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Marcus ordena las carpetas y cuenta con paciencia las hojas. Alguien lo interrumpe. Él cierra los ojos y el impertinente se ha ido, dejando una estela de colonia y un número difuso en la mente del hombre. Toda la mañana le han molestado: firma de recibido, entrega el oficio, cuenta las irregulares gotas del grifo del baño. Marcus se mira al espejo y se apoya en el amplio lavabo contemplando sus ojeras. Tiene los ojos enrojecidos y levemente grises los puños de la blanca camisa. Arroja el papel arrugado y húmedo al cesto, y se queda de pie un par de minutos, contra la pared, pensando en la carta.

Nunca debió enviarla, en primer lugar, pero Susana debe haberla leído y ahora es demasiado tarde, ahora está frente a la pantalla y ha olvidado la clave de su propia cuenta. Se distrae con el sonido de la música de al lado, una melodía insistente como un carro de helados, y piensa entonces inevitablemente en carros y helados, y en calles y en el sol ardiente del verano que acaba. Son la cinco, considera, y cuando vuelve a pensarlo está frente al buzón de casa, vacío como hace dos días. Y la respuesta, que teme y ansía, es una promesa en el aire.

Mariana, que siempre lo espera, hoy se ha quedado dormida viendo el televisor.

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