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CON OLOR A PASTO XIV

mayo 7, 2009

Tanwen había decidido salir a caminar esa mañana. La visión profundamente triste de aquel hombre caminando alrededor del árbol la había consternado por completo. Después de varios años de entrenamiento y de rituales, la muchacha había aprendido a leer las cosas que sucedían en el entorno. Había descubierto que la verdad de las cosas era compleja y que se requería de disciplina para descubrirla. Había que juntar, entonces, los trozos de realidad que las cosas iban dejando a su paso. Era preciso escuchar al viento detenidamente, observar los movimientos de los árboles o el movimiento de las alas de los pájaros que inundaban los bosques, detenerse a sentir la temperatura de los riachuelos y sobre todo, observar detenidamente las miradas de todo el que pasara por ahí.

Le molestaba fuertemente la simpleza con que las personas trazaban su vida diariamente. La vida era mucho más que la suma de sus manifestaciones. Sólo toleraba esta actitud cuando provenía de Ana. Pero en el caso de su hermana, ella sabía perfectamente que la sencillez provenía de mirar al mundo de forma compleja. De entre todos los factores posibles, Ana había optado por las imágenes, pero en las imágenes se descubrían muchos contenidos esenciales. Aunque así se lo había planteado en muchas ocasiones, Ana terminaba por reclamarle a Tanwen que fuera tan complicada. No obstante, Tanwen la justificaba diciéndose a si misma que, en el fondo, las dos veían la vida de la misma forma.

Tanwen sentía un profundo aire de libertad cada vez que salía al bosque en busca de respuestas. Su pueblo la asfixiaba y sabía que algún día no muy lejano emprendería un largo viaje donde aprendería cosas importantes del mundo, pero sobre todo donde se descubriría a ella misma.

Esa mañana caminó por las entrañas del viejo bosque que se ubicaba a las afueras de su aldea. Meditó sobre aquel extraño y el viento le contó de las tristezas que significaban perder a un ser querido. La mirada de aquel hombre de pronto dejó de parecerle extranjera. Ella no había perdido aun a ninguna persona amada, pero sentía una terrible ausencia. La había tenido desde la infancia. Un trozo de ella le había sido despojado desde una época lejana. Sólo en ocasiones sentía que ese pedazo le era devuelto cuando platicaba con Ana. Pero sabía que esa ausencia provenía de otro lado. Tal vez la constante búsqueda de respuestas tenía como intención recuperar esa parte de su alma. Los arbustos a su lado danzaron tímidamente y ella lo interpretó como una señal: tendría que ser paciente… pronto llegaría eso que tanto había buscado.

Regresó a casa contenta. Se sentía completa y llena de mundo. O tal vez llena de si misma. En este momento no importaba. Entró a su choza y encontró a su hermana dormida. La contempló por un rato. Se veía tan hermosa y tranquila. Le enorgullecía llevar la misma sangre que esta muchacha protegida por el sueño. De pronto observó que Ana se retorcía un poco. Decidió tomar su mano y tranquilizarle el sueño. –No te preocupes, hermana, es sólo un sueño- le dijo. Ana empezó a abrir los ojos lentamente y miró a Tanwen. Su mirada le dijo muchas cosas que no alcanzaba a comprender en ese momento. –Calma Ana, aquí estoy contigo- dijo. Ana sonrió ligeramente. –Acabo de tener el sueño más extraño de mi vida- le respondió. Luego de contarle detalladamente, Ana continuó con su dibujo y pudo finalmente plasmar la mirada del extraño taciturno. Tanwen había quedado demasiado pensativa. Si Ana era la simiente de muchas cosas, ¿Ella que era? ¿Acaso el final de esas mismas cosas? ¿O simplemente nada?

Tanwen besó la frente de su hermana y salió de nuevo hacia el bosque. A mitad del camino se detuvo a observar a un grupo de personas que danzaban frente a la herrería. Desmenuzó detenidamente a cada uno de los integrantes y de pronto se descubrió a ella misma bailando con desenfreno. Podía leer claramente cada movimiento y sentía que tenía el control de todas las cosas en ese instante. Pero no era así. La música era la que la invadía. Estuvo ahí por horas, hasta que el cuerpo le exigió descansar. Se sentó al pie de un árbol cercano y empezó a tranquilizar su respiración.

El sol empezaba a ocultarse, por lo que intentó ponerse en pie, pero no pudo. Aguardó unos minutos más para reponer fuerzas. De pronto el mundo desapareció ante sus ojos y sólo fue capaz de ver unos rayos de sol agonizando, una pequeña piedra movida por el viento, una enorme sonrisa y luego un oleaje enorme cubriéndolo todo. Sintió que la vida se le agolpaba en los pulmones. Las olas terribles se retiraron y ahí sólo quedó tierra estéril y arbustos caídos. El horizonte literalmente sangraba.

