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Por fin!!!… han sido 3 semanas de locura pero parece que la cosa va amainando. Muchos de nuestros lectores (que no son muchos pero hacen mucha presencia) no han de estar enterados, pero me dedico a la inquietante profesión de burócrata.

Existen en la clasificación burocrática diferentes tipos de feligreses: los hay “de ventanilla”, que atienden directamente al público que utiliza servicios del gobierno o paga derechos. De entre éstos se pueden identificar dos subespecies: los descarados y los frustrados.

Los primeros son clásicos. Están representados por la típica señora que mastica un chicle mientras te atiende y siempre te dice que lo que quieres no se puede, que tu formato está incompleto o de plano te ve con cara de fastidio.

Los segundos son aquellos que buscan hacer eficientemente su trabajo y mostrar siempre una buena cara, pero la mayor parte de las veces se enfrentan a usuarios furibundos a los que no pueden darles soluciones satisfactorias porque saben que ella/él no tienen poder de decisión sobre nada y que lo que menos se puede encontrar en la burocracia es libertad para decidir e innovar. Después de un tiempo, si no practican alguna técnica de meditación es probable que terminen frustrados.

Hace algunos años fui burócrata de ventanilla y puedo decir que nada forja más el caracter y la paciencia que tener ese tipo de empleo.

Otro de los miembros de la burocracia es el “de oficina”. Este subtipo tiene  que lidiar, más que con usuarios, con números, oficios, memorandums y toda suerte de monstruos emanados de la actividad que desempeña. Este sujeto, al igual que el de ventanilla, tiene un horario fijo y responsabilidades bien marcadas, aunque con una cierta capacidad de toma de decisiones. Los hay también de dos tipos: el reglamentario y el trabajólico.

El primero cumple estrictamente con las reglas y no hace más allá de lo que se le pide. Tampoco llega media hora antes ni se va dos horas después. Su tiempo y sus responsabilidades de trabajo son inamovibles.

El segundo suele odiar su vida familiar o no tenerla y busca cualquier excusa para quedarse en la oficina. Constantemente busca nuevas tareas que lo mantengan ocupado y lo liberen de la bendita experiencia de pensar.

Recién salido de la carrera, me tocó trabajar también en este tipo de clan burocrático y debo decir que me divertí bastante.

Lo que nunca imaginé fue pertenecer a un tercer tipo de burócrata: el que atiende bomberazos (en la administración pública se le denomina bomberazo a una emergencia, puesto que eso es lo que atienden los bomberos).

El bombero burocrático puede llegar a tener amplia libertad para las decisiones, pero también puede verla sumamente limitada. Debe atender sus asuntos con suma rapidez y no tiene un horario definido. Puede pasar horas enteras sin ocupación alguna (gracias a eso tengo espacio para escribir algunos de mis posts) pero de repente llega la emergencia y hay que dedicar exhaustivos esfuerzos a la tarea súbita e incluso robarle horas valiosas al sueño.

Aquí también encontramos dos subtipos: el budista y el muerto. El primero es aquel que ha aprendido que la emergencia pasará. Se dedica a atenderla sin que eso afecte su salud mental. El segundo es el que eventualmente saldrá en camilla con un infarto encima.

Debo decir que con el tiempo he aprendido a ser un ferviente budista. Fuera de los momentos bomberiles se tiene mucho tiempo para aprender. Sólo que estas tres últimas semanas estuvieron repletas de informes sobre la influenza, reuniones interminables, avances de informes de gobierno, egos y necedades de los jefes, etc.

Reconozco que esta caracterización burocrática resulta extrema. Conozco a muchos burócratas que disfrutan su trabajo y lo desempeñan de forma creativa (aunque no siempre, yo también me cuento entre ellos). Digamos que este escrito era una excusa para anunciarles que ha pasado la tormenta y que empezaré a postear más seguido. Saludos.

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