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Existe un pequeño libro de Milan Kundera que se titula La Broma. Lo leí hace ya varios años, y más allá de algunas imágenes sueltas no tengo un recuerdo preciso de su contenido.

Me vino a la memoria cuando, al leer el capítulo XLIX de Moby Dick, dí con este corto párrafo en que Ismael, protagonista de la obra, da en describirnos su idea de la broma cósmica.

Hay ciertas extrañas ocasiones y coyunturas en este raro asunto entremezclado que llamamos vida, en que uno toma el entero universo por una enorme broma pesada, aunque no llega a discernirle su gracia sino vagamente, y tiene algo más que sospechas de que la broma no es a expensas sino de él mismo. Con todo, no hay nada que desanime, y nada parece valer la pena de discutirse.

No faltos de buen humor, soportamos la broma, no obstante que no alcanzamos a comprender de qué va todo el asunto:

Uno se traga todos los acontecimientos, todos los credos y convicciones, todos los objetos duros, visibles e invisibles, por nudosos que sean, igual que un avestruz de potente digestión engulle las balas y los pedernales de escopeta. En cuanto a las pequeñas dificultades y preocupaciones, perspectivas de desastre súbito, pérdida de vida o de algún miembro, todas estas cosas, y la muerte misma, sólo le parecen a uno golpes bromistas y de buen carácter, y joviales puñetazos en el costado propinados por el viejo bromista invisible e inexplicable.

Podemos apreciar que para Melville, o al menos para su personaje, la broma no es necesariamente real, sino más bien una percepción muy particular que nos llega en un  preciso momento, que el propio autor da en describir como sigue:

Esta extraña especie de humor caprichoso de que hablo, le sobreviene a uno solamente en algún momento de tribulación extrema; le llega en el mismísimo centro de su seriedad, de modo que lo que un poco antes podía haber parecido una cosa de más peso, ahora no parece más que parte de una broma general.

De cierta forma, la comprensión de la broma me parece una suerte de defensa sicológica, una válvula que tenemos los seres humanos cuando, después de haber elevado nuestra interpretación del mundo a niveles de tensión extrema, nos percatamos de que todo aquello que nos acongoja no es sino un producto de nuestra propia percepción.

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