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Creo que muchas personas compartimos el gusto por los mapas. En las lejanas épocas en que Google Earth hubiera parecido una previsión descabellada e ilusoria, digna de una novela de la guerra fría, todo lo que teníamos era un papel marcado con líneas exóticas, nombres imposibles, divisiones arbitrarias. Era maravilloso. Todo podía existir.

Yo tenía varios libros en especial: un diccionario enciclopédico y una enciclopedia temática incompleta. Ambos igualmente repletos de información gráfica: infografías, mapas, planos, cortes transversales, isometrías, litografías, pinturas.

Cuando leía el Viaje al centro de la tierra, de Verne, me lancé a la caza de Islandia, de los volcanes, de los criptogramas y las runas. El placer del descubrimiento era proporcional a la dificultad del hallazgo.

Esos tiempos se han ido. Hoy basta con escribir “Islandia” en el navegador, y obtengo de inmediato la wikipedia y la página oficial del gobierno islandés, así de pronto, sin merecimientos. La certidumbre me abruma.

Pero no todo es negativo, por supuesto. Lo que se pierde en el romanticismo del explorador, se gana en la delicia de la investigación, en la recopilación de datos, en la confrontación de hechos, en la revisión de la historia.

¿A qué viene todo esto? Simple. Estoy preparando una serie de posts relacionadas con la lectura que traigo entre manos: la Anábasis de Jenofonte. Un libro espléndido, por cierto. La cantidad de información que he reunido, en texto e imágenes, me ha tenido varios días debatiendo el tono de cada entrega. Agradezco a Fernando por haberlo acercado a mi lista de este mes.

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