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¿Es posible vivir sin las tarjetas de crédito?

enero 25, 2010

de Carlos Gutiérrez Montenegro

Todos nosotros, los que constituimos la especie humana, somos muy semejantes. Tenemos mas cosas parecidas que rasgos diferentes y por eso hemos inventado la moda, que es el intento que hacemos para diferenciarnos y destacar entre los demás.

Para  poder ser diferentes resaltamos las características físicas que mas nos favorecen y ocultamos las que menos nos agradan, siguiendo un patrón ya establecido por nuestra cultura y determinado por los rasgos genéticos de la especie.

Es la lucha que todos establecemos para ser alguien y distinguirnos de los otros. Pero para ser considerado alguien en esta época, es necesario tener muchas cosas: ropa fina (o por lo menos que lo parezca), un carro último modelo, una casa lo mas grande que sea posible, llena de objetos que les digan, sin lugar a dudas, a los visitantes que estamos nadando en la abundancia. Y para conseguirlas nos endeudamos, aunque ello signifique que la natación se vuelva de alto riesgo.

Contraer deudas fue, hasta el pasado año, un deporte de moda que, además, nos permitía estar a la moda. La sociedad estuvo moviéndose activamente con la promesa del trabajo futuro, con el uso del dinero que aún no generamos. Y de entre las múltiples maneras que existen para endeudarnos, se impuso con fuerza una: la tarjeta de crédito. La cantidad de tarjetas que teníamos marcó el rango social que mejor nos identificaba: a mayor cantidad de plásticos, mayor era la importancia social ostentada.

Pero los vientos de la economía se tornaron tormentosos y las deudas de las tarjetas se volvieron un lastre que puede hundir cualquier barco de mediano calado. Despertamos del alegre sueño con la impresión de que habían vuelto las tiendas de raya porfiristas y nos dimos cuenta de que nosotros mismos nos pusimos los grilletes del esclavo en los tobillos.

La tarjeta de crédito fue la respuesta fácil a los reclamos de necesidades urgentes y placeres superfluos, con posibilidades restringidas tan sólo por un límite de crédito que cada vez se extendía más, conforme llegábamos a él. ¿Por qué fue tan atractivo usar la tarjeta de crédito? Entre otras cosas, porque tiene, a nivel inconsciente, el poder mágico de adquirir, de manera inmediata, todo aquello que se nos antoje en ese momento, sin controles de la realidad, sin necesidad de hacer cálculos de lo que es posible en contra de lo que es deseable.

Es como si nos volviéramos pequeños y la tarjeta de crédito fuera la encarnación de ese padre que el niño ve todopoderoso y que le permite adquirir todo lo que quiera, todo lo que se le antoje en el momento en que el deseo se presente, sin necesidad de privarse del placer de conseguir lo que sea que se deseó. Pero esa figura inconsciente del padre protector, omnipotente, se desaparece en el momento en que llega el estado de cuenta y se tiene que pagar lo que se compró.

Ahí es cuando comienza a invadirnos la ansiedad, que puede llegar a ser tan intensa que ocasiona desde insomnio hasta depresiones profundas, pasando por enfermedades psicosomáticas, ataques de pánico, impotencia sexual, trastornos de angustia y muchas otras dolorosas manifestaciones que se pueden experimentar como consecuencia del desajuste entre su capacidad de compra, la posibilidad del pago, el riesgo de caer en mora y la amenaza aterradora de ser exhibido en el terrible Buró de Crédito, que es la versión moderna de aquellos ominosos anuncios que las tiendas insertaban en los periódicos de principios del siglo pasado, en que se pedía al deudor moroso que pasara a pagar la deuda contraída, ante el escarnio de los vecinos satisfechos por la humillación a la que era sometido el presuntuoso.

Pero si usted está en ese caso, no se preocupe, porque estas manifestaciones de desequilibrio personal ahora pueden ser atendidas por psicoterapeutas, psicólogos o psiquiatras que, seguramente, aceptarán su tarjeta de crédito para cubrir el pago de las consultas.

2 comentarios leave one →
  1. enero 29, 2010 9:20 am

    Entiendo que no sólo es posible vivir sin tarjetas de crédito, sino que de hecho muchas personas lo hacemos. Sin embargo, también comprendo el punto que intenta mostrar este artículo: la dificultad para ser libres en una sociedad consumista por definición.

    Con excepción de un moderno Robinson, que por decisión o infortunio naufragara en una isla desierta, es casi imposible sustraernos a la vorágine de nuestro tiempo.

    Saludos.

  2. octubre 17, 2011 8:55 am

    Totalmente de acuerdo contigo Edgar. Por cierto, tienes aquí un buen cuadro. ¡Mejor que el de Ghirlandaio! Un abrazo.

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