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CON OLOR A PASTO XV

mayo 14, 2009

***

Ana Tanwen suspiró cansada. Había terminado de pintar el local que había rentado la semana anterior. Acababa de cumplir 17 y su padre, un prominente industrial de la ciudad, le había regalado una suma considerable de dinero para que comprara un auto nuevo. Pero la muchacha había preferido invertir en un pequeño negocio que le diera cierta independencia económica. Se enteró que un hombre jubilado estaba traspasando su papelería, que se ubicaba justo en contraesquina de la preparatoria de la universidad. Aceptó gustosa el trato que el viejo ofrecía, entre otras cosas, porque la cantidad demandada por el traspaso le permitía tener un margen para invertir en la remodelación y otros detalles importantes. Lo invertido lo recuperaría en un año, cuando mucho.

Había aprendido ese lenguaje empresarial de su padre y, aunque le disgustaba un poco, resultaba útil para estos asuntos. El giro del negocio no le convencía mucho, así es que decidió convertirlo en una cafetería, aprovechando su gusto por la cocina. Esperaba reunir dinero suficiente para seguir adelante con sus proyectos sin tener que rendirles cuentas a sus padres.

Estaba en una disyuntiva grande. Desde muy pequeña había descubierto su gusto por la literatura –su padre poseía una de las colecciones de libros más grandes de la ciudad- y esperaba ser una escritora reconocida. Al mismo tiempo, había incursionado un año atrás en el modelaje y el experimento le resultaba muy atractivo. De cualquier forma, sabía que emprendería alguno de los dos caminos y para eso necesitaba dinero. Se había pasado toda la semana reconstruyendo aquel lugar y por fin, en este momento, podía descansar.

Era una muchacha de corazón duro para su edad, pero en el fondo era una romántica empedernida y cursi. No obstante, todas las historias que escribía hablaban de amores inconclusos y separaciones dolorosas. Encontraba una cierta satisfacción en contar historias de dolor. La nostalgia era su tema favorito y era capaz de pasar horas escuchando música melancólica y leyendo relatos de desamor.

Se fue a su casa a dormir. El día siguiente era muy importante porque representaba el comienzo de su futuro. Así lo veía ella. Estaba convencida de que conseguiría dinero suficiente en esta aventura. Su sueño era ligero, así es que decidió escribir un poco. Estaba algo errática con esta tarea. No lograba concentrarse lo suficiente. Decidió cerrar los ojos y suspirar profundo para focalizar lo que quería escribir. Empezó a visualizar un horizonte lleno de colores. De pronto vio a un muchacho futbolista que corría desbocado. La imagen se interrumpió justo ahí. No logró concentrarse. Decidió dormir un poco. Tenía la sensación de que al día siguiente pasaría algo importante.

Después de eso, cayó rápido en un sueño profundo. Estaba cansada y le pesaba hasta respirar. Sabía que estaba por empezar un proyecto importante y eso le emocionaba. Pero también le provocaba un cierto miedo. No sabía exactamente a qué. No sabía exactamente por qué. Pero le angustiaba sentir ese miedo. Le provocaba una sensación de vacío. Al mismo tiempo le emocionaba no saber lo que enfrentaría. Se descubrió ligera y casi flotando. De seguro ya había caído en estado de sueño. Dejó de sentir peso sobre sus pulmones. Su respiración era más nítida. Sentía incluso la sangre tocando las paredes de sus venas mientras recorrían desenfrenadamente su cuerpo.

Todo a su alrededor era oscuro. Pero eso la tranquilizaba. Observó una luz a lo lejos y le dedicó una mirada tierna. La luz empezó a abarcar cada vez más espacio, hasta desbordarlo todo. Los ojos de Ana Tanwen enceguecieron un instante. Diez segundos después pudo volver a ver. Estaba al pie de una montaña. A lo lejos se escuchaban los sonidos de un viejo bosque. Fuera de eso, todo era silencio. El aire olía a nostalgia y dolía respirarlo. Ana Tanwen sintió de pronto una ausencia que le pesaba en cada hueso de su cuerpo. Buscó un poco en aquel bosque lo que sentía extraviado.

