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Apostillas a El Nombre de la Rosa

febrero 10, 2010

No puedo decir que las Apostillas a El Nombre de la Rosa sean un mejor texto que la novela misma, pero sí que están llenas de un sabor especial, culto y divertido.

Cuando Umberto Eco reflexiona sobre la dificultad de ponerle nombre a una novela, pondera diversas posibilidades, y concluye diciendo que quizá la mejor solución sea nombrarla como el personaje principal, pero al considerar que ello implica tambièn una intromisión del autor en la interpretación de la obra, agrega:

Quizás habría que ser honestamente deshonestos, como Dumas, porque es evidente que Los tres mosqueteros es, de hecho, la historia del cuarto. Pero son lujos raros, que quizás el autor sólo puede permitirse por distracción.

Más adelante, al tratar del tema del papel del autor, de la impostura de ponerse a contar, a fabular, escribe:

¿Cómo decir «era una hermosa mañana de finales de noviembre» sin sentirse Snoopy? Pero, ¿y si se lo hubiera hecho decir a Snoopy? Es decir, ¿si «era una hermosa mañana…» lo dijese alguien autorizado a decirlo porque en su época eso podía decirse? Una máscara era lo que me hacía falta.

Después me sorpende su nivel de investigación para escribir la novela. Una novela histórica, por cierto:

De allí las extensas investigaciones arquitectónicas, con fotos y planos de la enciclopedia de la arquitectura, para determinar la planta de la abadía, las distancias, hasta la cantidad de peldaños que hay en una escalera de caracol. En cierta ocasión, Marco Ferreri me dijo que mis diálogos son cínematográficos porque duran el tiempo justo. No podía ser de otro modo, porque, cuando dos de mis personajes hablaban mientras iban del refectorio al claustro, yo escribía mirando el plano y cuando llegaban dejaban de hablar.

Supongo que era inevitable. Eco es, ante todo, un académico, un investigador. Pero dedicar un año entero a construir el universo de sus personajes, después de toda una vida estudiando el medioevo, me parece, digamos, excesivo. Sin embargo, el resultado es una obra genial.

Finalmente, me agrada la  inclusión de otro de mis autores preferidos, el de más relecturas:

El mundo construido es el que nos dirá cómo debe proseguir la historia. Todos me preguntan por qué mi Jorge evoca, por el nombre, a Borges, y por qué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodiase una biblioteca (me parecía una buena idea narrativa), y biblioteca más ciego sólo puede dar Borges, también porque las deudas se pagan.

Afortunadamente, las ediciones actuales de El nombre de la rosa vienen acompañadas de las Apostillas, y es un placer disfrutar de ambas.

2 comentarios leave one →
  1. marzo 18, 2010 3:45 am

    La verdad es que en una ocasión en la que tuve la fortuna de hacer de espectador en una entrevista a Eco eco, me disoció de su obra, su oratoria fluida y divertida me quitaron, de un plumazo, la imagen que me había hecho del autor.
    Referidas apostillas me han recordado aquel evento. Si bien, la edición que poseo del Nombre de la Rosa, rápidamente contrastada, no las añade.

    Un abrazo y mis respetos más lujuriosos para la Santa Patrona.

    Adso

    • marzo 18, 2010 2:53 pm

      En lo personal tengo una imagen socarrona y lúdica de Eco. Las ediciones más antiguas no recogen las apostillas, es verdad. Yo mismo leí el libro hace ya diez años, quizá. Las apostillas me las encontré después.

      Un saludo afectuoso, eduard. Y gracias por presentar tus respetos a la señorita Grey.

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