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Debo haber leído ese libro más de cinco veces. Mi hermana lo llevó a casa: era un ejemplar delgado, inofensivo. He olvidado la editorial. Al cabo de algunas semanas ya estaba lleno de rayones y notas. No me miren a mí, le tengo un respeto sagrado a las páginas de un libro. Ni siquiera marqué con gusto los enormes libros de la Universidad. En principio porque no eran míos, sino de la biblioteca de la Facultad, y esos ya estaban llenos de líneas grises, rojas y azules, con los bordes obscenamente doblados por los antiguos o contemporáneos compañeros de aquella escuela casi medieval. Los otros, los que había comprado el último año para acreditar esa última fase sin contratiempos ni excusas, aún permanecen en mi modesta biblioteca con los bordes impecables. Excepto uno de ellos. Era enorme, realmente extenso, y la mitad de sus páginas debían estar disponibles en mi mente como un resorte al máximo de su tensión. Así que lo marqué con cuidado, con lápices de colores y utilizando una regla para mayor precisión. Debo admitir que se ve bastante bien, pero aún así me remuerde la conciencia cada vez que lo abro y recorro sus páginas. Es una impiedad eso de rayar los libros.

Bueno, el libro del que estaba hablando era otro, y mi hermana lo había llenado de líneas y recuadros. A mí también me gustaba. La historia era sencilla, pero entrañable. El personaje principal, el narrador de la historia, era un cincuentón melancólico que encontraba el amor de nuevo en una joven que lo llenaba de ilusión. Pero al final la tragedia lo envuelve, y él debe retomar su antigua vida, sus planes de retiro y su condición apacible. Comprende que el tiempo maravilloso que le fue otorgado fue un obsequio, un pequeño paréntesis, una tregua.

Mario Benedetti se ha ido, no hay más tiempo para él. Su obituario marcará a Montevideo como última plaza y mayo diecisiete como último día. No alabaré su trabajo, porque no lo conozco, ni siquiera una buena parte. Apenas leí un libro suyo. Muchas veces. Pero el libro es bueno, me gustó cada vez que lo abordé. El libro del que escribo es, precisamente,  La tregua.

 

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