Giro el cuello hacia la derecha y descubrió a una joven rubia que la miraba. La muchacha se acercó y acarició su mejilla. Ana Tanwen se sintió reconfortada. Esa mano tocándola le hizo sentir por un momento completa. Era tan bella esa muchacha que era capaz de distraer al viento que lastimaba sus pulmones. De alguna forma le recordaba a ella misma en la forma de mirar. Debía tener su misma edad. Sin embargo, la muchacha la miraba con respeto. Como si Ana Tanwen fuera una persona mayor. Le entró una curiosidad enorme por escuchar a aquella rubia. -¿Qué haces en mi sueño?- preguntó. –Pues es que este también es mi sueño- contestó la muchacha. –Te llamas Ana Tanwen, ¿verdad?- se adelantó a decir la rubia. –Si, así me llamo. ¿Cómo lo sabes?-, -eso no es importante- dijo la muchacha.

Lo que sucedió después quedó grabado de forma definitiva en los recuerdos de Ana Tanwen. La muchacha se llamaba Ana, como ella. -¿Has visto alguna vez a un ciervo llorar y pedir perdón?-. Ana Tanwen dudó por un minuto lo que iba a contestar. ¿Cómo era posible que un ciervo pidiera disculpas? Sonaba absurdo. Sin embargo, la mirada de Ana era tan transparente que no podía dudar de ella. –No, nunca he visto a un ciervo hacer eso-. –Yo sí. Conocí a un hombre con mirada de ciervo. Se llamaba Cernunnos. Me enamoré de él en un instante. Se acercó a mí y me besó. Al separarse de mi empezó a llorar y me pidió perdón por el daño que me iba a causar. No entendí a lo que se refería. Incluso ahora no lo entiendo. Me dijo que había pagado cada centímetro del dolor que me había causado con otra mujer que se llamaba Ana Tanwen. Dijo que yo iba a conocerla y que cuando lo hiciera le dijera que la liberaba de la persecución y que la perdonaba-. Ana Tanwen quedó petrificada. No conocía a ese Cernunnos, pero podía sentir un vínculo con él. Le agradeció a la muchacha por el mensaje. –Tú eres una guerrera, ¿verdad?- preguntó Ana. –Aun no lo se, pero creo que sí- respondió Ana Tanwen. De pronto las dos mujeres se abrazaron fuerte y lloraron juntas. Compartían ese dolor común que les era aun extraño. Se despidieron prometiendo volver a verse cuando el corazón de ambas estuviera tranquilo. Ana Tanwen despertó sollozando. Se secó las lágrimas y se mantuvo despierta un rato. El cansancio la venció y volvió a dormir. No volvió a soñar nada en toda la noche.

4 comentarios leave one →
  1. mayo 14, 2009 7:27 am

    Sin duda muy bueno. Desde un buen principio te introduce en el tiempo, nivel social, relación familiar, empresa, universidad, cultura, para entrar al corazón del relato.
    Un salto del orden moral a la metafísica onírica, un sueño reservado para el reflejo, un ciervo condenado, la guerrera del sueño. La guerrera.

    Absoluta Minoría

  2. mayo 14, 2009 1:53 pm

    La mayor parte de la novela transcurre en el sueño. Eso me recuerda el sueño de la mariposa.

  3. mayo 15, 2009 6:16 pm

    Eduard, Tocayo, la vida transcurre no sólo en uno sino en millones de sueños cruzados… en el mejor de los casos alcanzamos a percibir algunos… saludos!!

  4. mayo 16, 2009 3:55 pm

    Si existe una vida después de esta (claro que no, pero es una hipótesis, vale?) espero que no sea como ésta, en que cada amanecer olvidamos la mayor parte de los sueños. Me gustaría recordar.

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