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Con Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, conocí realmente lo que era la poesía que yo buscaba. La poesía libre, pura, abstracta, llena de frases dolorosas y felices, frases que no atienden un significado preciso y que no lo necesitan.

Que otros se encarguen de los signos ocultos, de las entrelíneas, yo me quedo con un puñado de palabras que juntas convocan a los ángeles y al abismo, todo en uno.

Allí, león, allí furia del cielo,
te dejaré pacer en mis mejillas;
allí, caballo azul de mi locura,
pulso de nebulosa y minutero.

Suelo terminar aquí mi memoria de este verso, sin importarme que la estrofa vaya más lejos.

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