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Cuatro imágenes

mayo 29, 2009

*La niña está recargada sobre la mesa; acomoda los brazos y cae en un sueño dulce y profundo. Los comensales y las personas que pasan la miran con ternura. Sus padres platican plácidamente, sentados frente a frente mientras su hija mayor, de escasos seis años, duerme a plena luz del día, a mitad del murmullo de la gente. Al fin se levantan. La niña permanece vencida, con una expresión de traquilidad. Ellos la suben suevamente a la carriola del bebé, que llevan en brazos, y se alejan.

*No es que no quiera poner atención. Es que no puede. Las cinco pantallas del lugar están dando los últimos minutos del partido y él está ansioso y feliz. Su esposa y su suegra conversan animadamente, y él se esfuerza por escucharles, por entender, por seguir su conversación. Pero los minutos finales son definitivos. Las imágenes se suceden trepidantes, el audio inexistente debe ser un alarido, el lugar está lleno de señoras, niños y adolescentes distraídos. Pero él no. Él ve claramente cuando el pequeño argentino se eleva en el Olímpico y cruza el balón por la línea de meta a veinte minutos del final, sellando una victoria. Las dos mujeres que lo acompañan lo miran extrañadas mientras el hombre, con la camisa del Barcelona, levanta los brazos, eufórico, sonriendo.

*No puedo determinar su edad. Es joven y es hermosa. Lleva un lindo vestido veraniego, de colores vivos y corto por encima de la rodilla. Su mirada es segura, pero revela un ligero fastidio. Está sola y espera algo. Es imposible saber qué, pero espera. Juega con su teléfono móvil y reparte vistazos distraídos a las personas que viven y pasan. Los chicos miran con satisfacción sus piernas cruzadas, rotundas, espléndidas. Al fin alguien le trae el paquete de comida que solicitó; ella se levanta sabiéndose hermosa. Ya no está.

*Son casi veinte muchachos, entre chicos y chicas. Su sonrisa es fácil, a flor de piel. Su estridencia los delata. Se abrazan, juegan, hacen mucho ruido. Han reunido cuatro mesas para estar juntos, y el mobiliario se alarga entre su adolescencia que parece perpetua. Nunca volverán a ser tan jóvenes, nunca volverán a tener el dolor delicioso de la juventud. Se miran y no lo saben. Allí reside la magia.

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