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CON OLOR A PASTO XVIII

junio 4, 2009

La muchacha despertó temprano. Había llegado muy tarde a su casa la noche anterior, después de haber cohabitado la piel de Cernunnos. No estaba cansada. Por el contrario, la rodeaban una claridad y una lucidez que jamás había sentido. Comenzó a revivir los momentos en que su cuerpo era invadido por aquella boca pálida y breve de pelirrojo navegante. Se le desbordaba una sensación que no era capaz de poner en palabras.

Empezó a recordar todas las pláticas con Cernunnos. Sintió una punzada de angustia en el estómago. Conforme las repasaba iba sintiendo el corazón frío del muchacho. Ese otro calor de la noche anterior no provenía de su corazón. El del muchacho era frío por naturaleza. Ana Tanwen sintió entonces un profundo miedo. No quería que el suyo se congelara también. Esa era la sensación extraña que había tenido los días anteriores. ¿Qué podía hacer? No lo sabía, pero estaba segura que en unas horas, cuando viera al pelirrojo, lo tendría más claro.

Se dirigió al baño. Tal vez entrar y dejarse seducir por aquel manto líquido que nacía de la regadera le recordaría la lluvia de ayer. Le traería de vuelta a aquel Cernunnos de fuego que no se marchita con el agua furibunda de afuera. Las gotas empezaron a invadir súbitamente a Ana Tanwen. Al principio las sentía como agujas que silenciosamente la iban ultrajando. Luego de un minuto dejo de sentir dolor… dejó de sentir incluso su cuerpo. Se asumió lejana, extranjera dentro de su piel. Tenía los ojos cerrados y podía sentir el viento que sutilmente besaba sus hombros y su espalda, sus nalgas. Un pasto fresco comenzaba a invadir sus pies. Los olores a tierra y ramas caídas y hojas sueltas y ríos danzantes comenzaban a habitar la escena. Se sentía tranquila. Estaba en casa. Estaba en quién sabe donde.

Un sonido familiar surgió de la nada. Provenía de unos cabellos que jugaban a ser oleaje en el aire. De ellos emanaba una esencia que también le era conocida, pero se resistía a abrir los ojos. No quería romper con este equilibrio que ahora se pintaba en todos lados. Sin embargo, una voz le hizo abrirlos. –Hola Ana Tanwen, de nuevo nos encontramos en nuestros sueños-. Era Ana, aquella muchacha de sus visiones. –Sí- alcanzó a responder la muchacha- intuía que nos volveríamos a encontrar-. –Dime, ¿Qué puedo hacer por ti?- dijo Ana. –La ocasión anterior hablaste de Cernunnos. ¿Cuéntame qué pasó con él?, ¿Qué fue lo que te hizo?- cuestionó Ana Tanwen. La rubia se le quedó mirando, aunque al mismo tiempo parecía como si estuviera sumergida en un trance.

Respiró profundo y empezó a hablar. –Seré breve- advirtió, -aun me duele recordar. Yo escapé de mi casa buscando una ráfaga de fuego que inundara mi corazón y le diera sentido a mi vida-, -eso mismo creí encontrar en Cernunnos- interrumpió la muchacha. Ana parecía no escuchar a Ana Tanwen, porque siguió el relato sin advertir el comentario. -Caminé sin buscar destino al cual llegar. Conocí los diálogos que sostienen los árboles cuando los humanos no andan cerca. Sentí la nostalgia de las hojas que se exilian de sus ramas. Me dejé seducir por la humedad de los riachuelos-, -eso mismo me pasó a mi antes de llegar a este sueño- interrumpió de nuevo Ana Tanwen.

Ana le dedicó una mirada breve pero suave a la muchacha y continuó. -Yo nunca creí en esas cosas. Mi hermana, que también se llama Tanwen, me decía constantemente que existían pero yo siempre la consideré una ilusa. Pero de pronto ahí estaba todo aquello de lo que hablaba, invitándome a descubrirlo. Transcurridos 14 días de viaje me sentí verdaderamente abrumada. Mi cabeza apenas si alcanzaba a dictarme alguna idea que sonara medianamente razonable. Me senté a la orilla de un árbol y comencé a llorar. Una sombra atravesó mi cuerpo y me hizo voltear. Mis lágrimas me impedían ver con claridad a la persona parada frente a mí. ¿Quieres compartir tu llanto con el mío?, me preguntó-.

