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CON OLOR A PASTO XVII

mayo 28, 2009

El tercer día Cernunnos decidió contarle a Ana Tanwen sobre su novia. Le dijo que esa relación ya no funcionaba y que pronto la terminaría. La muchacha se limitó a escucharlo, pero no dijo nada. Tampoco sintió que la confesión del pelirrojo le pesara. Estaba segura que él terminaría rápidamente con Marta. Ese día ella le contó sus sueños de ser escritora y su pasión casi secreta del modelaje. Cernunnos se mostró sumamente intrigado por ambas pasiones.

No leía gran cosa y mucho menos escribía, pero le gustaba estar con alguien capaz de imaginar y crear. Era una labor muy similar a la de cualquier mediocampista como él. Visualizar el campo como una libreta en blanco y empezar a plasmar trazos que poco a poco se van convirtiendo en jugadas hasta que el balón encuentra la pierna o la cabeza de algún compañero y ver como la pelota viaja lentamente hasta incrustarse en la portería contraria: luego escuchar aquella música gloriosa de la victoria. Escribir y jugar futbol le resultaban dos cosas muy parecidas. Respecto del modelaje, la imagen de Ana Tanwen caminando por la pasarela simplemente inundó sus fantasías desde ese momento.

Tan emocionado quedó Cernunnos ese día que al siguiente decidió hablarle de futbol. La muchacha confesó no saber mucho de ese deporte y él empezó a explicarle detalladamente las reglas del juego, las posiciones de los jugadores, las alineaciones, las estrategias y esa sensación inigualable de meter un gol. Empezó también a compararlo con la escritura, tal como lo había pensado el día anterior.

Ana Tanwen odió lo primitivo del juego y detestó aun más la burda comparación que hacía Cernunnos del futbol con la literatura. El calor que sentía en el estómago se trasladó a su cabeza y sus quijadas empezaron a endurecer. No lo podía soportar. El muchacho seguía relatando su teoría sin darse cuenta de lo que estaba sintiendo ella. Finalmente terminó de hablar. -¿Qué opinas del futbol?- le cuestionó. –Pues no puedo decir que me apasione, pero suena bien- respondió la muchacha. Cernunos se sentía satisfecho con esa respuesta. –Que bueno- le dijo. Se despidió de ella y se marchó satisfecho. Ana Tanwen suspiró. Sentía que algo no estaba del todo bien en esto. –Sólo es un deporte y él me gusta mucho- pensó. Decidió quedarse exclusivamente con la imagen de aquel muchacho del segundo día. El de las coincidencias. Estaba dispuesta a explorar por completo a ese Cernunnos e ignorar al otro. Era tan fuerte lo que ya sentía por él que se dedicaría a que esto funcionara.

Cernunnos asistía a diario a la cafetería. Estaba cada vez más ilusionado con Ana Tanwen. Incluso podía decir que se estaba enamorando de ella. Decidió por lo mismo abrirse por completo con ella. Le contó en innumerables ocasiones de su pasión por el futbol, de su visión sobre la vida, de sus planes. Le habló sobre un pacto que había hecho con su abuelo: viajar algún día a Escocia para reencontrar su herencia. -¿y por que te pidió que fueras a Escocia?- preguntó ella. –Bueno, en realidad jamás mencionó a Escocia. Me dijo que fuera a encontrar mi herencia, pero siempre he pensado que está allá-. -¿Y si se refiriera a otra cosa?- insistió Ana Tanwen. –Nunca lo había pensado- dijo Cernunnos y se quedó callado. La muchacha se sintió tensa ante ese silencio y decidió cambiar de tema. –Cuéntame de tu abuelo- le dijo.

Cernunnos le contó de la relación tan cercana que tenía con su abuelo. De todo lo que lo admiraba. De todas las cosas que le había aprendido. Ana Tanwen se percató de que la emoción tan grande con la que hablaba de su abuelo era inversamente proporcional a la cantidad de comentarios que hacía de su padre. – ¿A tu padre lo admiras también?- preguntó. –Mi padre decidió un día, después de un partido de futbol que su hijo no existía más- contestó. –Afortunadamente mi abuelo ha sido más que un padre para mi- remató.

