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CON OLOR A PASTO XIX

junio 11, 2009

Ana Tanwen sintió de nuevo cómo el agua la recorría. Todo a su alrededor -las montañas, los árboles, el viento- comenzó a desvanecerse. Se encontró a si misma de nuevo ante la regadera. Terminó de bañarse y se dirigió a su cuarto. Habían transcurrido solamente 10 minutos, pero para la muchacha habían sido incontables vidas las que habían sucedido durante su sueño. Se sentía desprotegida. Sabía que Cernunnos le robaría el fuego de su corazón y no estaba dispuesta a permitirlo. Tenía que tomar medidas drásticas. Una vez vestida, se dirigió al cuarto de su papá. Le pidió que le cumpliera la promesa hecha hacía un año: él le pagaría sus estudios de literatura en Escocia. -Quiero irme lo más pronto posible para adaptarme al estilo de vida de ese país. La próxima semana a más tardar-. El padre, aunque consternado por la decisión de la muchacha, aceptó sin oponer mayor resistencia. Ana Tanwen dejaría atrás todo, principalmente a Cernunnos. Sólo tenía que planear muy bien su despedida.

Se dirigió hacia la fonda. Estaba decidida a terminar con Cernunnos de forma breve y contundente. Imaginó durante horas, mientras atendía clientes, la conversación con la que pondría fin a esta historia. A las 2 de la tarde apareció el flacucho. Cargaba en el rostro una sonrisa indescriptible y poderosa. Ana Tanwen se sintió desarmada en el instante en el que él entró. Todo se salió de control. Apenas pudo esbozar un gesto de alegría.

El pelirrojo la abrazó y ella no tuvo otra opción más que entregarse a su silueta que la dominaba sin remedio. Esa noche hicieron el amor durante horas. Su fuerza era demasiado grande para ella y ni siquiera podía pensar cuando estaba con él. Regresó a su casa y decidió no formular más planes. Simplemente lo dejaría.

Al día siguiente la historia se repitió, excepto por un detalle. Los papás de Cernunnos iban a asistir a una reunión organizada por la empresa donde laboraba el padre. Su casa estaría sola por muchas horas y el muchacho quería aprovechar eso. Ana Tanwen pensó que un cambio de lugar le permitiría completar su estrategia.

El flacucho estuvo más entregado que nunca. No hubo espacio de la muchacha que no explorara ni sensación que no le hiciera experimentar. Terminaron exhaustos en la cama del pelirrojo. En ese momento, ella experimentó un momento de lucidez. Era el momento perfecto para actuar. Se aproximó a él y le besó la oreja. Susurró lo más claro que pudo. –Cernunnos, muchas gracias por esta noche. Debo decirte algo. En un par de días me voy del país para estudiar literatura. Me llevo tu recuerdo como equipaje y tu olor como materia prima para todas las historias que habré de contar-.

Finalmente lo había logrado. Se levantó y miró de reojo a Cernunnos. Estaba tirado ahí, en la cama, sin decir palabra. Sólo podía percibir en él una mirada donde el odio y amor estaban tejidos en un solo espacio dedicado a ella. Él lo entendería con el tiempo. Esto era bueno para ambos, se dijo. Se visitó sin verlo y salió del cuarto. Pudo darse cuenta que Cernunnos había intentado ponerse en pie, pero que había tropezado en el intento. Cerró la puerta de la habitación y se dispuso a empezar su nueva vida.

Ana despertó. Su mirada estaba aun distorsionada, pero en lo único que podía pensar era que tenía que preguntarle a la hermana de Cernunnos a donde había ido aquel guerrero. Su cuerpo no le respondió. Cerró los ojos de nuevo y respiró con todas sus fuerzas. Abrió los ojos de nuevo. Estaba en su casa. Se sintió totalmente confundida. Entonces ¿todo había sido un sueño? ¿Aquel Cernunnos no existía? ¿Ella no se había ido de su pueblo? Se levantó y miró hacia fuera como todas las mañanas. Un silencio absolutamente delicioso inundaba su choza y ella podía oír claramente el rumor que provenía de afuera.

Un llanto interrumpió su trance. Era su madre desde la cocina. Corrió a ver qué era lo que pasaba. La encontró a ella y a su abuela abrazándose desconsoladas. Su padre las miraba sin saber qué hacer. Volteó hacia donde estaba Ana. –Tanwen se fue del pueblo en la madrugada- alcanzó a decir. Ana regresó a su cuarto y tomó un par de cosas. Regresó a la cocina. –Voy a buscar a mi hermana-. –¡Claro que no!- gritó el padre e intentó tomar su brazo. Ana lo esquivó. -¡Voy a encontrarla!-respondió. Salió de su choza y comenzó a caminar rumbo al bosque. Sentía una angustia en el estómago que le dificultaba respirar.

 

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