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Buscando a Lagerlöf

mayo 22, 2009

Mi formación inicial no la debo a una amplia biblioteca, a maestros diligentes o padres dedicados, sino a la posesión de dos libros definitivos. Uno es un libro corriente, equiparable a cualquier libro de texto. El otro es una pequeña joya.

El primero de ellos era un libro de Historia Universal de la Literatura. El puro nombre debe invocar más información de la que razonablemente debería poseer un libro cualquiera. Pero era sólo el título: su contenido no era exhaustivo. Sin embargo, allí estaban algunos cientos de obras y autores que un ser humano civilizado puede conocer y sentirse culto. Digamos que si lo abducen a uno los extraterrestres, podemos dignamente representar a nuestra raza. No es cosa de poner cara de trance a mitad de una travesía interestelar si nos piden información sobre James Joyce.

El segundo libro es una recopilación de historias de todas las épocas y culturas que incluía extractos y versiones para niños de las obras más importantes tanto religiosas como seculares. Nunca he sabido el nombre del ejemplar, pues ya en la época en que lo adopté carecía de pastas. Digo que era para niños porque las historias estaban resumidas y cabían casi todas en una o dos cuartillas, excepto las correspondientes a las Mil y una noches. Simbad requería espacio, faltaba más. Y lo acompañaban unas imágenes inexplicablemente estilizadas, estilo grabado pero de líneas más gruesas y fuertes.

Yo leía y releía. Los nombres de obras y autores me fueron marcando, a medida pasaba y volvía sobre ellos. Pero el libro de Historia incluía precisamente aquellas obras que yo no tenía. A más extraño el nombre, más deseable. El carretero de la muerte, de Selma Lagerlöf ha ejercido especial fascinación en mí desde aquella época: un título místico con sabor a leyenda ancestral y compartida, un personaje que se antojaba temible y entrañable, cansado. Y una autora lejana, de nombre exótico. El encanto permanece hasta el día de hoy porque jamás leí el libro.

Estas dos posesiones son la razón de que mi apetito literario no se decantara por los autores modernos, sino por los grandes clásicos: leí primero a Homero que a García Márquez; antes a Quevedo que a Neruda; primero a Verne que a Hemingway. Era casi como un libro de estampillas, cada vez que caía en mis manos un autor célebre, digamos Shakespeare, yo ponía mentalmente una cruz sobre su nombre en mis libros de cabecera. “Este ya”, pensaba. Pasaron Stevenson, Góngora, Schiller, Walter Scott, ustedes saben.

Hoy he decidio que mi siguiente lectura, antes de embarcarme en otro libro o autor, debe ser el carretero de Lagerlöf. Ignoro si pueda encontrarlo con facilidad en las librerías de la ciudad en que habito, pero ya es tiempo de saldar esa deuda con mi libro de estampas imaginario.

7 comentarios leave one →
  1. mayo 23, 2009 12:04 pm

    Suerte con la búsqueda. He de confesar que yo no la conocía antes de leer esto; me suena -completo prejuicio- a uno de esos premios Nóbeles menores, como Echegaray, que aguantaron mal la prueba del tiempo.

    Saludos

    • mayo 23, 2009 12:32 pm

      Gracias. Hay un título de Kasparov con el mismo nombre: the test of time.

      Quizá sea como esos deseos largamente buscados que al final nos desilusionan. Pero es imposible saberlo hasta que haya comenzado la lectura del libro.

      Un saludo.

  2. mayo 23, 2009 3:07 pm

    El libro que me dio a conocer muchos nombres de los que luego serían mis compañeros de viaje no era propiamente un libro.Mi abuelo fue un gran lector y dejó como herencia un catálogo escrito por él, en el que escribía reseñas biográficas y resúmenes y comentarios de todos los autores y libros que iba leyendo.
    Desde niño ese catálogo me ha acompañado. De hecho, me ha seguido por las diferentes casas en las que he vivido.Aún sigue conmigo en un lugar de honor de mi biblioteca.

    Suerte con Lagerlöf

    • mayo 24, 2009 1:47 pm

      Maravilloso, jusamawi, el tesoro que te han legado. Cada generación tiene sus propias dichas y penas,su propio soundtrack y en este caso, su particular biblioteca. Algo parecido sucede con aquellas personas que sin recibir recomendaciones de sus mayores, reciben de ellos su colección de libros, o crecen a su lado mirándolos o escuchándolos leer a sus favoritos. Cada uno hemos recibido la literatura de diversa fuente, pero muchos agradecemos la circunstancia o destino que nos acercó a ella.

      Un saludo.

  3. mayo 24, 2009 2:43 pm

    Pero el siguiente será la “Anábasis” ¿no?

    • mayo 25, 2009 8:07 am

      Así es. Anábasis es la siguiente en la lista justo después de Lagerlöf. Y gracias al intercambio de ideas, he colocado la obra de Henning Mankell también dentro de los prospectos.

      Un saludo.

  4. Jorge permalink
    marzo 8, 2012 2:20 pm

    escribes chido Napo. saludos desde Saltillo

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