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Mi formación inicial no la debo a una amplia biblioteca, a maestros diligentes o padres dedicados, sino a la posesión de dos libros definitivos. Uno es un libro corriente, equiparable a cualquier libro de texto. El otro es una pequeña joya.

El primero de ellos era un libro de Historia Universal de la Literatura. El puro nombre debe invocar más información de la que razonablemente debería poseer un libro cualquiera. Pero era sólo el título: su contenido no era exhaustivo. Sin embargo, allí estaban algunos cientos de obras y autores que un ser humano civilizado puede conocer y sentirse culto. Digamos que si lo abducen a uno los extraterrestres, podemos dignamente representar a nuestra raza. No es cosa de poner cara de trance a mitad de una travesía interestelar si nos piden información sobre James Joyce.

El segundo libro es una recopilación de historias de todas las épocas y culturas que incluía extractos y versiones para niños de las obras más importantes tanto religiosas como seculares. Nunca he sabido el nombre del ejemplar, pues ya en la época en que lo adopté carecía de pastas. Digo que era para niños porque las historias estaban resumidas y cabían casi todas en una o dos cuartillas, excepto las correspondientes a las Mil y una noches. Simbad requería espacio, faltaba más. Y lo acompañaban unas imágenes inexplicablemente estilizadas, estilo grabado pero de líneas más gruesas y fuertes.

Yo leía y releía. Los nombres de obras y autores me fueron marcando, a medida pasaba y volvía sobre ellos. Pero el libro de Historia incluía precisamente aquellas obras que yo no tenía. A más extraño el nombre, más deseable. El carretero de la muerte, de Selma Lagerlöf ha ejercido especial fascinación en mí desde aquella época: un título místico con sabor a leyenda ancestral y compartida, un personaje que se antojaba temible y entrañable, cansado. Y una autora lejana, de nombre exótico. El encanto permanece hasta el día de hoy porque jamás leí el libro.

Estas dos posesiones son la razón de que mi apetito literario no se decantara por los autores modernos, sino por los grandes clásicos: leí primero a Homero que a García Márquez; antes a Quevedo que a Neruda; primero a Verne que a Hemingway. Era casi como un libro de estampillas, cada vez que caía en mis manos un autor célebre, digamos Shakespeare, yo ponía mentalmente una cruz sobre su nombre en mis libros de cabecera. “Este ya”, pensaba. Pasaron Stevenson, Góngora, Schiller, Walter Scott, ustedes saben.

Hoy he decidio que mi siguiente lectura, antes de embarcarme en otro libro o autor, debe ser el carretero de Lagerlöf. Ignoro si pueda encontrarlo con facilidad en las librerías de la ciudad en que habito, pero ya es tiempo de saldar esa deuda con mi libro de estampas imaginario.

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