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Una obviedad que raya en el lugar común: el tiempo es implacable… como también diría un gran músico zaragozano que pronto se presentará en la Ciudad de México, el tiempo no cura nada, el tiempo no es un doctor. Sin embargo, al tiempo también le gusta dejar estelas de belleza tras su paso. Es así de contradictorio.

Hace 10 años yo lidiaba con los relieves de la existencia: escribía por las noches, pretendiendo hacer poesía, transitaba por la mitad de la carrera de Economía, lloraba en la intimidad del baño por el término de una relación amorosa, me reunía religiosamente con los amigos para compartir palabras y cervezas los fines de semana.

Por aquellos entonces, mi querido amigo Alberto Silva tuvo a bien acercarme como nunca antes a la contradicción del tiempo: me presentó la obra del poeta judío Yehuda Amijai. Curiosamente el buen Yehuda moriría justo al año siguiente dejando, como el tiempo, retazos de belleza en mi memoria.

Segú consta en Wikipedia, la obra del judío es “lúdica y concentra un rango amplio de emociones, su distintivo es la risa, la burla y cierta tristeza subyacente”. Particularmente su manejo de la burla lo hace el más realista entre los optimistas y el más esperanzado entre los pesimistas.

Alberto me contaba que Amijai había vivido los horrores de la guerra y lo reflejaba en versos desgarradores y desoladores, pero que el transcurrir de su vida lo fue acercando a los temas del amor y la reconciliación. Particularmente pienso que su obra es un constante transitar entre ambas posturas.

Así lo deja ver cuando escribe en Poemas de paz y guerra:

Una vez explotó una bomba

Junto a una carnicería:

la carne degollada

fue degollada otra vez

pero ya no había dolor,

no había casi sangre

Transita por el camino de la reconciliación, a regañadientes, en Cada uno en su vida necesita un jardín abandonado:

También los hombres de guerra señalan blancos

para una dura herida con palabras tiernas,

pezón, hueco, paso, impacto.

Pero regresa a la esperanza y dice en otro texto:

La luna corta las nubes en dos-

Ven, salgamos al amor de en medio.

Sólo nos amaremos ante los campamentos.

Tal vez sea posible todavía cambiarlo todo.

Los dos juntos y cada uno sólo.

Tal cantidad de contrastes lo animan a ocupar el papel que, por lo que deja ver en sus versos, le resulta favorito: el eterno expectador. En Para el mundo dice:

Para las acciones

soy siempre Caín:

vagabundo y errante antes de las acciones que no haré,

o después de la acción

que no se debe repetir.

En Me siento junto a la ventana:

Quiero continuar

sentado entre dos sillas sobre la buena tierra,

quiero vivir entre mi apellido y mi nombre

quiero vivir entre mi apellido y mi nombre

y no ser de ninguno de ellos.

y en Qué he aprendido de las guerras:

Pero sobre todo he aprendido el arte del camuflaje,

no destacar, que no me reconozcan,

que no distingan entre mi y lo que me rodea

ni siquiera entre mi y mi amor,

que crean que soy un matorral o una oveja,

que soy un árbol, la sombra de un árbol

que soy una duda, la sombra de una duda,

que soy un tabique vivo, una piedra muerta,

una casa, la esquina de una casa.

Con tal cantidad de ideas interesantes, Yehuda inundó mi estilo de escritura (sin que con ello desaparecieran todos mis vicios y defectos al escribir). Ya muerto, el poeta judío vociferaba constantemente cosas en mi oído, mientras me reponía de una nueva derrota en el combate amoroso. Entre trozos de viento decía:

Somos felices juntos.

Estaremos muertos.

Nuestra edición

está agotada.

Se harán nuevos modelos.

Comimos y nos saciamos

ahora el mundo es hoja y viento.

Como él soplamos

y no volvemos.

La tierra nos visita con frecuencia,

somos felices juntos.

Estaremos muertos.

Y yo le contestaba:

Éramos felices,

juntos,

aunque no nos incluyeran

en las profecías.

Cuando tus manos

encontraban mi piel

lográbamos conducir

la expansión del universo.

Con el amasiato

de nuestras palabras

construíamos átomos.

La influencia de Yehuda en mi forma de pensar y de escribir se ha mantenido durante estos años, implacable… pero también ha dejado el trozo más bello:

Dios está lleno de Piedad,

si lleno no estuviera Dios todo de piedad

habría piedad en el mundo y no sólo en Él.

Yo, que junté flores en la montaña

y reparé en todos los valles,

yo, que traje de las colinas cadáveres,

sé contar que el mundo está vacío de piedad.

Yo, que fui rey de la sal junto al mar,

que estuve parado indeciso junto a mi ventana,

que conté los pasos de los ángeles,

que mi corazón levantó pesas de dolor

en las terribles competencias.

Yo, que sólo uso una pequeña parte

de las palabras que hay en el diccionario.

Yo, que debo descifrar enigmas a pesar mio

sé que si lleno no estuviera Dios todo de piedad

habría piedad en el mundo

y no sólo en Él.

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