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Cuando paso por las librerías las filas incandescentes de lomos luminosos, pastas duras y anaqueles altísimos, no puedo sino imaginar las increíbles maravillas y tesoros que esconden tantos volúmenes inaccesibles de momento.

¿Poemas soprendentes, novelas definitivas, ensayos lúcidos e indispensables? Imposible saberlo. Best sellers de actualidad intercalados con obras maestras de hace 150 años. Catálogos de hágalo usted mismo y manuales de autoayuda, a la par de poemarios infernales y novelas breves que siglos atrás fueron quemados en hoguera pública.

Paseamos entre los estantes, admirando portadas o títulos inesperados. El último de Eco, el más bello de Murakami, la edición que creíamos extinguida hacía mucho tiempo. ¿Cómo elegir?

El tiempo se extiende delante nuestro y es infinito, pero no nos pertenece. Alguna de estas obras será la última que podamos leer, el último placer o decepción. ¿Nos inclinaremos por los clásicos absolutos antes de que sea demasiado tarde? ¿Qué se sentirá la muerte cercana sabiendo que no abordamos jamás En busca del tiempo perdido? O quizá nos decidamos por las grandes obras contemporáneas, tal vez La catedral del Mar sea la gran novela de nuestro tiempo, quizá Stieg Larsson defina nuestra época. ¡Y nosotros dejaremos este mundo sin conocerlas! No, imposible.

Pero el tiempo sigue su marcha y nos preocupamos demasiado, quizás.

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