No pudo contener el llanto. No sabía el motivo de su tristeza, pero no dejaba de sentirla ni por un segundo. –Querida Ana, aquella otra, la de color azul, la que ha muerto 3 veces… el fuego que ahora crees que te consume no ha podido sobrevivir a los mares que aun habitan tu corazón-. Volvió en si. No sabía por qué había dicho eso, pero recordaba perfectamente cada palabra. No era la sencilla Ana con la que compartía lazos familiares. Era una Ana distante, desbordada por el tiempo, pero compleja como Tanwen, quien ahora llevaba una cicatriz en el corazón que jamás curaría.

Llegó a casa. Buscaba algo, pero no sabía con certeza qué. Ana había salido unas horas antes y sus padres y la abuela habían viajado hacía una semana a otros pueblos para vender las pieles que curtían. Encontró el boceto de su hermana y lo observó por algunos minutos. Le maravillaba esa mirada de dolor que reflejaba aquel hombre. Hubiera deseado ser ese hombre que siente vivo cada centímetro de su cuerpo a través de su dolor. ¡No!, más bien deseaba ser esa mirada que lo destruye todo. La esperanza, las sonrisas, las piedras y hasta el sol. Ser esos ojos de agua furibunda que ama todo de forma rápida, luego lo desmenuza y termina por convertirlo en nada. La difunta mujer de este extraño de seguro había amado tanto como sufrido esta mirada.

Tanwen necesitaba sentir ese dolor punzante de reconocerse en otros ojos. Esa certeza de saberse diferente en aquellas pupilas. Diferente al otro, pero sobre todo diferente a quien ella era. Contar historias desde esa otra piel. Llamarse Ana para deshacerse de todas las complejidades del mundo. Para dejar de pensar en los colores y texturas del viento sin abandonarlo por completo. Ser Ana y Tanwen contando historias sin descanso. Ser Ana Tanwen y mirar al otro tirado en el suelo, perteneciéndole por completo mientras ella deja de ser propiedad de si misma. Y dejarlo ahí, derrotado, como hizo la extraña del sueño de Ana, sabiendo que lo ama tanto y que es momento de partir, como el oleaje, rumbo a nuevos territorios.

Encontró un viejo libro de la abuela y lo abrió. Ahí había toda clase de conjuros y anécdotas. Lo ojeó curiosa. Se detuvo particularmente en una página que describía a Cernunnos, dios de la abundancia. Sensual y al mismo tiempo fuerte, el dios Cernunnos era capaz también de encarnar a la sabiduría. Esa era la mayor de las abundancias que podía prodigar. Esa capacidad de comprenderlo todo y permitir el transcurso de las cosas de forma natural. Pero al mismo tiempo, de asumirse a si mismo como parte de ese flujo eterno de sucesos.

Llegó a casa. Buscaba algo, pero no sabía con certeza qué. Ana había salido unas horas antes y se sentía cansada. Sus padres estaban de viaje desde inicios de la semana, como lo hacían cada año. Encontró un conjunto de hojas viejas de papel. Era una antigua historia en la que narraba las aventuras de una joven bruja escocesa. Hubiera deseado ser esa mujer que siente al mundo a través de las imágenes. ¡Si! anhelaba ser esa mirada que atrapa al sol y a las piedras y a las sonrisas sin reparar en ellas. Ser esos ojos de fuego danzando con el viento. La mujer de sus relatos estaba más allá de todo dolor.

Encontró también unos poemas viejos. Aquellos que le había mostrado a un extraño con nombre de mar hacía cuatro años. El corazón aun se le inundaba cuando recordaba el caminar salado de aquel hombre sobre su piel. Necesitaba respirar un poco. Salió al parque. Faltaba mucho para que oscureciera, así es que se dedicó a sentir los dedos tibios del sol sobre su cara. Anhelaba un poco de fuego en su cuerpo. Abrió los ojos y descubrió a un flacucho pelirrojo que la observaba atento. El calor la desbordó por completo. Sintió que toda la humedad se exiliaba de su cuerpo. –Eres tu, mi pequeño ciervo, esa flama que ha borrado de mi todo vestigio de mar- pensó.

La abuela regresó esa noche, adolorida por tanto caminar. Tanwen la esperaba impaciente con el libro entre las manos. Le pidió que le explicara con detalle su contenido. Gwen accedió paciente y le platicó todo lo que estaba escrito ahí, También relató la forma en que se llevaban a cabo los rituales de iniciación de las brujas. Ana había regresado a casa justo a tiempo para no perderse las partes más interesantes de aquella plática. Las dos hermanas estaban maravilladas. Esa noche la música de los árboles sonaba ligera. Ambas durmieron tranquilas.

2 comentarios leave one →
  1. mayo 7, 2009 8:30 am

    Tu novela tiene algo de road movie indecisa. Los personajes ansían el recorrido, el camino, la sabiduría. Me gustaría verlos allí. On the road. O tal vez no, si es un recurso poético simplemente hacerlos volver, y dejarnos a nosotros imaginar.

  2. mayo 11, 2009 11:40 am

    Los personajes quieren recorrer el camino, pero aun temen dejar por completo el punto en común que los une al inicio de la historia, así es que se van alejando de el lentamente, como ondas en el agua, después de recibir una pedrada… supongo, sin embargo, que eso puede llegar a desesperar al lector, por lo que me reuniré con las 4 mujeres y el pelirrojo a ver qué se puede hacer al respecto.

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