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Los libros tienen una vocación de polvo, para decirlo desde la primera línea. Son víctimas de la humedad lo mismo que del fuego. Hay ejemplares que han desafiado los siglos, pero deben seguir la dieta de Lenin si se busca preservarlos por siempre.

Ahora mismo, tengo junto a mí dos volúmenes, Moby Dick, de Melville, y las Instrucciones de Ibargüengoitia. El segundo es reluciente, pero es fácil adivinar que sus páginas pronto serán amarillas y su lomo se romperá tarde o temprano (es un libro sin costuras, sólo pegamento). El ejemplar de Melville ya vió sus mejores años. Ahora tiene las pastas carcomidas, y la humedad ha dejado su rastro en las últimas hojas. Así fue como lo adquirí el último año, en un puesto callejero de libros usados.

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