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Tengo cuatro imágenes cuando pienso en una biblioteca pública.

1. Un catálogo de libros de pastas desechas en una biblioteca rodeada de árboles vetustos, cerca de un pequeño lago artificial en el corazón de la ciudad. El ambiente huele a humedad, a papel antiguo. Sólo jóvenes menores de quince años, en la sección de computadoras.

2. Un portón de madera desvencijado, un patio vacío con hojas muertas en el final del otoño. El suelo es de madera crujiente, los ventanales de inicios del siglo pasado. Una mujer en la antesala, una bibliotecaria en el extremo opuesto, en un rincón de la sala. Afuera llueve.

3. Mesas simétricas y anaqueles anacrónicos. El sistema Dewey en una de sus últimas expresiones. El patio interior se llena con la algarabía de pequeños niños uniformados de azul y rojo. En las manos tengo un grueso volumen, a mi lado, libros de pastas carmesí, álgebra y literatura.

4. Una biblioteca moderna, con deficiente iluminación. Ventanales de metal y amplios cristales impolutos. Una selección exquisita que incluye una mítica Encyclopædia Britannica. Ahora hay sillones y cubículos individuales, estoy en un segundo piso y afuera, también, hay un amplio paisaje arbolado y un pequeño lago azul.

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