Una ráfaga de llanto asaltó a Ana y detuvo el relato por un minuto. Ana Tanwen entendió que la historia no iba a ser tan breve como esta muchacha había dicho. Se dispuso a escucharla completa. Sentía una profunda compasión por ella, pero al mismo tiempo entendía cada palabra de la rubia como si fuera propia. Tenía la extraña sensación de ser ella quien estuviera narrando lo ocurrido. No obstante, no quería tocarla porque temía que se rompiera este equilibrio que ahora respiraba. Se abstuvo de consolarla.

–Después de un poco mis lágrimas se secaron y pude ver al extraño. -Me llamo Cernunnos- me dijo e insistió en compartir su llanto con el mío. Se sentó a mi lado y empezó a llorar. No pude evitar contribuir con el mío. Juntos alimentamos la tierra sobre la que estábamos sentados con la savia que nacía de nuestros ojos. Estuvimos así por tres días completos. Jamás cruzamos palabra durante ese tiempo. Sin embargo, gracias a sus gestos, a su mirada inundada, a sus manos jalando con fuerza sus cabellos, a los gemidos que resbalaban de su boca, aprendí a conocer a aquel hombre.

Diecinueve veces volteo a verme. Mis pupilas enrojecidas le provocaban súbitamente una tormenta feroz. Ocasionalmente golpeaba el suelo y gemía. Mi llanto, por el contrario, fue la mayor parte del tiempo sutil. Salvo por esos instantes en que descargaba su ira sobre el pasto. Entonces todos los ríos que habitaban mi alma se desbordaban y me unía a su tormenta.

El tercer día, con la agonía del sol, dejó de llorar de repente. Giró su rostro hacia el mío y me dijo: te amo. Se aproximo a mis labios y reconstruyó cada centímetro de ellos con su boca. Pude sentir cómo mi corazón se incendiaba por fin. Recorrió mi cuerpo con la misma precisión con que había humedecido su rostro los días anteriores. Yo sólo podía sentir su olor a pasto por toda mi piel.

Al terminar, me pidió que lo acompañara en una misión importante que tenía que cumplir en su pueblo de origen. Acepté sin dudar su propuesta. Caminamos durante 53 días, en los cuales mi cuerpo se rindió sin resistencia ante sus embates. También le conté de mi, de mi hermana Tanwen y sus creencias, de nuestras escapadas nocturnas al bosque, de las historias de la abuela… incluso le conté de ti. Pero en todo ese tiempo jamás dijo nada sobre él. Se sentaba y con su mirada invasiva me cobijaba mientras le relataba cada centímetro de mi historia. Tenía la extraña sensación de que con cada recuerdo que le narraba, una parte de mi se desprendía y me abandonaba sin retorno. 

Al llegar a su pueblo, sólo un remedo de mi quedaba. Estaba agotada y apenas si podía distinguir mis pasos. Los aldeanos salieron a recibirnos alegremente, pero yo era incapaz de sentir cualquier cosa. Luego de unas horas llegamos a su casa y me presentó a su hermana, que me veía sonriente. De pronto su rostro se comenzó a diluir. Todo a mi alrededor se oscureció y caí en un trance profundo. No recuerdo alguno de los sueños que tuve después. 

De repente, abrí los ojos y encontré el rostro de la hermana de Cernunnos. Has dormido por 4 días seguidos, me dijo. Cernunnos se fue ayer pero no dijo a donde iba. Me pidió que te cuidara-. Ana interrumpió su relato en este punto y volvió a llorar. Ana Tanwen se percató que con cada lágrima, la silueta de la muchacha se desvanecía. –No te vayas- le dijo la muchacha a aquella silueta que se desintegraba. Era demasiado tarde, Ana había desaparecido de su sueño.

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