor y buscó mi mirada. Entonces habló. Tardé un poco en salir de mi meditación intrascendente y poner atención a este hombre lejano que ponía en sus labios las palabras de un libro alguna vez sagrado. 

Era uno de ellos. Un predicador. Uno de esos hombres armados de luz y de verdad. Animado por la radio que sonaba comenzó a hablar de dios, del mundo y de los males. Y yo estaba allí, atrapado, en esas paredes que avanzaban sobre el asfalto nocturno, con asfixia y pensando, como John Osterman: estoy en casa, estoy desatando las agujetas de mis zapatos, estoy en mi cama. 

Las calles se sucedían iguales, como rendijas de luz. El hombre hablaba, buscaba aprobación. Yo asentía dolorosamente, mirando por la ventana. Lo odiaba, de forma íntima, impersonal y profunda.

Bajé del auto con ansiedad, casi con misericordia. Atrás dejé al hombre con sus verdades, con el conocimiento del significado último del mundo. Él sabe de qué va todo esto; el fin de los tiempos no le sorprenderá. Me observará en aquel día, quizá con lástima, hundiéndome en el fuego, de pie, entre el viento y la dulce lluvia de ceniza, en el último instante de los fatuos intentos del hombre. Será un día negro y rojo,  será la paleta de Stendhal.

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