03

Amelia me está esperando en aquel café de la esquina. Desde antier nos vemos ahí para comer una rebanada de pastel de tres leches y luego irnos a un hotel.

Al llegar al lugar la encuentro sentada en una mesa junto a la barra. Bebe sensualmente una taza de capuchino mientras posa su mirada distraída hacia el suelo. Lleva puesta una falda a cuadros por encima de las rodillas (¡Adoro ese par de coyunturas que se asoman tímidamente detrás del mantel de la mesa!).

Me siento y ordeno un café y dos rebanadas de pastel. Ella y yo nos vemos fijamente, pero no cruzamos palabra alguna. Así lo hemos convenido desde el principio. Llega la orden y empezamos a comer, recorriendo nuestros cuerpos con la mirada.

Lleva la taza a su boca. Una gota se le escapa de los labios. Aterriza en su pierna y se resbala hasta la rodilla. Su dedo recorre el mismo camino en dirección contraria para rescatar esa humedad prófuga que ahora se introduce en su boca.

Seguimos el movimiento de quijada manteniendo fija la mirada en el otro. Rebanadas y brebajes están llegando al ocaso. Gira su silla liegramente hacia un costado y cruza la pierna. Su rodilla se ha flexionado aun más y se ve enorme y jugosa. Un cosquilleo recorre mi cuerpo y acelera mi respiración.

Pido la cuenta y me paro a pagar. Ella se levanta también y me espera. Caminamos aceleradamente hacia la habitación 315. Cierro la puerta y nos despojamos atropelladamente de la ropa. Mientras nos besamos dirigmos nuestros cuerpos hacia la cama. Sus rodillas rozan a las mías constantemente. Estoy demasiado excitado.

La siento al pie de la cama y empiezo a mordisquear sus rodillas. Mis dientes las recorren tímidamente primero y luego con total vocación. Me pierdo ahí por siglos y siento la excitación de Amelia llegando hasta mi boca. Levanto la cara y percibo que me observa de forma inquisidora. Pareciera estarme diciendo: ¡Carajo Manuel, a que hora me piensas coger!

Regreso a sus coyunturas y masajeo su parte posterior con las llemas de los dedos. Toda palabra que ella pensara decir se ha convertido ahora en ruido armonioso que se le escapa descontrolado por la boca.

Una vez vencida y tendida sobre la cama me aproximo a su cuerpo y le hago el amor. Al final de la batalla se recuesta en posición fetal, agotada. La abrazo por detrás mientras cobijo sus rodillas con mis manos. Suspiro profundo mientras la observo dormir. A veces me preocupa que esto sea una obsesión.

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