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Es una idea repetida hasta el cansancio, pero no menos cierta por desgaste: internet se ha vuelto parte fundamental de nuestras vidas. La red nos mantiene conectados “en tiempo real” con los sucesos del mundo, nos permite reencontrar amigos de la infancia o establecer contacto con personas de países que jamás conoceremos y nos acerca lo mismo a la charlatanería que al conocimiento de punta.

Hay una cierta sensación de Gran Fraternidad desde el momento en que esa pantalla de no más de dos milímetros cuadrados al lado derecho de nuestro monitor se enciende indicándonos que estamos conectados. Podemos conocer virtualmente a casi cualquier persona y pertenecer a las comunidades más diversas para luego cambiarlas por otra nacionalidad cyberespacial. Es casi una utopía Lenonniana: “imagine all the people living for the web”.

No obstante, como en toda familia, el individuo necesita reconocerse, encontrar las coordenadas universales que le den un sentido de pertenencia en el sistema. Requiere encontrar su cyberlugar. El otro día decidí, luego de pensarlo por algun tiempo, encontrar el mío, tecleando mi nombre para reconocerme en la red, pero también para descubrir cosas sobre mis otros yo. Estos fueron los resultados:

Google me enfrentó, de entrada, con un hecho que ya sospechaba, pero que no esperaba confirmar tan rápido: en este y por lo visto en todos los universos paralelos existentes perdura mi vocación burocrática. La primera referencia de mi búsqueda me llevó a un alter-ego llamado Edgar José Sandoval Gutiérrez que acaba de ser designado Director Administrativo Regional del estado de Barinas en la muy Bolivariana República de Venezuela.

La segunda y tercera referencias me llevaron a este blog y al post que aparentemente es el más leído de los que he escrito: La muerte de Mafalda. Había encontrado una primera coordenada sobre mi nacionalidad: mi querido Atanor.

Después de la alegría nacerá la tormenta: mi siguiente alter ego vive en Morelia, es un postadolescente con cara de zombie, peinado semi afro y además aparece en la página de Sociales. Sin comentarios.

No conforme con ello, en algunas dimensiones paralelas suelo tener conductas suicidas: en Tepic me he desposado el pasado 3 de noviembre con la señorita Georgina Gutiérrez Mata. Ni siquiera me ha quedado ánimo para averiguar si la chica era de buenas familias (lo cual hubiera resultado más desastrozo aun). Y esa ha sido sólo la primera página.

Los resultados que aparecen después resultan bastante interesantes: parte de un comité organizador de un Seminario sobre Hermeneutica por parte de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, comentarista en un blog sobre coctelería, escritor de un intento bizarro de novela llamado “Con olor a pasto”, columnista de un diario deportivo en Chiapas, beneficiario de un programa de apoyo a PyME’s, policía en la delegación Tlahuac del Distrito Federal, perito químico en Tepic, acusado de robo calificado en Morelia, segundo lugar en una competencia de natación en Guadalajara.

Miembro de la Academia Mexicana de Lógica; nombre que aparece, sin causa conocida, en un expediente del Tribunal Constitucional de Bolivia; trabajador mal pagado de la presidencia municipal de Zempoala, Hidalgo (¡Y dale con la vocación burocrática!); habitante de la región de Tolima en Colombia (y a la par miembro de Sónico); graduado de la primaria John Marshall en Anaheim, California.

Director general de una Estancia para el Bienestar y Desarrollo Infantil en Celaya, Guanajuato; escritor de un ensayo sobre los límites de la Comunicación…¡Uff, con razón siempre llego tan cansado por las noches a casa!

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