Ahora era Ana Tanwen la que no sabía qué decir. Cernunnos se quedó con la mirada perdida y una lágrima se escapó de su ojo derecho. Ana Tanwen sintió una punzada en el estómago y acarició la mejilla del flacucho. El pelirrojo sonrió tímidamente y suspiró. Ambos se quedaron observándose en silencio por mucho tiempo.

Luego de un rato, Cernunnos continuó con la plática. – ¿Te he contado de la relación de mis abuelos?- dijo. –No- contestó la muchacha. -Son un par de románticos sin remedio. Ambos salieron de sus países muy jóvenes siguiendo un sueño donde encontraban al amor de su vida en otro país y a los pocos días de haber llegado acá se conocieron y desde entonces no se han separado. Al menos eso es lo que cuentan. A mi me parece una historia cursi e increíble, pero a ellos les funciona bien-.

Ana Tanwen volvió a sentir la punzada en el estómago. No le agradaba la idea de que Cernunnos no creyera en historias así. A ella le resultaba, además de fascinante, absolutamente verosímil el relato. – ¿Por qué no crees que pueda ser posible?- cuestionó la muchacha. –Ese tipo de cosas no pasan en la vida. Sucede más bien como en el futbol: durante el partido las cosas más asombrosas ocurren. Dejas todo en la cancha, sudas la camiseta. Con suerte tu equipo mete un gol y hasta obtiene la victoria. Pero al final el partido tiene que terminar… y siempre existirá el próximo partido-.

Ana Tanwen comenzaba a odiar el futbol. No podía creer que Cernunnos pensara eso ¿Como era posible que pudiera ser tan sensible cuando hablaba de su abuelo y su padre y tan frío cuando hablaba del amor? La muchacha recordó de repente un trozo de su sueño en la montaña. Se vio a sí misma abrazando a Ana y la profunda tristeza en el ambiente. La visión terminó ahí, pero ella se sentía extraña. – ¿Cuáles son tus sueños y tus proyectos a futuro, Cernunnos?- preguntó. –Sólo sé que en mi futuro me veo siempre jugando al futbol y que no quiero estudiar una carrera y ser un profesionista aburrido-. – ¿Pero cuales son tus sueños?- insistió la muchacha. –Prefiero no tener sueños. Me gusta vivir al día- contestó el pelirrojo. Ana Tanwen se sintió devastada ¿Cómo era posible que no tuviera aspiraciones? Sin embargo, observaba la mirada de aquel flacucho posada sobre ella y era como si nada importara. Era algo más fuerte que ella.

Se despidieron después de un rato. Cernunnos estaba tranquilo porque creía que podía contarle todo a Ana Tanwen. Ella, por el contrario, sentía dentro de sí una vorágine de sensaciones encontradas. Ese día en la noche, la muchacha soñó con un ciervo que la observaba. Pero la mirada del animal era vacía. Despertó agitada. Tomó un vaso de agua y volvió a su cama. Sabía que lo inevitable estaba por suceder, pero decidió ignorarlo. Tal vez así evitaría que se presentara.

Durante la mañana siguiente sintió una angustia muy grande. Además, allá afuera el cielo lloraba con furia. La angustia del aire mojado la desconcertaba y la incertidumbre la enloquecía demasiado. Estaba segura que algo iba a suceder ese día pero no sabía qué. Cernunnos había decidido terminar con Marta. Se dirigió entre la lluvia hacia la cafetería.

Entró súbitamente y besó a la muchacha. Ana Tanwen decidió entregarse por completo a ese momento. Después de dos minutos Cernunnos se apartó. –Terminé con Marta. Quiero estar contigo- le dijo. La muchacha sonrió y no dijo nada. Lo abrazó muy fuerte, como queriendo fusionarse con él. Después de dos horas dedicadas a mirarse mutuamente, se dirigieron hacia el hotel más cercano y dejaron que sus cuerpos relataran todas las historias que no se habían dicho hasta entonces. El tiempo perdió importancia. Ambos reconocían un territorio que les era propio desde antes de conocerse. Ana Tanwen decidió no pensar esa noche. Sólo quería mantener el olor del cuerpo desnudo de Cernunnos rodeándola.

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